39. EL EXILIO DEL DUQUE #2
—Sí, señor. Iba a morir y lo sabía, en nada le iba el mentir.
—Está bien. Disponed que se ponga precio a la cabeza de Guillermo de Nassau, príncipe de Orange. Y avisad que quien me lo traiga vivo o muerto recibirá una recompensa de veinticinco mil coronas de oro. También le será concedida nobleza y perdonados anteriores delitos, si los tuviere.
—Así se hará, señor.
—Veo que sigue la preocupación en vuestro ceño. ¿Qué más hay?
—Vienen otras cartas desde allí. Hay más quejas y denuncias contra el duque, majestad.
—Contra Alba...
—Sí, señor. A pesar del tiempo que hace que cesó en su cargo allí, nos siguen llegando demandas de desafuero.
—Contadme.
—Vienen con el correo tres memoriales, uno de la viuda de... —tuvo que consultar sus notas—... de Jan van Casemroot, y otros dos de... de los familiares de Joris van de Heze y de Dirk Simmons. Todos ellos fueron ejecutados en tiempos del duque y en esos memoriales se reclama una reparación.
El rey se quedó pensativo. Tenía la certeza casi absoluta de que ni Alba ni su hijo Fadrique estaban detrás de la carta anónima, a pesar de las insidias de Antonio Pérez.
Recordó su conversación con el bibliotecario de El Escorial, con Benito Arias Montano, cuando este le habló de que quien fuera que estuviese detrás de la amenaza se proponía interferir en decisiones futuras, impedir un proyecto, frustrar una meta, un ideal.
Y, aunque pronto saldría de dudas —en cuanto el sayón confesase en el potro o en el tormento de toca—, ahí no veía ni al duque ni a su hijo.
Alba, pese a su soberbia y a sus continuos desencuentros, había sido un súbdito leal y había prestado grandes servicios tanto al emperador como a Felipe.
A la sombra de su padre Carlos, Alba, cuando aún era un joven noble que aprendía el oficio de la guerra en los campos de Italia, Alemania y el norte de África, se formó como soldado y como servidor del Estado participando en campañas decisivas contra Francia, en la defensa del Mediterráneo frente al Turco y en las contiendas en el Sacro Imperio.
Su padre había encontrado en él a un capitán disciplinado, incansable y fiel, capaz de ejecutar órdenes difíciles sin vacilación, y por ello lo empleó en misiones donde no bastaba el valor, sino que era necesaria una obediencia absoluta y una comprensión profunda del poder imperial.
Durante esos años, Alba se convirtió en uno de los pilares militares del imperio.
Combatió en el Milanesado, en Túnez, en Provenza, en Alemania, y estuvo presente en momentos clave como la consolidación de la autoridad imperial tras las guerras religiosas.
No fue un general improvisado ni un cortesano ocasional, sino un profesional de la guerra y del gobierno armado, acostumbrado a sostener territorios, imponer disciplina a ejércitos indóciles y mantener la autoridad de la Corona en contextos hostiles.
Bien cierto era que su padre lo previno contra él y contra quienes eran como él, en sus «Instrucciones», pero de ahí a pensarlo desleal había un trecho insalvable.
Era ambicioso, soberbio, sí, como todos los grandes, pero ¿desleal? ...
Con Felipe, el duque de Alba no había perdido influencia, sino que la había consolidado.
Había pasado a ser uno de los principales consejeros militares del rey y ejecutor de sus políticas más delicadas.
Fue enviado a Italia para asegurar los dominios españoles, a los Países Bajos, donde asumió la tarea más ingrata de su carrera: restablecer la autoridad real en un territorio desgarrado por la rebelión, la división religiosa y el descontento político.
En Flandes, Alba actuó con el mismo rigor que había mostrado en los campos de batalla, convencido de que solo la firmeza podía preservar la unidad de la monarquía.
Organizó ejércitos, reformó la administración militar, persiguió a los rebeldes y trató de imponer un orden que, aunque eficaz en lo inmediato, terminó por alimentar un rechazo profundo.
Sin embargo, desde la perspectiva de Felipe, cumplió con exactitud el encargo recibido: sostener la soberanía española en uno de los territorios más difíciles de gobernar de Europa.
Sí, el duque había sido un soldado fiel.
Soberbio y arrogante, pero leal y eficaz.
Fue soldado, gobernador, embajador, capitán general y consejero.
Administró ejércitos, negoció tratados, reprimió revueltas y defendió fronteras.
Nunca buscó popularidad, ni supo cultivarla, pero ofreció a la Corona algo que Felipe, como su padre había hecho, valoraba por encima de todo: constancia y disciplina sin fisuras.
Su vida entera estuvo subordinada al servicio del Estado, hasta el punto de confundir su propio destino con el de la monarquía.
No, no iba a atender demandas en contra del duque, viniesen de quienes viniesen.
Pero había desobedecido al rey en el negocio del casamiento de su hijo, contrariándolo y desafiándolo públicamente.
