Conjura contra el rey Felipe 30. PÉREZ Y LA PRINCESA DE ÉBOLI
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30. PÉREZ Y LA PRINCESA DE ÉBOLI

P ÉREZ Y LA PRINCESA DE É BOLI

Antonio Pérez vivía en la plazuela del Cordón, un rincón de Madrid de calles angostas y trazado medieval.

Situada muy cerca de la iglesia de San Justo y de la zona del Sacramento, era un lugar de casas principales, con portadas de piedra, rejas, balcones y el rumor constante de criados, recados y visitas.

Un buen lugar para vivir un secretario real.

Hoy, sin embargo, se encontraba en su residencia de recreo, situada en el Campo del Rey, en el arrabal de Santa Cruz, extramuros de la ciudad, una zona de huertas donde había levantado una lujosa villa de descanso apartada del bullicio del corazón de Madrid.

En la villa y corte se la conocía como la Casilla, pero era una finca que de mal modo podía merecer diminutivo alguno.

Era una vasta hacienda con un palacete de estilo italiano que destacaba por su extrema opulencia.

Tanta, que muchos en Madrid se preguntaban cómo un simple secretario había podido ganar tantos reales y escudos como para poder edificar una mansión como aquella.

Contaba con jardines espléndidos, fuentes y una decoración interior que reflejaba el inmenso poder y el carácter diletante de su dueño.

Tenían sus jardines un diseño geométrico de parterres y paseos arbolados.

Disponía de un estanque propio y sistemas de riego que permitían mantener una vegetación frondosa en lo que en origen era un secarral, y disfrutaba de una huerta fértil con árboles frutales y plantas exóticas.

Su interior estaba ricamente decorado con tapices flamencos, pinturas de maestros italianos, Tiziano entre ellos, y muebles de maderas nobles.

Las salas principales estaban ricamente vestidas.

Paños, reposteros, escritorios con herrajes dorados, mesas taraceadas.

La Casilla era, más que ninguna otra cosa, una demostración del poder y la ambición de su propietario, una afirmación manifiesta, casi insolente, del poder adquirido y de su confianza en sí mismo. Y de lo poco que le importaba el qué dirán.

Antonio Pérez se hallaba, en esos instantes, en el dormitorio principal del palacio, una alcoba con cama con rico dosel, cuadros eróticos y lámparas de luces suaves.

Los gruesos cortinones apenas dejaban pasar una línea de luz de luna que se deslizaba sobre los cuerpos desnudos, recortándolos en claros y sombras que parecían moverse al ritmo de su respiración.

El aire estaba espeso, cargado del olor del sudor reciente, de perfumes caros y del rastro inequívoco del placer.

El lecho, amplio, bajo, estaba revuelto desde hacía rato; las sábanas conservaban aún el calor, ese calor que no se apagaba de inmediato y que parecía prolongar el contacto cuando los cuerpos se separaban apenas unos dedos.

Antonio Pérez tenía a la princesa contra él, sentada a horcajadas, la espalda apoyada en su pecho.

Su mano recorría con lentitud el contorno de su cintura, sus nalgas; subía, se demoraba agasajándole los pechos, descendía otra vez, sin prisa, hacia su natura, que acariciaba con suavidad, como si quisiera, más que dar satisfacción inmediata al deseo, mantenerlo vivo.

Ella, con su único ojo cerrado y el otro tapado por el parche negro —que ni para holgar se quitaba—, suspiraba y gemía, dejaba caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de su amante, exponiendo el cuello, la piel todavía sensible, aún vibrante, augurando en cada una de sus pulgadas el éxtasis inevitable.

Después, cuando la princesa de Éboli experimentó con un grito prolongado el tercer orgasmo de la noche, rodó sobre sí misma y quedó yaciendo de costado, apoyada en un codo, el torso desnudo, la sábana recogida a la altura de las caderas.

Su sonrisa satisfecha, de haber tenido sonido, habría brotado convertida en ronroneo.

Junto a ella, Antonio Pérez, más cerca de lo que dictaba la comodidad, lo bastante como para que cada respiración se mezclara con la de la princesa, la observaba con deleite, preguntándose cómo era posible que esa mujer, de las principales del reino por su casa y por sus hechuras, fuera suya.

Se mantuvieron durante unos instantes en silencio, relamiéndose en el placer reciente.

Ambos sonreían y se miraban con la complicidad que solo era posible en los momentos posteriores al ayuntamiento.

—Siempre me sorprende —dijo ella pasados unos minutos, con la voz ya tranquila, divertida, recuperado el ritmo normal de la respiración— que en cada ocasión sea como la primera vez, que el deseo no se enfríe.

Como si fuese aún aquella noche que pasamos en mi casa, que se hubiera detenido para siempre. ¿Recuerdas?

Antonio sonrió, sin apartar la mirada.

—Cómo no, querida mía. Es imposible olvidar nada que tenga que ver contigo. De lo bueno y de lo malo, por supuesto.

—Ah, pero ¿es que hay algo malo en mí? —preguntó ella, con una mueca delicada, juguetona.

—Por supuesto que sí, señora —respondió él, en igual tono—.

En toda persona, y también en ti, claro está, el bien y el mal conviven como el día y la noche, separados solo por el crepúsculo de su conciencia.

