Conjura contra el rey Felipe 37. LA DECISIÓN DE LUISILLO #2
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37. LA DECISIÓN DE LUISILLO #2

Para aquel muchacho, habituado a sobrevivir entre las sombras y el fango de la villa, la figura del rey —a quien en la lengua de germanías se le llamaba el Alto, con una mezcla de admiración y respeto tan infrecuentes en el mundo de la granujería— se alzaba como una frontera inexpugnable que ni el hambre ni la desesperación permitían cruzar.

En aquel Madrid de 1578, el monarca no era un hombre de carne y hueso, sino la encarnación de Dios en la Tierra y en su orden temporal, una presencia sacrosanta cuyo nombre se pronunciaba con un temor que rozaba la veneración.

Él, Luisillo, podía haber robado en los altares o engañado al más pintado de los alguaciles, pero la persona del rey permanecía en su mente como algo puro e intocable, por encima de las miserias humanas.

La sola idea de que aquel sol de justicia pudiera ser objeto de una mano violenta le resultaba una abominación antinatural, un caos que haría que los cimientos del mundo se desmoronaran.

Pues si la majestad caía, no quedaría en España rincón sagrado donde refugiarse ni ley divina que amparase incluso al más desdichado de sus súbditos. Entre los que Luisillo se hallaba.

No.

Su devoción por la figura real, nacida de la necesidad de un ancla en su existencia precaria, le impedía concebir una mancha en la imagen del monarca.

Y mucho menos ser cómplice, aun fuera por omisión, de su asesinato.

Era un respeto forjado en la miseria, una fe en el orden establecido que, aunque opresor, le ofrecía una mínima sensación de pertenencia a un mundo que constantemente le negaba un lugar entre sus contornos.

Podría haber malas cosechas, impuestos desmesurados —aunque Luisillo no había pagado en su vida una blanca de alcabalas—, levas excesivas, lo que se quisiera.

Pero de nada de eso era culpable el rey.

Eran quienes le aconsejaban, sus oficiales, ministros y secretarios, los nobles, los grandes de España, los que se llevaban el dinero y hacían las guerras.

Los responsables de los males del reino.

No el rey, que solo quería lo mejor para sus súbditos.

Luisillo, con la sabiduría amarga de quien nada posee, entendía que el rey era el último muro que separaba al mundo del abismo.

Podía la justicia ser ciega o cruel, podían los ministros ser nidos de víboras, pero la majestad era el ancla de lo sagrado.

Consentir en su daño no era solo un crimen, era apagar la única luz que, aunque lejana y fría, evitaba que las tinieblas de la anarquía lo devorasen todo.

Ante el trono, su instinto de pícaro se doblegaba, reconociendo que hay jerarquías que ni el acero más afilado tiene derecho a profanar.

No.

No podía quedarse sin hacer nada y permitir que el jaque diera muerte al rey Felipe.

Miró hacia las torres del alcázar, recortadas contra el cielo plomizo de Madrid, y le dio la sensación de que aquel edificio contenía no a un hombre, sino a una idea eterna.

No cabía en su entendimiento que el rey pudiera morir de mala manera a manos del Mudo, pues aquello sería como permitir que el sol se derrumbara.

Para Luisillo, como para tantos desposeídos, el rey era la vida misma de las leyes y de la fe; tocarlo, o dejar que otros lo tocaran, era romper el sello divino que mantenía al universo en su sitio.

Antes preferiría ver su propia sangre correr por el arroyo de la calle Mayor que ser testigo del ocaso de aquella sagrada soberanía.

En su alma todavía pura, pese a sus muchos pecadillos de mano larga, la figura del rey Felipe habitaba un lugar donde no llegaba el cinismo de la calle.

Era una devoción ciega, ingénita, que corría desde su nacimiento por sus venas impulsada por los hilos de la tradición y el peso de los siglos, el faro de su mundo.

El rey era el principio y el fin de toda justicia, y la idea de su vulnerabilidad le producía un vértigo insoportable.

No era solo miedo al castigo de los hombres, sino un pavor místico a la ira de Dios; porque atentar contra el rey, o simplemente permitir que la sombra del peligro lo acechara, era para él el pecado definitivo, aquel que ningún arrepentimiento podría borrar jamás.

Y así fue que Luisillo adoptó finalmente su resolución.

***

—Señor alcalde —dijo Luisillo, con un hilo de voz—, yo soy a quien busca vuestra merced.

Cristóbal Villafañe, alcalde de Casa y Corte, miró al mocoso que se había plantado ante él en la puerta de la Casa de la Villa con un fruncimiento de párpados y un rictus de la boca que era una mixtura de cansancio, impaciencia y desdén.

—Quita de en medio, arrapiezo —ordenó al muchacho, y con un gesto del brazo intentó apartarlo de su camino—, que no está el paño para sacar muestras.

Ese mediodía, Luisillo, después de adoptar su resolución y de ratear un trozo de empanada de carne en uno de los puestos ambulantes de San Felipe —pues donde no hay harina todo es mohína y de poco sirve el brío si la tripa no tiene cimiento—, se dedicó a buscar por todo Madrid al alcalde que le iba siguiendo el rastro desde el tiempo del acabamiento del médico Velasco.

