Conjura contra el rey Felipe 25. EL GUARDIA MATÍAS OCAÑA #3
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25. EL GUARDIA MATÍAS OCAÑA #3

Ya con el guardia cadáver y en el suelo, se agachó el jaque y a tirones le descubrió el pecho. Y con la punta de su vizcaína tatuó, bien que mal, en la piel de Ocaña el símbolo de Saturno, cruzado por una raya horizontal:

♄

Para que quien hallase el cuerpo supiese que aquella muerte no era por antigua pendencia, ni por una garfiada, ni por hacer la leva.

Era una muerte que señalaba directamente a su majestad don Felipe el segundo, rey de España.

***

Luisillo, cuando vio salir a los dos bravoneles de aquel soportal de la Cava Baja, con uno de ellos empuñando una gumía que aún goteaba sangre y que limpió en la tierra de la calle, se hundió en el quicio donde había estado apostado como si quisiera hacerse uno con la cal.

Había estado siguiendo a los dos bravos desde que abandonaron la posada de El Gamo del Rey.

Desde allí habían regresado al centro de la villa, tomado la calle Mayor y bajado por la de San Salvador hasta la plaza de la Cebada, para llegar a la calle de Embajadores.

Allí se introdujeron en un caserón lujoso, donde estuvieron más de una hora, sin que Luisillo pudiese descifrar la razón de la visita a tan suntuosa residencia ni saber quién moraba en ella.

Cuando salieron, volvieron a las cercanías de la calle Mayor y almorzaron en la posada de los Mercaderes, pues, por lo que se veía, el paseo les había hecho digerir las alubias y recuperar la gazuza.

El mozo aprovechó la estancia de los jaques en el figón para procurarse su almuerzo, un pastel de carne que adquirió con sus últimos chavos en uno de los puestos ambulantes de la calle Mayor, el que mejor fama tenía, pues de los demás se decía que proveían «carne de gura», oséase, carne de perro o gato vendida como de pollo.

Una hora y pico tardaron los bravos en hacer el rancho.

Animados por el vino, salieron del figón y regresaron a la calle de Toledo, donde se introdujeron en la mancebía, en la que holgaron durante un par de horas.

Cuando abandonaron el lupanar, lo hicieron acompañados de un tercer individuo, de quien Luisillo ignoraba oficio y nombre, aunque, por sus gestos y por su compostura, se lo veía acoquinado y nervioso.

Caminaron sin apenas decir palabra hasta la Cava Baja, donde se detuvieron junto a uno de los soportales.

Para hacer la posta, Luisillo se acomodó en una esquina, detrás de un quicio donde quedaba a resguardo de miradas indiscretas y tenía buena visión de los jaques y la compaña, pero, aunque hizo la oreja, no pudo enterarse de lo que hablaban.

Hasta que, de pronto, vio cómo ambos bravos empujaban al tercer sujeto y a empellones lo introducían en el portal.

Lo que dentro pasara no lo pudo atisbar Luisillo, aunque sí conjeturarlo: uno de los jaques, el que nunca hablaba, salía del soportal con la vizcaína en la mano; se agachó después para limpiarla con la tierra de la calle y un manojo de hierbas, y se la embolsó luego.

Así que no le costó trabajo al mozo suponer que le habían dado el santolio al desdichado.

Estuvo a punto de salir de estampía de puro miedo, pero supo contenerse a tiempo, cierto que, de hacerlo, se habría descubierto y corrido la misma suerte que el difunto.

A apenas la distancia de dos brazos pasaron los bravoneles de Luisillo cuando, tras apiolar al infeliz, regresaban al centro de la villa.

Blanco como estaba, no le costó confundirse con la cal entre las sombras, y observó, conteniendo la respiración, cómo los dos sicarios pasaban de largo y deshacían el camino que antes habían hecho.

Posiblemente, para dirigirse a la posada donde esperaban reunirse con el zagal.

—¡Ni muerto! —se dijo para su caletre el mozo cuando hubo recuperado el hálito—. Ni a completas ni a incompletas. ¡Yo no voy allí a verme con estos individuos ni muerto!

Tomó la dirección opuesta, y no pudo refrenar su curiosidad innata cuando llegó a la altura del soportal donde se había producido el ruido.

Y allí vio, tendido en el suelo, el cuerpo del sujeto desconocido, al que le habían dado un jirón en pleno pecho haciéndole un siete en la carne.

Se acercó temblando y se fijó en que, al lado de la cuchillada, le habían tatuado al infeliz un símbolo parecido al que vio en el cedulón cosido al cadáver del médico Velasco, como si fuera un cerdo al que el matarife marca para dar cuenta de la calidad de la carne.

Se dijo que era el momento de salir por piernas, poner cuanta más distancia mejor entre él y aquellos dos individuos capaces de dar la de Juanes por un quítame allá esas pajas.

Y, sobre todo, cavilar una nueva estrategia que le permitiera salir con bien del lance y seguir con vida.

Porque ahora no solo tendría que despearse para ahuyentar el bulto de aquel alcalde de Casa y Corte que lo perseguía sin cuartel, sino de aquellos dos sicarios más peligrosos que un mal pleito ante el Alto.

Sin saber qué cerca estaba el símil de la realidad.

Hasta que no estuvo a casi media legua de allí no se sintió medianamente seguro. Esa noche, empero, apenas consiguió pegar ojo el rapaz.