25. EL GUARDIA MATÍAS OCAÑA
E L GUARDIA M ATÍAS O CAÑA
Matías Ocaña, el guardia clavero del alcázar, se escapó del edificio adyacente al castillo donde la guardia vivía y dormía, y en el que, por orden del alcaide, había sido apresado, y abandonó el recinto sin que nadie lo impidiera por la puerta principal, en la fachada sur del inmueble.
Vestía el coleto de cuero, el jubón y los greguescos reglamentarios, bajo una capa negra, pero iba desarmado, preso como había estado, y sin morrión, ni gola, ni banda ni lechuguilla.
Lo que le venía bien, pues era su intención lógicamente, prófugo como era, pasar lo más desapercibido posible.
En la cara lucía varios verdugones que, por lo recientes, tenían aún un color parduzco, sanguinolento; creía tener quebradas un par de costillas y le dolía el brazo izquierdo que era un horror.
Y los dedos de las manos ni se los sentía.
Andaba con dificultad, por las patadas en las espinillas que el alcaide Francisco de Vargas llevaba regularmente propinándole desde hacía un par de semanas.
Y menos mal que había conseguido escapar del castillo, aunque no tenía ni idea sobre qué hacer con su vida a partir de ahora.
Todo, por haber dejado entrar a aquel par de bravoneles en la torre vieja del alcázar a mediados de agosto.
Para hacer a saber Dios qué, pues nunca se creyó su excusa de que querían visitar el lugar donde el emperador tuvo preso al rey de Francia Francisco I, o al «alto de los gabachos», como aquellos dos lo habían llamado.
Como si tales dos jaquetones pudiesen tener interés en el romance del país vecino o en las pasadas hazañas del emperador Carlos, a quien Dios tuviera a su diestra.
Pero, entonces, le había parecido que era negocio inofensivo el brindarles acceso a la torre vieja, donde ningún mal podrían hacer, pues el sitio llevaba lustros abandonado y cerrado a cal y canto, desde la muerte del pobre príncipe Carlos; y provechoso, además, pues nada mal le vino el puñado de reales de plata con que los dos rufianes lo recompensaron.
Conseguir que esos dos truhanes tuvieran acceso a dependencias que, como esa torre, no se usaban jamás no era empresa compleja, máxime si entraban acompañados de un guardia, y por el clavero para más señas, y si el acceso tenía lugar en el mes de agosto, cuando el rey, la familia real, los mandos de las guardias y casi toda la corte estaban en el palacio real de Aranjuez, adonde su majestad solía retirarse para combatir las calores estivales, disfrutar de la caza en aquel valle fértil a orillas del río Tajo y tomar el fresco en los jardines trazados y mantenidos por maestros flamencos.
De aquellos dos hombres, solo conocía a uno antes de que ambos lo metieran en el aprieto en el que se hallaba.
Era un tal Alonso de Iturbe, de treinta y pocos años de edad, burgalés, de piel atezada y barba cerrada como noche de invierno, afincado en Madrid, aunque sin casa, sin oficio ni beneficio desde que, según se rumoreaba, fuera expulsado deshonrosamente del tercio viejo de Cerdeña por hurgar en la bolsa de sus compañeros y arramplar con sus contenidos, razón por la cual fue licenciado sin honor y sin paga y sometido al escarnio del paso de picas, castigo ignominioso durante el cual era golpeado por los soldados del tercio al abandonar el campamento.
Desde entonces vivía en la villa y corte, en posadas de mala muerte, dedicándose a lo que mejor sabía: practicar la garfiada, cortar bolsas, hacer el desmoche, usar el gancho o, cuando el hambre apretaba, dar de la de Juanes por encargo, aunque estas agarradas solían acabar con algunos huesos rotos de la víctima y no con esta difunta en Finibus Terrae .
Lo había conocido a través de su hermano pequeño, Bartolomé Ocaña de nombre, avispón de cuidado que mató a disgustos a la madre de ambos, dado a las malas compañías y casi siempre zullado de tinto, y de más de un aprieto había tenido que sacar a los dos usando sus pocas influencias en el alcázar y con las guras.
Al otro individuo no lo conoció hasta que Iturbe lo llevó consigo a la «visita» al alcázar, pues los tratos previos habían sido solo con el tal Alonso.
Y habría doblado con gusto la bolsa con que le pagaron con tal de no haberlo conocido.
De edad parecida a Iturbe, un poco mayor tal vez, de piel oscura y malencarado, podría ser la reencarnación de Luzbel.
Tenía toda la pinta de matón de alquiler, de esos que se pasaban la vida en casas de guisado a la espera de dar la estocada cuando se la pagaran.
Dos cicatrices profundas le cruzaban la cara en la mejilla izquierda.
Tenía los ojos hundidos y vigilantes, siempre atentos a lo que a su alrededor pasase.
Su rostro estaba medio oculto tras una barba descuidada y un sombrero de ala ancha calado hasta las cejas.
