37. LA DECISIÓN DE LUISILLO
L A DECISIÓN DE L UISILLO
Luisillo se llevó las manos a las orejas, tapándoselas, como si no quisiera oír la explosión que preveía.
¡El jaque iba a matar al rey!
Abrió la boca para gritar, pero no le salió ningún sonido de la garganta, como si le hubieran dado un garrotazo al resuello. Sintió que se ahogaba, que el sonido se le había solidificado en el garguero y no dejaba que el aire le llegara a los pulmones.
¡El jaque iba a matar al rey!
Pero cuando, con los ojos muy abiertos, desorbitados por la conmoción y el horror, vio que el bravo apretaba el gatillo, no hubo plomo que saliera por la boca del pistolón, ni chispas saltando del arma, ni el humo de la pólvora quemada.
Solo un sonido desmayado, que, más que escuchar, adivinó el niño.
Y vio cómo el rey seguía su trayecto hasta el alcázar, ileso, con el pellejo de balde.
Consiguió volver a respirar, aunque a duras penas.
Si alguien le hubiese preguntado a Luisillo por qué razón llevaba días en pos del bravonel «mudo», pegado a sus talones y, con ello, jugándose el pescuezo para el caso de que el jaque lo desarrebozara, no habría sabido qué responder.
No era simple y malsana curiosidad, ni mucho menos.
Sabía que ojo que mucho vuela, al hoyo se cuela, y que quien quiere mucho mirar, acaba viendo las flores del cementerio por la raíz y desde abajo.
No era curiosidad, o no solo curiosidad, al menos.
Era más la percepción de sentirse más seguro estando cerca del bravo, como si, de no estarlo, este lo pudiera sorprender en cualquier momento, apresarlo y sabría Dios qué más, pues era norma que al descuidado le diesen el julepe y le entregasen el finiquito.
Y también era la intuición de que, estando al husmo de la presa, podría hallar una salida a su atolladero.
Como si en la suerte de ese bravonel pudiese estar la suya propia, su salvación.
Idea a la que tal vez no fuera ajena la recompensa que se ofrecía por su captura, que en estos días ya habían subido los justicias hasta los cien escudos de oro.
Vio, aliviado, que, tras aquel sonido amortiguado y sordo, el jaque bajaba la pistola, sonreía para sí mismo enseñando los dientes marrones y la guardaba de nuevo bajo la capa.
Y cómo, mientras el rey seguía, incólume, el camino hacia el alcázar, el matasiete giraba para introducirse en la callejuela de la Almudena para después alcanzar la calle Mayor.
Lo siguió hasta dejarlo en el lugar donde por lo visto ahora se alojaba, la zarrapastrosa posada de El Pendón Dorado.
Parado frente al mesón sin saber muy bien qué hacer, ni con él ni con su vida, se sentó en el tocón de un árbol derribado por una ventolera reciente y se quedó reflexionando, pues, de vez en cuando, Luisillo gustaba de perderse en el camino de la escolástica.
Y, en sus lucubraciones, se dijo que no podía estar toda la vida siguiéndole el rabo al bravo ni andando de picos pardos a la orilla del precipicio, pues llegaría el día en que se descuidaría y estaría a un credo de perder la pelleja.
Se calentó la mollera decidiendo sus próximos pasos y, a la postre, solo encontró dos alternativas posibles, cierto ya de que continuar con la asechanza era quimera de galeote.
La primera era la que ya había barajado en anteriores inteligencias: huir de Madrid, ahuecar el ala y quitarse de en medio antes de que lo quitaran a él.
Ganarse a un arriero que fuera hacia el norte o hacia el Levante y buscar refugio en Aragón o en Valencia, desde donde, con suerte y un poquitín de picardía, podría colarse de pavo en un mercante o enrolarse de grumete en una galera que marchara hacia Italia.
Y allí, en Aragón o en Nápoles o Milán o Roma, ya se vería, que no se hizo el mundo para los cobardes y al que nace para ochavo no le llega el doblón.
En Aragón, tal vez, podría vivir de la «españolada»: hacerse pasar por caballero desposeído y vender la nube a los aragoneses; o, si eso no cuajara, unirse a una cuadrilla de bandoleros en el Pirineo, que allí, según había oído, con las tensiones que había entre la nobleza y la Corona, proliferaban los rufianes de campo.
Y en Italia, aunque Luisillo no fuera muy de milicias, pues no le gustaban ni la sangre ni las explosiones, acaso pudiera sentar plaza de soldado, vivir del saqueo, de la soldada, cuando llegara, que no era nunca a punto según decían los licenciados que pululaban por la villa y corte, y ganarse a las mozas con el crédito de servir al rey lejos de sus delitos.
Pero, claro, ¿cómo hacer todo eso sin un real?
¿Qué arriero lo iba a llevar hasta Zaragoza o Valencia si no tenía una blanca con que pagarle?
Y, además, ¿vivir toda la vida lejos de Madrid, lejos de sus calles y sus rincones que conocía como la palma de su mano?
