34. LA PETICIÓN DE DISPENSA DEL CARDENAL #2
—Y, sin embargo —respondió—, no menciona una sola vez el escándalo que supondría para la Iglesia permitir que un cardenal abandone sus votos por su propia conveniencia o porque la Corona que voluntariamente ha asumido así se lo exige. Eso, curiosamente, no parece preocuparle.
Sirleto tomó entonces la palabra, ahora, por una vez, con un tono pausado, casi académico.
—Desde el punto de vista canónico, santidad, la petición es extremadamente problemática.
No se trata solo del voto de castidad, sino del carácter indeleble del orden sagrado.
Conceder esta dispensa no sería un acto de misericordia aislado, sino una ruptura doctrinal que otros no tardarían en invocar.
—Pese a ello —intervino Carlos Borromeo, arzobispo de Milán—, existen precedentes en nuestra historia reciente, santidad, de dispensas concedidas a cardenales de la Iglesia.
Sin ir más lejos, César Borgia fue el primer cardenal en renunciar voluntariamente al capelo cardenalicio.
Lo hizo con el permiso de su padre, el papa Alejandro VI, argumentando que su vocación no era religiosa, sino militar y política.
—También Felipe de Saboya —alegó Giovanni Vincenzo Gonzaga, de la familia soberana de Mantua— abandonó sus oficios religiosos para casarse con Adelaida, condesa palatina de Borgoña, y convertirse en conde de Saboya.
Gregorio apoyó los dedos sobre la mesa, entrelazándolos.
—Y todo aquello fue motivo de sufrimiento para la Iglesia —sentenció el papa—, que no puede permitirse abrir de nuevo una puerta que no sabrá cerrar.
No después de Trento. No ahora. Antes del concilio, en épocas de mayor laxitud, podían encontrarse dispensas extraordinarias, sobre todo en casos de interés político, pero Trento quiso precisamente acabar con ese tipo de prácticas, reforzando la idea de que el estado clerical es irreversible y vinculante.
Tolomeo Gallio, que hasta entonces había guardado silencio sobre la cuestión concreta de la dispensa, habló con cautela, como quien introduce una verdad incómoda.
—No podemos ignorar, santidad, que la negativa tendrá un efecto inmediato en el equilibrio político.
Negar la dispensa deja el camino libre a Felipe de España, cuyos derechos sucesorios están bien documentados.
Y eso, el acceso de Felipe al trono portugués y a su imperio ultramarino, cambiará todo el equilibrio existente.
Gregorio no respondió de inmediato. Se levantó despacio y caminó hacia la ventana.
Desde allí, Roma se extendía como una ciudad que había visto pasar demasiados reyes para conmoverse por uno más.
Permaneció unos instantes observando los tejados, como si en ellos pudiera leerse la historia acumulada de decisiones semejantes.
—Felipe —dijo al fin, sin volverse— no es una amenaza para la Iglesia, y más en las circunstancias que antes he referido a sus eminencias.
Es, en muchos sentidos, su sostén más firme, su brazo armado, como tantas veces se ha dicho.
Ha combatido la herejía donde otros han dudado, ha defendido la autoridad pontificia cuando otros han negociado, y entiende el poder como algo que se ejerce con responsabilidad y paciencia, no con improvisaciones tardías.
—Se volvió hacia los cardenales—. ¿De verdad creen vuestras eminencias reverendísimas —continuó— que sería prudente impedir su acceso a Portugal mediante una concesión canónica forzada, solo para sostener a un rey anciano que llega demasiado tarde a la idea de la sucesión?
Farnese guardó silencio. Gallio inclinó la cabeza, aceptando implícitamente el razonamiento.
—La petición de Enrique —prosiguió el papa— no nace de una vocación matrimonial redescubierta, sino de la idea de perpetuar su linaje en el trono de Portugal.
Y la Iglesia no debe legislar desde el interés.
Mucho menos cuando hacerlo beneficiaría a quienes desean un Portugal débil, dividido, expuesto, pues no todos, en aquel país, comulgan con la petición de Enrique, según el nuncio nos ha informado.
Sirleto asintió.
—Una unión con España —dijo— garantizaría estabilidad, defensa común y una continuidad católica sin fisuras.
Gregorio volvió a su asiento.
—Y garantizaría, además —añadió—, que la península ibérica quede firmemente en manos de un solo poder católico, fuerte, obediente a Roma.
No nos engañemos: esta decisión no es solo sobre Enrique.
Es sobre el orden que vendrá después de él.
—Tomó de nuevo la carta portuguesa, la dobló con cuidado y la sostuvo un instante entre las manos—.
Enrique pide tiempo —dijo—, pero el tiempo no se concede por bula.
Se administra, y a veces se niega. Es decisión de Nos denegar la dispensa solicitada por el cardenal Enrique, rey de Portugal.
—Sabéis, santidad —intervino Gallio—, que, de morir Enrique sin sucesión, el escenario de una guerra en Portugal es el más probable. Iguales derechos que Felipe podrían esgrimir otros pretendientes.
—Mi decisión está tomada, cardenal.
Farnese, ya de pie, se atrevió a formular la pregunta final.
—¿Y si con ello, santidad, se interpreta que estamos entregando Portugal a Felipe? ¿Cómo afectaría eso a la visión que se tiene de su santidad y del papado?
Gregorio XIII levantó la vista, cansada pero resuelta.
—No lo entregamos —respondió—. Lo dejamos donde la historia, la sangre y la fe lo están llevando. Y lo hacemos sabiendo que, en manos de Felipe, la Iglesia no perderá un aliado, sino que ganará un reino más firme.
La sala quedó en silencio. Ya se había emitido el veredicto, no solo por razones doctrinales, sino por una convicción política clara: mejor un monarca poderoso y católico que una dispensa que debilitara a la Iglesia para salvar a un rey que había obrado torpe y tardíamente.
Luego, cuando se quedó solo, Gregorio llamó a un escribano y le dictó la carta de respuesta al suplicante.
Lo hizo despacio, con frases largas, cuidadosamente equilibradas, donde la caridad pastoral se mezclaba con una negativa firme e irrevocable.
Dictó palabras en las que no había dureza ni inclemencia, pero tampoco vacilación.
La respuesta hablaba de obediencia, de aceptación del designio divino, de la imposibilidad de acceder a una petición contraria al orden de la Iglesia y de la necesidad de gobernar con prudencia el tiempo restante.
Cuando el escribano terminó, el papa leyó la carta y la rubricó y selló luego.
—Que se envíe de inmediato —ordenó—. Y que no quede duda de que esta sede no participará en soluciones desesperadas que comprometan su autoridad.
En Lisboa, Enrique aún aguardaría una respuesta que cerraba su última puerta.
En Madrid, sin haber escrito una sola línea, Felipe II veía cómo Roma, con calma infinita, inclinaba la balanza a su favor.
***
Lisboa, principios de 1579
Cuando Enrique, príncipe de la Iglesia y rey de Portugal, leyó la carta de Gregorio XIII, en la que se le denegaba la dispensa suplicada, se dijo que si la muerte lo atrapara en ese mismo instante, sería bienvenida.
Sabía lo que esa carta significaba, lo que suponía, no ya para él, que era viejo y estaba enfermo, sino para su reino, para Portugal: la guerra posiblemente y, más posiblemente aún, la pérdida de sus señas de identidad y de su independencia.
Pero no había nada que hacer, solo esperar la muerte, y rogar que viniese cuanto antes, pues no quería ser testigo del futuro ni penar sus vísperas. La decisión de Gregorio era inapelable.
Muy amado hijo en Cristo, rey muy católico de Portugal,