Conjura contra el rey Felipe 38. REDADA EN SAN MILLÁN
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38. REDADA EN SAN MILLÁN

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Felipe, tras ser informado por su secretario Mateo Vázquez de Leca de que el alcalde Villafañe y los alguaciles habían dado el día anterior con el paradero del bravonel a quien buscaban como autor de las muertes del médico Velasco, del fray Tudela y del guardia Matías Ocaña, y de instruirlo de la sospecha de que sus planes pasaban por dar muerte al propio rey, y que se proponían detenerlo en la mañana de hoy, se dijo que tal vez el año acabase con una buena nueva por fin, con las albricias de la resolución del enigma que había condicionado su vida y la del reino desde que, hacía ahora más de tres meses, el obispo Gaspar de Quiroga le pidiera audiencia y le entregase la carta anónima con el símbolo de Saturno.

Tres meses que habían sido tan largos y rigurosos como toda una vida.

Solo en su cámara de trabajo, después de haber asistido a la misa diaria en la capilla del alcázar, hizo repaso de lo sucedido en ese año que marcaría su reinado: la muerte de su hijo Fernando, Príncipe de Asturias; el obligado y dolorosísimo recuerdo de la prisión y muerte de su desdichado hijo Carlos; el asesinato de su hermano Juan de Austria; el óbito de su sobrino Wenceslao; la derrota y muerte de Sebastián de Portugal en Alcazarquivir y el vacío sucesorio que dejaba en el país vecino, apenas cubierto con el interregno del cardenal Enrique, cuyo fallecimiento todos suponían inmediato; el asesinato de Juan de Escobedo y las implicaciones con que Antonio Pérez amenazaba; las calumnias que habían manchado su nombre, ¡su reputación!

, en todas las cortes europeas, acusándosele de estar detrás de la muerte del príncipe su hijo; la rebelión protestante en Flandes, que no acababa de ser sofocada y que exigía unos desembolsos económicos descomunales; las tensiones con las Cortes de Castilla, exhaustas las ciudades de tantos impuestos como les eran exigidos para sostener las guerras europeas y la defensa de la cristiandad; la maldita gota, que cada día le restaba energías y lo desfallecía durante largos períodos...

Sí, había sido un año nefasto este que ya acababa, este 1578 que difícilmente se le borraría de la memoria.

Ahora, por fin, y si en verdad se detenía al bravo que, según todo indicaba, era el brazo armado de quien estuviese detrás de la carta, tal vez se supiera quién había sido el artífice de la intriga que, más que ningún otro suceso, había marcado ese año aciago.

Pero, aunque así fuera, todo lo sucedido había servido para demostrarle, una vez más, lo débiles que eran los pilares sobre los que se asentaba el poder terrenal.

A lo largo de su reinado había declarado guerras, firmado tratados, ordenado ejércitos, decidido destinos ajenos con una sola rúbrica y, sin embargo, al volver la vista sobre los meses transcurridos, lo que veía no era fortaleza, sino una sucesión de grietas malamente recubiertas: muertes imprevistas, lealtades dudosas, silencios cargados de amenaza.

Comprendió entonces que el poder no se parecía en nada a la imagen que proyectaba desde los balcones o en los retratos oficiales, y que bajo su apariencia de firmeza se ocultaba una materia frágil, siempre a punto de resquebrajarse.

En la soledad de su despacho, rodeado de papeles y mapas, pensaba en cuántas decisiones habían sido tomadas con prudencia y cuántas, en cambio, habían nacido del miedo, del error, del engaño —como la muerte de Escobedo, de la que aún se lamentaba— o del cansancio.

Recordaba los nombres de quienes ya no estaban, los de quienes empezaban a resultarle sospechosos, los de aquellos en los que había confiado más de lo debido.

Y se daba cuenta de que el poder, lejos de proteger, exponía; lejos de salvaguardar, multiplicaba los peligros.

Cuanto más alto se encontraba, más visible era para todos, más vulnerable a los rumores, a las intrigas, a los errores propios y ajenos.

A veces se preguntaba si no era esa la verdadera condena del rey: no poder retirarse nunca, no poder mostrarse débil, no poder confesar dudas sin convertirlas en arma contra sí mismo.

Gobernaba desde una fortaleza rodeada de muros, pero sabía que las amenazas más graves no venían de fuera, sino del interior, de los pasillos, de cartas y billetes, de conversaciones musitadas en los rincones de palacio.

