31. UN GOLPE DE SUERTE
U N GOLPE DE SUERTE
El golpe de suerte que Cristóbal Villafañe, alcalde de Casa y Corte, estaba rogando al cielo desde que comenzara sus pesquisas llegó por fin y se llamó Patrocinio Suárez, la hetaira de la mancebía de la calle de Toledo, más conocida como la Patro.
Villafañe, como cada día, llegó a la Casa de la Villa a primera hora de la mañana, a recoger su vara de justicia y a reunirse con los alguaciles y corchetes designados para escoltarle y ayudarle en sus averiguaciones, dispuesto a comenzar las interminables caminatas de cada jornada en busca de pistas sobre los crímenes, pistas que se le antojaban tan inaprensibles como el agua del mar.
Había repasado, minuto por minuto, lo que el guardia asesinado había hecho en los días y semanas previos a su muerte, y nada había hallado que arrojara luz.
Atendiendo a la insinuación de la viuda del médico Velasco de que este podría tener asuntos de faldas, había husmeado entre sus pacientes del género femenino, y tampoco esas pesquisas habían arrojado ni una llamita de claridad; el médico era casto como un jerónimo.
Y tampoco rebuscando en la vida del fraile Tudela, que en verdad era lo que parecía, un santo varón, había encontrado pista alguna.
—Tiene usted visita, don Cristóbal —le anunció uno de los porteros del concejo.
—¿A estas horas?
—Vino ayer tarde, pero vuestra merced no estaba. Le dije que viniera hoy a eso de la tercia, que seguro que lo encontraba. Es, por lo que me ha referido, un asunto de su interés. Y apremiante, afirma.
—¿De quién se trata?
—Una zagala —dijo el portero—. Y por sus pintas, diría que llegase sin dormir apenas, como si hubiera estado trajinando hasta muy tarde. Ya me entiende vuestra merced.
—A fe mía que no.
—Una pupila, hombre —explicó el bedel—. Una pelandusca de mancebía.
—¿Una pelandusca?... Vaya... ¿Ha dicho qué quiere?
—Hablar con vuestra merced. Para un asunto de su interés y urgente, como os he dicho. La tenéis ahí mismo —dijo, señalando el zaguán—, en el cuarto de la entrada.
La visita que esperaba a Villafañe era, en efecto, Patrocinio Suárez, la Patro, la putita del burdel de la calle de Toledo esquina con Arganzuela. Se levantó de un salto la ramerita en cuanto lo vio aparecer por el cuarto.
—¡Al fin aparece vuestra merced! —dijo—. Que mirad cómo vengo y estoy muerta de frío.
Vestía la muchacha su traje de guerra: falda más corta que lo que la honestidad marcaba, cintas de colores en los hombros y las mangas, escote generoso, camisa ajustada y adornos en el pelo; apenas se abrigaba con una capilla roja que mal le quitaría el frío de la mañana.
Tenía todavía el rastro amarillento de los cardenales que el jaque había dibujado en su rostro y las ojeras cárdenas de no haber dormido o de haberlo hecho poco y mal.
—¿Qué se te ofrece, hija? —le preguntó el alcalde, que, para sus adentros, se dijo que esa niña, bien lavada y bien vestida, podría haber pasado sin problemas por la hija de un hidalgo o por la sobrina de un vizconde.
—¿Trae vuestra merced mis cincuenta escudos de oro?
—¿Cómo dices?
—¡Mi recompensa, pardiez! —repuso la Patro—. ¡Que le traigo a vuestra merced el nombre y las señas de uno de los jaques a los que busca!
—Pero ¿qué me estás contando? —inquirió Villafañe, los ojos muy abiertos por el pasmo.
—Lo que oye vuestra merced. Pero vamos a lo que me interesa: ¿trae vuestra merced mis cincuenta escudos de oro?
El alcalde le explicó a la pupila, con toda la delicadeza que pudo para que no se descorazonara, que el premio de los cincuenta escudos solo sería pagadero a quien facilitara la detención de los criminales a los que buscaba y que, por tanto, hasta que esta no se llevara a cabo no había nada que pagar.
Pero que recogería en su informe la colaboración de Patrocinio si efectivamente el jaque en cuestión acababa aherrojado.
—¡Y dale con los papeles! —objetó la niña—.
Ya le dije a vuestra merced el otro día que no quiero que mi nombre aparezca en ningún papelucho, ¿o es que no se entera vuestra merced?
O me garantiza el... el... aninimato o ya estoy cogiendo puerta y ahí se queda vuestra merced con sus cincuenta escudos y en la inopia, como hasta ahora.
—Bueno, bueno... Como tú digas. Nada de papeles. Pero cuéntame qué sabes, y con el mayor detalle, te lo ruego.
Y le narró la Patro al alcalde Cristóbal Villafañe que el jaque a quien ella denominaba «el primo» había vuelto por la mancebía en el día de antier, buscándola precisamente a ella, porque «me quedé con las ganas el otro día de holgar contigo, preciosa, que ya vi la cara de gusto con que José bajaba después de haberte hecho la higa».