Ocurre solo que en algunos el lado del bien pesa mucho más que el del mal, mientras que en otros es a la inversa.

Lo importante no es qué lado pesa más en origen, sino a cuál de los dos decidimos alimentar con nuestras acciones cada día.

—Quizá no se trate de alimentar solo a uno, ¿no? —repuso la princesa—, sino de entender a ambos.

—Tal vez sea así como dices, querida. Al fin y al cabo, nadie puede escribir su propia historia utilizando una única palabra. Es como el capitán de un barco que solo conoce los vientos favorables, que con toda certeza naufragará en la primera tempestad a que le toque enfrentarse.

—Claro, mi amado Antonio. Porque aquel que solo habita en la claridad acaba cegado por su propia soberbia.

—Bueno, no sé si coincidir contigo en eso, mi adorada Ana —adujo Antonio Pérez.

Apoyaba su cabeza en la palma de la mano y contemplaba con fruición el cuerpo desnudo de la de Éboli—.

Lo que el mundo llama soberbia es, a menudo, el acero que forja el alma para que no se doble ante la humillación.

Un hombre sin orgullo es como un navío sin quilla: podrá flotar, pero jamás llegará a puerto con el rumbo requerido.

—Como tú, ¿no?... Ah, mi orgulloso Antonio Pérez...

—Como yo, sí, ¿por qué no? Dicen que la soberbia aleja de Dios, pero yo digo que es el juego que Él puso en cada uno de nosotros para recordarnos que somos algo más que barro. Sin ese impulso de creerse más que el polvo del camino, nadie habría cruzado los océanos ni levantado catedrales.

—Y tú no habrías llegado a donde te hallas.

—Pues sí, posiblemente...

Ella dejó escapar una risa leve, apenas el zureo de una paloma torcaza.

—Ah, Antonio, mi querido Antonio, siempre igual —repuso, jocosa—, siempre pretendiendo ser el primero y el mejor en todo.

—Y a ti te gusta que lo sea, ¿verdad? —añadió él—. Porque es mi significación la que te hace sentirte más principal e influyente de lo que ya eres. Te he elegido a ti entre todas las damas de la corte, y así te sientes más joven y hermosa.

—¿No lo soy, acaso?

—Cumplirás los cuarenta de aquí a poco, señora.

—Somos de la misma edad, querido Antonio. Ambos nacimos en el cuarenta, y fue como si, con nuestro nacimiento, Dios quisiera hacer un regalo al mundo después de la victoria de la cristiandad sobre el Turco en la batalla de Alborán.

—Qué presumida, mi querida Ana. Yo no llego a tanto, ya ves. ¿O es que eso te decía tu padre, el virrey? Lo de que fuiste un regalo para el mundo.

—Eso lo digo yo.

—Ah, bien —reconoció Pérez después de prorrumpir en una breve carcajada y mientras le acariciaba el pezón izquierdo a la princesa—. Pero, a pesar de esos cuarenta años, hermosa sí que sigues siendo, eso nadie lo puede dudar.

Ana Hurtado de Mendoza y de la Cerda, princesa de Mélito por su casa y de Éboli por su matrimonio, se inclinó un poco hacia delante, liberando el pezón de la caricia de Pérez, y apoyó la mano en el pecho de este, trazando con los dedos un dibujo impreciso.

—Tú también eres hermoso —dijo—, aunque temerario, y eso, en un hombre como tú, es una virtud rara, aunque a veces resulte exasperante.

—Te equivocas —objetó el secretario real—, no soy insensato, en absoluto.

La temeridad se permite cuando uno no tiene nada que perder.

Yo, en cambio —e hizo un gesto amplio con la mano, como abarcando toda aquella alcoba y sus objetos valiosos—, he acumulado demasiadas cosas: cargos, favores, silencios, y también enemigos que solo esperan la ocasión propicia para destruirme.

No me importaría perder estos, pero he de conservar aquellos, por lo que no me puedo permitir ni la temeridad ni la imprudencia.

Ella asintió, como si esa respuesta confirmara algo que ya sabía.

—Y, sin embargo —dijo—, sigues holgando conmigo, sigues buscándome incluso cuando sabes que este lugar, este lecho y esta conversación pueden ser tan peligrosos como una sala del Consejo.

Antonio alargó la mano y la atrajo un poco más hacia él, con dulzura, sin brusquedad.

—Porque contigo —aseveró con una media sonrisa— el peligro tiene sentido, y porque hay noches en que la prudencia resulta insoportable si no se mezcla con una pequeña dosis de riesgo.

La princesa cerró el ojo visible un instante, disfrutando del contacto.

—Siempre tan dado a convertir el deseo en argumento —murmuró—. Pero dime, Antonio, cuando te vas de aquí, de la cama, de estar conmigo, y vuelves a tu papel, al secretario atento, al hombre que escucha y calla, ¿qué queda de nosotros?

Él tardó en responder.

—Queda —dijo por fin— una forma distinta de mirar el mundo, una sospecha permanente de que lo que se decide en público no es nunca lo verdaderamente decisivo.

Ella sonrió, satisfecha.

—Eso es lo que siempre quise enseñarte —replicó—, aunque tú prefieras creer que lo has aprendido solo.