38. REDADA EN SAN MILLÁN #2
Se apostaron en un rincón del salón de la planta baja que hacía las veces de taberna, en un lugar donde podían vigilar la puerta de entrada de la fonda.
Y a eso de las once de la noche, mucho después de las completas que repicaron las campanas de San Millán, el bravo apareció por el mesón.
Justo cuando el carillón de las iglesias de Santa María de la Almudena y San Felipe el Real estarían anunciando la queda y se estarían cerrando a cal y canto las puertas de la villa y corte.
Lo reconocieron enseguida, y no solo por los dos costurones que le cruzaban la mejilla izquierda, sino por sus trazas, pues llevaba el sambenito pintado en la cara.
Que era de pocos amigos y menos confesores.
Vieron cómo dudaba si entrar en el salón y pedir las últimas holandas, pero a la postre debió decidir que era hora de echar el sello a la bota y se giró y se dirigió a la escalera que conducía al piso superior, donde estaban las habitaciones, que parecían zahurdas de puercos, por lo estrechas y malolientes.
Lo siguieron aparentando navegar con vientos de Baco, y comprobaron que se introducía en uno de los cuartuchos.
Allí, junto a la puerta del cuarto, aguardaron un buen rato en completo silencio hasta oír los ronquidos del bravonel.
Los dos alguaciles se fueron turnando en la vigilancia mientras el corchete corría hacia la Casa de la Villa para dar el parte de las novedades.
Cuando, al alba, llegó la partida encargada de prender al bravo, uno de los alguaciles bajó a la plazuela para comunicar que el sayón seguía durmiendo y que no había moros en la costa.
También comunicaron que esa hostería no tenía puerta trasera y que la valla que circundaba el patio posterior, donde había corrales de pavos y gallinas, tenía una altura infranqueable.
De todas formas, Villafañe ordenó que seis soldados de la guardia se dirigieran a la trasera de la posada para asegurarse de que por allí no escapaba nadie.
Luego mandó que en cada bocacalle de la plaza se apostaran tres guardias con mosquetes, para de igual modo impedir la fuga de la plazuela de San Millán, que quedó convertida en un coso inabordable, ni para salir ni para entrar; una ratonera dispuesta para apresar a una sola rata.
Y cuando todo estuvo preparado y cada alguacil, cada corchete y cada guardia ocupaba el lugar asignado, ocho soldados de la guardia tudesca, célebres por su fidelidad y por su imponente físico y muy fieros en el combate cuerpo a cuerpo, penetraron en el mesón intentando hacer el menor ruido posible.
Dejaron a un lado el salón que hacía las veces de taberna, donde no había un alma a esa hora de la mañana, y subieron las escaleras adonde los esperaban los alguaciles que habían estado vigilando a la presa durante toda la noche.
***
El sicario a quien se conocía como el Gallego y el Mudo despertó de pronto en su piltra, aunque ningún rayo de sol, que estaba aún bajo, había penetrado por el alto ventanuco de su alcoba.
Si acaso, una luz tibia y grisácea insuficiente para turbar el sueño de quien estaba acostumbrado a dormir cuando podía y en las circunstancias en que podía, pues, como soldado que había sido, sabía que, en materia de sueño, hay que aprovechar el silencio del búho, que el del gallo trae el juicio.
Y que es bueno darle tregua a la pelleja antes de que el camino la gaste.
Pero, a pesar de que dormía cuando era menester y ajeno a los disturbios, el bravonel era de los que lo hacía con un ojo en el avemaría y el otro en el cerrojo, y sus oídos detectaron el mínimo ruido que los guardias tudescos hicieron al subir las escaleras del mesón: un eco metálico como al desenfundarse una espada de su tahalí, el ruido amortiguado del cuero de las botas sobre los peldaños, el chasquido de los morriones, el crujido de las correas de cuero cubiertas con escamas de metal que se anudaban bajo la barbilla...
Se despertó de pronto, de un salto, como si el diablo le soplara al oído, y recobró el sentido como a toque de rebato.
Supo de inmediato que venían por él y que no tenía escapatoria.
El ventanuco era demasiado estrecho y, aunque hubiese podido pasar a través de él, daba a un patio trasero con una valla inaccesible.
Cuando, después de dar muerte a Iturbe, decidió mudarse desde El Gamo del Rey hasta El Pendón Dorado, supo que no era una buena elección, pues esa hostería podía convertirse en una ratonera, pero, se dijo entonces, ¿quién podría hallarlo allí, si nadie sabía de su paradero?
Los escondites más a la vista solían ser los más adecuados.
Se había equivocado, por lo que se veía.
Pero, se dijo ahora, a tajo hecho no vale consejo, ni lamento a vida segada.
Así que aderezó el pistolón en el tiempo de un vuelo de capa, y se apoyó en la pared que enfrentaba la puerta cerrada. De madera débil que no resistiría dos empellones.
Con la pistola en una mano y la espada en la otra.
A pecho descubierto y al desnudo de la parca.
La puerta saltó hecha pedazos cuando los hombros de dos guardias tudescos la arremetieron con fuerza colosal.
Uno de ellos cayó al suelo de su propio impulso.
El otro lo hizo cuando el perdigón que escupió el pistolón del bravonel le estragó el pecho, pasándole de parte a parte el plomo hirviente y abriéndole la ventana al alma.
Luego, el bravo lanzó el pistolón descargado contra la cabeza del soldado que había tropezado al derribar la puerta, acertándole en plena sien y dejándolo como un bulto de lana en el suelo, se cambió de mano la espada, que pasó a la diestra, y extrajo de la faja una daga que empuñó con la siniestra, y así se abalanzó contra los seis tudescos que entraron en la alcoba a saco, como centella en pajar seco.
—¡Vivo! —se oyó gritar a Villafañe desde abajo, repitiendo la orden que ya había dejado clara al comenzar el asalto—. ¡Lo quiero vivo, voto a bríos! ¡Pues vivo lo quiere su majestad el rey!
— Nem vivo nem morto me apanhareis, voto a tal! —gritó a su vez el bravonel.
Pero, pese a sus ímpetus, pudieron más los seis tudescos, que finalmente consiguieron reducirlo y, ya en el suelo, engrilletarlo, no sin que antes el matasiete hiriera a tres de ellos, a dos de sendas puñaladas en el hombro y en la pierna respectivamente, y al tercero en los higadillos, lo que finalmente le supondría, dos días después, pagar tributo a la tierra.
—¡En nombre de su majestad el rey nuestro señor —pronunció solemne Villafañe, con voz grave, alzando su vara de justicia, cuando, advertido de que el sicario ya estaba aherrojado, penetró en el cuartucho—, y por virtud de la autoridad que me está conferida como su alcalde de Casa y Corte, yo os requiero y mando que sin resistencia ni contradicción alguna os tengáis por preso y detenido, por razón de los delitos que contra vos se averiguan y de que seréis informado en tiempo y forma conforme a derecho!
¡Y os apercibo de que, si intentarais huir, resistir o alborotar, se procederá contra vos con todo el rigor de las leyes reales, como contra quien desobedece a su rey y a la justicia!
¡Daos preso, pues, en nombre de la justicia del rey!