29. NOTICIAS DE EMBAJADORES #2
—Ha recibido una carta, señor. Una carta anónima, por lo que entendí. Cuando le pregunté quién se la había hecho llegar, el papa se limitó a recordar que los caminos del Señor son inescrutables.
—Una carta... —dijo Felipe, después de cerrar los ojos un momento, con tremendo pesar; no necesitó que Zúñiga le detallase su contenido; Felipe ya lo había adivinado—. Una carta en la que se me acusa de la muerte de mi hijo Carlos. Una carta que también hablaría de Saturno, el dios devorador.
Zúñiga contempló a Felipe con estupor, con la sorpresa de quien mira al basilisco. Sabía de la inteligencia y perspicacia del rey, pero ¿cómo podía haber adivinado el contenido del anónimo que Gregorio XIII le había mostrado? ¿Era verdad que el rey tenía «poderes», como algunos decían?
—Pero... ¿cómo lo sabéis, majestad?
—Recibí, hace unos meses, una carta anónima con idéntica acusación. Y esquelas similares circulan por todas las cortes de Europa. Así que no es difícil conjeturar que la carta recibida por el papa sea de igual tenor. No me equivoco, ¿verdad?
—No os equivocáis, majestad —reconoció el embajador—. En esa carta se os acusa, en efecto, de haber tenido participación en la muerte de vuestro augusto hijo, y se os comparaba con Saturno, es verdad. Por supuesto, lo negué categóricamente y...
—Sí, sí, está bien, os lo agradezco —interrumpió Felipe, y había en su voz un tono de molimiento y lasitud—. ¿Cuál es la postura de Gregorio ante esa mendaz acusación? ¿La cree?
—No lo afirmó, majestad, por supuesto que no —aclaró Zúñiga—.
Pero sí dijo que la Iglesia ha de intervenir para evitar que la acusación destruya la legitimidad del poder cristiano.
Reconoce que es un asunto doméstico de España, pero sostiene que la razón de Estado no puede quedar fuera del juicio moral de la Iglesia.
Asevera que, si la acusación no se despeja, los protestantes, calvinistas y luteranos la explotarán, los príncipes católicos desconfiarán y la autoridad moral de España se resquebrajará.
—¿Y qué pretende?
—Intervenir, majestad. No para condenar a vuestra majestad, sino para que el mundo no os condene. Esas fueron sus palabras.
—Ah, el taimado Gregorio —dijo el rey, con un suspiro que tanto podía ser de cansancio como de irritación—. Siempre presto a meter las narices en la basura a ver qué tesoro encuentra.
—Le respondí, señor, que siempre habéis respetado la autoridad de la Iglesia en los asuntos religiosos —añadió Zúñiga—, porque sabemos que su autoridad procede de Dios.
Pero también le hice ver que vuestra majestad es el rey del mayor imperio que jamás vieron los siglos, que lleva años defendiendo a la cristiandad y que no vais a consentir que se trate a España como un reino menor, pues reconocéis al papa como vicario de Cristo, pero no como juez temporal de vuestra corona.
—Bien dicho, querido amigo —dijo el rey, utilizando ese término que para tan pocos reservaba. Zúñiga, apercibido, no pudo evitar una mínima sonrisa de satisfacción—. Mas supongo que Gregorio tendría respuesta para todo.
—Así es, señor. Insistió en que la Iglesia no puede mantenerse al margen ante un negocio de esta envergadura.
Que lo que procede es, y cito sus palabras textuales, Age ut omnia bene eveniant , «Actuar para que todo acabe bien».
Y que solo pretende que todo se esclarezca para salvaguardar vuestra monarquía, brazo armado de la cristiandad.
—Muy propio de Buoncompagni —dijo Felipe, citando el apellido en el siglo del papa de Roma—.
Consecuente con la familia de mercaderes de la que proviene.
