36. AUTO DE FE EN EL ARRABAL #2
—Todo es posible, majestad —argumentó el juez—, pero algo me dice que ese truhan no ha acabado su misión y que aún sigue en la villa y corte, escondido.
De cualquier forma, hay rondas en cada salida de Madrid, atentas a cualquiera que quiera salir de la ciudad y en cuya faz luzcan costurones como los que tiene ese individuo en la mejilla siniestra.
No le será fácil escapar, majestad. He ordenado pregones, y hasta el último justicia está avisado de la importancia de localizar al matasiete.
Es solo cuestión de días que demos con él.
—Hace ya días de la redada en aquella posada y sigue libre...
—No está libre por descuido, majestad, sino porque aún no ha cometido el error que nos permita prenderle sin perderlo para siempre. Pero cometerá el error. Siempre lo hacen.
—Y en cuanto a la vigilancia que le encomendé...
—Todas las personas de la lista que vuestra majestad me facilitó siguen vivas y sin ser hostigadas. No se ha distinguido ninguna señal de peligro en sus entornos, señor.
—Bien. Seguid en vuestra indagación, señor Villafañe.
Y recordad que el tiempo juega en nuestra contra: cada día que pasa sin que demos con el responsable de los crímenes es un día que le permite actuar con mayor seguridad.
No os entretengáis en diligencias que no conduzcan a nada y avanzad con lo que tengáis más firme, porque lo que ahora no se haga tal vez no pueda hacerse después.
Y tened presente que no está en juego solo el castigo de un crimen, sino el futuro del reino y la autoridad con que ha de sostenerse todo lo demás.
***
José, a quien la pupila Patrocinio Suárez se había referido como el Gallego y al que Luisillo motejaba el Mudo, había asistido, desde lejos, al auto de fe.
Lo había hecho arropado en una capa que disimulaba sus formas y con el rostro oculto casi por completo bajo un sombrero calado que encubría sus cicatrices.
Sabía que eran estas las únicas señas características que podrían delatarlo.
A la finalización del acto, se desplazó velozmente, alejándose de la plaza del Arrabal hasta llegar hasta la vetusta iglesia de Santa María de la Almudena.
Allí se apostó, bajo el tímpano de la puerta, junto a la alta torre de ladrillo y mampostería, protegido por sus sombras.
Conocía cuál sería el recorrido que el rey haría para regresar al alcázar: fiel a su costumbre, desde la plaza del Arrabal tomaría la calle Mayor hacia el poniente, y en ese instante se encontraría cerca del entorno de la iglesia donde el jaque se había apostado, a un tiro de piedra del lugar por donde Felipe caminaría; luego, enfilaría la calle de la Inquisición, así llamada porque en ella se ubicaba la sede del Consejo de la Suprema, para finalmente dirigirse a la cuesta de la Vega para llegar al alcázar.
Allí, al abrigo de la iglesia de la Almudena, esperó pacientemente.
Primero vio pasar a una compañía de guardias reales y alabarderos, a los que seguían los frailes y prelados del Santo Oficio, satisfechos tras la misión cumplida; luego, los nobles, duques, marqueses y condes del séquito real, conversando animadamente; detrás de ellos, los secretarios reales y ministros del rey; seguidamente, la reina con sus damas y doncellas, y, finalmente, el rey, caminando con dificultad, pues la gota se le había avivado en esos días, escoltado, a varios pasos de distancia, por una unidad a caballo de la Noble Guardia de Archeros de Borgoña, conocida entre la plebe como «guardias de la cuchilla», por las archas que portaban.
Eran los guardias encargados de escoltar al rey cuando salía del alcázar o viajaba entre los sitios reales.
Cuando Felipe llegó a la altura de la iglesia, el jaque, protegido por los arbotantes del templo que le proporcionaban un refugio umbrátil, sacó de los pliegues de su capa el pistolón de rueda, lo levantó y, con pulso firme, apuntó directamente a la cabeza del rey, que se hallaba a no más de veinte pasos de distancia.
Sabía que era imposible que fallara desde tan escaso trecho.
Después, la huida sería fácil: entre el tumulto y la vocería que seguirían a la explosión, y los gritos de pánico al ver al rey caído en el suelo y sangrando, tomaría el callejón de la Almudena para regresar a la calle Mayor y desde allí perderse en las callejuelas de Madrid.
Sostuvo la pistola con las dos manos, evitando el más mínimo tremor.
Pasó el dedo pulgar de la mano diestra alrededor del gatillo, lo acarició y, finalmente, con la figura del rey entre ceja y ceja, lo apretó.
No hubo explosión alguna, ni disparo.
Sonó un clic apagado.
La pistola estaba descargada.
El jaque sonrió, bajó el arma y se la volvió a guardar bajo la capa.
Nadie había advertido su maniobra.
Matar al rey de España habría sido tan sencillo como para el gato conocer dónde está el tejado.
Sin embargo, y lamentándolo en las entretelas, no eran esas sus órdenes.
Todavía.
