39. EL EXILIO DEL DUQUE
E L EXILIO DEL DUQUE
Era la hora del ángelus de ese día extraño de diciembre, inusualmente soleado y presagioso.
Felipe acababa de dar cuenta de un almuerzo frugal, que cada día despachaba a eso de las once: apenas un caldo de verduras y un trocito de carne de caza.
Quedaron en la mesa los demás platos que le habían servido sus gentilhombres de la boca, junto con los trinchantes y coperos, y que le habían preparado, en las cocinas del alcázar, bajo la vigilancia del maestro y del despensero, los cocineros reales mientras un oficial anotaba cada ingrediente y otro probaba los caldos antes de que salieran hacia los aposentos del rey: pollo frito, pollo asado, gallina cocida, un besugo horneado, ave guisada con verduras, carne de jabalí, acelgas, espinacas, nabos y coles, fruta, carne de membrillo, dulces y miel con nueces.
Apenas si probó el vino que el copero dispuso en la mesa real.
La habitual moderación del rey en las cosas del comer y del beber se había convertido hoy en extrema parquedad.
Sentía su ánimo agitado, esperando las noticias del arresto del autor de los asesinatos que tanto lo habían conmovido y ansioso por conocer lo que de su declaración pudiera saberse.
Ansioso y también temeroso, pues cavilaba que conocer el nombre de quien hubiera urdido toda la trama le proporcionaría tanto alivio como desolación.
Pues nada hay peor que la traición de quienes rodean a uno.
Después de levantarse de la mesa, Felipe no experimentó el alivio habitual que solía seguir a sus comidas sobrias y ordenadas.
Caminó despacio por la estancia, dejando atrás la mesa aún dispuesta, las copas apenas entibiadas por sus manos, los manteles sin una arruga, como si la perfección exterior subrayara aún más el desorden que llevaba dentro.
Cada paso resonaba en el suelo con una sequedad que le parecía excesiva, casi un reproche.
Decidió seguir revisando billetes y legajos mientras las nuevas llegaban y regresó a su cámara de trabajo.
Pero, cuando vio los papeles amontonados sobre la mesa, sintió una desidia infrecuente en él.
Pasó de largo los documentos pendientes de despacho, que eran cientos, como cada día, y avanzó hasta la ventana.
Se detuvo ante el cristal y contempló su reflejo: su cabello, rubio otrora y hoy encanecido; sus ojos, cada vez más débiles de tanto forzarlos en la lectura y necesitados de sus anteojos; su piel, que siempre había sido pálida pero que hoy se le mostraba citrina; sus labios, antes firmes y hoy tan secos; su frente, que tan alta y tersa era y que hoy aparecía colmada de arrugas.
Agraviado por la estampa que el cristal le devolvía, llevó la mirada al patio del castillo, a los tejados que desde allí se divisaban, al movimiento lejano de un criado que cruzaba con un fardo al hombro, a la ciudad que se derramaba a sus pies.
Todo seguía su curso, ajeno a la inquietud que lo consumía.
Pensó en la lentitud de los hombres, en la fragilidad de los planes, en el paso del tiempo.
Con el discurrir de los años, Felipe había aprendido que el tiempo no se mide por los días que transcurren, sino por lo que se pierde en ellos.
Al principio de su reinado, cada jornada le parecía una escena perfectamente ordenada: una sucesión de horas destinadas al despacho, a la oración, al gobierno, al descanso breve.
Creía entonces que el tiempo obedecía a la voluntad, que bastaba llenarlo de trabajo para someterlo.
Pero ahora comprendía que era al contrario: cuanto más intentaba retenerlo, más deprisa se le escapaba entre los dedos.
Miraba atrás y no veía una línea metódica y recta, sino una acumulación de escenas incompletas: rostros que ya no estaban, decisiones tomadas a medias, victorias que habían envejecido antes de ser celebradas —como la hacía poco conmemorada de Lepanto—, errores que seguían creciendo en silencio.
El tiempo no borraba nada; solo lo cubría con capas sucesivas de rutina y de olvido aparente.
Bajo ellas, todo seguía intacto, esperando el momento de volver a hacerse presente.
Como había ocurrido con la muerte de su hijo Carlos.
También había descubierto que el tiempo no era igual para todos.
Para unos pasaba como un río lento, previsible; para otros, como una corriente traicionera que arrastraba sin aviso.
Para un rey, además, el tiempo tenía una crueldad particular: cada año añadía experiencia, pero también restaba fuerza, paciencia, confianza.
Gobernar era aprender a negociar no solo con hombres y reinos, sino con ese desgaste invisible que ninguna ley podía detener.
Y, a pesar de todo, en medio de esa certeza amarga, hallaba una forma de consuelo.
Mientras el tiempo avanzara, aún quedaba margen para corregir, para comprender, para resistir.
No podía volver atrás, pero podía decidir cómo caminar hacia delante.
Quizá esa era la única victoria posible: no vencer al tiempo, sino aprender a convivir con él sin dejar que lo despojara por completo de sentido.