Y eso sí merecía castigo.
—Preparad un rescripto disponiendo el exilio del duque de Alba —ordenó, con voz a duras penas firme, a su secretario.
—Sí, majestad —asintió Mateo Vázquez de Leca, sin poder ocultar su profunda turbación.
—Será al castillo de Uceda, de donde no podrá salir en lo que le reste de vida —mandó Felipe, inflexible, pero sin un ápice de contentamiento en su voz.
Lejos de ello, había pesadumbre y desazón—.
Dispongo igualmente que sus rentas de las Indias pasen a doña Magdalena de Guzmán, como su dote y reparación de los daños recibidos, pues ya no puede serle restituida su pretensión de matrimonio con don Fadrique.
—Sí, señor —dijo Vázquez, abrumado.
—Ordeno asimismo que los guardias arresten a Juan de Albornoz, secretario del duque, y a Esteban de Ibarra, secretario de su hijo. Así como a todos los miembros de la Casa de Toledo que asistieron al enlace de don Fadrique con doña María de Toledo en Alba de Tormes.
—¿Incluido, señor, el prior don Antonio?
—preguntó Mateo Vázquez, en referencia a Antonio de Toledo, cuñado de Alba, prior en León de la Orden de San Juan que había sido en otro tiempo un serio candidato para ser elegido maestre de la orden tras la muerte de Jean de La Valette.
Era su caballerizo mayor, aparte de haber desempeñado el puesto de consejero del rey y diversos altos cargos en la corte.
—Sí, por supuesto. Nadie está libre de castigo si desafía la autoridad real —dijo Felipe—. Será desterrado de la corte durante treinta años. Deberá marchar a su priorato, en León.
—¿Treinta años? ¡Es un anciano, majestad!
—Morirá, pues, en el exilio. Y, Mateo, que quede bien claro, absolutamente bien claro, que todo así se ordena por el negocio del casamiento y no por ninguna otra causa ni razón.
***
Madrid, 4 de enero de 1579
Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, tercer duque de Alba de Tormes, partió de su casa madrileña al exilio en Uceda en la mañana del día 4 de enero de 1579.
Lo acompañaba su esposa, María Enríquez, descendiente de una de las grandes familias de la alta nobleza castellana, los Enríquez, almirantes de Castilla y duques de Medina de Rioseco.
Después de más de cuarenta años al servicio de la Corona, de campañas, gobiernos y sacrificios, era enviado a una villa castellana, lejos de la corte, lejos de los consejos, lejos de las decisiones.
Partió de Madrid al amanecer, en un coche de caballos sin distintivos, acompañado por unos pocos criados fieles y por el silencio incómodo de quienes, hasta hacía poco, se inclinaban ante él.
Atravesó las calles aún vacías, donde solo algunos aguadores y mercaderes empezaban su jornada, sin que nadie pareciera advertir que aquel hombre envejecido y rígido había sido uno de los pilares del imperio.
Durante el camino hacia Uceda, el duque apenas habló.
Miraba los campos castellanos con una atención casi dolorosa, como si quisiera grabarlos en su memoria.
Aquella tierra era la misma que había defendido y engrandecido con su espada, pero ahora parecía recibirlo como a un extraño.
En las posadas donde se detenía, nadie lo reconocía abiertamente, y quienes lo hacían fingían no hacerlo, temerosos de acercarse a una figura que había pasado de la gloria al destierro.
En uno de esos mesones, el duque, al sentir sobre sí una mirada curiosa, recordó aquellas palabras de Dante: «No se alcanza la fama reclinado en blanda pluma, ni al abrigo de colchas.
La fama es como la flor, que brota y muere, y la marchita el mismo sol que la hizo nacer de la acerba tierra».
Al llegar a Uceda, entró en el castillo sin ceremonia ni parabienes.
Estaba ubicado en un extremo de la villa, dominando el río Jarama desde el borde del acantilado en donde la meseta alcarreña llegaba a su fin.
De muros gruesos y desnudos, con torres cuadradas y patios interiores austeros, carecía de la elegancia de los palacios cortesanos y ofrecía, en cambio, una severidad casi monástica, acentuada por el viento y el silencio del entorno.
Sus estancias eran amplias pero frías, sus corredores largos y sombríos, y desde sus ventanas se extendía una vista interminable de tierras pardas y caminos solitarios, recordatorio constante de que aquel lugar no era un retiro voluntario ni agradable.
Allí no le aguardaban embajadores, ni secretarios, ni informes urgentes, sino corredores silenciosos, patios vacíos y un tiempo demasiado abundante.
Por primera vez en décadas, Alba se encontró sin órdenes que cumplir ni territorios que someter.
Al entrar en el castillo, su mujer, María Enríquez, le tomó la mano y se la apretó.
—Tiempo vendrá —dijo— en que no cambiaremos estos días de exilio por cuantas cadenas de oro hay en la Tierra...