36. AUTO DE FE EN EL ARRABAL #3
—¿Por qué os preocupa ahora ese negocio?
—Corren rumores que su majestad debiera conocer, y se debiera hacer lo que toca para detenerlos. Pero si pudiéramos hablar en privado...
—Os veo desmejorado, Pérez —repuso Felipe, observando ahora con atención a su secretario—, desde la última vez que despachamos, y de eso no hace mucho, apenas unos días. ¿Qué os ocurre?
—En privado, señor —insistió Antonio, encarecidamente, advirtiendo de reojo a otros oficiales y nobles que los observaban con interés y suspicacia—, os lo suplico.
—Está bien, seguidme.
Ya en la cámara real, tomó asiento Felipe en su sitial.
—Contadme qué es eso que tanto os inquieta —dijo el rey, sin ofrecer asiento a Pérez.
—Señor, como os he dicho, corren rumores por la corte que nos implican, a mí y a la princesa de Éboli, en el asesinato de Juan de Escobedo...
—Sí, lo sé. Continuad.
—¿Lo sabéis, señor?
—Eso he dicho.
—¿Y no os perturba?
—¿Por qué habría de hacerlo?
—¡Majestad! —se atrevió Pérez a levantar la voz, aunque la atenuó de inmediato, en cuanto observó el gesto de disgusto del rey—. Vuestra majestad sabe perfectamente cómo se fraguó aquello.
—¿Aquello?
—La muerte de Escobedo. Por Dios, señor...
—Es bueno referirse a las cosas por su nombre, Pérez.
—Sí, sí, pero, como os decía, vuestra majestad sabe perfectamente cómo se fraguó su muerte, cuáles fueron las causas que la motivaron, y cómo vuestra majestad consintió con... con... con todo.
Frunció el ceño Felipe. Tomó aire antes que la palabra.
—Yo sé únicamente lo que vuestra merced me dijo: que mi hermano don Juan de Austria, a quien Dios tenga en su gloria, pretendía traicionarme, emprender por su cuenta y riesgo la conquista de Inglaterra utilizando los dineros de Castilla enviados a Flandes para sostener la guerra de allí, y casarse con María Estuardo para, de esta manera, convertirse en rey de aquellas islas.
Y que, eliminando a Escobedo, que era quien sustentaba la confabulación, se cercenaba la conjura.
Y fue entonces, en esas circunstancias y solo en esas circunstancias, cuando le dije a vuestra merced que el rey jamás se opondría a la muerte de un traidor.
Mas resultó que todo era mentira. Ni Escobedo era culpable de delito alguno ni mi hermano se proponía traicionarme.
Lejos de eso, su fidelidad aún me emociona. En cambio, vuestra merced...
Y dejó ahí colgadas Felipe las palabras que no dijo.
—¿Cómo podéis decir eso, majestad?
—Porque es la verdad. Recibí desde Namur sus papeles después de su muerte. Y todo quedó claro. No había traición.
—¿Y qué consecuencias acarrea tal cosa, majestad? ¿Cómo quedamos la princesa y yo?
Guardó silencio el rey durante unos instantes, pensativo, aunque sin dejar de mirar a Pérez, que se frotaba las manos con nerviosismo extremo.
—Todo lo que yo entonces dije —afirmó luego Felipe— dependía de las cosas que vuestra merced me contaba, cosas que se han revelado ajenas de verdad. Me temo incluso que las cartas que vos decíais descifrabais fueran falsas, si no total sí parcialmente, para mover mi ánimo hacia vuestros propósitos.
Antonio Pérez inspiró aire con fuerza, como insuflándose arrestos.
—¿Me estáis acusando de engañaros, majestad?
—Me dijisteis que mi hermano había incurrido en traición, y no la hubo. Llamad a eso como queráis.
—No olvidéis, majestad, que firmasteis las cédulas de alférez y de entretenimiento para tres de los sayones que dieron muerte a Escobedo, y que fueron esos papeles los que les permitieron huir de Madrid —se atrevió a decir Antonio Pérez, ya abismado en la desesperación—.
