35. EL MÉDICO DE HULST
E L MÉDICO DE H ULST
Borja Gómez de Mendoza y sus dos camaradas del tercio de Figueroa llevaban ya más de un mes recorriendo cada rincón de los Países Bajos en busca del médico Hendrick van der Meer.
Y a esas alturas del viaje ya los estaba ganando la desesperación.
Pasaron la Navidad, la más extraña de sus vidas, en Terneuzen.
No hubo cena festiva ni misa del gallo, ni villancicos ni representaciones del nacimiento de Jesús, ni alfajores ni pestiños.
No hubo Nochebuena ni repique prolongado de campanas, ni calles adornadas, ni imágenes expuestas en las iglesias.
El día amaneció como cualquier otro día de invierno: frío, húmedo, lluvioso, con el cielo plomizo y bajo y las calles cubiertas de barro.
Los mercados abrieron con normalidad, los carreteros entraban y salían por las puertas y los talleres levantaban sus postigos sin ceremonia especial.
Asistieron a misa en la iglesia de Emaús —Emmaüskerk la llamaban allí—, un templo católico convertido al culto protestante.
Su interior estaba desnudo, solo la piedra muda, sin retablos, sin imágenes, sin cirios pascuales, y el oficio fue soso y rápido: un predicador leyó los pasajes del Evangelio sobre el nacimiento de Cristo y los fue comentando con tono severo, insistiendo más en la obediencia, la humildad y el arrepentimiento que en el misterio de la Encarnación.
Los fieles escuchaban sentados, con los abrigos puestos, y respondían con salmos cantados sin acompañamiento de música, lentos y monótonos.
No había gestos rituales, ni procesiones, ni señales externas de júbilo.
Llegaron finalmente a un lugar llamado Hulst, cuando ya casi habían perdido las esperanzas de dar con el médico Van der Meer.
Era una ciudad de tamaño considerable, con una muralla defensiva que reflejaba la necesidad de protegerla de las campañas militares que se sucedían entre las fuerzas leales al rey Felipe y las huestes de las Provincias Unidas.
Nada más llegar, y deseando emprender el camino de vuelta hacia el sur, preguntaron en el mercado, con la excusa de los pies de Borja que ya tenían gastada de tanto usarla, si había llegado recientemente a la ciudad algún médico.
—Pues así es —les contestó un vendedor de salazones y mantequilla—, hará unos dos o tres meses que tenemos un galeno nuevo en la ciudad.
Falta hacía, ¿saben vuestras mercedes?, porque el viejo Wilhem murió el año pasado y los que nos quedan no son muy de fiar.
Dicen que el recién llegado sabe lo que se trae entre manos.
—Ah, entonces no es un jovenzuelo recién salido de la universidad...
—No, no, qué va. Talludito y experto.
—¿Y dónde recibe ese buen médico? —preguntó Borja.
—Ah, pues vive cerca —respondió el hombre, señalando con el dedo extendido más allá de la iglesia de San Willibrord, que presidía la plaza donde se ubicaba el mercado—, en la Gentsestraat.
—¿Y cómo podríamos saber qué casa es?
—No tiene pérdida. Es la del viejo Wilhem, el galeno que murió el año pasado y cuya vivienda adquirió maese Adriaan van Aardenburg al poco de establecerse aquí. Está pintada de azul y rojo. Es la única en la Gentsestraat con tales colores.
—¿Adriaan van Aardenburg es el nombre del médico recién llegado?
—Así es. Se ha quedado con la mayor parte de los pacientes del viejo Wilhem y, por lo que se cuenta, ya hace la visita a otros muchos que no lo eran.
—¿Y vive solo? —inquirió el cabo Pedro de Sevilla.
Lo miró el mercader con desconfianza.
—¿Y para qué lo quiere saber vuestra merced?
Se disculparon como pudieron ante el mercader, al que, para contentarlo, adquirieron media libra de mantequilla que resultó que estaba sabrosa como pocas.
Era la hora de vísperas cuando por fin, no sin esfuerzo, dieron con la casa pintada de azul y rojo en la Gentsestraat.
***
El médico que se hacía llamar Adriaan van Aardenburg vivía solo, atendido por una vieja medio sorda que les abrió la puerta cuando llamaron y les dijo de malas maneras que maese el médico estaba haciendo la visita y no sabía cuándo regresaría.
—No podrá tardar mucho, ¿no? —repuso Borja—. Está a punto de anochecer.
