27. EL ARRESTO DEL DUQUE #2
—No quiero debatir tal asunto ahora, ni que vuestra señoría me haga desviarme del negocio por el que le he convocado.
Que no es otro que vuestra desobediencia, duque.
Desobediencia que merece el justo castigo.
—E hizo una pausa para dar mayor énfasis a su sentencia—.
Es mi voluntad que permanezcáis en arresto domiciliario hasta que mi decisión final os sea comunicada.
Una sombra, híbrida de desvalimiento y congoja, cruzó el rostro ajado de Alba.
— Tres cosas diré a vuestra majestad —repuso al cabo, reponiéndose de la angustia—: la una, es que nunca se ofreció negocio vuestro, por pequeño que fuese, que no lo antepusiese al mío propio, aunque fuera crucial para mi casa; la segunda es que mayor cuidado tuve siempre de mirar por vuestra hacienda que por la mía, y así no soy en cargo a vos ni a ninguno de vuestros vasallos de un solo pan, y la tercera es que nunca os propuse un hombre para algún cargo que no fuese el más suficiente de cuantos yo conocí para ello, pospuesta toda afición. ¿Y así me pagáis, señor?
—Mi decisión no admite recurso, duque.
Un largo suspiro brotó de los labios agrietados de Alba.
—Majestad, soy un hombre viejo ya —dijo—, y he vivido cuanto debía, si no más.
Lo que no pudieron los arcabuces y culebrinas turcas y flamencas lo conseguirá el tiempo, la edad, que es la única marea que no conoce el retroceso; podemos aprender a nadar en sus aguas, pero nunca ordenar a la orilla que deje de alejarse.
Así que no me preocupa lo que con respecto a mí ordenéis.
Lo aceptaré y obedeceré, como siempre he hecho, excepto en lo concerniente al casamiento de los miembros de mi casa, que solo a mí me atañe, como respetuosamente os he dicho.
Y ahora, majestad, decidme, os lo ruego: ¿qué vais a disponer con respecto a mi hijo don Fadrique?
Felipe se tomó el tiempo de una respiración. Miraba muy fijamente al duque.
—Vuestro hijo será condenado al destierro de la corte durante doce años. Seguirá, como hasta ahora, confinado en el castillo de la Mota, y sometido a estricta vigilancia.
—¡Majestad! —clamó Alba. En su rostro, las arrugas se atirantaron, por la incredulidad y la exasperación—. ¡Mi hijo tiene cuarenta y un años! Lo estáis condenando al exilio de por vida.
—Deberíais haber pensado, vuestra señoría y vuestro hijo, las consecuencias de desafiar al rey antes de hacerlo.
—Señor —expuso el duque, intentando contenerse—, mi hijo ya sufrió condena por el asunto de doña Magdalena. Sufrió castigo de extrañamiento a Orán que vuestra majestad conmutó por el servicio en Flandes. ¡Nadie puede ser condenado dos veces por el mismo delito!
—Aquel castigo, duque, fue por yacer con la señora de Guzmán. Este es, como bien sabéis, por haber desobedecido orden real.
—Suplico a vuestra majestad que el caso sea visto por el Consejo de Castilla, órgano supremo de justicia del reino, y que se permita a don Fadrique comparecer en persona para ser escuchado.
—Ya habéis oído mi decisión, duque, deberíais someteros a ella y no desafiarme de nuevo.
—Reclamo justicia, majestad, que no clemencia —insistió Alba—. Y lo que la justicia decida, yo lo acataré. Yo mismo seré el verdugo de mi hijo en caso de que se le sentenciase a cortar la cabeza.
—No hay justicia mayor que la palabra del rey, duque.
Alba meneó la cabeza una vez y otra, con abatimiento.
—Veo que hay personas que impiden a vuestra majestad —dijo, aludiendo, sin nombrarlo, a Antonio Pérez— cumplir el buen ánimo con que siempre habéis respondido a mí y a mi casa.
Pero presto caerá de su trono con los de su liga, pues la mentira tiene la vida corta.
Se os sigue llenando la cabeza con infundios, cuando bien sabéis que no ha existido en el reino vasallo más leal y sufrido que yo, que dejé mi juventud en los campos de Europa en el servicio de vuestro augusto padre y de vuestra majestad. Y así se nos paga...
Y se puso en pie trabajosamente, pensando que allí acababa aquella audiencia.
—Ni ha terminado la audiencia ni os he dado permiso para marcharos, duque —lo detuvo, sin embargo, el rey.
—¿Qué más queréis de mí, majestad? —inquirió Alba, con extenuación en la voz y recuperando el asiento.
El rey, en vez de responder, hurgó en su cajón secreto y sacó la carta anónima con el símbolo de Saturno, que puso sobre la mesa entre el duque y él.
—¿Qué es eso, señor? —preguntó Álvarez de Toledo al constatar que Felipe no le iba a ofrecer mayor explicación.
—Leed.
Apesadumbrado, asió el duque la carta y le dio lectura. Cuando hubo acabado, estuvo unos segundos con la vista gacha, como si quisiera asimilar lo leído. Luego dejó la carta en la mesa y se la acercó al rey.
—¿Y bien? —interrogó este—. ¿No tiene vuestra señoría nada que decir?
—¿Qué quiere vuestra majestad que le diga? Me parece un... desafuero, una inadmisible transgresión. ¿Quién la ha escrito?
—Decídmelo vos.
—¿Y cómo podría hacerlo, majestad? Jamás vi esa esquela y nada sé de ella ni de su autor.
Salvo que lo que en ella se afirma es una tropelía.
Nunca podría pensar, y menos poner por escrito, que vuestra majestad fuese capaz de dañar a su propio hijo.
Sé lo duro que fue para vuestra majestad tener que confinar al príncipe Carlos, pero de ahí a...
a eso de lo que ese libelo os acusa... —Cerró los ojos durante un brevísimo instante, buscando las palabras justas—.
Hoy estoy aquí defendiendo al mío, señor, a mi hijo don Fadrique, y estoy seguro de que vuestra majestad, si estuviera en mi lugar, se habría expresado como yo lo he hecho, aun a costa de cruzar líneas que jamás hubiese deseado cruzar.
Nada sé de esa carta ni del infundio que ella contiene. ¿Cómo os ha llegado, majestad?
—A través del inquisidor general.
—Ah, claro, don Gaspar de Quiroga... —Y en esas palabras, por el tono en que fueron pronunciadas, más que la constatación de un nombre había una acusación—. Bien sabéis de su intimidad con Antonio Pérez.
—¿Recordáis cuando pregunté a vuestra señoría por las llaves de la torre vieja?
—Lo recuerdo, señor. Como recuerdo que no me disteis explicación de vuestro interés.