34. LA PETICIÓN DE DISPENSA DEL CARDENAL #3
Hemos recibido con atención y particular estima la carta que nos habéis dirigido, en la cual exponéis a Nos con claridad de conciencia y rectitud de ánimo los motivos que os mueven a solicitar dispensa de los vínculos eclesiásticos que en otro tiempo abrazasteis con el propósito de contraer legítimo matrimonio y asegurar vuestra descendencia por el bien de vuestros reinos.
Alabamos, ante todo, la sinceridad con que manifestáis vuestra solicitud por la paz, el orden y la conservación de vuestros pueblos, así como el respeto filial con que os sometéis al juicio de esta sede apostólica.
Tales disposiciones muestran la rectitud de vuestro corazón y la fidelidad con que siempre habéis servido a la Iglesia.
No obstante, después de ecuánime consideración, de consultar con cardenales doctos en derecho y teología, y de encomendar este asunto a la divina luz del Espíritu Santo, Nos hemos juzgado que no conviene, en las presentes circunstancias, conceder la dispensa que solicitáis.
Los vínculos del sacerdocio y del cardenalato, recibidos libremente y confirmados por solemne profesión, son de tal gravedad que no deben ser disueltos sino por causas extraordinarias y manifiestamente necesarias para el bien superior de la Iglesia universal, causas que ahora no concurren.
Nos consideramos asimismo que vuestro ejemplo, como príncipe cristiano y como varón consagrado, es de gran edificación para toda la cristiandad, y que perseverar en el estado que abrazasteis fortalece la autoridad moral del trono y la estabilidad espiritual del reino.
Estamos persuadidos de que Dios, en su providencia, sabrá disponer los medios oportunos para preservar a Portugal de todo peligro sin que sea preciso alterar el orden sagrado establecido.
Os exhortamos, pues, con paternal afecto, a perseverar en la paciencia, en la oración y en la confianza en los designios divinos, seguros de que vuestra fidelidad será recompensada y de que la Santa Sede no dejará de acompañaros con su consejo y su solicitud en todas las dificultades que se os presenten.
Recibid, muy amado hijo, nuestra bendición apostólica, prenda de nuestro afecto y testimonio de nuestra constante preocupación por vuestra persona y por vuestros reinos.
Dado en Roma, en San Pedro, bajo el anillo del Pescador,
Gregorio, papa
Dobló la carta Enrique cuidadosamente, con profundo desánimo, y la dejó sobre la mesa de su cámara de trabajo en el palacio de Ribeira, en Lisboa.
Se puso en pie trabajosamente y se asomó a los ventanales, que se abrían sobre una extensión de agua inmensa, casi marina, donde el río perdía ya su carácter fluvial y se ensanchaba hasta parecer un océano.
Desde allí se veía el vaivén constante de las naves: las carracas procedentes de la India, las naos de Brasil, las galeras armadas, los barcos mercantes flamencos y genoveses, todos fondeados o maniobrando lentamente entre boyas y pequeñas embarcaciones auxiliares.
Las velas blancas, a veces remendadas, a veces nuevas, punteaban la superficie como nubes ora redondas ora cuadradas, mientras los mástiles formaban una selva vertical que pespunteaba el cielo.
Más cerca, junto a los muelles, se agitaba la actividad incesante del puerto.
Se distinguían los cargadores transportando fardos, los escribanos sentados a mesas improvisadas, los oficiales de la Casa da Índia supervisando mercancías, y las filas de carros esperando turno para descargar pimienta, canela, telas orientales, azúcar o maderas exóticas.
El aire llegaba hasta el palacio mezclado con olores de sal, brea, especias y humo, recordando a cada instante que la riqueza del reino entraba por aquel frente de agua.
Y todo se iba a perder, pensó Enrique.
Bajo esas letras de Gregorio, envueltas en palabras afectuosas y en alusiones canónicas, se encubría una decisión política que condenaba a su pueblo, a Portugal.
Tras su muerte, que sabía cercana, se acabarían las palabras y hablarían las armas. No habría parlamentos, ni cortes, ni cónclaves, ni ententes.
Solo las armas.
Las de todos los pretendientes al trono: Felipe de Austria, como hijo de Isabel de Portugal, hija mayor del rey Manuel; Antonio, el prior de Crato, hijo bastardo de Luis, duque de Beja y, por tanto, nieto de Manuel I; Catalina de Portugal, duquesa de Braganza, hija de Eduardo y nieta también del rey Manuel; Ranuccio Farnesio, hijo del duque de Parma y de la infanta María de Portugal, otro nieto más de Manuel I, y algunos otros.
Y de entre todas ellas, solo las armas de Felipe tenían el suficiente poderío para imponerse sobre todas las demás. Sus cañones, sus arcabuces, sus formidables tercios, sus galeras...
La suerte estaba echada.
La suerte de su reino.
De Portugal.
Se dijo al fin, con un nudo en la garganta y una opresión en el pecho que le dificultaba el aliento, que la carta de Gregorio, su decisión, no se limitaba a denegarle la dispensa, a negarle la posibilidad de engendrar un hijo, un sucesor, de garantizar la sucesión del trono.
No.
Gregorio entregaba Portugal y su imperio, en bandeja de plata, a Felipe, rey de España.