31. UN GOLPE DE SUERTE #3
Cayó sobre unas pacas de paja apiladas en la trasera de la venta, y allí quedó despatarrado, balbuceando maldiciones y doliéndose del trocante derecho, que había ido a dar contra el mango de un rastrillo dispuesto para servir la paja a las caballerías.
Y cuando intentaba ponerse en pie, vio llegar a dos alabarderos y dos corchetes que se abalanzaron sobre él y lo inmovilizaron como si fuera un conejo.
—¡Date preso en nombre del rey! ¡Date preso en nombre del rey!
Forcejeó Iturbe, mas se rindió al punto, cuando uno de los guardias le arreó un mojicón justo en el mismo sitio donde había recibido, la noche anterior, los dos soplamocos que le endiñó el cuco a quien había tildado de florero.
***
El otro jaque contempló cómo su camarada Iturbe se lanzaba por la ventana de la hostería y cómo caía, como un fardo, sobre las pacas de paja. Y cómo los guripas se abalanzaban sobre él, le sacudían un par de sopapos y finalmente lo engrilletaban.
Sopesó sus opciones y resolvió que solo le quedaba una.
Si Iturbe era detenido, conducido a la mazmorra y sometido a tormento, revelaría hasta el color de los calzones con que enterraron a su padre.
No tenía elección.
Aprovechó la confusión del arresto para avanzar unos pasos desde el tronco del árbol donde se ocultaba y, a la carrera, alcanzó la trasera de un carro allí estacionado, cargado de barriles vacíos. Calculó la distancia —no más de diez pasos, un trecho en el que no iba a fallar— y aguardó el momento.
Este llegó cuando uno de los corchetes empujó al preso, separándolo un par de codos de él y dejándolo expuesto.
Levantó el pistolón, apuntó, apretó el gatillo, y la cabeza de Iturbe explotó como una vejiga de cerdo.
La explosión fue atronadora. Los dos corchetes y uno de los alabarderos se precipitaron al suelo, atarantados por el zambombazo.
El otro alabardero se quedó pasmarote, contemplando cómo el cuerpo del detenido se derrumbaba como torre de moro, o como pavo sin cabeza.
Varios guripas llegaron corriendo, doblando la esquina, alarmados por el estallido, y se quedaron detenidos como si se les hubiera atascado el muelle de la rueda, mirando sin creérselo el cuerpo del sayón, tumbado en el suelo y con un amasijo de sangre, sesos y hueso en el lugar donde debía de estar la cabeza.
El jaque aprovechó la barahúnda para salir por piernas, rumbo al arrabal del Rastro, que, lleno de callejuelas estrechas, corrales interiores y talleres malolientes, ofrecía innumerables escondites y la posibilidad de mezclarse con la caterva de pordioseros, ganapanes y vendedores de segunda mano o sin licencia que allí habitaban.
***
Luisillo lo vio venir sin creerse lo que veía.
Andaba sin rumbo por la Ribera de Curtidores, buscando la forma de sisar algo que llevarse a la barriga, aunque fuera un mendrugo agusanado, o de hacerle la mamola a un primo que se le pusiera a tiro.
Estaba parado junto a un puesto de verduras, mirando una lechuga que se le antojaba manjar de dioses, verde, fresca y húmeda, mientras se le hacía la boca agua.
Llevaba varios días malcomiendo y el estómago le rugía como un ogro enfurecido.
Se sentía débil por la carpanta, y aguardaba el momento en que la verdulera se distrajera un segundo para arramblar con la lechuga y correr como si lo persiguiera el basilisco.
Miró a diestra y siniestra para cerciorarse de que nadie se fijaba en él, y fue entonces cuando lo vio.
A una veintena de pasos, con la respiración agitada, e inspirando como si intentara apaciguarla, el jaque a quien él llamaba el Mudo se acercaba al puesto de verduras, despidiendo peligros como víbora en la letrina.
Suerte que llevaba la mirada gacha, pues, de lo contrario, habría descubierto a Luisillo al primer vistazo, ya que el zagal se había quedado suspenso, pasmón perdido, sin dar crédito a sus ojos.
¡Con lo grande que era Madrid, voto a bríos!
Reaccionó a tiempo, el suficiente para esconderse detrás de un montón de basuras que se apilaba junto a una herrería, y desde allí vio pasar al jaque y cómo se alejaba sin que pareciese tener un destino definido. Era como si buscara donde esconderse.
¿Y dónde estaría el otro sayón? Hasta ahora, siempre los había visto juntos, como la mona y el vino, o como el pícaro y el hambre.
Y, osado como era, ya fuese por naturaleza o por desesperación, salió de su escondite y anduvo en pos del bravo, procurando no ser advertido.
Llevaba andados apenas unos pasos cuando vio que el matasiete se detenía y preguntaba algo a un curtidor que en ese instante escamondaba una piel de vaca de los restos de carne y grasa en una gran pila de agua con cal, y observó cómo el noquero le indicaba un lugar por señas, tras lo cual el jaque reanudó la marcha.
Continuó en su asechanza, hasta que vio cómo el Mudo se introducía en un portal de la plazuela de San Millán, que, aunque el jaque tal vez no lo supiera, pues, sin Iturbe, parecía como perdido y desorientado por las calles de la villa y corte, estaba muy cerca de la calle Embajadores, una de cuyas casas ambos valentones habían visitado cuando Luisillo los siguió por vez primera, el Día de Tosantos, después de que dieran el santolio al guardia del alcázar.
Estuvo un rato esperando a buena distancia, hasta convencerse de que el Mudo no volvía a salir del portal. Se acercó entonces a él y vio cómo, sobre la viga superior del zaguán, se anunciaba una posada de mala muerte, llamada El Pendón Dorado. Mucho nombre para tan poco lustre, se dijo Luisillo.
Se anotó el dato en el caletre y, comoquiera que el estómago le rugía ahora, no ya como un ogro enfurecido, sino como una piara de toros bravos, se dio la vuelta y se relamió pensando en la lechuga aquella que iba a sisar aunque acabase en la trena en el intento.