37. LA DECISIÓN DE LUISILLO #3
—Solo quiero saber cuál va a ser mi suerte, señoría, y creo que no es mucho pedir.
—Pues eso —repuso Villafañe— va a estar en función de lo que nos digas y de cuánto nos ayudes.
Además, no estás en posición de exigir, muchacho, ni de poner condiciones.
Por los hechos que se te imputan, complicidad en un asesinato, te espera la horca, o las galeras reales si la fortuna te acompaña.
Así que, yo que tú, comenzaría a darle a la sin hueso hasta que te quedes sin saliva.
—Entonces, de los cien escudos de oro... —Y la cara de Luisillo era un poema, como si hubiera masticado acíbar, o como si hubiera visto del revés el tapiz.
—De todo se podrá hablar si te comportas, chaval —dijo uno de los alguaciles—. Y ahora no nos hagas perder más el tiempo. Y dinos: ¿cómo conociste a ese Alonso de Iturbe y al otro al que llamas el Mudo?
—Pues que me vieron por la calle y me llamaron, y así fue como los conocí.
Aunque nunca supe sus nombres, ni el de ese que según vuestras mercedes se llama Iturbe ni el del Mudo, salvo que a este el otro lo llamó José en un momento dado.
Me preguntaron si me quería ganar unos cuartos, un real de a ocho, o medio escudo si vamos al grano de la espiga, y claro, ¿quién se podía negar?
Para usía —se excusó Luisillo, mirando al alcalde con ojos de cordero observando al matarife— un real de ocho tal vez no sea nada, pero a mí me da de comer durante varias semanas.
—¿Y qué tenías que hacer a cambio de ese real de a ocho?
—Plantarme en casa del médico Velasco, en la calle Mayor, y hacerle la mamola para que fuera a la calle del Factor, con la excusa de un paciente que andaba con la flaca y le había dado un mal aire. Y una vez allí, en esa calle, que saliera por piernas y ya está.
—Entonces —inquirió el corregidor Espinosa—, ¿no viste lo que le ocurrió al médico Velasco en esa calle del Factor?
—Pues sí que lo vi, ya lo puede jurar su señoría.
Soy amigo de novedades y me gusta pegar el oído a la losa, lo reconozco.
Así que, en cuanto doblé la esquina del Factor con la calle Mayor, en vez de quitarme de en medio como me ordenaron me aposté en el cantón y desde allí vi cómo le daban el finiquito al pobre diablo.
—¿Viste, pues, cómo asesinaban a don Francisco Velasco? —preguntó Villafañe, que muchas veces se perdía en la jerigonza del chaval.
—Como le digo. Y hasta creo que vi cómo su ánima escapaba de su cuerpo y volaba al seno de Abraham, como dicen los frailes. Porque el pobre hombre entregó el alma en un credo e hizo el traslado sin aviso. Que quedó frito en el acto, quiero decir a vuestras mercedes.
—¿Sabes cuál fue el motivo del crimen, rapaz?
—Ni idea, voto a tal. Ni me lo dijeron ni yo pregunté, que ya saben vuestras señorías que quien poco inquiere menos peligro adquiere.
—¿Ni siquiera hablaron con el galeno antes de darle muerte? ¿Fue todo así, tan de pronto?
—Bueno, algunas palabrillas sí que se cruzaron, pero no serían más de dos o tres. Y no pude escucharlas. Estaba a tal distancia que no me llegaba el sonido de las palabras.
—¿Viste algo más de interés?
Recordó Luisillo entonces el cedulón que había visto cosido al jubón del médico muerto, y su contenido en el que se acusaba al rey de complicidad en no sabía muy bien qué, y se dijo que era mejor no tentar al diablo en su propia alcoba y pasar de largo en tal negocio como quien no lleva cuenta.
—No, nada más.
—Pues vamos entonces a...
—Pero sí vi cómo los jaques le daban matarile al guardia aquel, al que oficiaba en el alcázar.
—¿A Matías Ocaña?
—No sabía su gracia, usía.
—¡Pardiez, que este diablillo es un tesoro que vale un potosí! —exclamó el alguacil que antes había hablado—. ¿Y qué es lo que viste, zagal?
Y relató Luisillo a renglón seguido cómo, en la tarde del Día de Tosantos y en la Cava Baja, había sido testigo de cómo los dos sayones mandaban al otro mundo al guardia al que habían nombrado como Matías Ocaña, dando los detalles de cuanto vio del suceso.
—Bien, bien —dijo el corregidor—. Después de todo, este mocoso va a ser un testigo valioso.
—Lo que resta —añadió Villafañe— es que nos digas cuanto sepas del jaque al que llamas el Mudo, rapaz, que, por lo que sabemos, es el autor de al menos cuatro muertes.
—¿Cuál es la cuarta, señor? —preguntó Luisillo, a quien no le salían las cuentas.
—Pues la de su propio camarada, el tal Iturbe. ¿Nada sabías de eso?
