Conjura contra el rey Felipe 40. LA CÁMARA DEL TORMENTO
88%

40. LA CÁMARA DEL TORMENTO

L A CÁMARA DEL TORMENTO

El bravo al que unos conocían como el Mudo y otros como el Gallego —se había negado a revelar su verdadero nombre y cualquier otro dato de su vida y hechos en el interrogatorio preliminar que se le hizo en la Casa de la Villa el día anterior— entró en la mazmorra de la cárcel de Corte aherrojado de pies y manos y conducido por dos carceleros fornidos.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la lobreguez del calabozo, distinguió a las figuras que se alineaban contra la pared, cerca de los aparatos de tortura, y compuso gesto de pasmo cuando vio que entre ellos se encontraba Felipe II, el rey de España.

A quien hacía tan poco tiempo había tenido al alcance del plomo de su pistolón.

Por un instante, preso y rey se miraron fijamente, hasta que uno de los carceleros, de un empujón, condujo al bravo junto a la silla que había delante de los instrumentos del tormento.

La mazmorra olía a una humedad geológica y hierro oxidado; las paredes de piedra rezumaban agua en hilos finos que brillaban a la luz temblorosa de dos antorchas clavadas en anillas.

En el centro, una viga oscura sostenía la polea de la garrucha, cuya gruesa cadena colgaba inmóvil como una serpiente dormida de metálicos anillos; junto a ella, un banco de madera con rodillos y correas esperaba en silencio, y sobre una mesa baja descansaban jarros de agua, paños enrollados y herramientas de hierro alineadas con riguroso orden, junto a la escalera para el tormento de toca.

En otra mesa adosada a la pared se amontonaban presillas, alicates y otros instrumentos amenazadores.

El suelo, irregular y frío, estaba marcado por surcos y manchas antiguas, y el eco de cualquier paso se multiplicaba en la bóveda baja.

Se respiraba miedo antes incluso de que nadie pronunciase ni media palabra.

La tortura estaba legalmente instaurada en el reino desde las Partidas del rey Sabio.

El título XXX de la VII Partida trataba la cuestión del tormento , explicando que «los sabios antiguos» lo utilizaron para «saber la verdad» de los yerros humanos, aclarando que su aplicación debía fundamentarse en la autoridad y voluntad del rey.

La tortura se aplicaba en caso de ausencia de otras pruebas, pero también se podía apelar a ella si el acusado tuviera mala fama pública (si era un «ome mal enfamado», decía el rey Alfonso), si existían importantes indicios de culpabilidad o si el delito investigado fuera de especial gravedad como para ser castigado con una pena capital o de efusión de sangre.

Y este era el caso, porque el bravonel a quien se iba a aplicar el tormento era, en palabras del alcalde de Casa y Corte, el hombre más vil de cuantos residían en Madrid a la fecha.

Y sus delitos no eran graves, sino gravísimos, pues no solo había cercenado cuatro vidas humanas, sin contar las de los soldados durante su arresto, sino que había pretendido atentar contra la de su majestad el rey.

El más grave delito, después de los cometidos contra Dios, que imaginarse pudiera.

En presencia de un escribano, de otro alcalde de Casa y Corte —un licenciado por Alcalá de apellido Ordóñez—, de un médico, los carceleros y el verdugo —a quien se daba en la sumaria el campanudo título de «ejecutor de la alta justicia»—, Villafañe, con voz solemne, hizo al preso las advertencias que la ley marcaba.

Junto a todos ellos, el rey Felipe, envuelto en las sombras del calabozo, observaba en silencio el rito.

—En nombre de la justicia de su majestad el rey, os exhorto a decir verdad, y si la dijerais, usarán los jueces de ella con equidad, y si por vuestra propia falta de no decir la verdad os sucediese algún daño en vuestra persona o miembros en el tormento, que sea vuestra culpa.

Por tres veces repitió la fórmula el alcalde de Casa y Corte, y por tres veces se encontró con el silencio contumaz del reo.

—¿Se reconoce el preso autor de los cuatro crímenes de asesinato con alevosía de que se le acusa?

Silencio.

—¿Se reconoce el reo culpable del delito de regicidio en grado de tentativa, en la persona de su majestad el rey don Felipe de Austria, aquí presente?

Silencio.

—¿En nombre de qué persona o personas, o por encargo de qué persona o personas, actuó el reo en los crímenes de los que viene siendo acusado en la sumaria?

Silencio.

Un silencio desafiante.

Había un destello irónico, de burla y desprecio, en la mirada del bravonel aherrojado, que llevaba su mirada ora a Villafañe ora al rey, a quien, más que ver, adivinaba ahora entre la oscuridad de la mazmorra.

—Está bien —dijo el alcalde de Casa y Corte. Y dirigiéndose al verdugo—: Comience vuestra merced con las presillas de los dedos.

Se encaminó el ejecutor a la mesa donde estaban sus instrumentos y eligió de entre ellos las presillas que Villafañe había indicado.

Eran pequeños dispositivos metálicos de compresión que consistían en dos barras de hierro paralelas y un sistema de tornillo central.

