Conjura contra el rey Felipe 36. AUTO DE FE EN EL ARRABAL
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36. AUTO DE FE EN EL ARRABAL

A UTO DE FE EN EL A RRABAL

Celebrada la Navidad, la Inquisición seguía haciendo funcionar su maquinaria inexorable, como si ni el nacimiento de Cristo ni el recogimiento de aquellas fechas bastaran para suspender, siquiera por unos días, el avance frío y metódico de un poder que no conocía descanso ni indulgencia, y que seguía dictando culpas y castigos con la misma precisión implacable con que otros celebraban la esperanza.

La plaza, aún húmeda por el rocío nocturno, había sido transformada en un escenario perfectamente dispuesto.

A lo largo de uno de sus lados se alzaban las tribunas de madera cubiertas con paños oscuros, destinadas a los miembros de los Consejos Reales, a los inquisidores, a los representantes del concejo municipal y a los embajadores extranjeros.

Frente a ellas, en posición de privilegio, se había levantado el estrado real, adornado por paños y tapices y protegido por un dosel; en ese estrado era donde Felipe debía sentarse acompañado de la reina y sus más cercanos servidores.

Más abajo, separados por una empalizada, se encontraban los bancos para los reos, los verdaderos protagonistas del auto de fe.

Desde los accesos a la plaza comenzaba a entrar el gentío.

Artesanos, criados, estudiantes, mujeres con niños, soldados licenciados, mendigos, clérigos de toda condición se acomodaban donde podían, haciéndose sitio a codazos, subiendo a balcones, asomándose a ventanas alquiladas por horas, trepando a improvisadas tarimas.

Nadie quería faltar. Era tanto por curiosidad como por la voluntad de ser partícipes de un acto que definía el orden moral del reino.

El aire se llenó pronto de murmullos, del crujir de las maderas, del roce de capas, de risas y burlas, del sonido metálico de armas, del retumbo sordo de los bastones.

Cuando el rey apareció, acompañado por la reina, por los grandes de España, por sus secretarios, oficiales y criados y por el paso marcial de los alabarderos, mientras el chisporroteo de las lechuzas en los aleros cedía ante los gritos de los madrileños, la plaza entera lo aclamó con vítores y aplausos.

Felipe avanzó con paso firme, sin mirar a los lados, como si ya estuviera interiormente separado del mundo que lo observaba.

Vestía como siempre de negro, con apenas el brillo dorado del Toisón de Oro y el blanco rígido del cuello destacando sobre la sobriedad del conjunto.

Tomó asiento y solo entonces se inició verdaderamente el acto.

La ceremonia comenzó con el repique solemne de las campanas, un tañido profundo que parecía arrancar el silencio de su raíz y devolverlo transformado en rito telúrico.

La procesión inicial avanzó desde uno de los extremos de la plaza.

Abría el cortejo la Cruz Verde, alta, cubierta de terciopelo, sostenida por frailes dominicos.

Tras ella marchaban los familiares del Santo Oficio, los notarios, los calificadores, los inquisidores con sus capas oscuras, y finalmente los reos, escoltados por alguaciles, vistiendo el saco de lana amarilla con la cruz de San Andrés y portando un cirio de cera verde.

El paso era lento, casi exasperante, como si cada pulgada recorrida debiera ser cuidadosamente madurada.

Los sambenitos colgaban pesados sobre los cuerpos, los capirotes alargaban las siluetas hasta hacerlas parecer irreales.

Había rostros pálidos, otros tensos, algunos inexpresivos, como si el alma se hubiera salido de un cuerpo todavía vivo.

En muchos de estos aún eran visibles las secuelas de la tortura.

Una vez situados los reos en sus bancos, comenzaba la parte más larga y más agotadora: el sermón, los juramentos, las fórmulas, las amonestaciones.

Los cuerpos se entumecían bajo el frío primero y bajo el sol después, un sol improbable de diciembre que calentaba las tonsuras, los pensamientos se dispersaban, la inquietud aumentaba, pero nadie podía moverse.

Subió al púlpito fray Alonso de Orozco, predicador agustino conocido por su elocuencia, y durante más de una hora habló sin descanso, alternando pasajes de la Escritura con admoniciones al pueblo, ejemplos históricos, amenazas veladas y promesas de misericordia.

Habló del error como enfermedad, del alma como territorio en disputa, del deber de los príncipes de velar por la pureza de la fe.

Cada frase parecía cuidadosamente tallada para resonar en la conciencia colectiva.

El público escuchaba sin moverse, atrapado entre el fervor, el miedo y el cansancio.

Después vino el juramento general, repetido en voz alta por las autoridades y secundado por la multitud, comprometiéndose a defender la fe y al Santo Oficio.

