25. EL GUARDIA MATÍAS OCAÑA #2
Matías sabía lo que mañana le iba a suceder y sabía también que el tormento extremo no iba a poder resistirlo y que cantaría como un pajarillo en cuanto viera al verdugo, al potro o a la toca.
Conocía lo que le esperaba porque en una ocasión había asistido a una sesión de tormento, y el atormentado, un herrero del alcázar con más redaños que él, no había tardado ni media hora en reconocer haber sido el autor del robo que se investigaba y, si se lo hubiesen pedido, del asesinato de Julio César en la Curia de Pompeyo.
Así que se dijo que era hora de poner remedio a sus males.
Aprovechando que la vigilancia era escasa, porque el preso era un camarada, y dado lo festivo de la fecha y valiéndose de un descuido de los soldados que vigilaban el cuarto de guardia, se dio a la fuga del castillo sin que nadie se apercibiera de su huida.
Y ya en la calle y libre, decidió requerir la ayuda de aquellos dos que precisamente lo habían puesto en el brete: los dos bravoneles que le habían pagado buena bolsa por dejarlos entrar en la torre vieja. No se le ocurría qué otra cosa hacer.
Era día 1 de noviembre, fiesta de Todos los Santos.
En Tosantos, día de precepto absoluto, se paralizaba toda actividad comercial y administrativa en la villa.
Pese al duelo por la reciente muerte del príncipe heredero, las calles de Madrid estaban esa mañana a rebosar.
El día había amanecido frío y con la neblina del Manzanares subiendo hacia el alcázar.
Las calles, aún sin empedrar en su mayoría, estaban embarradas por la lluvia del día anterior.
El aire olía a la leña quemada de los hogares y a castañas asadas que los vendedores ya ofrecían en los puestos callejeros cerca de la calle Mayor.
Por todas las rúas se veían carruajes y literas llevando a nobles ufanos y damas empingorotadas hacia el monasterio de las Descalzas o hacia la iglesia de Santa María.
Los caballeros vestían sus mejores jubones oscuros y las damas lucían mantos de luto riguroso, pero con encajes carísimos.
Los pecheros y el pueblo llano, sus capas y sayos más limpios.
En la plaza del Arrabal y en otras principales de la villa, los vendedores ambulantes ofrecían nueces, bellotas, castañas y orejones.
Las tabernas abrían sus puertas de par en par, despachando el vino nuevo, y los cereros hacían su agosto vendiendo cirios y velas para las ánimas.
Eran también días grandes para los maleantes que se dedicaban a rozar en los templos y cortar las bolsas ajenas.
Matías Ocaña abandonó el alcázar, prófugo y lastimado, cojeando y lamentando su suerte.
Sabía por su hermano Bartolomé que los bravos seguían en Madrid, aunque no le quiso preguntar por su paradero para no complicarlo en el aprieto.
Tendría que dar con ellos por sus propios medios.
Así que estuvo buena parte de la mañana rondando por donde pensaba que los jaques podían pendonear; no, por supuesto, por casas de misericordia, iglesias o conventos, sino por figones, garitos y mancebías.
Y fue en una de estas, concretamente en la ramería de la calle de Toledo, esquina a la de Arganzuela, donde los halló bien entrada la tarde.
Este berreadero no era un solo edificio, sino una manzana de casas que funcionaba bajo un estricto control y regulación municipales.
Situada cerca de la plaza del Arrabal, tenía un flujo constante de clientes, desde comerciantes y soldados hasta hidalgos de baja alcurnia.
El interior era austero y funcional. Los aposentos eran pequeños, y la higiene, precaria.
El ambiente era ruidoso y concurrido, con la presencia constante de rufianes y chulos que protegían a las mujeres y gestionaban los pagos.
El lugar estaba bajo la vigilancia de la justicia local, que cobraba impuestos por la actividad.
Las mujeres que trabajaban eran controladas por un «putero mayor» o administrador del concejo.
Allí dio Matías Ocaña con Iturbe, sentado en un banco, solo, en una esquina del salón apenas iluminado por dos lamparillas de aceite. Tenía acomodada en sus rodillas a una de las mujeres que allí laboraban, una hembra que ya no cumpliría los treinta y a la que le faltaban dos dientes delanteros.
—¿Qué hace vuestra merced por aquí? —saludó Iturbe al clavero, sorprendido por su presencia en esa casa de guisado—. No le hacía yo a vos en estas aficiones. ¿No estaba vuestra merced preso? O eso me dijo vuestro hermano Bartolomé, al menos. Aunque siempre supe que se podía confiar en vos.
—Tenemos que hablar, don Alonso.
—¿Ocurre algo, aparte de vuestra prisión? Porque entiendo que será esta llevadera, si es que no habéis salido ya de ella como supongo, pues estáis aquí y libre, y que en cualquier caso no abriréis la boca...
—Pues ocurre, sí, y cosas graves, pues me vienen mal dadas.
—Vaya. Pues cuénteme vuestra merced.
—Tal vez —dijo Ocaña, señalando a la putilla que estaba sobre las rodillas de Iturbe—, no sea bueno que haya oídos inconvenientes.
