Conjura contra el rey Felipe 34. LA PETICIÓN DE DISPENSA DEL CARDENAL
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34. LA PETICIÓN DE DISPENSA DEL CARDENAL

L A PETICIÓN DE DISPENSA DEL CARDENAL

La tarde romana avanzaba con una lentitud casi litúrgica que contrastaba con los ajetreos en la ciudad y en las iglesias y conventos de la Ciudad Eterna, preparando el nacimiento del Salvador.

Los sacristanes limpiaban los altares y los adornaban luego con flores de invierno, ramas verdes y coronas vegetales; los monaguillos planchaban telas blancas y doradas en las sacristías, que después revestirían la mesa sagrada y la credencia; se instalaban velas nuevas y hermosos cirios pascuales, se adornaban las capillas.

En Santa María la Mayor se exponían para la veneración de los fieles las reliquias del pesebre que allí se custodiaban.

Se celebraban vísperas solemnes, con canto llano y polifonía.

En la piazza Navona, en la del Campidoglio, en el Campo de’ Fiori, en la piazza del Popolo, los mercaderes levantaban sus tenderetes vendiendo dulces navideños, velas y figurillas alegóricas.

Los músicos callejeros cantaban villancicos y madrigales, pulsando sus laúdes, sus violas da braccio y soplando sus flautas y chirimías.

Los peregrinos llenaban las posadas y en San Pedro ardían ya cientos de velas y el humo del incienso se elevaba bajo las bóvedas como una bruma sagrada.

En las casas de los nobles y pudientes se instalaban los presepi , con figurillas de madera o terracota, reproduciendo el lugar donde Jesús nació.

En los balcones de los palacios y de las casas de las grandes familias se colgaban tapices, paños de damasco y estandartes.

En el Vaticano, en el interior del Palacio Apostólico, el invierno se manifestaba no solo con el frío que parecía incrustarse como verdín en las piedras de San Pedro, sino también con una luz fatigosa que entraba sesgada por los altos ventanales, filtrada por cristales antiguos que parecían haber aprendido a oscurecer el mundo.

La sala destinada a los consistorios reservados estaba envuelta hoy en una penumbra cálida, densa, olorosa a cera, a cuero viejo y a pergamino.

Gregorio XIII permanecía sentado desde hacía largo rato.

En su actitud no latía la prisa, sino una concentración absoluta.

Frente a él, sobre una mesa cubierta de terciopelo oscuro, reposaba la carta llegada desde Portugal.

Esa carta que le había costado, antes de ese cónclave, horas de reflexión y una atención plena.

Y no solo por lo delicado del asunto, sino porque, a la hora de resolver la petición que contenía, el contentamiento de uno supondría el descontento de otro.

Y ambos, en este caso, eran reyes de la cristiandad.

Gregorio había leído el texto de la carta varias veces, despacio, deteniéndose en cada frase, intentando penetrar en su sentido profundo, reconociendo en cada línea el esfuerzo de Enrique por presentarse como un rey responsable y no como un hombre acorralado; como un hombre preocupado por el bien común, por la continuidad del reino y por la paz de sus súbditos.

Había visto muchas veces ese tono: el lenguaje medido de quien sabe que lo que pide no es fácil de dar, la letra cuidadosa de quien confunde necesidad con derecho, urgencia con legitimidad.

Enrique de Portugal, cardenal de la Iglesia y hoy rey del país lusitano, pedía dispensa para renunciar a sus votos sagrados, para desistir del capelo cardenalicio y poder contraer matrimonio.

Y lo hacía no con la altivez del rey de un imperio ni con la jactancia de un príncipe de la Iglesia, sino con palabras dulces y tono suave.

Muy Santo Padre, vicario de Cristo en la Tierra,

Con la humildad que corresponde a quien reconoce en vuestra santidad la suprema autoridad espiritual, me atrevo a poner ante vuestra paternal consideración un asunto que toca no solo a mi conciencia, sino también al bien y a la conservación de este reino que Dios ha querido poner bajo mi gobierno.

Como es notorio, habiendo recibido en mi juventud los hábitos eclesiásticos y la dignidad del cardenalato, procuré siempre servir a la Iglesia con fidelidad, obediencia y respeto, sin desviarme jamás de los caminos que me fueron señalados.

Sin embargo, por disposición de la Divina Providencia, he sido llamado después al gobierno temporal de Portugal, viéndome obligado a asumir cargas y cuidados que no estaban en el propósito primero de mi vida.

Hoy, considerando lo provecto de mi edad y la fragilidad de mi salud, la falta de sucesión legítima y el peligro evidente que amenaza a este reino si muriese sin heredero designado, me veo en la obligación, más por deber que por inclinación propia, de buscar remedio a tan grave riesgo.

Y no hallo otro más conforme al bien común que el de contraer matrimonio legítimo para engendrar un heredero que asegure la continuidad de la Corona y de este modo evitar discordias, guerras y ambiciones extrañas que podrían traer ruina y sangre a mis pueblos.

