27. EL ARRESTO DEL DUQUE
E L ARRESTO DEL DUQUE
El rey Felipe dedicaba buena parte del día a cavilar sobre lo que estaba pasando, sobre los crímenes que estaban ensangrentando las calles de Madrid, sobre el enigma de la carta y el símbolo de Saturno.
Cada vez que hablaba con uno de sus secretarios, o con uno de sus gentilhombres, escrutaba sus ojos y analizaba cada una de sus palabras, intentando ver en una frase o en un silencio, o en una mirada de reojo, una vinculación con el misterio.
Repasaba una y mil veces cada conversación y cada audiencia.
En una de esas ocasiones, estuvo dándole vueltas a la conversación con Arias Montano.
Llegó a pensar que, cuando este le preguntó por sus propósitos, no había caído en la cuenta de que uno de sus grandes sueños era precisamente la construcción de ese monasterio dedicado a San Lorenzo, destinado a ser el centro espiritual y político de su imperio y a dar cumplimiento a la voluntad testamentaria de su padre el emperador, que le había encargado construir un lugar digno para el entierro de los restos imperiales que fuera el mausoleo definitivo de la Casa de Austria, consolidando la legitimidad de su linaje.
Sería, al mismo tiempo, una declaración de intenciones en piedra, una fortaleza de la ortodoxia católica frente al protestantismo, en la que además se concentrara todo el conocimiento humano en su magnífica biblioteca.
¿Estaría dirigida la amenaza contra el monasterio, contra su gran proyecto?
¿No habían sufrido las obras, durante el año anterior, un voraz incendio en el que algunos monjes vieron la mano del diablo?
Ordenó que ocho escuadras de alabarderos, compuesta cada una por ocho plazas con un cabo de escuadra al frente, se desplazase desde Madrid para vigilar las obras de San Lorenzo.
Mientras tanto, intentaba seguir sus rutinas como si nada pasase.
Atendía a sus papeles, iba a misa a diario, se proponía aparecer despreocupado ante la reina y las infantas.
Pero por debajo de esa actitud había una honda inquietud que todo lo condicionaba.
Creía ver el símbolo de Saturno en todos lados: en la forma de una planta de los jardines, en el repujado del cáliz, en los dibujos de los tapices.
Cuando una mañana se miró en el espejo se dijo que había envejecido un lustro y adelgazado más de cuatro libras, pese a lo enteco que ya de por sí era.
Le resultaba difícil contener la ira cada día, tanta era la frustración que experimentaba. El hombre más poderoso del mundo, abrumado por una simple carta anónima.
En la mañana del día 8 de noviembre, mientras despachaba con Mateo Vázquez, se le vino a la memoria la cuestión del matrimonio del hijo del duque de Alba.
—¿Qué se sabe del duque de Huéscar, de don Fadrique de Toledo?
—preguntó Felipe. Era como si hubiese estado buscando en su mente un nombre sobre el que derramar su ira y hubiera sido el del hijo del duque de Alba el primero que hallara.
O tal vez fuera que recordó las palabras de su secretario Antonio Pérez y su velada denuncia de que la Casa de Alba pudiera estar detrás de los anónimos recibidos y del símbolo de Saturno.
—Como sabe su majestad, el Consejo de Castilla delibera sobre cuál ha de ser el castigo que le propondrá. Mientras tanto, sigue preso en el castillo de la Mota, como mandasteis, señor.
—¿Y el duque? —preguntó el rey ahora por Alba.
—Siguiendo vuestras instrucciones, el presidente del Consejo de Castilla don Antonio Mauriño de Pazos convocó al duque de Alba a una audiencia el pasado día 20 de octubre. Según el oficio recibido, el duque se mostró altivo y le negó su competencia.
—¿Está Alba en palacio?
—No, señor. Está en su casa y, según se cuenta, sufriendo un tremendo ataque de gota que lo tiene medio impedido.
—Decidle que venga.
—¿Cuándo, señor?
—Cuanto antes. Y si ha de venir en camilla, porque la gota le impida andar, que así sea. Pero quiero tenerlo ante mí cuanto antes.
***
El duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, acudió a presencia del rey al siguiente día.
Y no lo hizo como un baldado, sino como su condición y su linaje demandaban.
Recibió la orden de Felipe de manos de un mensajero expreso, y entendió que «cuanto antes» era la mañana del día siguiente, pues, excepto en la guerra, no había urgencias para el duque que lo obligaran de tal manera.
Salió después de la hora tercia de su casa señorial madrileña, situada cerca de la parroquia de San Martín, en las inmediaciones del alcázar, y lo hizo en su carroza tirada por dos corceles blancos, a pesar de la cercanía de su destino.
Llegado a este, rechazó la ayuda que los criados del castillo le ofrecieron para bajar del coche y para subir las escaleras, pese a los dolores agudísimos que le infligía la gota en sus articulaciones.
Llegado a la antecamarilla del rey, tuvo que aguardar más de una hora a ser recibido por este.