Esa única vez que lo vio vestía un coleto de cuero endurecido y mugriento que, además de abrigo, le servía como protección contra sablazos.
Sobre los hombros, y a pesar de que era agosto cuando lo conoció, llevaba una capa raída de color oscuro que utilizaba para ocultar sus armas y tal vez para capear a sus víctimas durante el ataque.
Todo comenzó la tarde de agosto en que Alonso de Iturbe le salió al encuentro, cuando, terminada su guardia, abandonaba el alcázar para ir de farras con otros soldados de la compañía.
Iturbe requirió su atención, se lo llevó aparte y le preguntó si quería ganarse una buena bolsa de reales de plata, cuestión a la que Matías Ocaña respondió como debía, es decir, afirmativa y entusiásticamente, pues en esos tiempos de penuria todo cuanto viniese a complementar la soldada, siempre exigua, era bienvenido.
Y la contraprestación al regalo era también menuda: permitir que el tal Iturbe y otro compinche visitaran la torre vieja del alcázar durante unos minutos y a solas, con la excusa ya sabida.
¿Cómo negarse a tan pingue recompensa por tan párvulo trabajo?
Y así empezó el sainete que ahora se le había convertido en tragedia.
Algunas semanas atrás, el alcaide del alcázar Francisco de Vargas le había preguntado, como quien no quería la cosa y sin dar a la cuestión mayor trascendencia, si le había facilitado a alguien la llave de la torre vieja.
A lo que Matías, indudablemente, respondió negativamente, pues, a pesar del ademán trivial del alcaide al hacer la pregunta, era consciente de que lo que hoy era nimiedad mañana podría significar las galeras. Y ahí quedó la cosa por entonces.
Sin embargo, al poco, Vargas lo llamó de nuevo a su presencia y volvió a repetirle las mismas preguntas.
«¿Le ha facilitado vuestra merced las llaves de la torre vieja a alguien en el último año?
¿A quién permitió la entrada en la torre sin permiso?
¿Y para qué?». El primer día, cada una de sus negativas a las cuestiones fue premiada con un varazo por parte del alcaide, pese a lo cual Matías se mantuvo firme en sus protestas.
Tres días después se repitió la escena, y ese día no hubo varazos, sino garrotazos y un arcabuz apuntándole a la cara.
Matías resistió; sabía lo que le iba en el envite si tan crítica era la cuestión.
¿Qué demonios habrían hecho esos dos truhanes en la torre vieja para que al alcaide se le viese tan descompuesto por saber quién había entrado allí?
Sea lo que fuere, muy grave debía de ser, y era consciente de que, de admitir su complicidad, le venían mal dadas.
Y ayer fue requerido de nuevo a la presencia del alcaide; siguieron las mismas preguntas y las mismas respuestas, mas ya no hubo varazos ni estacazos.
Ocaña fue sometido a tormento. Fue al más liviano y llevadero, pero era tormento al fin y al cabo.
En una cámara en los sótanos del alcázar, la que se usaba para esos procedimientos, le fue hecha la conminación: consistía en mostrar al preso los instrumentos de tortura y explicarle detalladamente cómo funcionaban.
A menudo, el «miedo al ansia» era suficiente para que los «izquierdos», los neófitos, confesaran.
Ocaña, que nunca había sido sometido a suplicio pero que no era novicio en absoluto, no en vano llevaba más de diez años sirviendo en el castillo, guardó silencio y persistió en sus negaciones.
Sabía a lo que se exponía si confesaba: las galeras como mínimo, si no la ejecución, pues lo que se estaba ventilando, aunque no sabía lo que era, no debía de ser pueril ni vano a la vista del empecinamiento del alcaide, que llegó a decirle que en la cuestión estaba implicado Mateo Vázquez, el segundo hombre más poderoso del reino tras su majestad el rey, según todos decían.
Se le sometió entonces a la ligadura de cordeles: se le ataron los dedos de las manos con cordeles finos de cáñamo, y los fueron apretando hasta causarle un dolor agudo y cortarle la circulación, pero sin llegar a romper huesos ni provocar daños permanentes inmediatos.
Aunque hoy tenía las manos hinchadas, amoratadas e insensibles.
A pesar de la tortura, pudo más el miedo a lo que podría pasarle si confesaba —entre lo que no era cuestión baladí, además de su propia suerte, lo que los dos jaques pudieran hacerle a su familia si él cantaba— que el dolor causado por el cordel, y siguió negando haber facilitado las llaves de la torre vieja a nadie y jurando y perjurando que nada sabía de ningún suceso que tuviese que ver con ese lugar del castillo.
—Que lo curen —dijo el alcaide—. Y, dado que mañana es festivo y no conviene dar tormento en fiestas tan señaladas como las de Tosantos, traedlo de nuevo a mi presencia pasado mañana. A esta misma hora.
—¿Ha de permanecer preso, señor?
—Sí, que se le vuelva a encerrar en el cuarto de guardia.