Y sin dejar que nadie, por muchas cartas anónimas que remitiera ni por muchos símbolos de Saturno que grabara en mohosos anaqueles o en cuerpos sajados, interfiriera en su destino.
Regresó al escritorio y tomó al azar uno de los papeles que había dejado sin concluir.
Leyó un párrafo, luego otro, sin entender realmente lo que leía.
Las letras se le deshacían ante los ojos, como si ya no le pertenecieran.
Se puso los anteojos, pero su visión seguía difusa.
Dejó los papeles de nuevo sobre la mesa con un gesto de cansancio.
No estaba hecho para la holganza. Prefería el agotamiento del trabajo continuo a aquella espera que lo obligaba a escuchar cada ruido del pasillo, cada golpe lejano de puerta, como si en ellos pudiera venir escondida la noticia que esperaba.
El recuerdo de las muertes volvía una y otra vez, mezclado con imágenes equívocas, con nombres que se cruzaban, con sospechas que no terminaban de tomar forma.
Sabía que el autor material era un bravo sin escrúpulos, un instrumento más que una mente, y sin embargo le inquietaba la idea de que aquel hombre, posiblemente reducido ahora a una presa —así lo esperaba—, hubiera sido durante tanto tiempo una sombra impune.
Pensó en las palabras pronunciadas, en los silencios consentidos, en los rodeos que habían permitido que todo ocurriera.
Se preguntó, sin querer responderse, hasta qué punto él mismo había contribuido a ese desenlace.
Cuando por fin se sentó, lo hizo con rigidez, apoyando ambas manos sobre los brazos del sillón, como si necesitara afirmarse en algo sólido.
Respiró hondo, despacio, obligándose a recuperar el dominio sobre su ánimo.
No podía permitirse el desasosiego. Un rey no esperaba: administraba la espera.
Pero, en aquel mediodía extrañamente primaveral, luminoso, mientras los minutos se acumulaban sin respuesta, comprendió que incluso el más poderoso de los hombres podía sentirse, por momentos, rehén de la incertidumbre.
Oyó que llamaban a la puerta de su cámara, que se abrió a continuación.
—Majestad, don Mateo Vázquez —anunció un ayuda de cámara.
Concedió venia con un gesto de la mano y su secretario privado penetró en la estancia. Su rostro era grave, circunspecto, y eso preocupó a Felipe.
—¿Ha fracasado la redada? —preguntó, inquieto, a punto de levantarse de su sitial—. ¿Ha escapado el bravonel?
Vázquez de Leca, de pie ante el rey, negó con la cabeza.
—No, majestad. El sicario ha sido apresado.
La guardia tudesca y los alguaciles lo han conseguido detener en una posada de la plazuela de San Millán llamada El Pendón Dorado.
Pero ha matado a uno de los guardias, señor, y herido a otros cuatro, a uno de ellos de suma gravedad, tanto que los galenos no cuentan con él.
—Ordenad una pensión vitalicia de cincuenta escudos anuales para la familia del guardia perecido. Y lo mismo para el herido grave, si fallece. Y que los otros heridos reciban una carta real y el doble de su soldada.
—Así se hará, señor.
—El sayón, ¿ha sido interrogado?
—Sí, majestad. El alcalde Villafañe se ha encargado de un primer interrogatorio en la Casa de la Villa.
—¿Ha confesado?
—No ha abierto los labios, majestad. Es duro como un roble. Para nada han valido las amenazas ni las conminaciones. Es un arrebatapuñadas sin miedo a nadie.
Felipe esbozó una sonrisa mínima, en la que, más que contentamiento, había tanto de contrariedad como de fatiga.
—Que se le aplique tormento —ordenó, recuperada la circunspección—. Sin moderación, hasta que confiese y desvele el nombre o los nombres de quienes le han pagado para sus bellaquerías. Y que conste que no se procede por odio ni malicia, sino por causa justa y necesaria.
—Sí, majestad.
—Que comiencen mañana el apremio. Y que se me dé aviso. Quiero estar presente.
—¿En el tormento, señor?
—Sí, eso he dicho.
—Se hará como deseáis, majestad.
—Veo en vuestro rostro —dijo Felipe, observando el gesto de su secretario, que continuaba inexpresivo— que no son esas las únicas noticias que me traéis. ¿Qué más hay que deba yo saber?
—Han llegado las cartas de Flandes, señor. El médico que dio muerte a vuestro hermano don Juan de Austria fue localizado, interrogado y, tras confesar, fue ejecutado por los hombres del gobernador, de don Alejandro Farnesio.
—No es una mala nueva, Mateo.
—No, no lo es, señor.
—¿Y entonces? ¿A qué obedece el gesto grave de vuestra expresión?
—Confesó que mató a don Juan por orden de Guillermo de Orange.
Felipe notó que una aguja de dolor pujaba en medio de su pecho. Orange, en otro tiempo, había sido un súbdito leal y un amigo.
—La carta que recibió don Juan, ¿la intrigó Orange?
—No, señor. Según el médico, nada sabía el príncipe de esa carta.
—¿Le creyeron?