Conjura contra el rey Felipe 26. DÍA DE DIFUNTOS
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26. DÍA DE DIFUNTOS

D ÍA DE D IFUNTOS

En Madrid, como en todo el reino, el Día de Difuntos era una jornada de luto riguroso, cargada de una atmósfera densa de cera y campanas.

Lo que más definía ese día era el sonido.

Desde el amanecer hasta la noche, todas las campanas de las iglesias tocaban a muerto, un tañido lento y pausado.

Este sonido constante recordaba a los madrileños la brevedad de la vida y la necesidad de rezar por las almas en el purgatorio.

El color negro dominaba por completo las calles de la villa, y hasta quienes no tenían maravedíes para comprarse ropas de luto procuraban lucir este día algún paño oscuro.

El interior de los templos era un bosque de velas en el que el olor a incienso y a cera quemada era asfixiante.

Se erigían túmulos en el centro de las naves para las misas de réquiem, efímeras estructuras de madera recubiertas de paños negros.

Las familias visitaban los templos en cuyo interior, o en los pequeños camposantos anexos, descansaban sus muertos, en cuyo honor prendían pequeñas mariposas de aceite.

Y en los puestos ambulantes de las plazas consumían frutos secos, convencidas de que cada castaña comida liberaba un alma del purgatorio.

Luego, se recogían en sus casas para amasar el pan de ánimas, que después se repartía a los pobres en las puertas de las iglesias.

El corregidor de la villa de Madrid, el licenciado Martín de Espinosa, tuvo conocimiento del crimen de Matías Ocaña al alba de ese Día de Difuntos.

Encontró el cadáver un arriero maragato que regresaba a tierras leonesas después de haber transportado el pescado fresco del Cantábrico en barriles de madera entre bloques de hielo y sal.

En la ronda a la que dio aviso se hallaba el alguacil Benítez, el mismo que había descubierto el cadáver del médico Velasco, quien, en cuanto vio el símbolo grabado a punta de cuchillo en el pecho del muerto, reparó en la coincidencia y dio parte de inmediato al corregidor.

Poco después, otro alguacil identificó al difunto como Matías Ocaña, guardia del alcázar, de cuyo cuarto de guardia se había fugado el día anterior.

El licenciado Espinosa se dio cuenta enseguida de que el negocio no hacía sino empeorar.

Primero un muerto con un cedulón cosido en el jubón en el que se hablaba de la complicidad del rey a saber en qué fechoría, después un fraile dominico con igual papelote, y ahora un guardia del castillo acuchillado y con un símbolo grabado en la pechera muy similar al que figuraba en aquellos cedulones.

Eso era cualquier cosa menos casualidad, caviló.

Alguien, en la villa y corte, se había propuesto amargarle la existencia a su majestad, que bastante acibarada estaba ya con los recientes fallecimientos de su hermanastro Juan de Austria y de su hijo primogénito el príncipe Fernando y, antes, con los de sus sobrinos Wenceslao de Austria y el rey Sebastián de Portugal.

Era como si una mano negra quisiera ensombrecer y cubrir de lutos estos años del reinado del buen rey Felipe.

Acerca de quién fuera esa mano, el licenciado Espinosa no tenía ni la más remota idea.

Ni le concernía hacérsela, pues para eso ya estaba el alcalde Villafañe, a quien le había tocado la carambola, y Dios que se le bendijese.

Eso, lo acontecido, los tres muertos, no era problema suyo.

Era, Dios bendito, del alcalde y no del corregidor.

Su trabajo consistía en dirigir el concejo, asegurar el cumplimiento de las pragmáticas, el control de precios, la supervisión de mercados y demás funciones estipuladas.

Y no dirimir conspiraciones que ni le iban ni le venían más que a cualquier otro vasallo de su majestad.

Así que redactó nueva epístola para don Mateo Vázquez y se quitó el asunto de encima de la mejor manera que pudo.

***

Madrid, 3 de noviembre de 1578

Cristóbal Villafañe, alcalde de Casa y Corte, se enteró del asesinato de Matías Ocaña recién descubierto el cadáver.

