Conjura contra el rey Felipe 27. EL ARRESTO DEL DUQUE #3
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27. EL ARRESTO DEL DUQUE #3

Sacó ahora Felipe el pliego donde había dibujado el símbolo hallado en los anaqueles de la torre.

—¿Qué es esto, majestad? —preguntó el duque cuando el rey le exhibió el dibujo—. Es lo que aparece en la carta que me habéis mostrado...

—El símbolo de Saturno —explicó el rey—. El del Devorador. El del dios que devora a sus propios hijos. Estaba grabado en las estanterías de la torre vieja, donde a mi hijo el príncipe lo halló la muerte. Es, en efecto, el símbolo que figura en la carta que acabáis de leer.

—Nada sé de él, señor, como tampoco de la carta.

—Solo tres personas tenían la llave de la torre: vos, el alcaide y un guardia, el clavero Matías Ocaña.

Apareció este muerto en la Cava Vieja el Día de Todos los Santos, con el símbolo de Saturno grabado a cuchillo en el pecho.

Y antes fue asesinado el médico Francisco Velasco, el que atendió a don Carlos hasta su muerte, en la calle del Factor.

Y luego fray Antón de Tudela, que había estado en la capilla del príncipe.

Cosido a las ropas de ambos había un cedulón con el símbolo que os he exhibido y con unas letras en las que se me acusaba de complicidad en su muerte.

—Es un desvarío, majestad —repuso Alba, por una vez escaso de palabras—. Todo esto es... una locura, un despropósito..., hay ahí afuera —y señaló con un gesto laxo de su mano los ventanales de la cámara— una mente enferma o perversa que mal os quiere, majestad.

—He sido informado de que vuestro hijo don Fadrique, durante el tiempo de su exilio, se ha inclinado a los libros de mitología, a las historias de los dioses antiguos, de esos que devoran a sus hijos —dijo el rey, solemnemente, en una acusación nada enmascarada—.

Y qué casualidad que sea vuestra señoría quien disponía de llave de la torre vieja, donde fue hallado el símbolo de Saturno...

Ya no hubo sombras que cruzaran el semblante de Alba: fueron tempestades, turbiones donde se entreveraban la sorpresa, la rabia, la indignación, la impotencia...

—¿Me estáis acusando, a mí y a mi hijo, señor, de estar detrás de esas... de esas iniquidades? —preguntó, intentando contener todas esas emociones concurrentes en su voz, que sonó por ello cascada y rauca.

—Solo os he expuesto hechos, duque —replicó el rey, que contemplaba fijamente al grande de España, atento a cada uno de sus gestos, de sus pestañeos, del temblor de sus labios.

—Sois injusto, majestad —acertó Alba a decir tras unos instantes de vacilación, como si la voz se le hubiese atorado en la garganta—.

He servido a la Corona desde antes de que vuestra majestad supiera sostener una espada, y lo he hecho siempre del mismo modo: de frente, a la luz del día y sin pliegos anónimos.

No he necesitado nunca esconder mi nombre para decir lo que pensaba, ni recurrir a símbolos antiguos para hacer entender una advertencia.

Cuando he tenido algo que decirle a mi rey, como hoy he hecho, lo he dicho mirándolo a los ojos, aun a riesgo de su desagrado.

—El rey no respondió. Alba continuó, despacio, como quien mide cada palabra para que no se vuelva contra él—: No ignoro, señor, que en esta corte hay quienes confunden la severidad con la intriga y el silencio con la culpa.

Y quien es capaz de todo con tal de perjudicar a la Casa de Alba, y sabéis perfectamente a quiénes me refiero.

Pero os aseguro, por mi honor y por la memoria de mis servicios, que no he escrito esa carta ni he estado en la torre vieja para grabar símbolos mitológicos ni he instigado a nadie a hacerlo.

No me oculto tras metáforas ni amenazo con viejos dioses.

Si hubiese creído necesario advertiros de algo tan grave, lo habría hecho del modo que siempre he usado: con claridad, con crudeza quizá, pero sin rodeos indignos.

Hizo una breve pausa y añadió, con un tono más bajo, casi reflexivo:

—Comprendo que busquéis responsables, majestad.

Comprendo también que mi nombre resulte cómodo para ciertas sospechas: he sido duro, he sido temido y no siempre amado.

Pero precisamente por eso no soy hombre de anónimos.

Mi lealtad, como mis enemistades, siempre han sido públicas.

Y si algo he aprendido tras tantos años es que los golpes verdaderamente peligrosos no vienen de quienes dan la cara, sino de quienes se amparan en el rumor y en la ambigüedad.

—Y se levantó, sin venia del rey, y dio un paso atrás, apenas perceptible, como cerrando su defensa—: Si alguien pretende inquietar a vuestra majestad con esa carta, no soy yo quien se esconde tras ella.

Y si alguien desea sembrar desconfianza entre vuestra majestad y vuestros servidores más antiguos, convendría preguntarse a quién aprovecha que dudéis de quienes jamás han dejado de obedeceros.

Y ahora, majestad, si no ordenáis nada más, volveré a mi casa y a mi arresto. Quedad con Dios.

Cuando la puerta se cerró a espaldas de Alba, se dijo el rey que nunca había visto tanto dolor, tanta amargura, en alguien tan corajudo como el duque.

Y no supo qué pensar.