Conjura contra el rey Felipe 32. CAZA EN FLANDES #2
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32. CAZA EN FLANDES #2

En la siguiente etapa alcanzaron Mons, una ciudad de iglesias macizas, de torres bajas que resistían mejor el tiempo que los hombres, molinos que no dejaban de girar, graneros bien aprovisionados para el invierno, tabernas donde se hablaba poco y se bebía mucho.

Allí, para cumplir con su artificio, vendieron parte de sus cintas, cambiaron moneda, dejaron que los confundieran con hombres sin historia, en busca solo del sustento.

Desde Mons tomaron caminos menores hacia Ath.

Los campos estaban embarrados, las aldeas encogidas, como si el paisaje mismo hubiera aprendido a esconderse.

Siguieron hacia Tournai durante tres días de lluvia continua.

La mula cojeaba. El mismo Borja, que había pasado mucho tiempo, demasiado, de escribiente al servicio de Juan de Austria, tenía los pies en carne viva.

Buscaron un médico que lo atendiera, y mientras un galeno flamenco le aplicaba bálsamo de llantén y consuelda y le vendaba los pies, preguntaron por los médicos de la ciudad y si había alguno recién llegado.

Al igual que habían hecho en las anteriores villas.

No lo había; el que menos, llevaba años allí.

Dejaron Tournai siguiendo el Escalda, hacia Oudenaarde.

El paisaje se volvió más abierto, más húmedo, atravesado por canales y presas.

En Oudenaarde compartieron mesa en un figón con comerciantes que fingían no prestarles atención, pero que los registraban con los ojos, como hacían con todos a quienes no conocían, con aquellos que podían ofrecer géneros tal vez mejores que los suyos, con aquellos que podían frustrarles la ganancia.

Llegaron luego a Gante, la ciudad de la Pacificación.

Se extendía sobre el cruce de ríos y canales como una ciudad construida a partir del agua, sostenida por ella y al mismo tiempo obligada a dominarla.

El viajero que se acercaba desde el sur veía primero los molinos, los embarcaderos bajos y las hileras de casas de madera y ladrillo que seguían el curso del Escalda y del Lys, formando una red irregular de puentes, esclusas y pasos estrechos.

Las calles principales estaban flanqueadas por casas altas, muchas de ellas con fachadas escalonadas, almacenes en los bajos y viviendas en los pisos superiores, y mostraban la riqueza acumulada durante siglos de comercio textil y fluvial.

A lo largo de los canales se alineaban talleres, depósitos de lana, tintorerías y muelles donde se descargaban sacos, barriles y fardos procedentes de otras ciudades de Flandes, de Francia y del norte del imperio.

El olor del agua mezclada con los residuos del cuero húmedo, de la lana lavada y de la leña quemada formaba parte del ambiente cotidiano, tan habitual que apenas llamaba la atención de quienes vivían allí.

Durmieron en una posada en donde se hablaba de España como si fuera una enfermedad.

Desde Gante avanzaron hacia Brujas. Situada en una llanura baja, atravesada por una red densa de canales, aparecía desde lejos como un conjunto de torres, tejados inclinados y fachadas escalonadas que se alzaban apenas por encima del nivel del agua y de los campos circundantes.

Los caminos que conducían a Brujas discurrían entre praderas húmedas, diques y acequias, de modo que cualquier sonido siempre iba acompañado por el runrún lento de los remos, el crujido de los puentes de madera y el paso de barcazas cargadas de grano, lana o barriles.

En el mercado de Brujas vendieron los últimos géneros que habían llevado consigo de Namur y compraron nuevas mercaderías, paños de lana flamencos, lienzos de lino, fieltros, mantas, aceite, vinos franceses, azúcar de caña, cuchillos y tijeras.

¡Y cuando hicieron cuentas, para su sorpresa, habían ganado en el trueque más de quince escudos!

La siguiente ciudad en la que pararon fue Sluis, en la provincia de Zelanda, una pequeña plaza fortificada situada en el extremo noroccidental de Flandes, casi suspendida entre la tierra firme y el mar.

Su emplazamiento la convertía en una puerta natural hacia el estuario del Escalda y hacia el mar del Norte, lo que le daba una importancia estratégica muy superior a su tamaño.

En todos los lugares por donde pasaron, unas veces con la excusa de necesitarlo por unas fiebres; otras, con el pretexto de los pies lacerados de Borja, preguntaron por los médicos del lugar y por si alguno de ellos era recién llegado.

—¿Y tiene que ser un recién llegado quien cure esos pies machacados? —inquirieron algunos de aquellos a quienes habían hecho la pregunta, suspicaces y desconfiados—. ¿No puede ser un físico experimentado?

—Si es más joven, o más nuevo, será más barato, ¿no cree vuestra merced? —respondía invariablemente el sargento Sebastián Gallardo, el más deslenguado de los tres.

Solo en un pueblito situado a unas leguas de Sluis, llamado Koewacht, casi invisible en el mapa, situado en una zona baja, atravesado por escolleras y canalillos, en el límite entre tierras firmes y marismas, les hablaron de un médico que hacía poco más de dos meses que se había instalado en el lugar.

Mas no era el hombre que buscaban, no era Hendrick van der Meer.

Era un jovenzuelo, de nombre Cornelis, que recién había llegado de Lovaina, donde había estudiado en su universidad y donde había practicado con galenos de allí, y había regresado a su ciudad natal para ejercer el oficio después de haber obtenido licencia del tribunal médico de Amberes.

Desde Koewacht, derrengados, sanguinolentos los pies de Borja, que tenían que ser curados a diario, llegaron a Axel, que se alzaba sobre un ligero promontorio rodeado de terrenos húmedos, protegida por murallas bajas y fosos alimentados por canales; Sas van Gent, que se levantaba en torno a una gran esclusa que regulaba el paso del agua entre canales interiores y el Escalda; Zaamslag, que se extendía en una llanura agrícola protegida por pequeños malecones; Terneuzen, situada directamente sobre el Escalda occidental, con muelles de madera, embarcaderos y depósitos junto al agua; Biervliet, ubicada tierra adentro, con tramos de muralla y torres parcialmente derruidas; Aardenburg, con sus murallas medievales y rodeada de huertas, pastos y antiguos caminos romanos.

Pero en ninguno de esos lugares hallaron al médico Hendrick van der Meer, a quien parecía que se lo hubiese tragado la tierra.