—Duque, primo —saludó Felipe. No era, el de primo del rey, el más codiciado de los títulos; lo era el de «amigo», que Felipe reservaba para poquísimas personas en la corte, como habían sido Ruy Gómez de Silva y el cardenal Espinosa.
—Majestad —correspondió el duque, tras una dolorosa reverencia—. Os reitero mis condolencias por vuestras recientes pérdidas. No pasa día en que no me acuerde en mis oraciones de vuestro hijo el príncipe Fernando y de vuestro hermano don Juan, a quienes Dios tenga consigo.
—Gracias. Podéis sentaros.
Tomó asiento Alba y un silencio denso se interpuso entrambos.
—Veo que, como a mí, os aflige la gota —comentó Felipe.
—El pago debido a tantos años de campaña, señor —respondió el duque.
El silencio descendió de nuevo, incómodo polizón en aquella tensa audiencia.
—¿Qué vais a decidir con respecto a mi hijo el duque de Huéscar? —lo quebró al poco Álvarez de Toledo. Había intuido el motivo de la convocatoria del rey y, guerrero viejo como era, quiso adelantarse a su estrategia.
—Vuestro hijo desobedeció gravísimamente la voluntad del rey y el dictamen de la junta de teólogos —repuso el soberano sin ambages, contento por el pie que el duque le daba—. Y, por lo que sé, contó para ello con vuestra ayuda y con vuestra complicidad.
—Con todos los respetos, señor: soy yo el paterfamilias de mi casa y quien tiene la autoridad para decidir con quién ha de casar mi hijo.
—¿Me estáis desafiando, duque?
—¿No recordáis, señor, la carta que me entregasteis, escrita al tiempo de mi partida a Flandes, por la que me garantizabais el matrimonio de mi hijo el duque de Huéscar con la hija de don García de Toledo? Eso, y no otra cosa, es lo que se ha hecho: seguir vuestros deseos, majestad.
Felipe miró a Alba y se dijo que era cierto lo que le habían comentado: que no parecía demasiado preocupado por su suerte, y que, como el enviado del duque de Urbino Bernardo Maschi había escrito a su señor Francesco María II della Rovere, en una carta que los espías de Felipe habían interceptado y copiado, estaba pure assai allegro , «muy alegre también».
Y pensó que las cosas iban a cambiar de ahí a poco y que esa contentura se iba a tornar desazón.
—No me seáis cínico. Lo que recuerdo —dijo el rey de España, adusto, y encendida la mirada— es la orden que os di, no al tiempo de vuestra encomienda en Flandes, sino muy recientemente.
A través del presidente de Castilla transmití a vuestra señoría mi decisión, que la junta convocada al efecto refrendó.
Su parecer unánime convino conmigo que, en ley de Dios y buen caballero, y en conciencia so pena de pecado mortal, vuestro hijo el duque estaba obligado a desposarse con doña Magdalena de Guzmán.
Y así se le ordenó que procediera. Os compelí y amonesté por los términos que el derecho canónico tiene ordenado, de manera que insté a vuestra señoría para que diera orden a vuestro hijo de que se casara como estaba mandado, y me habéis desobedecido, imponiendo vuestra voluntad sobre la mía, haciendo que vuestro hijo despose a doña María de Toledo.
No puedo, pues, dejar de hacer justicia como conviene a este caso.
—Majestad, si alguien debe juzgarnos, a mí y a mi hijo, por el asunto que nos concierne, no es el rey, que no es juez eclesiástico ni competente para ordenar el matrimonio del duque de Huéscar, sino Dios, que es a quien únicamente compete la capacidad para establecer si se ha actuado o no en pecado mortal y mala conciencia en este negocio.
Si alguien, en el reino, hubiese oído la respuesta de Alba, habría dicho sin lugar a dudas que jamás existió, de entre sus vasallos, desafío mayor para el rey Felipe.
El rey de España, por debajo de la cólera que inflamó su rostro, no pudo por menos, muy a pesar suyo, que admirarse de la gallardía de aquel anciano que era capaz de proteger a su hijo de aquella manera, incluso arrostrando a su señor.
—Considero vuestra respuesta un acto de hostilidad —acertó a decir.
—Jamás os desobedecí, señor —repuso el duque, ahora con una nota de amargura en su voz—.
Os presté debidamente cuantos servicios me requeristeis, y dejé todo con tal de atenderos.
Me he jugado la vida por el reino y por vuestra majestad, y mi hijo el duque de Huéscar también, en cien batallas.
No creo ser merecedor del trato que se me otorga ni de haber perdido vuestra confianza.
Ni siquiera habéis contado conmigo para la recién creada junta sobre el asunto de Portugal.
—Vuestra señoría siempre ha sido tibio con respecto a mis derechos sucesorios en el trono de aquel país.
—Lo que os dije, señor, es que nuestros enemigos están en el este y en el norte, y no a la vera de vuestro reino, y que dividir aún más los ejércitos era exponerse a una mayor sangría de escudos y de hombres.
Mas nunca discutí vuestros derechos para el trono de Portugal si don Enrique, el actual rey después del infausto fallecimiento de vuestro sobrino don Sebastián, muere sin descendencia, como todos nos tememos así será.