—Yo ya he acabado con esta gallina, aunque la muy puta se empeña en sacarme las zurrapas —explicó el bravo, señalando a la ramera, a la que había apartado de sus rodillas cuando se apercibió del gesto de Ocaña—.
Pero mi camarada sigue de faena arriba, con otra cortesana.
Tome vuestra merced asiento, avíese la carne y esperamos, ¿hace?
Más de media hora tardó el segundo jaque en bajar del coito.
Lo seguía una fulana, mucho más joven y hermosa que la primera, que descendía la breve escalera detrás del bravo como si viniese de San Quintín y no de yacer por un puñado de blancas.
Torció el bravonel el gesto cuando vio a Ocaña sentado a la misma mesa que su compinche, a quien interrogó con la mirada, aguda y peligrosa como un puñal.
—Dice que tiene que hablar con nosotros —se excusó Iturbe—, que le vienen mal dadas.
—Vamos.
Fueron las primeras palabras que Matías Ocaña oyó pronunciar al bravonel.
Y pese a las pocas letras, distinguió un acento peculiar en su habla, melódico, sibilante y nasal.
«Este truhan es gallego, voto a bríos», se dijo.
Y ya se sabía lo que se decía de los gallegos en Madrid: que venían con la bolsa vacía y se iban con ella llena.
Aunque de este en particular lo que menos le preocupaba era que le pudiese afanar la faltriquera.
Salieron afuera de la mancebía. Ya el sol caminaba hacia el poniente y el ambiente se había vuelto más lúgubre.
En estas vísperas del día de los muertos y a estas horas, las campanas de todas las parroquias repicaban con un tañido constante de difuntos.
La gente se recogía pronto en sus casas para rezar por las almas del purgatorio, aunque los más osados se quedaban en las tabernas trasegando el caldo de la cepa para espantar el frío y el miedo a los aparecidos. Las calles estaban medio desiertas.
Tiraron hacia la plaza de la Cebada. Situada a tiro de piedra de la mancebía, justo al final de la Cava Baja y cerca de la puerta de Toledo, era el principal mercado de la villa, el lugar donde se comerciaban granos y alimentos.
De día, el trasiego de gente, carros y mulas era constante.
De noche, era un lugar lleno de peligros, un laberinto de calles estrechas y oscuras que facilitaban la huida o la ocultación de quienes hacían del delito su forma de vida.
Se detuvieron en medio de la Cava Baja, calle que corría paralela a la muralla y en la que, aunque llena de mesones y ventas donde se alojaban arrieros y viajeros, ahora no había un alma.
También influía en la soledad del paraje el que la lluvia, un sirimiri molesto, había vuelto a hacer su aparición.
—¿Qué acontece? —preguntó de buenas a primeras el jaque a quien Matías Ocaña había tomado por gallego. Ese al que Luisillo llamaba el Mudo.
—El alcaide del alcázar —explicó el guardia, con la voz trémula—, al parecer por orden del secretario del rey, o de su majestad misma, no lo sé muy bien, se ha propuesto saber quién entró en la torre vieja cuando vuestras mercedes lo hicieron, allá por agosto, ¿verdad?
, y se ha propuesto saberlo a costa de mi salud cuando no de mi vida.
Me ha sometido a la ligadura de cordeles, y amenaza con llevarme mañana al potro o a la toca, y sé que no lo voy a resistir.
Me he escapado del cuarto de guardia, pero no creo que tarden ni dos amaneceres en prenderme.
Díganme vuestras mercedes qué he de hacer y cómo pueden ayudarme.
—¿Y qué tiene eso que ver con nosotros, Ocaña, pardiez? —espetó Alonso de Iturbe.
—¡No resistiré el tormento! ¡Confesaré que fue a vuestras mercedes a quienes facilité la entrada en la torre vieja!
¡Y tal como están las cosas, me mandarán a galeras, si no al patíbulo, pues no sé qué hicieron vuestras mercedes en aquel lugar para que se haya formado tamaña tremolina!
—Y mirando directamente al jaque «gallego» y mudo—: ¡Y me sacarán a la fuerza que fue a don Alonso de Iturbe y a vuestra merced a quienes facilité el acceso a la torre!
¿Qué hicieron vuestras mercedes allí para que tengan a su majestad el rey en pie de guerra, voto a tal?
El jaque «mudo» miró a diestra y siniestra, cerciorándose de que no había moros en la costa, e hizo luego un gesto a su camarada, que lo captó al vuelo.
—Entremos aquí —dijo Iturbe—, señalando un soportal sombrío.
—¿Para qué? —preguntó Ocaña, mirando las sombras del zaguán como quien mirase el cadalso—. Vamos a un sitio donde podamos hablar y ver la forma de deshacer el entuerto. Alguna manera habrá, digo yo.
Mas no encontró acomodo la propuesta del guardia.
De un empujón, ambos jaques lo introdujeron en el soportal.
Sacó el Gallego de los pliegues de su jubón la vizcaína, que clavó sin una palabra en el pecho del infortunado Matías Ocaña, justo en el lugar donde los físicos dicen se halla el corazón. Quedó muerto en el acto.