—Las enfermedades no saben de horas —explicó la vieja criada—. Llegan cuando llegan y ya está, sin molestarles que sea de noche o de día.
—¿Os importa que esperemos a maese Adriaan aquí? —preguntó el sargento Sebastián Gallardo.
—¿Son vuestras mercedes pacientes? Los veo cansados, pero sanos.
—Los pies de mi amigo —dijo el sargento, señalando los zapatos de Borja, en los que la sangre se había filtrado, manchando el cuero.
Dudó la fámula, pero una moneda de plata que Borja sacó de su faltriquera la ayudó a decidirse.
—Pasen vuestra mercedes —invitó, ya menos hosca— y síganme.
Los condujo a una salita pequeña que, como toda la casa, olía a alcohol, hierbas y pócimas.
Era el lugar donde el galeno recibía a aquellos pacientes que, por urgencia o conveniencia, iban a su casa en vez de esperar su visita.
Al fondo, ante la ventana, había una mesa con papeles y cuadernos.
A su lado, un camastro para los pacientes, junto a orinales y una jofaina.
En los estantes, libros médicos, antiguos, tal vez heredados del físico llamado Wilhem.
En los armarios, ungüentos, polvos, jarabes, resinas, aceites y plantas secas.
Y en una repisa, instrumental médico: lancetas para sangrar, ventosas, pinzas, bisturíes rudimentarios, agujas y cauterios.
—No toquen vuestras mercedes nada. Les avisaré cuando maese Adriaan llegue a casa. Y ahora les traigo un poco de agua, que parecen sedientos.
El médico Van Aardenburg tardó poco más de media hora en volver a su casa de la Gentsestraat. Lo supieron por el sonido del portalón al abrirse y cerrarse y por el saludo áspero que el recién llegado dedicó al ama vieja. Los oyeron hablar a ambos en susurros.
Borja experimentó un escalofrío en la columna vertebral.
Conocía esa voz.
Era la que le hablaba en bisbiseos a Juan de Austria en su lecho de muerte, la que detallaba las bizmas que le administraba, la que desgranaba los remedios para los padecimientos fatales del gobernador.
Era la voz de Hendrick van der Meer.
—Es él —musitó Borja a sus dos camaradas.
Los tres, al unísono, se pusieron de pie.
Vieron cómo la puerta del cuarto se abría.
—Bueno, bueno —entró el médico en la cámara—. ¿quién de por aquí necesita mis...?
Y se quedó callado, mudo de asombro, cuando clavó sus ojos en Borja Gómez de Mendoza.
Algo más viejo, aunque apenas si habían pasado unos meses desde que lo viera por última vez, tal vez por las fatigas del exilio, acaso por el miedo que acecha día y noche a todos aquellos que huyen, Borja no tuvo ninguna duda de que se hallaba ante el médico flamenco que había atendido a su señor en su enfermedad postrera.
—Vos... —acertó a mascullar Van der Meer.
Hizo un ademán como para girarse, pero el sargento Sebastián Gallardo se lo impidió, colocándole la daga en el gaznate. El galeno dejó caer su maletín, del que se desparramaron tarritos e instrumentos.
—Id a donde la vieja —ordenó el sargento al cabo Sevilla—. Atadla y amordazadla mientras nosotros hablamos con este individuo.
De un empujón llevó a Van der Meer hasta el camastro, obligando al médico a tomar asiento, mientras el cabo abandonaba la habitación.
—¿Qué hacéis tan lejos de Namur, maese Hendrick? —preguntó, sujetando la ira en la voz, Borja.
Movió los labios el físico, mas no brotó de ellos sonido alguno.
—Lejos estáis de Namur, maese Van der Meer, porque sois vos, ¿verdad?
—Sí, sí, yo... —acertó a farfullar el flamenco—. Y vos ¿qué hacéis por aquí?
—Justicia, Van der Meer, justicia, por orden de mi rey.
Apenas media hora aguantó el médico el interrogatorio del sargento Gallardo.
Bastaron unos pescozones, dos bofetadas, tres uñas extirpadas a fuerza de tenazas y el anuncio de lo que le aguardaba si no explicaba las causas de la muerte de Juan de Austria para que el galeno confesase de plano.
Reconoció entre súplicas y lloros haber administrado a su paciente arsénico sublimado, cuyos síntomas —fiebre, diarrea, debilidad, sudores, dolor de cabeza, colapso, muerte gradual...
— se confundían perfectamente con los del tabardillo.
