Conjura contra el rey Felipe 40. LA CÁMARA DEL TORMENTO #3
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40. LA CÁMARA DEL TORMENTO #3

—Para que fuerais desdeñado por todos vuestros iguales.

Para que todos os odiaran. Para que no pudierais optar al trono de mi tierra.

Y, al cabo, para que vuestra muerte en un atentado en la corte se atribuyera a quien quisiera haceros pagar por aquello.

A un nuevo Zeus, deseoso de vengar a sus hermanos dando muerte a Saturno.

Y esbozó el sicario un amago de sonrisa que fue de inmediato cercenado por el verdugo, que hizo girar una pulgada los rodillos, arrancando un grito agónico de su garganta.

—¿Cuándo debía producirse ese atentado? —interpeló el rey, haciendo un gesto con la mano al ejecutor para que detuviese el tormento—. ¿Cuándo se te mandó que me dieses muerte? ¿Por qué no lo hiciste cuando me tuviste a tiro de tu pistola, según me han relatado?

—Debíais morir después de que lo hiciera el cardenal Enrique —dijo el bravo—.

La conmoción y el disturbio que seguiría a vuestra muerte propiciaría que Antonio de Portugal asumiera el trono de mi país sin impedimentos.

Bastante tendrían los españoles con los problemas de su casa después de vuestra muerte, ¿no?

, como para pensar en meterse en casa ajena.

Así se me dijo. Pude mataros, como decís, y no lo hice, porque no era el momento.

—¿Quién o quiénes de entre mis criados participaban en la conjura? —preguntó el rey.

Todos los presentes quedaron en silencio, atribulados ante la sola posibilidad de que un súbdito de su majestad pudiera ser partícipe de una intriga uno de cuyos ramales conducía a la muerte del rey de España.

Hasta el escribano dejó por un momento de escribir y se quedó suspenso, con la pluma en alto.

La tensión podía haberse cortado con el filo de uno de los papeles del notario.

— A princesa —dijo al fin el bravonel.

—¿Cuál? —inquirió Felipe, aunque ya conjeturaba la respuesta.

— A princesa de Éboli . Ana se llama, ¿verdad? —Sonrió mínimamente, con lujuria ahora, y un hilillo de saliva se le escurrió de la comisura de sus labios—. Hermosa mujer, pese a su..., ¿cómo se dice?... ¿Tortedad?... Porque es caolha , ¿verdad?

—¿Por qué habría de creerte? —protestó Felipe—. ¿Qué ganaría doña Ana con mi muerte y el ascenso al trono de Antonio el prior? ¿Qué le va a la princesa en este envite?

—Yo solo sé lo que se me dijo.

—¿Y qué tal cosa fue?

—Que, a vuestra muerte, la hija de a princesa , Leonor de nombre, se casaría con el heredero de los Braganza y se convertiría en reina de Portugal cuando muriera don Antonio.

Como sabéis, el prior es célibe y clérigo, y ninguno de sus hijos ilegítimos y no reconocidos podría optar al trono. Es todo cuanto sé.

Se quedó Felipe pensativo, deliberando sobre las palabras del sicario.

Finalmente tuvo que admitir la lógica de su argumento.

Sabía de la ambición de la princesa y de su creencia de que sus hijas, como herederas de Ruy Gómez de Silva, portugués de origen, de nobleza cortesana, tenían tantos o mejores derechos que cualquier otro para ocupar el trono luso como consortes.

Por más que el bueno de Ruy Gómez se habría levantado de su tumba y matado a su esposa con sus propias manos de haber conocido sus planes.

Alargó el silencio todo lo que pudo.

Se humedeció los labios antes de hacerle al bravo la pregunta que tanto le costaba formular, pero que ya no podía demorar más.

—¿Y Antonio Pérez? —indagó—. ¿También participaba en la conjuración?

— O formoso ? ¿Vuestro secretario?

Felipe se limitó a asentir con la testa.

—Según a princesa , estaba en el secreto y era sabedor de la traza, mas yo nunca lo vi ni hablé con él.

—¿La creíste?

—Creerla o no es vuestra cuestión. En lo que a mí hace, a princesa es una moça muito formosa, pero antes daría crédito al demonio que a sus palabras.

Agudizó Felipe su mirada, como si intentara penetrar en el cerebro del bravonel y arrancar de allí sus pensamientos. Al poco la bajó y contempló uno por uno a los presentes en la mazmorra.

—Que nada de lo que aquí habéis oído salga de estos muros. Ni una palabra, so pena de muerte. ¿Me han oído vuestras mercedes?

—Por supuesto, señor —dijo Villafañe, y todos asintieron sin palabras—. El escribano ¿debe destruir su relato?

—No, que siga con sus anotaciones, pero que no se haga copia del legajo.

Continúe vuestra merced el interrogatorio —ordenó al alcalde de Casa y Corte, girándose para tomar la puerta—.

Extraed a este ser infame hasta el último dato que conozca.

Y hacedme llegar el original de la relación del escribano en cuanto finalice.

—Como vuestra majestad ordene —asintió Villafañe—. Proseguiremos la sumaria como es costumbre.

Se volvió el rey y enfrentó al alcalde.

—No habrá sumaria —dijo—. Que el verdugo dé garrote al preso en cuanto le saquéis la última palabra, y que su cuerpo sea arrojado a los cerdos. Infestaría la tierra donde se le diese sepultura.

Los gritos y exabruptos del bravonel acompañaron al rey de España hasta que traspasó los muros de la cárcel de Corte.