Con la intención de darle noticias del bravo a quien todo el alguacilato y todas las instancias de Madrid con tanto afán buscaban como autor de las muertes del médico Francisco Velasco, del fray Antón de Tudela, del guardia Matías Ocaña y de su camarada en la bellaquería Alonso de Iturbe —aunque eso entonces no lo sabía Luisillo, que desconocía esa última muerte—, y, de camino y si era posible, hacerse con la tajada del rey, osease, cobrar la recompensa de los cien escudos de oro.

Pero era como mirarse al espejo de espaldas, o cruzar las huellas sin pisar el barro: ahora que quería ser encontrado, ni el dichoso alcalde se ponía en el camino de Luisillo ni este era capaz de dar con el justicia a pesar de haberse llevado la tarde pateando Madrid, desde Lavapiés al Rastro, desde la puerta del Sol a la plaza del Arrabal, desde los Caños del Peral hasta la puerta de Moros.

Pero no había manera. Era como si al guripa se lo hubiera tragado la tierra o se lo hubieran llevado los vientos de los jerónimos.

Y a última hora de la tarde, después de horas y horas midiendo con las plantas de sus pies el polvo y el empedrado de la villa y corte en un deambular desesperado que no conoció reposo, y cuando sus piernas eran ya puro plomo y sus zapatos apenas un jirón de cuero, decidió plantarse en la Casa de la Villa, frente a la torre de los Lujanes, confiando en que el alcalde apareciera por allí y pudiera darle el aviso que pretendía.

Lo hizo cuando ya el sol se escondía detrás de las torres del alcázar. Lo que no se esperaba era que el dichoso alcalde le hiciera oídos de mercader, se lo pasara por el forro del jubón y no le hiciera ni puñetero caso.

—¡Señor alcalde! —insistió, alzando varias octavas la voz, al ver que Villafañe lo dejaba con la palabra en la boca y se introducía en el patio de la casa—.

¡Que soy yo, Luisillo! ¡A quien vuestra merced lleva buscando una eternidad!

¡El que condujo al médico Velasco a la calle del Factor para que allí le dieran los jaques el santolio!

¡Aunque le juro por la madre que no conocí que yo no sabía de las intenciones de esos malnacidos!

¡Yo me supuse que era para darle el raspadillo, no más, y no para un finiquito como el que le dieron!

¡Se lo juro por lo más santo a su señoría ilustrísima!

Villafañe, al oír la confesión del rapaz, detuvo en seco su marcha, como si lo hubiese alcanzado un rayo. Se giró muy despacio y se enfrentó al mozuelo, que lo miraba al borde de la tembladera.

—¿Cómo dices?

—¡Que soy yo, Luisillo, a quien vuestra merced busca desde hace meses!

—¡Pero tú no eres castaño, pardiez! ¡Eres rubio!

—¿Y qué más da el color de mi pelo, voto a tal? ¡Le digo que yo fui quien sacó al médico Velasco de la piltra aquella noche de septiembre y quien lo hizo ir a la calle del Factor, donde fue ultimado! ¿Me oye vuestra merced?

Miró muy detenidamente Villafañe al mozuelo, de arriba abajo y de abajo arriba, y al contemplar la desesperación que brillaba en sus ojos y la angustia que ensombrecía sus rasgos, advirtió que decía verdad.

—Prended a este rapaz —ordenó a uno de los alguaciles que había estado con él todo el día en su diaria asechanza— y cuidad que no se escape.

—Sí, sí, prendedme y ponedme bajo siete llaves, donde el Mudo no pueda hallarme —admitió Luisillo, tendiendo ambas manos para que el alguacil pudiera engrilletarlo—.

Pero sabed que he venido por mi voluntad y a poner en conocimiento de vuestras señorías la identidad y las señas del jaque al que buscan.

Que es el verdadero asesino, un avisador de la parca, un maestro de esgrima de callejón, maldita sea su estampa.

***

—A ver, jovencito, cuéntame eso que dices que sabes y todo lo que conozcas de ese malnacido a quien llamas el Mudo. Despacito y con buena letra, ¿eh?

Se encontraban en una fría sala de la Casa de la Villa, casi desnuda de muebles, con Luisillo desengrilletado y comido, pues entre el ajetreo de su arresto y el hambre del mozuelo no había podido regir con normalidad y, cuando el alcalde pretendió interrogarlo, estaba más fuera de juicio que un desposado en vísperas.

Se zampó unos duelos y quebrantos que le devolvieron el color a la cara y lo retornaron al carril de la razón.

Estaban en la sala, además de Villafañe, el corregidor de la villa Martín de Espinosa, dos alguaciles y un escribano para atar la lengua al papel y levantar acta de todo.

—¿Por dónde quiere vuestra merced que empiece?

—¡Por el principio, pardiez!

—Y antes de comenzar, ¿es posible que me digan vuestras mercedes qué va ser de mí? Es decir, si me hago brazo del señor corregidor y allano el camino de la vara, ¿se me perdonarán los pecadillos que haya podido cometer?

—Pero ¿se puede saber de qué está hablando este mocoso? —inquirió Espinosa, impaciente.