El poder, comprendía ahora, no consistía en mandar, sino en sostener un equilibrio precario entre fuerzas que no obedecían del todo a nadie.

Así, al cerrar el año de 1578, Felipe no se sentía vencedor ni derrotado, sino simplemente responsable, simplemente consciente.

Consciente de que su autoridad dependía de hombres imperfectos, de informaciones incompletas, de decisiones tomadas a oscuras.

Consciente de que cada triunfo llevaba ya inscrita su futura debilidad.

Y ese reconocimiento silencioso, lejos de debilitarlo, le proporcionaba una forma amarga de lucidez: gobernar no era dominar el mundo, sino resistirlo día tras día sin dejar que lo devorase.

***

En ese mismo instante, cuando el alba despuntaba en Madrid con ese tímido sol, Villafañe, acompañado de una cohorte de alguaciles, corchetes y guardias armados hasta los dientes, tomaba al asalto, pero silenciosamente, la plazuela de San Millán.

Era esta, más que un lugar delimitado adrede, un ensanchamiento natural entre calles estrechas, formado por la confluencia de caminos que descendían desde la zona de Lavapiés y subían hacia La Latina.

El empedrado era desigual, gastado por el paso de carros, bestias y vecinos, y en los días de lluvia se formaban charcos que tardaban en secarse.

Hoy, afortunadamente, el sol lucía, apocado pero suficiente para mantener seco el terreno después de las últimas lluvias.

Alrededor de la plazuela se alineaban casas de uno y dos pisos, construidas en ladrillo y entramado de madera, con corredores interiores y balcones estrechos que se asomaban al patio.

Muchas tenían en la planta baja almacenes, pequeños talleres, tabernas modestas o tiendas de comestibles, donde se vendían pan, legumbres, aceite y vino.

En los pisos altos vivían artesanos, viudas, criados de casas nobles cercanas y pequeños mercaderes.

Las fachadas estaban oscurecidas por el humo de los braseros y las cocinas, y apenas se decoraban con algo más que cruces de madera o azulejos devotos.

Dominaba el lugar la iglesia de San Millán, con sus muros macizos, su portada sencilla, su torre visible desde todos los puntos del barrio.

Sus campanas marcaban el ritmo cotidiano del entorno, llamando a misa al amanecer, al mediodía y al caer la tarde.

En torno a sus muros se agrupaban mendigos, vendedores ambulantes y fieles que aguardaban turno para confesarse o recibir limosna de alguna cofradía.

Aguadores con sus cántaros, mujeres cargadas con cestas del mercado, aprendices enviados a hacer recados, soldados licenciados que buscaban alojamiento barato y algún que otro clérigo camino del convento cercano solían atestar a diario la plazuela de San Millán.

Hoy, en cambio, estaba desierta.

Todos habían cesado en sus paseos, en sus faenas, en sus ajetreos y se habían refugiado en las tiendas o en sus casas en cuanto vieron que, apenas despuntada el alba, un tropel de justicias y soldados penetraba en la plazuela por los cuatro puntos cardinales, sin atreverse más que a escudriñar desde las rendijas de las ventanas o los resquicios de las puertas.

Cristóbal Villafañe no estaba dispuesto a que ocurriera lo mismo que cuando intentaron detener a los sayones de la posada de El Gamo del Rey.

Sobre todo, después de saber que lo que estaba en juego era no ya la detención de un facineroso, sino la propia vida de su majestad el rey. Y en ese lance no se admitían errores.

Ordenó, la tarde-noche anterior, que dos alguaciles y un corchete, vestidos de arrieros —sombrero de ala ancha, sayal de lana basta y oscura, sin teñir, hasta las rodillas, zamarra de piel de oveja con el pelo hacia dentro para mantener el resuello caliente, calzas de paño, anchas y ajustadas bajo la rodilla con ligas de cuero, y polainas y abarcas para proteger las piernas del lodo y las piedras—, se alojaran en la posada de El Pendón Dorado y se cercioraran de que el sayón a quien buscaban pasaba la noche allí.

Cuando llegaron al mesón poco antes de ponerse el sol, los justicias, mediante el pago de unos chavos al posadero, comprobaron que el Gallego había pagado una semana por adelantado, pero que en ese momento no se encontraba en la hostería.

«Estará gastando la mosca en picos pardos, o qué sé yo», respondió el ventero cuando le preguntaron por el paradero del bravonel.