Conjura contra el rey Felipe 33. LA ALCOBA DEL REY
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33. LA ALCOBA DEL REY

L A ALCOBA DEL REY

En estos tiempos, la higiene personal, incluso en la corte, era escasa y esporádica.

Después de las grandes pestes medievales, se había difundido la idea médica de que el agua caliente «abría los poros» y dejaba entrar enfermedades, por lo que darse un baño en la tina era algo que hacían pocas veces en el año los nobles, y casi nunca la gente de baja condición.

Lo habitual era el aseo por partes, casi a diario los patricios y caballeros, una o dos veces a la semana plebeyos y villanos.

Con jofaina, jarra y paño se escamondaban cara, manos, cuello, brazos y a veces los pies, y las partes nobles cuando tocaba.

Se consideraba que el lino absorbía la suciedad, por lo que se pensaba que era bastante para estar limpio con cambiarse la camisa de cuando en vez.

Los tufos corporales se controlaban con perfumes, aguas olorosas, hierbas secas y bolsitas aromáticas; y, entre la nobleza, con los guantes perfumados que había puesto de moda Catalina de Médici y que habían mejorado los artífices españoles del cuero: eran guantes que estaban aromados con fragancias de rosa, ámbar o lavanda, y que a menudo estaban personalizados con bordados y joyas, elevando este accesorio a una obra de arte en sí misma.

Los dientes se limpiaban con palillos y polvos abrasivos.

Los piojos, pulgas y demás parásitos se combatían, incluso entre la nobleza, con peines finos, vinagre, ungüentos y, en casos extremos, con rapados.

El caso de Felipe II era, sin embargo, singular.

Se levantaba cada mañana poco después de la hora prima, momento en que su ayuda de cámara le hacía un resumen de los documentos cuyo despacho había quedado pendiente la jornada anterior.

Luego, era afeitado por sus barberos, que le recortaban bigote y perilla, y aseado y vestido por sus gentilhombres de la cámara.

Pero, antes de acudir a misa, lo que hacía a diario, dedicaba unos minutos a abundar en su aseo personal, lavándose con esmero las manos, el rostro y el cuello en una jofaina dispuesta junto a la cama, secándose luego con paños de lino finísimo que se renovaban con frecuencia, y refrescándose con aguas olorosas que sus criados le presentaban en frascos cuidadosamente etiquetados.

No se trataba de un gesto mecánico ni superficial, sino de una práctica casi ritual, ejecutada con la misma meticulosidad con que ordenaba sus papeles o revisaba sus cuentas, como si en aquella atención al cuerpo encontrara también una forma de disciplina interior y de dominio sobre sí mismo.

Ese cuidado no se limitaba a la mañana. A lo largo del día, tras las audiencias o después de las largas horas de despacho, volvía a lavarse, se cambiaba de camisa, se recomponía el cabello y la barba, y se servía de ungüentos balsámicos para aliviar la sequedad de la piel y el cansancio.

Eran innumerables las jofainas, paños, frascos y estuches repartidos por sus aposentos, señal inequívoca de que el aseo formaba parte irrenunciable de su vida cotidiana.

Y no lo hacía como lujo ni como vanidad, sino como una prolongación silenciosa de su orden, de su piedad y de su manera de entender la majestad.

Esa noche Felipe se había acicalado de manera especial.

Se había lavado con agua caliente de arriba abajo, se había recortado uñas de manos y pies, se había cepillado el pelo con esmero.

Durante la cena, le había anunciado a la reina Ana que la visitaría en su cámara después de completas.

Hacía semanas que no yacía con ella, desde antes de la muerte de su hijo Fernando, y, aunque no era el rey esclavo de la carne, necesitaba hoy ese contacto íntimo y sensual.

Cuando Felipe llegó a la cámara de la reina, las damas de esta, con una reverencia, abandonaron la alcoba y dejaron solo al matrimonio real.

La estancia estaba en penumbra, iluminada apenas por dos velas altas junto al reclinatorio y por una lámpara baja cerca del lecho.