—¿Me quieren decir vuestras mercedes que el Mudo apioló al otro, a ese al que vuestras señorías llaman Iturbe? —preguntó Luisillo, espantado—. ¡Pero si andaban siempre en una misma gola! ¡Si no había entre ellos ni el filo de un acero, voto a tal!
—Pues así es. ¿Y nada sabes de eso?
—¡A fe de quien soy que ni una palabra sé del envite, se lo juro a vuestra señoría por lo más sagrado!
—Calma, muchacho, que nadie te está acusando de ese episodio —lo tranquilizó Villafañe—. Y de ese a quien llamas el Mudo, ¿qué nos puedes contar? ¿Sabes su nombre? ¿Y dónde vive?
—Solo que el que vuestras mercedes llaman Iturbe se refirió a él como José, y no más. Pero puedo describírselo perfectamente a vuestras mercedes.
—Pues venga de ahí, gurriato —exhortó el alguacil—, que igual así te ganas la misericordia.
—Pues verán vuestras mercedes —explicó el muchacho—, el Mudo es un sujeto de una edad parecida al otro, al muerto, a Iturbe, de unas treinta y pocas primaveras, diría yo, aunque curtidas y pasadas por agua.
La piel, nublada, renegrida, como de adobo y solano; las pintas, las de un matón de alquiler, de esos que siempre están prestos a dar la estocada en cuanto se la paguen.
Tiene cicatrices profundas que le cruzan la cara en la mejilla izquierda.
Los ojos, hundidos y vigilantes, como búho en noche de autos.
El rostro lo lleva casi siempre medio tapado por una barba mal cuidada y un sombrero de ala ancha calado hasta las cejas.
Viste coleto de cuero endurecido y mugriento y suele llevar sobre los hombros una capa raída de color oscuro que utiliza para ocultar sus armas y tal vez para capear a sus víctimas cuando las acomete.
Y... y.... no sé qué más decirles a vuestras mercedes.
Si acaso, que tengan mucho cuidado cuando se le acerquen, porque ese Mudo es de armas tomar y tiene más hígados que un buey de carretas.
Es de los que nunca dejan la daga en el perchero, sépanlo vuestras señorías.
—Bien, bien, de eso no te preocupes, chaval, que ya nos aviamos nosotros —dijo el alguacil—. ¿Y sabes sus señas?
—Cuando los conocí, se aposentaban ambos, el Mudo y el muerto, en una posada de los prados que se llama El León de Oro.
¿La conocen usías? Después se mudaron a otra hostería llamada El Gamo del Rey.
Pero este mediodía lo vi entrar en otro mesón, uno que hay en la plazuela de San Millán y que llaman El Pendón Dorado, aunque, por las trazas que tiene, allí de dorado no debe de haber ni una ajorca ni un doblón.
Un tugurio con pintas de tahurería, diría yo.
—Ahí debe de ser donde ahora se esconde el malnacido —dijo el corregidor a Villafañe—. ¿Nos puedes contar algo más, muchacho?
—Bueno, pues... no sé... Estuve siguiendo durante un tiempo a los jaques, y vi que visitaban una posada de señorías con guarda a la puerta. Ya me entienden vuestras mercedes..., una casa de ricos.
—¿Una casa de ricos? —repitió Villafañe, extrañado—. ¿Y dónde se hallaba esa casa, joven?
—Pues en la calle Embajadores. Entraron ambos, el Mudo y el muerto, en un caserón lujoso que había allí, más o menos a la mitad de la calle, y allí estuvieron cosa de una hora o así.
—¿Y tú nos podrías conducir a esa morada de Embajadores?
—Pues yo creo que sí, vuecencia. No tiene pérdida, creo. Es la más principal de las casas de esa calle.
—Y no sabrás a razón de qué visitaron esa casa, ¿verdad, chaval?
—Hasta ahí no llego, usía.
—Está bien —dijo el alcalde—. Creo que eso es todo, ¿no? —dirigiéndose ahora al corregidor y a los alguaciles—. ¿O tienen vuestras mercedes algo que preguntarle al muchacho?
Todos negaron con la cabeza.
—Pues bien, Luisillo —dijo Villafañe—. Hoy te quedas aquí, y mañana veremos de ir a buscar esa casa de la que nos has hablado. Y daré órdenes para que no te traten mal y te den cuanto necesites.
—¿También de comer, señor?
—¡Te acabas de zampar una libra de chorizo y panceta con los duelos y quebrantos, pardiez!
—Pues tengo hambre de nuevo, disculpe vuestra merced. Yo siempre tengo hambre.
—Está bien, rapaz. Diré que te avíen algo.
—¿Y creen vuestras mercedes —preguntó Luisillo, esperanzado al ver que su información había llenado de contento a los guripas— que por todo lo que les he contado a vuestras mercedes merezco un poquitín más que misericordia?
¿Acaso algunos de los escudos de oro que tienen prometidos por la captura del sayón?
—Te he dicho que ya veremos, gurriato —replicó destempladamente el corregidor.
—¿Y si yo les dijera a vuestras mercedes que el Mudo se propone matar a su majestad el rey? ¿Cambiaría el tercio la suerte?