Conjura contra el rey Felipe 40. LA CÁMARA DEL TORMENTO #2
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40. LA CÁMARA DEL TORMENTO #2

El verdugo desnudó al sicario, que ya apenas si ofrecía resistencia a sus manejos, tapando sus partes pudendas con unos greguesquillos de lienzo, y lo ubicó sobre el potro.

Era este un dispositivo de madera de aspecto alargado, parecido a un banco o bastidor, con dos rodillos situados en los extremos, correas fijadas a esos cilindros y un mecanismo de giro con manivelas para tensar las cuerdas.

El bravo fue atado a continuación con las correas, oprimiéndole las articulaciones, fue de nuevo exhortado por Villafañe a decir verdad y, como persistiera en su silencio, ordenó este al ejecutor que apretase las cuerdas dando una media vuelta a los garrotes.

Y que lo hiciera no apretando una articulación en cada momento, como se solía, sino todas a la vez.

El dolor hizo que, por vez primera, el bravonel estallara en gritos, amortiguados al principio, horrísonos luego.

—Ave María!!! Nossa Senhora!!! —se le oyó gritar, con un acento peculiar en sus palabras. Y luego—: Puta que te pariu!!! Vai-te foder!!!

El escribano, inconmovible, fue tomando nota de cada uno de los gritos y expresiones del atormentado. «¿Es gallego?», preguntó en un momento determinado al alcalde llamado Ordóñez. «¿Gallego? —respondió este—. Pues no sabría decirle a vuestra merced. ¿Podría ser portugués?».

Las siguientes expresiones y exabruptos del bravonel, más lastimeros a medida que las cuerdas se apretaban, no pudieron ser registrados por el notario, pues eran ininteligibles.

No eran más que sonidos animales, desgarradores, proferidos entre esputos y gotas de saliva que volaban desde su boca abierta y lacerada por el embudo.

Cuando el verdugo completó la media vuelta acordada a los garrotes, Villafañe le mandó parar, volvió a exhortar al preso a decir verdad y a formularle las mismas tres preguntas.

— Foda-se, deixa-me em paz!!! —exclamó el bravo, con sus últimas fuerzas—. Vai para o caralho!

—Empape el verdugo las cuerdas con agua salada —ordenó Villafañe; de este modo, las cuerdas se encogían por la acción del agua y causaban mayores heridas, en tanto la sal contribuía a infligir un mayor dolor y sufrimiento.

Miró al rey que, entre las sombras, le hizo un gesto de asentimiento—.

Proceda el ejecutor conforme a lo mandado.

Y que conste que, si morís, correrá por vuestra cuenta.

Dele el verdugo otra media vuelta a los garrotes.

Así lo hizo el ejecutor, y pareció oírse en la mazmorra el crujido de los huesos del bravonel cuando giró las manivelas, apretando de nuevo, una media vuelta más, las articulaciones del atormentado.

Una mancha oscura, de orina, se extendió por sus greguescos.

Abrió mucho los ojos, como si quisieran escapar de sus cuencas, y abrió la boca desmesuradamente, pero el sonido pareció negarse a brotar de ella.

Un silencio expectante se hizo entonces en el calabozo. Como si todos los allí presentes supieran que llegaba el desenlace el drama.

—¡¡¡Portugal!!! —gritó entonces el bravonel.

Villafañe ordenó al verdugo que detuviese los rodillos y se acercó al preso. Fue a hablarle, pero advirtió que, de nuevo, se había desmayado. Llamó al médico, que se acercó al hombre inconsciente y aplicó sobre su nariz un paño con sales de amoníaco, reviviéndolo al instante.

—En nombre de la justicia de su majestad el rey, os exhorto a decir verdad —instó el alcalde de Casa y Corte—. ¿Cuál es vuestro nombre?

—Maldito sejas! Vai tomar no cu!

—Aplique el verdugo otra media vuelta al potro.

—¡¡¡No!!!

—Confesad entonces. ¿Cuál es vuestro nombre?

—¡José! ¡José Gonçalves da Cruz!

—¿Os confesáis autor de las muertes de Francisco Velasco, Antón de Tudela, Matías Ocaña y vuestro compinche Alonso de Iturbe?

—¡Sí, yo los maté!

—¿Y quién os ordenó darles muerte?

Dudó el bravo y se hizo el silencio. Se oía su resuello sibilante y el aire que silbaba al salir de los orificios de su nariz. Nada más se escuchaba. Pareciera que el resto de los presentes estuviese conteniendo la respiración.

—Os pregunto de nuevo: ¿quién os ordenó darles muerte?