Ana lo esperaba sentada, con un libro cerrado sobre las rodillas, y al verlo entrar se levantó despacio, sonriendo con esa mezcla de respeto y cariño que reservaba solo para él.

Felipe la contempló y sintió en su pecho un pujo de emoción, pues no podía evitar, cada vez que se encontraba en trances como este, recordar a su hijo Carlos, al príncipe cuya muerte estaba siendo el ojo del huracán de sus actuales desventuras.

No podía olvidar que, de haber sido todo como debía haber sido, de haber sido su hijo una persona cabal, un príncipe con la conducta ajustada al futuro que le aguardaba, hoy estaría casado con esa muchacha que hacía unos días había cumplido los veintinueve años.

Ana, hija de su hermana María y del difunto emperador Maximiliano, estaba destinada a ser reina de España, sí, pero no como consorte de Felipe, sino como la esposa de su hijo Carlos, cuyos esponsales sus padres habían apalabrado y que quedaron sin efecto tras la muerte del príncipe.

Entonces, Felipe estaba viudo de Isabel de Valois y sin un heredero varón.

Y ¿quién mejor para asegurar el futuro del imperio que esa niña, Ana, sobrina del rey?

Hubo que sortear el obstáculo de la consanguinidad entre los futuros esposos —tío y sobrina carnales— y costó obtener la dispensa eclesiástica; finalmente, el papa Pío, quinto de los de ese nombre, la otorgó, no sin antes mucho discutir, y pudo celebrarse la boda, en un primer momento por poderes, en el castillo de Praga, en mayo del año setenta, cuando ella tenía solo veinte años y Felipe cuarenta y tres; y consumada luego en el otoño de ese mismo año, cuando la novia llegó a España con sus hermanos Alberto y Wenceslao, tristemente fallecido hacía unos meses.

Desde entonces, Ana le había dado cuatro hijos varones —de los cuales solo dos, Diego Félix y Felipe, sobrevivían— y ningún motivo de queja.

La saludó besándole ambas mejillas y extendió la contemplación: su rostro claro y reposado, de óvalo suave, con la piel muy blanca apenas matizada por un rubor discreto en las mejillas; su frente amplia y la línea limpia de sus pómulos; sus ojos, grandes y bien separados, que se abrían bajo cejas finas y miraban con dulzura, enmarcados por sus pequeñas pestañas; la nariz recta y proporcionada; sus labios finos, siempre contenidos, que raras veces se dejaban sorprender por una sonrisa abierta; su cabello, rubio ceniza o castaño muy claro según la luz bajo la que se hallase, recogido bajo la cofia, sin un solo mechón suelto; su figura esbelta, envuelta en un vestido oscuro de cuello rígido, en el que cada pliegue parecía dispuesto para no distraer la atención de la serenidad exacta de su semblante.

Se dijo que había sido afortunado.

Durante un rato estuvieron conversando de cosas triviales, de las infantas, de los dos pequeños varones que crecían sanos y alegres, recordaron con sonrisas tristes al pequeño príncipe Fernando, tan prontamente desaparecido, y ambos se emocionaron al revivir algunas de sus cosas.

Con el primer silencio, Felipe aprovechó para cogerle las manos, atraerla hacia sí y besarla en los labios.

Se abrazaron en silencio, sin palabras, y luego Felipe deshizo el abrazo para que ella se desnudara al mismo tiempo que él lo hacía.

Ambos se quedaron con sus camisas largas de lino.

Ana de Austria se recostó en el lecho, con la camisa de lino recogida con discreción, con la sonrisa avergonzada que siempre la acompañaba en momentos como este a pesar de los años de matrimonio.

Su cabello, liberado de la cofia, se derramó sobre la almohada, pero ordenadamente, como si nunca terminara de abandonar del todo la compostura de reina.

Él se sentó a su lado unos instantes antes de acostarse, en silencio, la respiración poco a poco agitándosele por el deseo.

