31. UN GOLPE DE SUERTE #2
Las Peñuelas, donde se hallaba la hostería El Gamo del Rey, se extendía en el arrabal meridional de la villa, y se deshacía en un terreno irregular, a medio camino entre lo habitado y lo aún no del todo conquistado por la ciudad.
No era un barrio propiamente dicho, sino una agrupación dispersa de casas bajas, levantadas con materiales pobres y sin orden fijo, separadas por calles que a veces no eran más que senderos de tierra.
La vida allí transcurría al margen del ritmo de la corte, con una población compuesta en su mayor parte por jornaleros, arrieros, pequeños artesanos y gentes sin oficio fijo, que encontraban en ese borde de la villa un lugar donde establecerse sin demasiadas exigencias.
Había corrales abiertos, cercas mal alineadas, porquerizas, huertas que se mezclaban con las viviendas y algún camino que conducía hacia el río o hacia los campos cercanos.
La presencia de la autoridad era escasa y poco constante, de modo que lo que sucedía en las Peñuelas rara vez llegaba a oídos de quienes gobernaban, salvo que adquiriera una gravedad que ya no pudiera ser ignorada.
El jaque al que la hetaira Patrocinio Suárez conocía como José el Gallego había abandonado la hostería apenas dos minutos antes de que la partida de alguaciles, corchetes y guardias encabezada por el alcalde de Casa y Corte Cristóbal Villafañe apareciera por el lugar, seguida por una cohorte de curiosos.
Se dirigía el matasiete a la cita a la que había sido convocado a primera hora de esa mañana en la casa de la calle Embajadores.
A la que había decidido ir solo, sin la presencia lenguaraz de Iturbe.
En cuanto los vio, se apostó detrás de un álamo cuyas esporas le fueron moteando el sombrero y no tuvo ninguna duda de que se dirigían al mesón.
Y en busca de ellos.
Tampoco tuvo ninguna duda de que el justicia que mandaba la partida y que portaba la vara era el alcalde del que Luisillo les había hablado.
El cómo habían dado con su paradero era harina de otro costal.
O bien el mozalbete había decidido que más le valía ponerse de parte de la ley, aunque no sabía cómo el mocoso podía haber sabido que se alojaban ahora en esa posada, o bien el lanudo de Iturbe, que llevaba dos días de farra, se había ido de la lengua y había alertado a los guripas.
Sea como fuere, tenía que tomar una decisión.
No se equivocaba: la partida de bellerifes se dirigía directamente hacia la hostería, desenfundando sus armas.
Lo primero que le pidió el cuerpo fue hacer calzas de villano y salir de estampía, pero era consciente de que, si lo hacía, se vería obligado a huir de Madrid y a renunciar a lo que le quedaba de la misión que le habían encomendado, que era la más crucial de sus fases.
Daba por sentado que, si detenían a Iturbe, este tardaría menos de una hora en cantar el fado y poner a los guripas tras su pista.
Dudó durante un segundo tan solo.
El cuarto de su compinche, situado en la primera planta, daba a la parte trasera de la hostería.
Tenía que confiar en que Iturbe, aunque fuese por una vez tan solo, no se comportara como el ganso que era, se desenconase con los gritos de los alguaciles y viese que su única oportunidad era huir por el ventanuco de su cuarto, descender hasta el patio y salir por piernas.
Estaba cierto de que, ya identificado, tardarían nada y menos en dar con él y engrilletarlo, así que era momento de actuar sin vacilaciones.
Sacó de la cintura el pistolón y lo aderezó: cebó la cazoleta, cargando el ánima, atacó la carga, montó la llave y bajó el perro.
Con el pistolón amartillado en la mano diestra, echó a correr, dio un rodeo para llegar a la parte de atrás del mesón, se apostó detrás de un árbol de tronco grueso y aguardó.
Sabía que solo tendría una oportunidad.
***
Cristóbal Villafañe penetró en la hostería detrás de los alguaciles y los dos alabarderos, que encabezaron la incursión. Y gritó aquella frase en cuanto estuvo dentro del sitio:
—¡Alto! ¡Que nadie se mueva! ¡Aquí está la justicia buscando a un fugitivo por orden del rey!
Situada en una encrucijada de los caminos, la de El Gamo del Rey era una de las posadas preferidas de arrieros y transeúntes.
Era un conjunto de edificios pensado para alojar tanto a personas como a animales, y combinaba funciones de hospedería, casa de postas y taberna.
El edificio principal, el destinado a los huéspedes, tenía dos plantas, estaba construido en ladrillo y madera y se levantaba ante un gran portón de entrada que daba paso a un patio interior donde se situaban las caballerizas, los carros y los almacenes.
Alrededor del patio se distribuían las estancias: en la planta baja, la cocina, la sala común, la bodega y algunos cuartos; en la superior, las habitaciones para los alojados, separadas por tabiques de madera y comunicadas por corredores abiertos.
La sala principal estaba dominada por una gran chimenea, bancos corridos, mesas pesadas y barriles apoyados contra las paredes.