El verdugo hizo un gesto a los carceleros para que sentaran al preso en la silla y le apretaran al pecho una cincha gruesa cosida al respaldar y le sujetaran las muñecas con las correas que había fijadas a los brazos del sillón.

Una vez inmovilizado el bravo, asió el dedo pulgar de cada una de sus manos y los introdujo en los huecos de las presillas.

El sicario intentó desasirse, moviendo compulsivamente el cuerpo, pero entre los carceleros y las correas se lo impidieron.

Luego, el verdugo fue apretando el tornillo central, de forma que las barras de hierro fueron cerrándose sobre los pulgares expuestos, intensificando poco a poco el dolor.

El bravonel apretó los dientes con tanta fuerza que se oyó su carraqueo, y gruesas gotas de sudor serpentearon por sus mejillas, culebreando las que corrían por el lado izquierdo en las hondas cicatrices.

Pero no salió ni el más mínimo grito de su garganta.

Lejos de ello, y a pesar de que el dolor teñía de grana su cara, esbozó una sonrisa que dejó al descubierto sus dientes podridos.

El alcalde Villafañe, cuando las presillas estaban a punto de romper el hueso, volvió a repetir las preguntas que antes había formulado, con idéntico resultado.

—¿Se reconoce el preso autor de los tres crímenes de asesinato con alevosía de que se le acusa?

Silencio.

—¿Se reconoce el reo culpable del delito de regicidio en grado de tentativa, en la persona de su majestad el rey don Felipe de Austria, aquí presente?

Silencio.

—¿En nombre de qué persona o personas, o por encargo de qué persona o personas, actuó el reo en los crímenes de los que viene siendo acusado en la sumaria?

Silencio.

—Está bien —indicó el alcalde—. Maese Galán —dijo, girándose hacia el médico que aguardaba en las sombras cerca del rey—, ¿consideráis necesario examinar al preso?

—No, señor. Nadie se muere por unos pulgares rotos —afirmó el galeno.

—Muy bien. Proceda el ejecutor con la garrucha.

—¿Con piedra? —preguntó el verdugo.

—Con piedra en ambos pies.

Los carceleros sacaron los dedos ensangrentados de las presillas, que devolvieron a la mesa, desamarraron al bravonel de las cinchas de la silla y engancharon sus manos atadas a la cadena que pendía del techo de la mazmorra, en una polea.

Tirando de un extremo fueron alzando al preso hasta quedar este colgado de las manos, soltándolo bruscamente a continuación, de modo que cayó con todo su peso, aunque sin tocar el suelo, lo que le provocó la luxación de los hombros.

Un rugido cavernoso salió de la garganta del hombre.

La saliva brotaba desde su boca a raudales.

A renglón seguido, lo subieron algunas pulgadas y ataron a cada uno de sus pies una piedra, de un quintal de peso cada una, y así lo tuvieron durante el tiempo de un miserere, como las pragmáticas ordenaban.

En ese intervalo, el dolor sofocó el rostro del bravo, los ojos se le llenaron de sangre, los pulmones pugnaban por atrapar el aire y su respiración se volvió sibilante.

—Soltadlo —ordenó Villafañe cuando el preso estaba al borde del desmayo. Y pidió a continuación al médico que lo reconociera.

—Dadle un par de minutos, que recupere el resuello —aconsejó el físico tras la exploración—. Tiene los hombros dislocados, pero ningún otro daño grave.

Un silencio profundo se hizo en la cámara mientras el bravonel, poco a poco, iba recuperando la respiración.

Miraba a un lado y a otro con ojos desquiciados, como si intentara prever desde dónde le iba a llegar el próximo golpe.

El sudor le caía a chorros por la cara y se mezclaba con la saliva para formar una baba espesa.

Villafañe, inconmovible, volvió a formularle las mismas tres preguntas, a las que siguió el mismo silencio.

—Proceda el ejecutor con la toca.

El verdugo, ayudado por los carceleros, amarró al preso a una escalera dispuesta en horizontal, asió un embudo que había sobre la mesa de los instrumentos y, a la fuerza, se lo insertó en la boca, rompiendo de esa manera varios de sus dientes delanteros.

Luego, vertió una jarra de agua por el embudo directamente a la garganta del bravonel, que quedó sin respiración y comenzó a sofocarse.

Cuando toda el agua del jarro le fue vertida en la garganta, el alcalde volvió a exhortar al bravo a decir verdad; este, lejos de decirla, escupió directamente a la cara de Villafañe un esputo de flema y agua.

—Aplíquele otra jarra el ejecutor.

Con la segunda toca, el bravonel quedó inconsciente, respirando agitadamente. Recuperó el sentido a fuerza de cachetadas propinadas por el verdugo.

Por cuarta vez en la mañana, el justicia repitió sus mismas preguntas, con idéntico resultado: el silencio ineluctable del preso. Hizo que el médico lo reconociera por segunda vez. El galeno, tras una mínima exploración, dio autorización para que el tormento continuara.

—Lleve el ejecutor al preso al potro.