28. LAS ANDANZAS DE VILLAFAÑE
L AS ANDANZAS DE V ILLAFAÑE
Cristóbal Villafañe refunfuñaba a cada momento, para su caletre, que él era alcalde de Casa y Corte, y no alguacil.
Que él era bachiller y letrado, por Valladolid para más señas, y no un sabueso que hubiera de estar cada día husmeando en las compañas de un médico y un fraile asesinados, en la vida pasada de un guardia del alcázar igualmente apiolado y buscando a quienes no se dejaban hallar: a un zagalillo que pareciera que se lo hubiese tragado la tierra y a dos jaques de los que no sabía más que eso, que eran dos bravos oscuros y riesgosos en cuyas cercanías nadie que preciara su vida debiera hallarse.
Fue una ninfa de la mancebía de la calle de Toledo, esquina a la de Arganzuela, la que le habló de los dos sicarios.
O de los dos gallos, como ella los llamó.
En todos los garitos, tascas, burdeles y boliches por donde había indagado, Villafañe se había encontrado con miradas hoscas y ceños fruncidos, pues sabido era que, en el mundo del hampa y el puterío, el soplar a los alguaciles o ser amigo de corchetes era el camino más corto al cementerio.
Sin embargo, en esa mancebía de la calle de Toledo se hallaron con una niña de poco más de dieciocho años, Patrocinio de nombre aunque todos la conocían como la Patro, en cuyo rostro —todavía agraciado, a pesar de la mala vida— aún quedaban los rastros de una paliza no muy lejana.
Habían preguntado en ese lupanar por el guardia Matías Ocaña e investigado si alguna de las hetairas o de los parroquianos o de los rufos que por allí rondaban lo habían visto el día de autos, y se habían encontrado, como era norma, con el silencio y los encogimientos de hombros, cuando no con miradas desafiantes, por respuesta.
Así que salieron del antro como habían llegado, sin una mala pista que llevarse a la boca.
No obstante, cuando ya estaba en la calle de Toledo, oyó que le chicheaban.
—Eh, eh, vos, el guripa. Eh, eh, ¡oíd!
Se giró y vio a la muchacha apostada en la puerta del burdel, justo bajo el ramo que colgaba del dintel del establecimiento.
—¿Sí?
La manceba le indicó por señas que lo siguiera hasta el callejón que había a la vuelta de la esquina, lo que Villafañe hizo no sin antes indicarle a uno de los alguaciles que lo escoltaban que estuviera ojo avizor.
—¿Qué te sucede, hija? —preguntó el justicia, ya en la sombra del callejón, a resguardo de ojos y oídos indiscretos.
—Ha estado ahí dentro vuestra merced haciendo pesquisas, preguntando por un muerto... —dijo la fulanita, todavía con dudas y algo de prevención en su voz.
—Así es.
—Pues... —Y se quedó callada, hasta que adoptó una resolución y se le desvanecieron las dudas—: Yo no quiero hacerle la cama a nadie, ni ser una avisona ni una gualtera ni nada, ¿sabe vuestra merced?
—le soltó la niña al alcalde, con palabras que este apenas entendió, por su jerigonza.
En su vocecita había ahora tanto susto como desafío—.
Pero tampoco quiero que ese hijo de mala madre le haga a otra lo que me hizo a mí.
—¿Puedo saber —preguntó Villafañe, algo difuminado y usando el tuteo de cuando se hablaba con parientes, niños, criados o fulanas— de qué me estás hablando, chiquilla?
—¿No preguntabais vos ahí dentro —dijo, señalando con un gesto gracioso de los ojos el lupanar— por el guardia que fue apiolado el Día de Tosantos? El que trabajaba en el alcázar.
—Sí, sí.
—Y si yo os cuento unas cosillas, ¿habría algo para mí?
—Su majestad el rey ha ofrecido cincuenta escudos de oro a quien facilite cualquier información que permita detener al culpable de la muerte del guardia.
—¡Cáspita! ¿Cincuenta escudos dice vuestra merced? ¡Con eso salgo yo de puta!
—¿Es que sabes algo del crimen, muchacha?
—Sé que el guardia apiolado estuvo aquí en la tarde de ese día buscando a los dos gallos, al sandio que yació con mi amiga la Benita y al hijo de puta que me dejó la cara y el culo como un campo de coles.
A ese cabrón no le gusta lo que a cualquier hombre, sino dar una mano de jarabe de pico.
Casi me lleva a la Latina, el muy joputa.
—Bueno, bueno... —dijo Villafañe, moviendo ambas manos como si estuviera sofrenando a un caballo, y perdido en aquella germanía.
Sabía que la Latina era un hospital y por ahí pudo desenmarañar el galimatías—.
Vayamos por partes, hija, que me pierdo.
Dices que el guardia Matías Ocaña estuvo en el burdel en la tarde del Día de Todos los Santos...
—Bueno, yo no sé si se llamaba Matías o Jeremías. Lo que sé, porque se comentó cuando se fueron, es que era guardia en el alcázar. Y al día siguiente se corrió el ruido de que le habían dado matarile.
—¿Y vino a yacer con alguna... con alguna pupila?
—No, no, qué va. Llegó y se fue de vacío.
—Entonces, vino al lupanar con esos dos de que me hablas, el que te hizo daño y su amigo, ¿no?
—No vino con ellos, que no se entera vuestra merced de la misa la mitad.
