30. PÉREZ Y LA PRINCESA DE ÉBOLI #2
Permanecieron unos instantes en silencio. Afuera, algún ruido lejano de la ciudad llegaba amortiguado, como si Madrid entero estuviera al otro lado de una pared muy gruesa, pendiente de los dos amantes, aguzando el oído para escuchar sus pláticas.
—¿Recuerdas —dijo ella de pronto— cuando me dijiste que lo nuestro era un refugio?
Antonio arqueó apenas una ceja.
—Lo sigue siendo —contestó—, aunque no del mismo modo.
—Así es —confirmó ella—. Ya no es un refugio para protegernos, sino una atalaya desde la que observar mejor, o un castillo desde el que resistir el asedio de quienes nos quieren mal.
Se incorporó un poco más y dejó que la sábana resbalara sin darle importancia, dejando a la vista su cuerpo, aún hermoso a pesar de la edad y de sus diez partos que apenas si le habían otorgado una redecilla de arrugas en el vientre plano.
—Por eso esta noche no quiero hablar solo de nosotros —añadió la princesa—, sino de lo que empieza a rodearnos. Y del juego en el que participamos.
Antonio la observó con atención. Frunció mínimamente el ceño y sus ojos brillaron con interés.
—Te refieres a la inquietud que recorre el alcázar —dijo—, a la tensión que se advierte en el reino.
—Justamente. Y a la carta.
Antonio Pérez se separó unas pulgadas de Ana y meneó la cabeza.
—La carta...
—¿Cómo está el rey? ¿Cómo lo viste en tu última audiencia?
—De luto, como es lógico, por el fallecimiento del príncipe. En estos días pena su dolor en el Bosque de Segovia.
—Sabes que no me refiero a eso...
—Preocupado —aclaró Pérez—. Por la carta anónima que le entregó Quiroga y por la esquelas y billetes que en estos días circulan por todas las cortes de Europa. Lo está haciendo bien tu amigo...
—Y el tuyo, que buenos escudos que recibiste de él por participar en la travesura, repartiendo las sospechas.
—Acepté participar en el juego, es verdad, aunque nunca me gustó ser parte de una astucia que no controlo y otros dirigen, pero... esos asesinatos, esos crímenes, los del médico Velasco, el fray dominico y el guardia del alcázar... ¿Eran necesarios? Nunca dije que sí a juegos de sangre, Ana.
—Ya sabes que quien juega no asa castañas, querido mío.
Cuando se lanza la moneda buscando cara, hay que aceptar que pueda salir cruz.
Si se ha considerado que esas muertes eran necesarias para dar más valor a la apuesta, ¿qué podemos hacer nosotros?
Ten en cuenta lo que está en juego. Pretendo llevar adelante ese casamiento de mi hija y hacerla reina luego.
Y si para eso han de caer otros reyes, que caigan.
—Son muchas muertes ya, Ana. Acuérdate de Escobedo. Y no sé cuántos cadáveres más le van a caber a Felipe en su camposanto.
—Tienes sus cartas consintiendo en la eliminación del secretario de su hermano. Le planteaste la necesidad de acabar con él como forma de acabar con la deslealtad de don Juan, y él consintió. Ahí estamos a salvo. Y con respecto a las otras tres muertes, ¿qué tenemos que ver nosotros con ellas?
—Felipe ha recibido los papeles de don Juan desde Namur, Ana. Y descarta que su hermanastro hubiese albergado deseos contra él ni que le hubiese sido desleal. Todo ha cambiado.
—Te insisto en que el rey consintió en la muerte de Escobedo, y ahí están los papeles que guardas...
—Esas cartas valen lo que valen. Ponerlas sobre la mesa supondría desafío, jugárselo todo a una sola tirada del dado. Y sabes que no puedo aparecer vinculado a nada que huela a desafío. Mi fuerza está en parecer siempre del lado del orden, incluso cuando el orden es solo apariencia.
—Pues... deberías pensarlo mejor.
—¿Qué me quieres decir?
—Tienes que hacerle saber al rey que, en el asunto de Escobedo, vais juntos en la travesía, y que, si la barca se hunde, seréis dos los que naufraguéis, y no uno solo. La tempestad no entiende de coronas, Antonio. Y mientras no se sepa nuestra implicación en lo de la carta...
Antonio Pérez se incorporó bruscamente en la cama. Ondeó el colchón con el movimiento súbito y la princesa quedó tendida a su lado.
—¡No seas ingenua, Ana, por Dios! —espetó el secretario real, airado ahora—.
¡En esas cartas a que te refieres, las que dices que vinculan al rey con lo sucedido a Escobedo, no hay nada explícito, solo medias frases, insinuaciones, eufemismos...
! No lo entiendes... En el asunto de Escobedo el rey no puede perder, haga lo que haga ahora, porque todo este mundo está construido para que la responsabilidad se detenga siempre un paso antes de alcanzarlo.
Aunque haya sabido, aunque haya consentido, aunque incluso haya esperado el resultado, nada de eso significa la existencia de una orden escrita, de una palabra pronunciada delante de testigos, de un gesto que pueda convertirse en prueba.