—Así que dejé que me cabalgara por unas blancas, y la verdad es que el muchacho no me sacudió el polvo como el otro hizo el primer día, el muy animal, sino que estuvo cálido en el retozo, aunque eso sí, me puenteó en un santiamén, pues hizo el gasto en menos que canta un gallo.
Tan caballeroso estuvo que hasta pena me dio sonsacarle para traerle la información a vuestra merced, pero, claro, cincuenta escudos son cincuenta escudos, ¿no lo creéis así?
—Claro, claro, por supuesto —admitió Villafañe, que iba con pies de plomo—. Y dime, ¿qué le pudiste sonsacar?
—Pues tan a gusto se quedó después del retozo que hasta la muela del juicio le habría sacado si hubiese querido.
Pero lo que a mí me interesaba era saber quién era y dónde vivía, para venir corriendo a darle el soplo a vuestra merced a cambio del galardón.
Me dijo que había nacido en mantillas de hidalgos, aunque no supe si creerle, y que un abuelo suyo, en León, había guerreado con un rey al que llamaban el Jorobado, y que otro abuelo...
—Perdona, perdona... Vamos a lo que nos interesa, hija —la interrumpió el alcalde, pero muy consideradamente—, porque es que, en este caso, el tiempo es oro, muchacha. Así que abrevia, que no quiero que se nos esfume el bravo. ¿Te dijo su nombre?
—Sí, señor.
—¿Y cuál era, voto a tal?
Hizo una pausa la manceba, como para dar mayor dramatismo a su revelación.
—Alonso de Iturbe.
—Vaya. Alonso de Iturbe... Mucho nombre para sujeto de tan mala catadura.
—Pues ese fue el que me dio.
—¿Y pudiste saber el nombre del otro jaque?
—Se refirió a él como José. Pero cuando quise saber más, me puso mala cara y me dijo que más me valdría no preguntar por el individuo, del que indicó que era vezado en maldades y que no daría un maravedí por su alma.
—¿Y te dijo el tal Iturbe dónde vivía?
—Me lo dijo.
—¿Y dónde es, voto a tal?
—¿Con esto me gano los cincuenta escudos?
—Casi los tienes en tu bolsa, mujer, pero hemos de aprehender antes a los jaques.
—En la hostería de El Gamo del Rey, en las Peñuelas —dijo la cortesana—. Me contó que había vivido en esa posada de arrieros desde que regresara de Italia de servir en los tercios y que había vuelto a ella hacía unos días.
—¿Y el otro? ¿El tal José?
—Por lo que entendí, estaba recién llegado a Madrid, adonde llegó hace unos meses no más, y se aloja en el mismo mesón. ¿Hacen ya los cincuenta escudos?
***
Cristóbal Villafañe contentó a la manceba con una bolsa de reales del fondo del corregidor, a quien puso al tanto de las nuevas, y con una cédula en la que se dejaba constancia de la colaboración de la putita en las pesquisas oficiales para el descubrimiento de los asesinos del médico Velasco, del dominico Tudela y del guardia Matías Ocaña.
Y aunque no se fue demasiado contenta, pues repetía una vez y otra que ni se le ocurriera venderle humo por papel, consiguió que se conformara y que demorara unos días su suerte.
De inmediato, el alcalde de Casa y Corte reunió en torno a sí a seis alguaciles, doce corchetes y cuatro soldados de la guardia de alabarderos de la villa, todos bien armados con espadas, dagas, picas cortas, sus alabardas los guardias y uno con una maza, sogas y grilletes.
Expidió sendos mandamientos de prisión, uno a nombre del tal Alonso de Iturbe y otro para un tal José, sin más datos ni señas, gallego posiblemente de origen, acusados ambos de los crímenes del físico, del fray y del clavero, y se pusieron en marcha hacia las Peñuelas y la hostería de El Gamo del Rey.
Una caterva de mozalbetes y desocupados, a pesar de los esfuerzos de los corchetes por dispersarlos, convoyaron la comitiva, ciertos de que habrían de presenciar espectáculo entretenido y de balde.
En llegados al mesón, ordenó el alcalde que dos de los alguaciles y uno de los corchetes custodiaran la puerta de la venta, para que ni saliera ni entrara nadie, y que dos de los soldados y otros dos corchetes vigilaran la parte trasera por si había otra salida por allí, que la habría, pues solían tener este tipo de establecimientos un patio posterior donde, si no puerta, sí habría una valla baja que permitiría escapar por allí a quien tuviese necesidad de salir por piernas y burlar a los justicias.
Villafañe entró en la hostería con el resto de su tropa como rústico en botica, dando voces y sin parar en mientes.
—¡Alto! ¡Que nadie se mueva! ¡Aquí está la justicia buscando a un fugitivo por orden del rey!
***