¿Lejos de sus amigos, de Gabrielillo, de la mocita María de la Asunción, a la que ya había besado en la fuente de los Caños del Peral cuando aún podía deambular por Madrid sin miedo a que le sacudieran el polvo?
¿Y lejos de todo cuanto conocía y le era familiar?
¿Vivir el resto de su existencia siendo un gringo, un extranjero?
Uf, se le hacía cuesta arriba, la verdad.
La otra opción era la que poco a poco se estaba abriendo paso en su cerebro y la que más le picaba el bicho, aunque no acababa de convencerse del todo: convertirse en avisador, dar el soplo del paradero del bravonel al que medio Madrid buscaba, convertirse en mosca de palacio y, de camino, arramplar con los cien escudos de oro que el rey ofrecía de recompensa.
Aunque, claro era, estaba el asunto de su participación en el crimen del galeno Velasco, y no sabía Luisillo si su colaboración de ahora podría borrar su complicidad de otrora.
Qué difícil era todo en esta vida, voto a bríos.
Enfangado en estas disquisiciones, y azuzado por el hambre, decidió cesar en el acecho y dirigirse hacia San Felipe el Real, en cuya zona inferior, bajo las gradas, se abrían unas covachuelas en las que se ubicaban una lonja y un mercado en los que podría rapiñar algo o mendigar una limosna.
De camino fue mordisqueando los restos de unas castañas pilongas que se había encontrado en un papelón tirado en el suelo, al mismo tiempo que intentaba decidir cuál era el arreglo mejor a su disyuntiva.
Fueron dos cosas las que finalmente lo ayudaron a adoptar una resolución.
La primera fue que, caminando por la Lonja de los Mercaderes, en cuyos puestos se vendían telas caras, especias exóticas y hasta libros que no estaban bien vistos por la Inquisición, oyó a lo lejos la voz de un pregonero del concejo, que con voz tonante proclamaba su pregón.
—¡Por mandato del señor corregidor y en nombre de su majestad el rey Felipe nuestro señor, que Dios guarde, se hace saber a todos los vecinos y moradores de esta ciudad y su jurisdicción que se halla fugado de la justicia real un sayón de nombre José, de apellidos desconocidos, apodado el Gallego, de ignotos vecindad y domicilio, de buena planta, más de cinco pies, cerrada barba, moreno y con dos cicatrices que le cruzan la mejilla izquierda!
¡Dicho sujeto es acusado de tres delitos de asesinato, dos de ellos cometidos con arma blanca y un tercero con arma de fuego, y con agravantes, y se presume se esconde en esta villa y corte!
¡Se manda y ordena que cualquier persona que tenga noticia cierta de su paradero lo comunique sin dilación a esta real justicia o a las justicias del lugar más inmediato, bajo pena de doscientos escudos de oro a quien, sabiéndolo, lo ocultare, y con premio de cien escudos a quien dé aviso o lo entregare preso!
¡Y para que llegue a noticia de todos y ninguno alegue ignorancia, se manda publicar el presente pregón en las plazas, mercados y caminos principales de esta ciudad, y se fijen copias en los lugares acostumbrados!
Luego, los auxiliares del pregonero fueron colocando los avisos en árboles y fachadas, para su común conocimiento.
Luisillo, cuando oyó la voz rotunda del pregonero dando cuenta de la búsqueda del jaque a quien había llamado el Gallego pero a quien él conocía como el Mudo, sintió como si ese anuncio fuera una señal del cielo, un aviso de lo alto, que lo impulsaba a descoser el buche y darle cuerda al badajo.
La segunda cosa que le ocurrió fue que se le vino a la mente la cara del Mudo mientras hacía el gesto de disparar, sus ojos malévolos cuando apuntaba a su majestad el rey, que lo era de todos los españoles y también por tanto de Luisillo, la sonrisa ladina y perversa de sus labios despellejados, el brillo mate de sus dientes terrosos.
Y se apercibió entonces de que ese ademán del jaque, ese ir a disparar al rey Felipe, no había sido un simulacro, un fingimiento, un darse el gusto de sentir el pulso del poder en los dedos.
Había sido algo más. Había sido un ensayo, un cebar el anzuelo para mejor presa, un templar el acero para un degüello de mayor fuste.
Se dio cuenta, con un escalofrío, de que aquello, ese gesto de disparar el plomo a su majestad, no había sido un experimento, sino un ejercicio, una probatura que más adelante —un día, una semana, un mes...
, ¡qué más daba!— se habría de convertir en puro regicidio, en el mayor crimen que pudiera darse en el reino, en el asesinato de su majestad.
¡Ese sicario «mudo» se proponía dar muerte al rey Felipe!
Y eso Luisillo no lo podía consentir.
Por pobre que fuera, y huérfano, y ladronzuelo, y pícaro, y murcio, había cosas que su pequeña conciencia no podía dejar pasar. Que no podía ni admitir ni tolerar. Sintió un frío que no era de este mundo al rozar siquiera la idea.
El rey era sagrado.