Allí se servían vinos de la Mancha, pan, guisos, ollas, potajes y estofados, carne asada y queso, y era frecuente ver allí a grupos de arrieros, mercaderes y mozos de mulas conversando de sus cosas.
También había por allí alguna gorgona dispuesta a vender sus carnes envejecidas por un par de blancas.
Era un lugar ruidoso, con humo, olor a grasa y a cuero, donde las pláticas se mezclaban sin orden.
Todas cesaron cuando entraron, como perros en carniza, los alguaciles, corchetes y guardias enarbolando sus armas y dando gritos de «¡Quietos!
» y de «¡Alto!» y de «¡Que no se mueva ni Dios bendito, que lo ensarto!
». Villafañe se dirigió al individuo que parecía estar a cargo del lugar, un hombrecillo de menos de cinco pies, alfeñique, la cara marcada de viruelas, malmirado y con gesto de hacha.
—¡¿Cuál es el cuarto de Alonso de Iturbe?! ¡¿Dónde se aloja el tal Iturbe y su compinche el Gallego?! —inquirió, a gritos, el alcalde, exhibiendo sus mandamientos de prisión—. ¡Hablad, por orden del rey!
—No tengo ni idea de por quiénes pregunta vuestra merced —respondió el posadero, ceñudo y torvo, sin mirar los papeles—. Aquí no se pregunta el nombre a nadie. Solo si tienen monedas con que pagar el cuarto.
—¡De Iturbe no puedo darle descripción alguna —dijo Villafañe, maldiciéndose para su caletre por no haber solicitado de la Patro un retrato detallado del sayón—, pero el otro tiene dos cicatrices que le cruzan la cara! ¡Y se alojan aquí! ¡No me digáis que no sabéis de quiénes os hablo!
El mesonero arrugó el hocico cuando oyó al alcalde hablar del individuo con dos cicatrices en la cara. Y fue cuando se convenció del todo de que más le convenía mantener la boca cerrada, pues el tipo en cuestión era flema escupida desde el infierno. Se limitó a encogerse de hombros.
—¡Maldita sea tu estampa! —exclamó Villafañe, que supo que el hombrecillo no iba a abrir la boca, pues le podía más el miedo que su conveniencia.
Se dirigió a los alguaciles y los guardias—: ¡La mitad de los hombres, al patio, a registrar los cuartos de fuera y las caballerizas!
¡Vos, alguacil García, estáis al mando! ¡El resto, conmigo, arriba, a registrar los cuartos superiores!
¡Que tres corchetes se queden aquí, en este salón, y que no se menee nadie de este sitio, so pena de cárcel!
Y, sin pensárselo ni un segundo más, al mismo tiempo que la mitad de sus hombres regresaban al exterior para batir el patio, las caballerizas y los cuartos exteriores, Villafañe, seguido de un alabardero, dos alguaciles y tres corchetes, se precipitó por la endeble escalera de madera para acceder al segundo piso de la venta.
***
Alonso de Iturbe había estado hasta las tantas el día anterior jugando al busilis en el salón de la hostería con otros cuatro tahúres que sabían más que el siete de la sota y que le desplumaron en un retozo de dedos dieciocho de los escudos con que se le habían pagado sus servicios por estar, desde el pasado mes de septiembre, al servicio de José —cuyo apellido ignoraba, y no era por no haberlo preguntado constantemente, hasta que una mirada fiera de su compinche lo disuadió definitivamente de seguir escudriñando— en lo que este mandara y necesitara.
Que, hasta la fecha, no había sido barato: dar el soplo de muerte a tres desgraciados y un ir y venir de papeles cuyo significado no había llegado a comprender del todo Iturbe, cuyas luces no iluminarían ni un armario.
Entre baraja y baraja, se había bebido como tres azumbres de sangre de la tierra, y había acabado hecho un cuero.
Con la turca, le dio por acusar a uno de los tahúres de florero y de hacer trampas con las cartas, lo que le valió un par de mojicones que lo dejaron hecho una criba.
Así que, en cuanto llegó a la piltra, alumbrado y sacudido, se quedó traspuesto de inmediato.
Lo despertó la algarabía de la planta baja cuando Villafañe, los alguaciles, los corchetes y los guardias llegaron pegando voces como un vizcaíno en herrería.
Se medio incorporó en la cama, aturdido y legañoso, con la boca sabiéndole a bodega vieja.
Pero, hombre de instinto como era, a pesar de sus pocas luces, se dio cuenta de que eran los justicias quienes habían irrumpido en la posada y que era al Gallego y a él a quienes buscaban.
Y aunque no fuera así, más valía prevenir que curar, que no eran moco de pavo sus correrías.
Se había acostado medio vestido, se levantó del lecho trastabillando, se tomó un buche largo de agua de la jarra que había en la mesita, se acabó de vestir, cogió los arreos que podía llevar con las manos, abrió el ventanuco y, sin mirar lo que abajo hubiera, se lanzó por su hueco pegando un alarido.