Esos dos ya estaban aquí, el ganso que yació con Benita y el bellaco ese, que era un aborto del infierno y que me dio un ajonjolí de bofetadas y me hizo otras cosas que ni le cuento para que no se escandalice vuestra merced.
Y luego, cuando yo terminé con esa víbora, o cuando él terminó conmigo, llegó el guardia y se fue con ellos. Y hasta ahí os puedo contar.
—Bien, bien... Y tu nombre es...
—Patrocinio Suárez, aunque todos me conocen como la Patro... Aunque... ¿para qué queréis saber cómo me llamo?
—Pues para la sumaria, hija...
—Eh, eh, eh, pare vuestra merced el carro, que hasta ahí podíamos llegar.
¿Es que no sabe vuestra merced lo que por aquí se les hace a los judas y a los que dan el soplo a los guripas?
Pues, como poco, se les pinta la jeta, cuando no se les crujen las costillas y se les hace la raya.
Y bien servida voy yo de cardenales como para ponerme a pespuntear costurones. Nada de nombres ni de sumarias, ¿eh?
—Bien, bien —admitió el alcalde—. No te citaré en los legajos. Y ahora, ¿podrías describirme a los dos jaques?
—En el primo, en el que se fue con Benita, ni me fijé. Solo os puedo decir que era eso, un pajizo, un mentecato.
—¿Y el otro?
—El maldecido que subió conmigo era un tipo más bien alto, moreno, ojos siempre avizores, mal gesto, como de permanentemente encorajinado, cerrada y desaliñada la barba y, si no fuera por los insultos que me prodigó mientras me pegaba, habría dicho que era mudo.
Pero no lo era, aunque así se le caiga la lengua a pedazos. Verdad sí es que hablaba raro.
—Raro ¿cómo?
—Pues no sé cómo explicárselo a vuestra merced —dudó la chiquilla—. No es que hablase en algarabía, eso no, pero sí que hablaba raro... Con un acento diferente.
—¿Gabacho? ¿Flamenco?
—¿Y cómo quiere vuestra merced que yo lo sepa? No distingo entre unos y otros, pardiez. Hablaba castellano, pero con un deje que... que no sé cómo explicárselo.
—¿Andaluz, quizá?
—No, andaluz no, que a esos sí los distingo. Y este, aparte de no hablar como ellos, no era decidor ni gracioso, voto a tal que no. Todo lo contrario, un auténtico hijo de mala madre.
—¿Catalán tal vez? ¿O aragonés? ¿Vasco?
—Catalán no era, porque no hablaba en jerigonza. Tampoco aragonés, pues no hablaba a pedradas. Ni vasco, pues no decía en vizcaíno.
—¿Gallego acaso?
—Pues... pudiera ser, pero no podría empeñarle palabra de cristiana. Sí es verdad que parecido era. Ese cabrón no tenía ese hablar de llanto de los gallegos, pero sí que se le asemejaba. Pero... ¡ay, cómo quiere vuestra merced que lo sepa, si yo solo soy una ninfa de tasqueras!
—Está bien, está bien... —confortó Villafañe a la hetaira—. ¿Algo más? ¿Puedes darme algún otro dato que me ayude en la pesquisa?
—¿Qué quiere vuestra merced que le diga? ¿Cómo tenía la minga el malnacido? Solo puedo decirle eso, que es un bellaco desalmado, auténtica carne de horca, sin fe ni ley y nacido de la peor ralea del infierno. ¿Le parece poco a vuestra merced?
—Dime al menos si había algo en él que me pueda servir para identificarlo... ¿Algún signo característico? ¿Algo en su indumentaria?
—Ah, pues ahora que lo dice vuestra merced, sí... Dos cicatrices profundas que le cruzaban la cara en la mejilla..., en la mejilla..., a ver... —y levantó primero una mano y luego la otra—, sí, en la mejilla izquierda. Seguramente, remiendos de cuchilladas.
—¿No dijeron sus nombres?
—No, señor. No se suelen usar los nombres ahí dentro —afirmó, señalando el burdel.
—¿Ni los de pila?
—Ni los de pila.
—Y, por casualidad, ¿no sabrás nada de un zagal de pelo castaño, mal vestido y harapiento?
—Uf, lo que vuestra merced quiera. De esos los hay a cientos en estos andurriales.
Pero si me pregunta por uno en concreto, pues como que no.
—Y se quedó mirando al alcalde de Casa y Corte con ojitos de carnero degollado—.
Y entonces, vuestra merced, ¿lo que le he dicho vale cincuenta escudos de oro o no?
—Pues aún no, hija, aún no.
Cristóbal Villafañe dejó la calle de Toledo y a la ramerita Patrocinio Suárez algo más animado y después de aviarla con un puñado de maravedíes que a la fulana tuvo que parecerle escaso, pues lo despidió con un «Vaya merced, que me deja una limosna de pordiosero tras haberos servido como a un grande de España» que sofocó al alcalde.
Al menos, se fue diciendo, ya tenía una pista: dos jaques malencarados, uno algo primo y otro, como había dicho la putita, un aborto del infierno.
Ahora el problema era dar con ellos. Porque, en Madrid, individuos malencarados y facinerosos, malinos y bellacos, los había para dar y regalar. A ver si esas dos grandes cicatrices en la cara...
***
Luisillo llevaba días refugiado entre Lavapiés y el Rastro, buscando, en aquellos sitios dejados de la mano de Dios, amparo de quienes lo perseguían.