Llegó, como cada día, a la Casa de la Villa con la amanecida y desde allí, tras cumplimentar las tareas indelegables de las que no había sido liberado y despachar con los alguaciles que vigilaban a las once personas de la lista que le había dado el rey y a quienes se debía proteger —afortunadamente no había habido incidencia alguna con esas personas, a las que nadie había ni molestado ni amenazado—, salió a hacer su diaria y fatigante caminata: tabernas, figones, mancebías, iglesias, casas de misericordia, asilos, puentes y cualesquiera otros lugares en los que conjeturaba podía hallarse el dichoso mozuelo en cuya búsqueda se estaba dejando las ijadas.

Y que era la única línea de investigación que tenía, pues del asesinato del fray no había ni el más pequeño hilo del que tirar.

Estando en una taberna refrescando el gaznate a media mañana, oyó la conversación de varios parroquianos en la que hablaban de la aparición de un cadáver en un portal de la Cava Baja, hecho que, por habitual, de mal modo podría haber sido objeto prolongado de una charla, como así era, si no fuese porque algo de singular habría en sus detalles.

—Discúlpenme vuestras mercedes —se introdujo Villafañe en la conversación, aprovechando que los contertulios habían hecho un alto para llevarse sus vasos de vino caliente al coleto—, ¿puedo saber de qué crimen hablan y por qué les llama tanto la atención?

Los feligreses, en cuanto advirtieron los ropajes de quien así los interpelaba —la garnacha, la valona, el bonete negro— y, sobre todo, su vara de justicia, compusieron cara de angelotes, pues no era nada bueno saber más de la cuenta cuando con magistrados se trataba.

Los tranquilizaron, sin embargo, las explicaciones del hombre, que les hizo ver que nada tenían que temer de sus preguntas y que era un interés profesional ajeno a ellos el que le hacía curiosear de tal manera.

—Un guardia del castillo —se decidió al fin uno de los parroquianos, un hombre de grandes patillas y más grande barriga cuyo aliento nada tenía que envidiar al de una sepultura abierta, pues era como si tuviera la cabeza de una pijota pudriéndose en el gaznate—. Un tal Matías Ocaña.

La profesión del muerto justificaba en parte que se hablara de su óbito en la taberna, pero, por lo que Villafañe había escuchado de aquellos hombres, parecía haber algo más.

—¿Y he creído oír que había algo proceloso en el crimen?

Los compadres se miraron unos a otros, sin saber si les convenía ahondar en aquella plática.

—Pues... se dice —se animó por fin el boquipodrido , que parecía ser quien llevaba la batuta en la cháchara— que apareció un signo extraño grabado a punta de cuchillo en el pecho del difunto. Algunos vecinos pudieron ver el cuerpo antes de que la ronda llegara y así lo han contado.

—¿Un símbolo extraño, dicen vuestras mercedes? —preguntó el alcalde, cuyo interés creciente al mismo tiempo decrecía el de los parroquianos en seguir con el diálogo—. ¿Y podrían vuestras mercedes describírmelo?

Mas ninguno pudo, pues no le daban sus habilidades para tanto.

Intrigado, pagó Villafañe la ronda de aquellos hombres para convencerlos de que ningún mal les iba a deparar haber hablado con él, salió de la tasca y se olvidó por unos instantes del dichoso zagal a quien tan trabajosamente buscaba.

Recordó los dos crímenes que investigaba, en los cuales había aparecido un cedulón con el símbolo de Saturno, según el rey le había desvelado.

Y ahora había aparecido el cuerpo de un guardia del alcázar —alguien, por tanto, muy cercano al rey—, en cuyo pecho había sido grabado a punta de cuchillo un símbolo extraño.

Todo aquello levantó las sospechas de Cristóbal Villafañe, que sabía que, en la maleza, es el lince el que no tropieza, y que tras la cruz está el diablo. Así que decidió que debía de tirar de aquel cabo, aunque demorara por unas horas la búsqueda del rufianillo, y a ver a qué madeja lo llevaba.

Interrogó a los alguaciles que habían levantado el cadáver, y al escribano del crimen que había redactado el acta del levantamiento, y al cirujano que había reconocido el cuerpo pocas horas antes, mas poco pudo conseguir de sus indagatorias.

En tal tesitura, se dijo que, como no le valía perder el tiempo, tenía que ir directo a la fuente, así que pidió audiencia con su majestad el rey. Que le fue concedida de inmediato.

