28. LAS ANDANZAS DE VILLAFAÑE #2
Lavapiés, arrabal de extramuros así llamado porque era antaño donde la gente humilde se lavaba los pies antes de entrar en la ciudad o de participar en ciertos ritos religiosos, era un alfoz mal trazado y densamente poblado.
Sus calles eran estrechas, sin empedrar, con casas bajas y corralas primitivas donde se hacinaban jornaleros, criados sin empleo fijo, artesanos pobres, aguadores, mozos de cuerda y gente llegada del campo sin recursos.
Era una zona en la que se amontonaban la miseria, la suciedad, la indigencia y el peligro.
El Rastro, por su parte, así llamado porque por allí bajaban los restos de animales desde los mataderos hacia el Manzanares, dejando literalmente un «rastro» de sangre, era el arrabal donde pululaban curtidores, matarifes, vendedores de despojos y gentes dedicadas a oficios considerados viles.
La pestilencia de la sangre, el ruido y los restos de asaduras y menudillos pringando la tierra de las calles hacían que fuera uno de los lugares más desagradables de la ciudad.
Mal se podía sobrevivir allí, en uno y otro paraje, pues pocos encargos había y ningún trabajo se encomendaba a pilluelos como él.
Y para Luisillo, robar a los pobres era pecado mortal, y allí, en esos arrabales, lo que sobraban eran pobres y muy rara vez se veía un jubón lujoso, un chaleco bordado o un calzado de cuero con faltriquera gorda en la que manosear.
Eran, sin embargo, tanto Lavapiés como el Rastro, buenos lugares donde refugiarse y pasar desapercibido, pues entre girasoles nadie distingue a uno en concreto.
Y allí llevaba el niño, con el susto en el cuerpo, desde aquel Día de Tosantos en que vio cómo los dos bravoneles apiolaban a un pobre infeliz a quien dejaron tendido y muerto en un zaguán de la Cava Baja.
En un lugar similar y en estado idéntico a como él quedaría en caso de que los dos valentones diesen con su personita.
Durante esa semana y media había sobrevivido a costa de los últimos maravedíes que le quedaban del pago que los dos jaques le habían hecho por engaitar al pobre médico de la calle Mayor y, cuando las últimas blancas se le acabaron, a costa de escarbar en las basuras de las corralas y de comer desechos y cáscaras.
Un viejo rijoso le ofreció dos reales por agacharse en el Cerrillo de los Rastros y dejar que le perforase el ojo de mil piezas, mas se llevó, en vez del gusto, una patada en las espinillas y una retahíla de improperios.
Si Luisillo no había dejado que el padre Prudenciano le hurgase los intestinos, no iba a permitírselo ahora a ese viejarrón sodomita por un mísero par de reales, pues no le daba el hambre para tanto.
Para lo que sí le dio la gazuza fue para replantearse su vida y sus correrías.
¿Qué iba a estar —se preguntó—, toda la vida huyendo como un venado, un día del alcalde y al otro de los dos matasietes?
¿Toda la vida escondido entre las barreduras de Lavapiés y los higadillos y lechecillas del Rastro?
¿Qué clase de vida era esa? ¿Tanta condena por un maldito real de a ocho?
¿Eso era lo que valía su existencia, una simple moneda de plata, por gorda que fuera?
Sintió que la desesperación lo atrapaba y las lágrimas le rodaron mejillas abajo mientras roía un mendrugo más duro que el asiento de un galeote.
Se dijo que tenía que hacerse con una bolsa de la manera que fuese, una bolsa que le permitiera huir de Madrid, a Aragón, a Italia o a donde fuera que no lo hallasen ni el justicia ni los sayones. Pero ¿cómo hacerse con ella?
Acongojado, se lio la manta a la cabeza y abandonó la calle de la Fe, donde se hallaba royendo el cabero y, sin pensárselo, tomó el camino del centro de la villa: cogió la calle del Avemaría para llegar a la plaza de Lavapiés, subió luego por la calle de Atocha y cruzó la calle de Toledo para alcanzar la calle Mayor.
Y justo cuando se hallaba en la calle de Toledo, observó con pasmo que el alcalde de Casa y Corte que tan contumazmente lo perseguía aparecía desde un callejón cercano a la mancebía donde los sicarios se habían encontrado al guardia al que después enviaron a los quintos.
Estaba hablando con una de las hetairas del burdel, y vio atónito cómo se despedía de ella después de aviarla con una bolsilla.
Se quedó tan alelado que no supo reaccionar cuando el alcalde se reunió con los alguaciles y corchetes que lo escoltaban y se dirigía justo hacia donde él estaba.
Y allí permaneció, detenido como un don Diego, o como un sopista a la puerta del convento esperando la boba, mientras el alcalde se cernía sobre él como la sombra de la horca.
Se vio perdido, aherrojado y conducido a empujones a la gayola, y de ahí a cabalgar el asno de madera y al baile del ahorcado.
Cerró los ojos, temeroso de oír la voz de ¡alto! y el ruido de los grillos al cerrarse sobre sus muñecas, y así escuchó cómo el grupo de los justicias se aproximaba y luego, para su estupor, cómo uno de los corchetes lo empujaba para que se quitara de en medio y cómo la cuadrilla pasaba de largo.
Le costó recuperar el hálito al darse cuenta de que había estado un rato sin respirar, el que habían tardado el alcalde y los alguaciles en llegar a su altura y sobrepasarlo.
Lo ganó la esperanza. El alcalde lo había tenido al lado, como el alma al cuerpo, y no había reparado en él.
Tal vez, pensó, la situación no era tan mala como había conjeturado.
Mas al cabo se dijo que muy bien, que tal vez ese justicia no sabía a quién en verdad perseguía ni tenía una descripción certera de él, pero que los dos jaques sí que lo habían visto, sí sabían cómo era y no iban a pasar de largo si se lo topaban en cualquier esquina.
Y todo ello sin contar con que Gabrielillo o cualquiera otro de los ganapanes con que se juntaba no se fueran de la lengua, en lo que ya estaban tardando.
Luisillo tenía que decidir qué hacer con su vida y cómo sacar provecho del brete en que se encontraba, si es que tal cosa era posible.
El problema era que ni sabía lo primero ni encontraba manera para lo segundo.
Lo ganó el hambre, pues ya tenía el mendrugo en los pies después de la caminata, y todas sus preocupaciones cedieron paso a la que cada día lo agobiaba: cómo llenar la tripa esa noche.
Y a ello se puso.