Por esta causa, suplico con toda reverencia a vuestra santidad se digne concederme dispensa de los votos y dignidades eclesiásticas que recibí en otro tiempo, para que, libre de tales obligaciones, pueda entrar en estado matrimonial conforme a derecho y conciencia.

No pido esto movido por liviandad, ni por deseo mundano, sino por el grave peso de la responsabilidad que Dios ha puesto sobre mis hombros.

Confío en que vuestra santidad, atendiendo no solo a mi persona, sino al sosiego de toda una nación cristiana, tendrá por bien examinar esta petición con misericordia y prudencia, y resolver lo que juzgue más conforme a la gloria de Dios y al bien de su Iglesia.

En todo caso, me someto humildemente a vuestra decisión, prometiendo acatarla con obediencia filial, como siempre lo he hecho.

Nuestro Señor guarde a vuestra santidad muchos años para el bien de la cristiandad.

De vuestra santidad, humilde hijo y servidor,

Enrique, por la gracia de Dios rey de Portugal y de los Algarves

Alrededor del papa, dispuestos en semicírculo, aguardaban los cardenales convocados a ese cónclave reducido y urgente.

Alessandro Farnese, con el peso de su linaje reflejado en la gravedad de su postura; Tolomeo Gallio, su secretario de Estado, experto conocedor de todo cuanto se tramaba en las cancillerías de Europa; Guglielmo Sirleto, austero, siempre dispuesto a combatir la herejía, como si la doctrina se le hubiera incrustado en los huesos, y algunos otros prelados de confianza, elegidos tanto por su sabiduría y templanza como por su capacidad para sostener una conversación larga sin necesidad de elevar la voz.

Para ello, se dijo el papa, ya estaba el bueno de Sirleto, cardenal encargado de la biblioteca vaticana, siempre presto a la controversia.

—He leído la carta varias veces —dijo al fin Gregorio, rompiendo el silencio con una voz tan baja que obligaba a inclinarse para escuchar—, y de cada lectura extraigo siempre la misma conclusión acerca de lo que se nos pide a Nos: que la Iglesia debe corregir con una dispensa lo que el tiempo y la sangre han dejado sin resolver.

—Depositó el pergamino sobre la mesa con un gesto laxo—.

No es una súplica que podamos atender o desestimar sin temor a sus consecuencias —continuó—, sino que es una petición que nos sitúa en una encrucijada, como vuestras eminencias podrán entender.

Si Nos denegamos la dispensa, situamos a un país católico como Portugal en un trance aventurado cuyo desenlace no soy capaz de vaticinar.

Si Nos concedemos la dispensa, nos estaremos enfrentando al más poderoso rey de la cristiandad, a su brazo armado, que aspira en buena lid al trono portugués en caso de que este quedara mañana vacante.

—Os referís al rey Felipe, santidad —planteó Sirleto, y no era una pregunta, sino una aseveración.

—Por supuesto.

—Su santidad es consciente —añadió el bibliotecario, en igual tono— de las acusaciones que circulan por la mayor parte de las cortes europeas acerca del rey de España y acerca de las circunstancias de la muerte de su hijo el príncipe Carlos.

—Nos somos conscientes de cuanto decís, eminencia —respondió Gregorio, circunspecto, dando a entender con su gesto que, sobre ese negocio, sabía mucho más que sus cardenales—.

Y he de comunicar a vuestras señorías que Felipe ha aceptado, en la cuestión a la que nuestro hermano Sirleto ha aludido, someterse al juicio de la Iglesia.

Un silencio tumular se apoderó de aquella pequeña estancia.

—¿Decís, santidad —fue el secretario de Estado Tolomeo Gallio, que nada sabía de tal negocio a pesar de su cargo, quien habló—, que el rey de España acepta someterse a vuestra autoridad en relación a esas acusaciones a las que el cardenal Sirleto ha hecho referencia?

—Así es —confirmó el papa, ufano—. No hace ni dos días el embajador español, Zúñiga, tuvo a bien comunicarme la decisión de Felipe. Vendrá a Roma y se someterá a nuestro juicio. Nos, sobre esa cuestión planteada que afecta a la muerte de su hijo hace una década, enjuiciaremos al rey prudente.

Un rumor de sorpresa e incredulidad viajó durante unos instantes de un extremo a otro de la cámara. Nada dijo el papa de la condición impuesta por Felipe: que se sometería al juicio de Roma si se le denegaba la dispensa a Enrique de Portugal.

—¿Y cuándo será eso, santidad? —preguntó al cabo Farnese, cardenal de Porto-Santa Rufina.

—El tiempo aún está por decidir —dijo el papa—. Todo se sabrá a su debido momento. Ahora, hermanos míos, no conviene que desviemos la atención del asunto que nos ocupa: la petición de dispensa del cardenal Enrique.

Farnese asintió lentamente antes de intervenir de nuevo.

—Santidad, el rey de Portugal apela al bien de su reino y lo hace con razones. Habla del peligro de división interna, del riesgo de que potencias extranjeras aprovechen el vacío sucesorio, del escándalo que supondría una guerra civil entre pretendientes. Son argumentos que hay que tener en cuenta.

Gregorio lo miró fijamente.