Esperaba lo fueran pronto.
Cuando una muerte llamara a otra muerte.
Aguardó a que el cortejo real se perdiera de vista y desanduvo lo andado: regresó a la calle Mayor, a la plaza del Arrabal y desde allí, siempre amparado en las sombras que el sol tímido de esa mañana de diciembre proporcionaba, tomó la calle de Toledo para llegar a la plazuela de San Millán y a la posada de El Pendón Dorado.
***
Al final de la cuesta, la comitiva doblaba hacia la plaza de Palacio, junto a las murallas del alcázar.
Ya estaban a la vista sus muros rojizos bañados por la luz tibia del mediodía decembrino, las almenas recortadas contra el cielo, los guardias apostados en las torres, las antorchas encendidas, a pesar de la hora que era y de la claridad, para señalar la entrada al castillo.
Antonio Pérez, que, intercambiando confidencias, había caminado al lado del arzobispo Gaspar de Quiroga, inquisidor general —y, desde el día 15 de este mes de diciembre, cardenal de la Santa Iglesia Católica, con el titulus de Santa Balbina, aunque la noticia aún no había llegado a la corte desde Roma—, cesó en su plática con el cardenal in pectore y aguardó hasta que observó que el rey llegaba a su altura.
El rostro del secretario real no era hoy el de otras ocasiones.
Estaba macilento y ojeroso, como si un gran peso le aplastara el espíritu, o como si no hubiese dormido en varias noches.
—Majestad —llamó la atención del rey, que se detuvo al ver a su secretario de Estado para los asuntos del Mediterráneo obstaculizándole el paso.
—¿Qué desea vuestra merced? —preguntó Felipe en voz baja, con un brillo de exasperación en la mirada.
Iba contra el protocolo que un criado lo abordara de esa forma desconsiderada y descortés en la vía pública, a la entrada del alcázar—.
¿Qué noticia me traéis que os atrevéis a presentaros ante mí de esta manera?
—Disculpe vuestra majestad —pidió Pérez, ahora advertido de lo descomedido de su gesto.
Pero era que desde hacía un tiempo dormía mal y no había momento del día en que el desasosiego no le turbara el ánimo.
Cada vez se esparcían con mayor ímpetu por la villa y corte los rumores acerca del asesinato de Juan de Escobedo e incluso habían llegado a sus oídos coplillas que lo acusaban abiertamente, a él y a Ana, princesa de Éboli, de la muerte del secretario de Juan de Austria.
Había ocurrido esta el día 31 de marzo de ese año del Señor de 1578, en el que tantas desgracias habían afligido al reino.
Escobedo había sido atacado en plena calle de San Juan, muy cerca de allí, junto a la iglesia dedicada a los Santos Juanes, por varios hombres armados que le dieron muerte a cuchilladas sin dejar lugar a socorro.
Se hallaba entonces en la corte, enviado por su señor Juan de Austria, y había empezado a intervenir en asuntos políticos que excedían su papel, lo que lo había situado en una posición delicada.
Su asesinato no fue un hecho casual ni fruto de riña, sino una acción premeditada que pronto se vinculó a intrigas de alto nivel, en las que se vio implicado el entorno de Antonio Pérez.
Se decía que Escobedo había reunido pruebas sobre los negocios ilícitos de Pérez, esos negocios que le habían permitido disfrutar de una mansión como la Casilla.
Y, en cuanto a la princesa de Éboli, muy cercana a Pérez —en lo personal y en lo político—, se rumoreaba que lo había ayudado por su interés en mantener su posición en la corte y el equilibrio de poder que le era favorable.
Todo ello había convertido el suceso en uno de los episodios más turbios y comentados del reinado de Felipe, tanto por la violencia del hecho como por las sospechas que levantó en torno a las decisiones tomadas desde el propio gobierno y por el propio rey, de quien se decía que había conocido el crimen previamente a su comisión y lo había consentido.
En estos días, las presiones de los familiares de Escobedo habían alcanzado un punto álgido y cada vez eran más las voces que exigían un proceso y que se hiciera justicia por el crimen.
En los mentideros, sobre todo en las Gradas de San Felipe e incluso en el de las Losas de Palacio —donde solían reunirse pretendientes de cargos, secretarios, militares que buscaban mercedes y nobles que querían enterarse de los últimos decretos reales antes de que fueran oficiales, y no pícaros, correveidiles y soldados licenciados como en el primero—, la gente se deshacía en hablillas sobre la implicación de Pérez y de la princesa en el asesinato, decidiendo cuál de los dos había movido los hilos.
El mayordomo de Ana había escuchado incluso una copilla devastadora en San Felipe:
No preguntes quién mandó,
que la duda no sofoque:
Pérez dio muerte con tinta
y la tuerta con estoque.
Escobedo yace en tierra,
sin juez y sin confesión,
se dice si acaso tres
o si fueron solo dos.
—Creo que es importante —añadió Pérez tras la disculpa— que pueda hablar con vuestra majestad en privado. Es sobre el asunto de Escobedo, señor.