Una de cal y otra de arena, ¿verdad? Parece que ya ha olvidado que no sería papa de no haber tenido mi apoyo y simpatía en el cónclave.
Pero, en fin..., ¿qué es lo que propone?
—Quiere saber que no hubo intención homicida en la muerte del príncipe.
Quiere que se le garantice que se le facilitó al príncipe todo el auxilio médico y espiritual que precisaba.
Quiere saber que la muerte fue natural. Saber que vuestra majestad, al decretar la prisión de vuestro hijo, actuó por necesidad grave y no por capricho o provecho.
—Y dudó ahora Zúñiga un brevísimo instante—.
Quiere, señor, en fin, que os sometáis al juicio de la Iglesia.
Le hice ver, majestad, que no conviene que quienes sostienen la fe con la espada se vean debilitados por dudas sembradas desde la más alta cátedra de la cristiandad.
—El juicio de la Iglesia... —murmuró Felipe tras un breve silencio, gacha la mirada. Y repitió—: El juicio de la Iglesia... —Levantó la mirada y la fijó en su embajador vaticano—. ¿Cuándo regresáis a Roma?
—Cuando me ordenéis, majestad.
—Volved, pues, cuanto antes y decidle a Gregorio que estoy dispuesto.
—¿Dispuesto a qué, señor? —preguntó Zúñiga, dubitante.
—A someterme al juicio de la Iglesia, ¿por qué no?
Frunció el ceño el embajador, de nuevo sorprendido por las palabras de su señor.
—Pero, majestad, sois el rey de España, el dueño, como le dije a su santidad, del mayor imperio que jamás los años conocieron —repuso el embajador, desconcertado—.
El papa tiene la autoridad espiritual, pero no tiene potestad para juzgaros por hechos que, además de falsos, se dicen acaecidos en vuestro reino, sometidos a las leyes de los hombres, y no a las bulas pontificias.
—Ya me sometí al interrogatorio de la Santa Inquisición, y por dos veces —adujo Felipe—, cuando el juicio al obispo Bartolomé Carranza. ¿Por qué no iba a hacerlo ahora? Además, es bueno que se sepa la verdad, y que se sepa de mis labios.
—Podríais dar —sugirió Zúñiga— cuantas explicaciones creáis convenientes en una carta que yo mismo llevaré sin demora a la Santa Sede.
Negó Felipe con la cabeza, tajante.
—No, iré personalmente. Quiero estar cara a cara con Gregorio. Y ver qué resulta de todo ello. A lo mejor, quién sabe, resultan más ventajas que quebrantos. Sí. ¿Por qué no?
—Señor...
—Lo he decidido —atajó el rey—. Ahora bien, será cuando yo diga. Y cuando descubra qué mano perversa está detrás de la acusación que se me formula. Será entonces y no antes. Cuando todo esté clarificado y pueda llevar a Gregorio todas las explicaciones que demanda.
—Así se lo haré llegar a su santidad, señor, si eso es lo que queréis.
—Eso es lo que quiero. ¿Cuándo partiréis?
—Mañana mismo, si así me lo mandáis.
—Descansad un día o dos. Y una cosa, don Juan...
—Decidme, majestad.
—Comunicad al papa Gregorio que me avendré a sus deseos con una única pero ineludible condición. Solo acudiré a someterme a su juicio si, a cambio, me da lo que pido.
—¿Y qué es, señor?
—Hemos sabido, por nuestros espías portugueses, que el cardenal Enrique, rey de aquel país, se ha dirigido o se va a dirigir al papa reclamando dispensa para poderse casar.
Y, según todo indica, dada su edad y su salud, pretende hacerlo con mujer ya preñada, para que el hijo de esta sea su sucesor en el trono.
—Hizo una pausa para que Zúñiga entendiera bien sus órdenes—.
Decidle al papa de Roma que solo si deniega esa dispensa acudiré a someterme a su juicio.
Decídselo así, con estas palabras. —Y apostilló—: Y que obre en consecuencia.