Conjura contra el rey Felipe 32. CAZA EN FLANDES
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32. CAZA EN FLANDES

C AZA EN F LANDES

Borja Gómez de Mendoza estuvo de regreso en Namur a mediados de noviembre.

Apenas si descansó un día en Madrid tras entregar los papeles de su amo Juan de Austria a los secretarios del rey Felipe.

Hizo el camino de vuelta como el de ida, sin incidencias y a través de Francia.

Llevaba consigo dos órdenes reales de suma relevancia: la primera, que habría de ser Alejandro Farnesio el sucesor de Juan en el gobierno de Flandes; la segunda, que había que encontrar, interrogar y ejecutar al médico Hendrick van der Meer, autor material, todos estaban convencidos, de la muerte del hermano del rey. Tal magnicidio no podía quedar impune.

Por su parte, Alejandro Farnesio, adelantándose a su nombramiento, y ante la noticia de que Mastrique se había declarado rebelde contra la Corona, preparaba el asedio y asalto de la ciudad, capital de la provincia de Limburgo.

Al mismo tiempo, reorganizaba los ejércitos y se disponía a emprender una ofensiva eficaz contra los rebeldes protestantes y los Estados Generales.

Cuando Borja regresó a Namur, Flandes era, pues, una tierra donde ninguna autoridad podía darse por segura y donde cada ciudad, cada fortaleza y cada provincia parecía vivir en su propio estado de excepción.

Las tropas del rey Felipe conservaban posiciones importantes, pero estaban dispersas, mal pagadas, cansadas, obligadas a sostener una presencia constante en un territorio que no terminaba de someterse.

La victoria de Gembloux ya pertenecía al pasado; lo que dominaba ahora era la sensación de desgaste, de conflicto prolongado, sin desenlace previsible.

Al mismo tiempo, los Estados Generales mantenían viva la rebelión, apoyados por ciudades que habían aprendido a organizar su propia defensa y poniendo en liza una estrategia cada vez más estructurada.

La toma de Deventer y la rebelión de Mastrique confirmaban que los sediciosos no solo resistían, sino que eran capaces de avanzar cuando encontraban ocasión.

Sin embargo, tampoco ellos estaban unidos: las tensiones religiosas entre católicos y calvinistas, las rivalidades entre provincias y las ambiciones personales debilitaban su frente común.

Así, Flandes vivía en una especie de equilibrio inestable, donde nadie vencía de forma decisiva y nadie era derrotado por completo, y donde cada invierno parecía prometer una tregua que nunca llegaba.

Era una guerra sin final cercano y previsible, sostenida más por la obstinación que por la esperanza, y administrada, en ambos bandos, como una herida que ya nadie sabía cómo cerrar.

Pero ello no podía hacer que se olvidara el crimen ni que se desobedeciera una orden del rey.

Dos días después de su llegada a Namur, Borja Gómez de Mendoza fue requerido por Alejandro Farnesio.

Este, hijo de Octavio Farnesio, duque de Parma, y de Margarita de Austria, hija natural y luego legitimada del emperador Carlos, y, por tanto, sobrino de Felipe II, había demostrado sus dotes militares en Lepanto, batalla en la que comandó tres galeras y logró capturar la nave del tesoro enemiga.

Era un hombre de buena presencia y mirada firme, nacido en Roma en 1545 en el seno de una de las familias más poderosas de Italia, educado en la corte de España y formado desde joven en las artes militares y políticas que cultivaban los Habsburgo.

De físico recio, con la compostura de un aristócrata, acostumbrado a ejercer mando, su porte estaba marcado por un lustre de autoridad que imponía respeto incluso a quienes lo conocían poco.

Combinaba una inteligencia sagaz con una prudencia estratégica muy rara en comandantes de estos tiempos, en los que el arrojo valía más que la táctica: sabía cuándo avanzar y cuándo negociar, entendía las complejidades religiosas y locales de los Países Bajos a pesar del poco tiempo que llevaba allí y era capaz de alternar la diplomacia con la fuerza sin perder de vista el objetivo último, la restauración del control español y la paz bajo la fe católica que representaba.

Esa mezcla de cálculo frío, flexibilidad táctica y firmeza en sus convicciones le iba ganando, poco a poco, el respeto de sus hombres y el temor de sus enemigos.

—Tengo una misión para vos —dijo Farnesio a Gómez de Mendoza en cuanto este llegó a su presencia. Seguía ocupando su propia cámara en Namur. La de Juan de Austria permanecía deshabitada, como un mausoleo.

—Decidme, excelencia, estoy a lo que mandéis.

—Su majestad el rey, como bien sabéis, pues habéis sido el portador de su rescripto, ha ordenado que se busque, halle, interrogue y, de ser culpable, se ejecute al médico Hendrick van der Meer como autor de la muerte de nuestro llorado don Juan de Austria.

Nadie sabe dónde se halla el galeno, lo que no hace sino indiciar con fuerza su responsabilidad en la muerte de mi tío don Juan. ¿Lo conocisteis bien?

—¿A Van der Meer, señor?

—Sí.

