29. NOTICIAS DE EMBAJADORES
N OTICIAS DE EMBAJADORES
Sin embargo, hoy ni siquiera allí hallaba Felipe no ya un remanso, sino ni siquiera una poza de paz.
Estaba permanentemente en vilo, el corazón en un puño, un dolor frío en el pecho, sin saber desde dónde iba a llegarle el próximo golpe.
Poco después de celebrar la audiencia con el duque de Alba, Madrid se convirtió en un infierno.
Comenzaron a llegar cartas de los embajadores y agentes españoles en las cortes europeas, y todas ellas con una misma noticia: la acusación que se hacía contra el rey de España de haber dado muerte al príncipe Carlos y la referencia al símbolo de Saturno.
Desde Londres, el embajador Bernardino de Mendoza remitió carta cifrada en la que daba cuenta de que por toda la ciudad y la corte de la reina Isabel Tudor —la Jezabel europea, como el papa Gregorio la llamaba— corrían billetes en los que se acusaba a Felipe de haber mandado asesinar a su hijo Carlos, a su primogénito, como un Saturno que devorase a su descendencia, porque —se decía— el príncipe yacía cada noche con su madrastra Isabel de Valois.
¡Qué desatino, pues la reina Isabel quería a Carlos como a un hijo, y jamás, noble de corazón como era y profunda cristiana, habría traicionado a su esposo!
Pero ¿cómo detener el rumor que, como la hidra, se multiplicaba si se le intentaba cercenar?
Desde Lisboa, Cristóbal de Moura, allí destinado tras la captura del embajador Juan de Silva en la batalla de Alcazarquivir donde había perecido el rey Sebastián, y su posterior rescate y convalecencia en Madrid, informaba de que en la capital de ese reino, y en Oporto, en Évora, en Coímbra, circulaban pasquines en los que se vertía idéntica acusación hacia Felipe, de quien se decía que no solo había dado muerte a su propio hijo Carlos, sino también a su esposa Isabel de Valois.
¿Cómo se podía ser tan artero y cruel? Era verdad que la reina murió solo unos meses después de que Carlos falleciera en la torre vieja, en octubre de 1568 en concreto, pero ¡fue en el parto de su hija Juana, que apenas vivió hora y media, y a causa de una infección en los riñones!
¡Y estuvo en todo momento acompañada de sus hijas las infantas y de su esposo, que no se separó de la cabecera de su cama!
Desde París, el plenipotenciario Juan de Dios de Vargas Mejía notificaba a Felipe que por la corte del rey Enrique III circulaban perqués en los que, a modo de preguntas y respuestas, se daba a entender la participación del rey de España en la muerte de su hijo Carlos, y se le motejaba como «Saturno redivivo capaz de devorar a su propia prole en el altar innoble de su ambición sin medida».
Y desde Génova, desde Lucca, desde Módena, desde la Serenísima República de Venecia, desde el Gran Ducado de la Toscana llegaron, a través de los agentes españoles, noticias similares: las acusaciones que corrían como el fuego en la estopa acerca de la culpa del rey Felipe en la muerte de su hijo el príncipe Carlos.
Felipe sabía que todos esos infundios, todas esas calumnias eran obra de una sola mano.
Sí, pero ¿qué mano era aquella?
¿Quién estaba detrás de tanta patraña y tanta mentira?
¿Y cuál era su fin último, además de su descrédito y su mancilla?
Eran preguntas que, ante su incapacidad para darles contestación, le estaban provocando una frustración y una impotencia que estaban afectando a su salud.
De ahí que los médicos le hubieran aconsejado viajar hasta el Bosque de Segovia, donde, dijeron, el contacto con la naturaleza podría ser más benéfico para la salud del rey que las sangrías y los jarabes.
***
Era casi el mediodía cuando Felipe II regresaba de la montería que había tenido lugar esa mañana en los montes del Bosque de Segovia.
Había estado emplazado casi toda la mañana en el puesto real, aguardando a ver llegar las piezas empujadas por las rehalas de perros alanos y sabuesos y por los batidores.
En su puesto, en el silencio del bosque, apenas roto por los ladridos de las rehalas, los toques de trompa, los gruñidos de los macarenos y los balidos de los ciervos, había estado más ensimismado en sus propios pensamientos y en sus propias cuitas que atento a las instrucciones de los monteros y a los avatares de la caza.
De regreso en el palacio de Valsaín, observó que, en el patio de las Vacas, había dos coches de caballos estacionados, dos coches que esa mañana no estaban allí y que no pertenecían a la cochera real.
—¿De quién son esas carrozas? —inquirió.
—No lo sé, señor —contestó el montero mayor—. ¿Esperaba vuestra majestad visitas?
Felipe no respondió. No, no esperaba visitas, y ninguna sería bienvenida.
Necesitaba estar a solas, reflexionar sobre los acontecimientos que le torturaban el alma, decidir una línea de acción, ver de qué forma acabar con lo que estaba sucediendo, los anónimos, las amenazas, las muertes.