Fueron seis documentos los que firmasteis y todos ellos están anotados en el libro de registro.
Ello os implica, señor, y no sería bueno para el reino ni para nadie que vuestra majestad se viera enredado en negocio como este.
A nadie conviene, pues, que el asunto salga a la luz.
—¿Me estáis amenazando, Pérez? —preguntó airado Felipe, con los ojos brillando por la cólera.
—Nada más lejos de mi ánimo, señor —respondió el secretario—. Pero le he preguntado a vuestra majestad en qué lugar quedamos la princesa y yo y no me ha respondido. Comprenderá vuestra majestad que también he de velar por mi bienestar, aunque mi principal preocupación sea vuestra real persona.
Hizo un gesto de desprecio Felipe.
—Nada puedo aseguraros —dijo—. Tanto Mateo Vázquez como Pedro de Escobedo, hermano del occiso, insisten en que abra sumaria contra vuestra merced.
Les he respondido una vez y otra que es menester venir a lo cierto y no a sospechas, que estas siempre las ha habido en el mundo.
Creo que podré contenerlos, así que, por ahora, podéis estar tranquilos, la princesa y vos.
Como bien decís, no es asunto del que se vayan a obtener ventajas para el reino.
Pérez no pudo evitar lanzar un suspiro que era tanto de agradecimiento como de liberación.
—Gracias, majestad.
—Ahora bien —interrumpió Felipe el ademán de despedida de su secretario—, esto que os he dicho tendrá valor si el estado de las cosas permanece como hasta ahora.
Pero si, porque Dios así lo quiera, descubro que alguno de mis criados está detrás de la carta anónima que he recibido y de los crímenes que están sembrando Madrid de cadáveres, caerá sobre él todo el peso de mi furia y de mi poder, sin importarme quién sea y sin pararme en mientes acerca de antiguas convenciones.
Creo que me he explicado con suficiente claridad.
Una nueva sombra se posó en los párpados enrojecidos de Antonio Pérez.
—Sí, majestad, sí, sí... —Y como si quisiera cambiar el tercio de la plática, o desviar las sospechas del rey, añadió—: ¿Pudisteis comprobar aquello que os dije sobre el duque de Alba y su hijo don Fadrique? Lo de su afición adquirida por la mitología...
—¿No tenéis bastante con lo vuestro que queréis salpicar a otros con vuestras conjeturas?
—Yo solo deseo ayudar, majestad. Es mi obligación recordar a vuestra majestad las manifestaciones del cardenal Quiroga y del resto de los consejeros en la última sesión del Consejo de Estado.
Estaban todos escandalizados, señor, por la conducta de Alba.
El cardenal llegó a comparar los excesos del duque con los del maestre don Álvaro de Luna, privado del rey Juan II de Castilla como sabéis, caído en desgracia y decapitado en 1453.
A juicio de monseñor Quiroga, si «hombres de su calidad y prendas se atrevían a desobedecer al rey, no habría cosas que no prueben otros, ni nadie que no se atreva a intentar lo que quisiere».
Cumplo con mi obligación al comunicároslo, majestad.
—Lo de Alba —repuso el rey, crípticamente— sigue su camino, y ya sabréis en su momento cuál es mi decisión.
Todo se hará en lo que convenga y fuere justo y en razón.
Pero sabed que, más allá de vuestro barrunto, no he hallado contra él prueba alguna que lo involucre en aquel negocio de la carta anónima.
—Muy bien, majestad, pero desobedeció vuestra orden, señor. Casó a su hijo con María de Toledo en contra de vuestra voluntad.
—Lo sé. Y ahora —atajó el rey—, podéis marcharos. Y no olvidéis lo que os he dicho.
Antonio Pérez abandonó la cámara real con apenas un tomín menos de angustia de la que portaba consigo al llegar.