***

—Alguien —le explicó Felipe a Villafañe— grabó en los anaqueles de la torre vieja, donde mi hijo el príncipe pasó sus últimos días, el símbolo de Saturno, pues eso significa el emblema que aparece en la carta, tal como le expliqué hace unos días a vuestra merced.

Símbolo que, además, ha aparecido en otra carta, también anónima, que mi difunto hermano don Juan de Austria recibió en Namur, poco antes de su muerte, que la misiva auguraba.

—Suspiró Felipe, con una mezcla de frustración y cansancio—. Todo se está cumpliendo, pues.

—No alcanzo a comprender, majestad —inquirió el juez—, qué papel jugaba el guardia asesinado, el tal Matías Ocaña, en este envido.

—Ocaña era el guardia clavero del alcázar.

Él tenía las llaves de la torre vieja. Y fue él, según todo indica, quien permitió el acceso a la torre a quien fuera que grabase el símbolo de Saturno en los anaqueles.

Estaba siendo interrogado y, por orden mía, sometido a tormento para que desvelara a quién facilitó el acceso a aquel lugar.

Pero huyó del castillo, según he sido informado, antes de que se pudiese conseguir su confesión.

Por supuesto, he adoptado las medidas necesarias para castigar la negligencia.

—Y se le ha dado muerte para que no hablara... —musitó Villafañe, más para él que para su interlocutor.

—No es descabelladlo en absoluto pensar de tal manera —confirmó el rey—. Debe, pues, vuestra merced investigar las compañías del guardia en las últimas semanas o en los últimos meses. Entre ellas ha de hallarse el autor o autores de los crímenes.

—Así lo haré, majestad —aseguró Villafañe, levantándose del escabel, pues por el gesto del rey vio que la audiencia estaba concluida.

Y añadió al mismo tiempo—: ¿Me permite una pregunta vuestra majestad?

—Felipe asintió con la testa—. En la primera audiencia que vuestra majestad tuvo a bien concederme, se me indicó que sería vuestra majestad quien se ocuparía personalmente de indagar entre sus nobles y criados, por si alguno de ellos tuviera relación con la carta o con los crímenes.

¿Puedo preguntarle a vuestra majestad si ha existido algún avance en tal menester?

Felipe sostuvo la mirada de Villafañe sin incomodarse, como si la pregunta no le sorprendiera, pero tampoco le complaciera del todo.

Revivió las conversaciones que había tenido con algunos de quienes le rodeaban, aquellos que más próximos podían estar a las causas o a los efectos del enigma: el duque de Alba, Antonio Pérez, la princesa de Éboli, Mateo, Zayas...

En todos los casos habían sido acercamientos llenos de disimulo, sin revelar en ningún momento su propósito.

—Lo he intentado —dijo—, pero aquí no se puede avanzar como vos lo haríais fuera de palacio.

Aquí no se puede llamar a un hombre y preguntarle sin más, ni poner a otro bajo vigilancia sin que lo adviertan quienes le rodean.

Cada persona que me es próxima tiene criados, parientes o deudos que observan por ella, y cualquier movimiento que no sea el ordinario se comenta antes de que haya dado fruto.

—Se levantó con lentitud y dio unos pasos por la estancia, como acompasando el pensamiento—.

He hablado con algunos, con pretextos que no despertasen recelo, y he hecho observar a otros en aquello que no levanta sospecha, pero comprenderéis que eso da resultados limitados.

Nadie se descubre cuando se sabe mirado, y en palacio todos se saben mirados, aunque no sepan por qué.

—Se detuvo y se volvió hacia el juez—. Si procedo con mayor rigor, levantaré alarma, y la alarma hará que cada cual se encierre en lo suyo, que destruyan lo que tengan o que se guarden de quien no deben.

Y entonces no averiguaremos nada, o lo que averigüemos llegará tarde.

Por eso os digo que confío poco en lo que se pueda averiguar aquí en palacio.

Es en Madrid, en sus casas y calles, donde está la solución al problema, y deberéis ser vos, señor Villafañe, quien dé con ella.

No esperéis que desde palacio se os arroje claridad, pues no es la claridad una de las virtudes de la vida aquí.

Ofreced una recompensa de cincuenta escudos de oro a quien facilite cualquier información que permita detener al culpable.