Todo ha sido hecho a base de ambigüedades, de silencios aprobatorios, de miradas que autorizan sin comprometer, de ese modo suyo de gobernar en el que nadie recibe nunca una instrucción completa y, por eso mismo, todos cargan con una parte mayor de la culpa.
—Cualquiera que sepa leer en esas cartas... —insinuó Ana Hurtado de Mendoza, jugando con uno de sus rizos.
—Y, además —prosiguió Pérez, como si no la hubiese oído—, el rey no juega el proceso en el terreno de la verdad, sino en el de la utilidad.
A Escobedo se le podrá llorar, se le podrá convertir en mártir privado, incluso en ejemplo de arbitrariedad, pero nunca en una acusación eficaz contra la Corona, porque su muerte puede integrarse sin esfuerzo en el relato del orden, del servicio al bien común, del castigo indirecto a una imprudencia.
Bastará con dejar que pase el tiempo, con permitir que los consejos discutan, que los papeles se acumulen, que las versiones se multipliquen, y al final nadie recordará ya dónde empezó todo.
Los que quedarán expuestos serán siempre los intermediarios, los ejecutores, los imprudentes.
Es decir, nosotros, Ana, nosotros... El rey, en cambio, seguirá siendo lo que siempre ha sido: el último eslabón que nunca se toca.
—A Eduardo II de Inglaterra se le forzó a abdicar acusado de traición e incompetencia...
—Bah —despreció Antonio el argumento de la de Éboli—. Los ingleses... Estamos en España, en Castilla, Ana, no te confundas.
—Ah, ¿quieres ejemplos de Castilla? —repuso la princesa, que seguía jugando con su pelo—. Pues ahí tienes a Pedro I, derrocado por el Trastámara...
—Guárdate para ti tus lecciones de historia —descartó su amante su alegato—. Estamos en otro tiempo y en otro mundo. Felipe no va a caer por la muerte de Escobedo. Y ruega para que no seamos nosotros quienes acabemos en el cadalso mientras él nos mira patalear en la horca.
—Algo habrá que hacer entonces, ¿no? —sugirió Ana, sensual.
—Pues eso, rogar. Rogar para que no se sepa que también estamos en el juego de la carta. Bastante tenemos ya con Escobedo. Esto, sin lo otro, tal vez sea de pasar. Pero ambas cosas juntas... Todavía me pregunto por qué tuvimos que meternos en este juego y en este lance.
—Se lo debía a mi esposo, a Ruy Gómez, bien que lo sabes.
—Tu esposo está muerto, Ana, pardiez, y poco le habrá de importar quién ocupe el trono.
Le dará igual que sea su hija o cualquiera otra.
Los muertos no sienten ni padecen, voto a tal.
Todas sus preocupaciones están en cómo salir del purgatorio.
Y él jamás hubiese conspirado contra Felipe.
Ya sabes cómo se llevaban los dos, que parecían dos tórtolas.
—Él hubiese sido fiel a su linaje.
—Él hubiese sido fiel a su conveniencia.
Un pesado silencio se instaló entonces entrambos.
—¿Tú crees que le diste qué pensar cuándo le hablaste de Alba y de su hijo? —lo quebró la princesa—. Al rey, me refiero. Cuando le hiciste ver que Fadrique se hizo amigo durante su exilio de la mitología y el esoterismo.
—Sí, le dio qué pensar. Pero no sé hasta dónde podrá llegar mi sugerencia ni el alcance de mi insinuación. El duque es poderoso...
—También tú, querido.
—¡Yo no tengo detrás de mí una alcurnia de siglos, Ana, por Dios bendito!
Si el duque niega saber nada de la carta, no habiendo pruebas que lo vinculen con ella, Felipe no va a ir más allá.
Tal vez lo castigue por el negocio del matrimonio de Fadrique con su prima María de Toledo y le obligue a seguir en arresto domiciliario, que, por cierto, sortea cada vez que le place, pero nada más.
—Tal vez sea el momento de nuevas insinuaciones.
—¿Nuevas insinuaciones? ¿Como cuáles?
—Pues no sé —dijo la princesa, que, distraídamente, se acariciaba ahora el pezón—. Tal vez hacerle ver que no le conviene mover el asunto de Escobedo, aludir a las cartas que guardas, que lo comprometen... Y seguir lanzando sospechas como quien lanza semillas, a ver si alguna agarra y germina.
—Estás loca, Ana. Qué te gusta el peligro, cuerpo de Cristo.
—Tú sabes elegir bien las palabras. Tanto como sabes elegir los momentos.
—Por eso estás aquí —replicó él—, y no en otro lugar.
Se recostaron de nuevo, uno frente al otro, el contacto tranquilo, casi íntimo en su quietud.
—¿Estamos en peligro, pues? —preguntó la de Éboli.
—Claro que lo estamos.
—Sabes que el peligro me excita.
Ana Hurtado de Mendoza y de la Cerda lanzó una risita que sonó más a arrullo, se incorporó sobre el codo y, de un tirón, apartó las sábanas de las piernas de Antonio Pérez y dejó al descubierto su horcajadura. Asió su miembro flácido y comenzó a acariciarlo.
—Estoy vacío, princesa.
—Yo haré que te llenes.
Y se inclinó y se llevó a la boca el miembro, sin más palabras, golosamente.