Aquel murmullo coral, sonoro e irregular, recorrió la plaza como una ola, y durante unos instantes pareció que toda la ciudad hablaba con una sola voz.

La lectura de sentencias fue el momento más esperado, cuando los reos sufrían la humillación pública, la abjuración de sus errores de rodillas y la lectura de sus pecados frente a toda la ciudad y las autoridades.

El secretario de la Suprema se adelantó con un legajo en las manos y comenzó a nombrar, uno por uno, a los acusados.

Cada nombre iba seguido de una exposición breve del delito y de la pena impuesta.

Reconciliación, penitencia pública, prisión, confiscación, galeras.

Y, para algunos, la relajación al brazo secular.

Felipe permanecía inmóvil, atento a todo cuanto ocurría.

Era un hombre sumamente religioso, no pasaba un solo día sin que dedicara su tiempo a la oración y a la contemplación; en su alcoba del alcázar no había rincón donde no se viera un crucifijo o una imagen devota de la Virgen o de un santo, y decían sus ayudas de cámara que siempre tenía los ojos fijos en esas imágenes cuando rezaba y el espíritu elevado al cielo.

Pensaba sinceramente que la Santa Inquisición y autos de fe como el que hoy presidía eran necesarios para mantener a España libre del protestantismo y la herejía.

Ahora, en la plaza del Arrabal, mientras escuchaba las sentencias, inclinaba levemente la cabeza y entrecerraba los ojos como si evaluara no tanto a los condenados como el equilibrio frágil entre justicia, política y fe que aquel acto representaba.

Sabía que estaba siendo observado, y sabía también que su presencia daba legitimidad última a todo cuanto allí ocurría.

No era un espectador: era parte del juicio.

Pero no podía evitar que, cada cierto tiempo, su mirada se clavara en quienes lo rodeaban, en sus nobles, en los grandes de España, en los gentilhombres de cámara, y que se preguntara si alguno de ellos estaba detrás de la carta anónima, del signo de Saturno y del drama que padecía.

Allí estaban duques y marqueses, marquesas y duquesas, príncipes y princesas, secretarios y ministros.

Y en cada gesto, en cada mirada esquinada, en cada fruncimiento de párpados, en cada desvío de los ojos, en cada movimiento de la cabeza de unos y otros quería ver una señal ora de culpabilidad ora de inocencia.

Cuando se pronunciaron las fórmulas finales y los condenados más graves fueron entregados simbólicamente a la justicia civil, al brazo secular, el tono del acto descendió lentamente hacia su conclusión.

Se cantó un tedeum, se impartieron bendiciones, se retiraron las autoridades.

Los reos entregados al brazo secular fueron conducidos al quemadero, situado en las afueras de la villa, donde serían ejecutados en la hoguera.

El público comenzó a dispersarse con una mezcla de alivio y agotamiento, comentando en voz baja lo acontecido y dando gracias por no ser ellos los protagonistas de la tragedia.

Los más morbosos, y no fueron pocos sino muchísimos, siguieron a la procesión de los condenados a muerte hasta el lugar de su ejecución.

El lugar, que durante horas había sido tribunal y altar, volvía poco a poco a ser mercado y cruce de caminos.

La plaza del Arrabal se reconvirtió lentamente en el lugar que cada día era: comerciantes que abrían sus puestos, zagales que corrían entre los soportales, los carpinteros del concejo que comenzaban a desmontar los estrados, el olor a incienso disipándose en el aire invernal.

Pero el eco del acto permanecía en esa plaza cerrada entre edificios de ladrillo rojo y madera y no se borraría durante las jornadas venideras.

En los corrillos, en las tabernas, en los hogares, se seguiría hablando durante semanas de aquel día en que la fe se había hecho visible, severa y pública, bajo la mirada silenciosa del rey.

Para Felipe, que se retiró a pie y sin prisa hacia el alcázar, aquel auto de fe, como todos los que se celebraban, sería una confirmación del orden del reino: un día en que la justicia y la devoción se mezclaron en palabras, miradas y silencios bajo el mismo cielo que sobre todos se extendía, dando forma a una ciudad y un país que sabían, por tradición y por temor, que su fe y su destino marchaban, juntos, en la misma procesión.

A la salida de la plaza, advirtió la presencia del alcalde Villafañe, que lo miraba fijamente.

Con un gesto de la testa, le dio venia para acercarse.

Y allí el juez le comentó las últimas nuevas de la sumaria: la localización de los rufianes en la posada de El Gamo del Rey días atrás, de la que el soberano ya había sido informado por Mateo Vázquez, la muerte de Alonso de Iturbe y la fuga del segundo de los jaques, el más peligroso de los dos. Que continuaba en paradero desconocido.

—¿Cree vuestra merced —preguntó Felipe a Villafañe— que ese sujeto ha podido abandonar Madrid?