La tomó sin palabras, pues no precisaban decirse nada para saber lo que ambos querían.

Se buscaron con una naturalidad hecha a base de costumbre, de respeto y de conciencia mutua de lo que aquel encuentro significaba.

Felipe actuó con una contención casi ceremoniosa, atento a no quebrar el equilibrio entre el afecto y el deber, entre el deseo legítimo y la moderación que su fe le exigía.

Ana lo acogió sin prisas, sin gestos teatrales, con esa serenidad que había aprendido desde niña en la corte imperial, donde incluso el amor debía someterse a unas reglas.

Cuando todo acabó, permanecieron durante un rato callados, escuchando la respiración del otro, como si ambos supieran que aquel sosiego era frágil y debía ser aprovechado.

Ana fue la primera en romper el silencio.

Le pasó la mano por el brazo, despacio, a Felipe y le preguntó en voz baja qué era lo que le oprimía el ánimo desde hacía días, porque lo notaba ausente incluso cuando estaba presente.

Felipe tardó en responder. Miró al techo, como si buscara allí las palabras, se planteó hasta qué punto era lícito y conveniente hacer partícipe a su esposa de sus preocupaciones y de sus desvelos, conturbarle también a ella el ánimo, llenarla de inquietud por el porvenir.

Ana aún tenía que darle más hijos. A sus veintinueve años, y con su probada fertilidad, habría de asegurar el futuro del reino, afianzar el tiempo venidero con nuevos príncipes varones que asentaran su estirpe en el trono de España, ante la eventualidad, desgraciadamente hacedera, de que la enfermedad se cebara con Diego Félix o con el pequeño Felipe como ya lo había hecho con sus hermanos Carlos Lorenzo y Fernando.

Por tanto, no había que perturbar su espíritu, pues sabido era que la ansiedad y la angustia de las mujeres impedían las preñeces o las frustraban.

Sin embargo, y como tan frecuentemente le ocurría en los últimos tiempos, se sentía solo, se dijo que necesitaba compartir con ella su desasosiego de las últimas semanas, hablarle de las insidias que lo acechaban, de cómo fuerzas desconocidas estaban actuando para convulsionar el imperio y para enfangar su persona y su imagen de rey justo y prudente.

Para ensuciar su reputación, el más valioso de sus bienes.

Al final suspiró con cansancio y se abrió ante su reina.

Le habló entonces de la carta anónima, escrita con una malicia insólita, con un atrevimiento más insólito aún, de las acusaciones veladas y del signo oscuro de Saturno que la acompañaba como una amenaza inextricable.

Le habló de las muertes recientes, de cómo cada una parecía encadenarse a la siguiente, formando un relato que él no había querido escribir, pero del que todos lo hacían responsable.

Le confesó su temor a que alguien, en algún lugar, estuviera tejiendo una red invisible a su alrededor, sembrando sospechas, removiendo viejas heridas, despertando fantasmas que creía enterrados.

Le explicó lo que Juan de Herrera le había desvelado de Saturno, y lo que el bibliotecario Benito Arias Montano le sugirió: que alguien quería evitar o frustrar una decisión futura.

Sí, pero ¿cuál? Mientras hablaba, su voz no era la del rey ante sus consejeros, sino la de un hombre agotado que ya no encontraba refugio ni siquiera en el lecho.

Ana lo escuchó sin interrumpirlo, con la cabeza apoyada en su hombro, asimilando cada frase. Cuando él terminó, lo besó suavemente en la mejilla y le dijo que no estaba solo, que su carga no era únicamente suya, que también ella la compartía, aunque no pudiera aliviarla con decretos ni ejércitos.

Felipe cerró los ojos un instante, como si aquellas palabras le concedieran una breve tregua, un pequeño respiro.

No resolvían nada, no disipaban las sombras, pero al menos, por esa noche, le permitían descansar de sí mismo y de los demás, de cartas anónimas y símbolos extraños, de muertes irresolutas, refugiado en la única intimidad que todavía no le había sido arrebatada.