Tal vez, se dijo, quien quisiera que hubiese llegado al bosque traía buenas nuevas desde Madrid: acaso que habían detenido a quienes hubieran dado muerte al médico Velasco, al fray Tudela y al guardia Ocaña; tal vez que Villafañe había descubierto la mano que estaba detrás de los anónimos.
Pero, a la vista del cariz de su suerte en los últimos tiempos, en nada de ello confiaba.
Se adentró en el palacio. Su interior era una mezcla imposible de la sobriedad castellana y del refinamiento flamenco.
Altos ventanales que dejaban entrar la claridad del cielo segoviano.
Vidrios traídos de los mejores hornos. La capilla, con su coro y sus alfarjías que unían la tradición mudéjar con el nuevo estilo de los Austrias.
Los ricos frisos de madera y los tapices flamencos de las estancias reales, que aislaban del frío de la piedra.
Las grandes chimeneas, elemento central de cada cámara, monumentales, de piedra tallada, siguiendo modelos franceses y flamencos que el arquitecto Gaspar de Vega había visto en sus viajes por Europa.
Aquí, en ese palacio, había nacido la infanta Isabel Clara Eugenia y tal vez por ello era un lugar donde Felipe solía encontrar la paz, una paz que hoy se le mostraba esquiva.
—¿Qué hacéis vos aquí? ¿Y vos, don Juan?
Sorprendido, temeroso de recibir más malas noticias que su corazón no podría resistir —la muerte de la reina Ana o, Dios no lo quisiese, de alguno de sus hijos, una derrota crucial en Flandes...
—, Felipe observó, justo a la puerta de la Galería de Retratos, a su secretario Mateo Vázquez de Leca y a Juan de Zúñiga y Requesens, su embajador ante el papa Gregorio.
—Majestad —fue Mateo Vázquez quien respondió—, traigo la sentencia del Consejo de Castilla en el negocio de don Fadrique de Toledo, que precisa la firma de vuestra majestad. La he traído en cuanto ha llegado al alcázar, como me ordenasteis, señor.
—¿Y vos, don Juan?
—Traigo un mensaje del papa, majestad.
—¿Tan secreto o urgente que no lo habéis podido remitir con los correos de Roma?
—Me temo que así es, señor.
Felipe miró a su embajador en el Vaticano.
Hijo de su antiguo ayo Juan de Zúñiga Avellaneda y de su esposa Estefanía Requesens, había sido su paje cuando niño, consejero de Estado y ahora su legado ante la Santa Sede.
Hombre de su entera confianza, escrutó su rostro intentando adivinar el sentido del mensaje del que era portador y, al observar el gesto de Zúñiga, grave y circunspecto, pronosticó que no eran buenas las nuevas que traía.
—Decidme —pidió el rey.
Dudó el embajador, mirando de reojo a Vázquez de Leca.
Sabía que el secretario era persona muy cercana a Felipe, conocedor de la mayor parte de los asuntos trascendentales del reino, pero el recado del papa Gregorio que había de trasladar al rey de España era de tal magnitud y trascendencia que consideraba que primero lo debía conocer su majestad y que ya después decidiera este con quién compartirlo.
—Tal vez, señor —aconsejó—, fuera conveniente que me concedierais una audiencia privada.
Las palabras de Zúñiga confirmaron a Felipe lo que había conjeturado: que el mensaje del papa era de suma gravedad y relevancia. Y, pensó, cuando algo era de esta índole, solía ser por lo general ominoso y malaventurado.
—Seguidme.
Zúñiga siguió al rey hasta su cámara privada, donde despachaba los negocios en los días en que residía en el palacio de Valsaín.
Situada con vistas a la sierra de Guadarrama, tenía suelo de azulejería y techo artesonado de madera labrada.
En el centro de la estancia había un pesado bufete de madera de nogal, cubierto con un tapete de terciopelo carmesí.
Sobre él, un tintero de plata, plumas de ave y una pequeña montaña de legajos.
En el lateral lucía una gran chimenea de piedra decorada con el escudo de los Habsburgo.
Se acomodó Felipe en su sillón con asiento y respaldo de cuero repujado, claveteado con tachuelas de bronce, e invitó al embajador a sentarse frente a él.
—¿Cuándo habéis llegado? —preguntó el rey.
—Llegué ayer mismo a Madrid, señor. Y en cuanto supe que estabais aquí, en Valsaín, me puse en camino.
Hice noche en El Espinar y al alba nos pusimos en marcha de nuevo.
No había tiempo que perder, majestad. El viaje desde Italia se demoró más de lo que hubiese deseado.
Tardé días en hallar un barco y vientos favorables.
—¿Tan importante es lo que tenéis que decirme?
—Lo es, majestad.
—Contadme, pues.
—El pasado 6 de octubre, el papa Gregorio me convocó a una audiencia privada...
—¿El 6 de octubre? —se extrañó el rey—. De eso hace ya... un mes y diez días...
—Así es, señor. Debería haber estado ante vuestra majestad hace al menos dos semanas, pero, como os he dicho, el viaje se demoró. La dificultad de hallar una galera que viniese a España y los vientos desfavorables y las tormentas retrasaron mi partida.
—Disculpad la interrupción. Continuad, os lo ruego. ¿Qué quería Gregorio de vuestra merced?