—Lo traté y sé cómo es, podría reconocerlo en cualquier parte, si es a eso a lo que os referís.

—He pensado en vos para que encabecéis su búsqueda, Gómez.

—Haré lo que sea preciso para vengar la muerte de mi señor, de don Juan, gobernador.

—Será una misión peligrosa, en la que os jugaréis la vida.

—«Los cobardes agonizan muchas veces antes de morir... Los valientes ni se enteran de su muerte». Me gusta leer a Julio César, señor.

Sonrió brevemente Alejandro Farnesio. Se dijo que esa era la mayor cualidad de los soldados españoles: la valentía, el coraje, su permanente desafío a la muerte.

—No iréis solo —explicó—. Os acompañarán dos soldados del tercio de Figueroa, el sargento Sebastián Gallardo y el cabo de escuadra Pedro de Sevilla. Vos estaréis al mando.

—Sí, señor.

—Viajareis disfrazados de mercaderes italianos, con salvoconductos tanto nuestros como del ejército de Orange, que nuestros escribanos han falsificado hábilmente, para moveros libremente por el territorio. Pero no os será fácil dar con Van der Meer.

—No regresaré, señor, si no es con el médico preso o con su cabeza en un saco, no tengáis ninguna duda.

—Dejo a vuestro criterio la estrategia —dijo el gobernador de Flandes—.

Os sugiero que intentéis saber si, allí por donde viajéis, hay un médico recién llegado.

Supongo que Van der Meer podrá renunciar a su nombre, a su casa e incluso a su familia si me apuráis y si la tiene, pero no renunciará a su oficio.

Pero si a vos o a los hombres de los tercios se os ocurre una estrategia mejor, adelante. El caso es que deis con él.

Borja Gómez de Mendoza, el sargento Sebastián Gallardo y el cabo de escuadra Pedro de Sevilla partieron de Namur el martes 25 de noviembre de 1578.

Lo hicieron, como el gobernador Farnesio había sugerido, disfrazados de mercaderes: camisa de lino de color crudo, algo amarillenta por el uso, con cuello sencillo, sin encajes.

Encima, un jubón ajustado de paño grueso, en tonos pardos.

Sobre el jubón, un sayuelo con mangas, también en colores apagados, útil contra el frío y la lluvia ligera, y una capa corta, pesada, también oscura, que servía de abrigo y de manta improvisada en las posadas.

Llevaban calzones hasta la rodilla, de lana fuerte, sujetos con cintas, y medias gruesas.

En los pies, zapatos cerrados de cuero, gastados pero bien cuidados, con suela reforzada para caminar.

En la cabeza, un sombrero blando de fieltro Gómez y sendas gorras de lana sus acompañantes, sin plumas ni adornos.

Bajo las ropas, sus armas: una espada ancha y corta, daga y pistolas de rueda.

Los tres hablaban italiano, por haber servido en aquella tierra.

Aunque Borja entendía algo y hablaba un poco de la lengua flamenca, para comunicarse con los lugareños utilizarían el latín, el idioma común europeo.

Iban a pie, con una mula para cargar las alforjas, dos arcones pequeños con piezas de lienzo y lana fina, cintas, botones, agujas, cuchillos, peines, espejos pequeños, algunas especias valiosas, papel, tinta y remedios simples como ungüentos y jarabes.

Cada uno portaba su hatillo con una muda de camisa, medias de recambio, paños para el aseo personal, un odre de agua, pan, queso, y cuchara, velas y pedernal en previsión de que en muchos pueblos y aldeas no habría posadas en las que alojarse.

Salieron al alba, cuando la niebla todavía se apoyaba en el Mosa como una presencia espectral, para luego quedarse suspendida entre las torres y los tejados.

Cruzaron el puente con la mula cargada y los sombreros calados, sin el paso seguro del soldado ni la prisa nerviosa del mensajero, sino con la cadencia propia del mercader que no espera nada del día y, por eso mismo, lo afronta sin temor ninguno, simplemente con la esperanza de que el día de mañana será mejor que el de ayer.

Dieron por supuesto que el médico Van der Meer no se escondería en ninguna ciudad, pueblo o aldea cercanos a Namur y que habría puesto leguas entre esta y su escondrijo.

Pasaron de largo, pues, por los pueblos próximos, tomando el rumbo del norte, en la certeza de que el galeno habría buscado el resguardo de las zonas afectas a Orange.

En las primeras jornadas, el camino hacia Charleroi estaba lleno de carretas que avanzaban lentamente, cargadas de gentes o de mercaderías.

Tierras onduladas y campos trabajados con esfuerzo salpicaban una región que era la frontera natural entre el mundo más urbano del norte y las tierras interiores del sur.

Procuraron seguir en todo momento los caminos trillados, sin desviarse y sin llamar la atención de nadie.

Solo cuando nadie los podía oír, hablaban de pagas atrasadas, de capitanes muertos, de ciudades que habían cambiado de dueño sin disparar un tiro.

En una venta donde pasaron la noche, un arcabucero borracho insistía en que la guerra acabaría pronto. Nadie le creyó.