—¿Por orden de quién envenenasteis a mi señor? —preguntó Borja Gómez de Mendoza, mirando con asco al hombrecillo que después de cada palabra que pronunciaba imploraba miserablemente piedad. La que no tuvo con un gran hombre como Juan de Austria.
—Me matará si os lo digo.
—No habéis llegado a entender vuestra situación, Van der Meer —aclaró Borja—. Estáis muerto. Muerto, ¿comprendéis? Ahora bien, podéis elegir si queréis morir lenta y dolorosamente o si preferís hacerlo sin que prácticamente os deis cuenta. Y ahora, decidme: ¿quién os ordenó dar muerte a don Juan?
Volvió a implorar misericordia el médico, cuyas mejillas estaban empapadas de las lágrimas que brotaban sin freno de sus ojos.
—¡Piedad, piedad...! —clamaba—. No pude decir que no, no pude dejar de cumplir la orden que me dieron.
—Por última vez: ¿quién os ordenó matar a mi señor?
—¡Piedad, piedad!
—Sargento, es todo vuestro.
—¡¡¡No, no!!! —suplicó cuando vio que el sargento Gallardo se abalanzaba sobre él con una de sus tenacillas, la que había servido para arrancarle tres uñas de la mano diestra, y que intentaba meterle la mano en la boca para extraerle la lengua—.
¡¡¡Os lo diré!!! ¡¡Os lo diré!!! ¡Pero haced que se aparte de mí!
—Hablad.
—¡Fue Guillermo de Orange-Nassau, el príncipe de Orange! ¡Fue él quien me ordenó dar muerte a don Juan! ¡No pude negarme!
Y explicó después, entre lágrimas y mocos, que el príncipe, caudillo de los rebeldes flamencos y estatúder de las provincias de Holanda, Utrecht y Zelanda, le había pedido, a cambio de doscientos ducados de oro, que administrase un veneno fatal a Juan de Austria.
—¿Qué sabéis de la carta que recibió mi señor? La que acusaba a su majestad el rey de haber dado muerte a su hijo el príncipe Carlos y contenía un símbolo ignoto.
—¡No sé nada de esa carta!
—Sargento, todo vuestro...
—¡No! ¡Es verdad! ¡No sé nada de esa carta! ¡La leí, en un descuido de don Juan, y me sorprendí tanto como él y como vos! ¡Pero ni la escribí ni la llevé al castillo de Namur! ¡Os juro por mi alma que digo la verdad!
—Está bien —dijo Borja, calibrando la expresión aterrorizada del médico y concluyendo que no mentía—. ¿Le hablasteis de esa carta a Orange?
—Sí, sí, le referí lo que recordaba de su contenido.
—¿Y qué dijo el príncipe?
—Nada sabía de ella, nada. Y vino a decir algo así como que había otro jugador en esta partida.
—¿No fue, pues, escrita por orden suya?
—¡No, no! Le pregunté si no procedía de él, y me lo negó, llegando a decirme que eso hacía la cuestión más interesante.
Cuando acabaron el interrogatorio y consideraron que nada más podían sacar del médico, sintió Borja un gran vacío, una lasitud extraña.
Recordó una frase que había leído, no sabía dónde: «Cava dos tumbas antes de empezar un viaje de venganza».
Y se dijo que esta, lejos de ser dulce, deja siempre un rastro amargo en el alma.
—¿Qué hacemos con él? —preguntó el sargento mayor.
Contempló Borja al médico, que, acurrucado contra el camastro, lo miraba como el condenado a su verdugo. Y no pudo evitar pensar que iba a cargar para siempre con el peso de esa muerte, pues no hay justicia limpia cuando el mismo hombre debe dictar la sentencia y ejecutar el castigo.
—Matadlo —ordenó—. Y rápido, que no sufra más.
Se giró, para no ver cómo Gallardo clavaba la daga en el gaznate del médico Van der Meer, que lanzó un sonido ronco, como un eructo, al morir.
—¿Le corto la cabeza? —preguntó el sargento de los tercios—. Le prometisteis al gobernador que, si no lo podíamos llevar a Namur con vida y preso, le llevaríamos su cabeza.
—Quitadle el anillo y cualquier objeto que lo identifique. Con eso debe de bastar —mandó Borja Gómez de Mendoza—. Y dejadle la cabeza en su sitio, sargento. Como comprenderéis, no vamos a recorrer Flandes con una cabeza humana pudriéndose en nuestras alforjas.