Y como el bravonel no contestara, sino que lo miraba con ojos despavoridos, Villafañe hizo el gesto de girarse hacia el verdugo, para ordenarle que prosiguiera.

—¡El rey!

Todas las miradas, sin proponérselo, confluyeron en Felipe. Este, empero, mantuvo su rostro imperturbable, mirando fijamente al preso.

—¿Cómo os atrevéis, bellaco? —interpeló Villafañe, que se dirigió a continuación al verdugo—. ¡Otra media vuelta a los garrotes! ¡Y poned más sal en las cuerdas!

—¡¡¡El rey Enrique!! —clamó entonces el bravo, el tal José Gonçalves da Cruz, con la voz entelerida—. ¡¡¡El cardenal Enrique, mi rey!!!

¡¡¡Y don Antonio de Portugal y Gomes!!! ¡El prior de Crato! —Y al fin, rendido—: ¡Por su cuenta actúo!

Y quedó entonces derrumbado, inconsciente, amarrado al potro, sangrando por nariz y boca, los pulgares destrozados, los hombros luxados y las articulaciones de pies y brazos quebrantadas.

Ordenó el alcalde al médico que examinara al preso. Le volvió a aplicar las sales de amoníaco y le tomo el pulso.

—Vive —dijo, para retirarse luego.

— Deixai-me agora em paz, por favor —rogó el preso, el tal Gonçalves, con un hilo de voz, recién recuperado el sentido—. Ou matai-me, se vos aprouver, mas não me façais mais mal.

—Mucha cerda para tan poca escobilla —se burló en voz baja uno de los carceleros.

—Sí, mucho crujir de dientes y poco cortar de tajo —apostilló el otro.

—Hablad en román paladino —exigió Villafañe al bravonel—. Porque supongo que lo habláis, ¿no?

—¿Qué más queréis de mí? —imploró el preso, en un castellano más o menos correcto, aunque con fuerte acento.

—Todo.

Mas antes de que Villafañe pudiera hacer la siguiente pregunta, calló al observar que el rey Felipe salía de las sombras desde donde había presenciado el tormento y se acercaba al potro, en el que seguía tendido Gonçalves.

—Habla —le ordenó el rey al preso, utilizando un tuteo despectivo.

Y taladró con la mirada de sus ojos grises las pupilas del portugués, en las que ya solo destellaba la rendición.

—¿Qué queréis saber? —inquirió aquel, con un voseo respetuoso, pero sin reconocer la majestad de su interlocutor. Fue el último vislumbre de insumisión que se permitió.

—¿Dices que te manda el cardenal Enrique, el rey de Portugal? ¿Que has obrado por su cuenta?

—Y por cuenta de don Antonio de Portugal, el prior de Crato.

—No te creo —negó Felipe—. Enrique es hombre de fe profunda y austera que ha dedicado toda su vida a servir a la Iglesia.

Tiene un respeto casi sagrado por la ley y el orden, y por las leyes de parentesco, lo que le ha impedido hasta ahora designar un sucesor con claridad, temiendo siempre cometer una ilegalidad jurídica o moral, pues es conocedor de mi derecho.

Sería incapaz de la calumnia y, mucho menos, de ordenar una muerte a sangre fría. Mientes, pues.

—Nunca hablé con él, con el rey Enrique —reconoció el bravonel—, es verdad, pero su sobrino, don Antonio —añadió, aludiendo al prior de Crato que, como hijo que era del infante Luis de Portugal, hermano de Enrique, era sobrino de este—, me aseguró que él obraba en nombre del cardenal y que este estaba al tanto de todo. Juro!

—Te engañó, necio —afirmó Felipe, con un ademán de desprecio—.

De Antonio sí puedo conjeturar cualquier bellaquería.

Es la antítesis de su tío: un hombre de una ambición devoradora y una codicia que lo lleva a desafiar cualquier convención para alcanzar el poder.

Para él, el fin justifica cualquier medio. Actúa solo en su propio beneficio.

—Yo solo sé lo que se me dijo.

—¿Por qué diste muerte al médico Velasco? Nada tenía que ver en la partida. ¿Y al fray y al guardia Matías Ocaña?

—Lo del médico fue para dar mayor énfasis a la amenaza. Era el cirujano que atendió a vuestro hijo, ¿no? Al igual que lo del fraile, que también estuvo con él entonces, ¿verdad? Lo del guardia fue inevitable. Habría cantado de seguir vivo.

—¿Por qué acusarme de la muerte de mi hijo el príncipe Carlos?