24. LA AMBICIÓN DE LUISILLO #3
—Me busca un perro con vara, un alcalde de Casa y Corte.
—Y aguardó la reacción de los dos facinerosos, pero, al no haberla, supuso que ya sabían que el crimen era de los de subir a la horca y un negocio de funibus , porque involucraba al Alto (que era como se referían en esos ambientes a su majestad el rey), y continuó—: Así que he de guillarme y ahuyentar el bulto, para lo cual necesito, como vuestras mercedes comprenderán, algo más que un real de a ocho.
Y dejó ahí su pedido, momento en que el mesero llegó trayendo el vino y los potajes.
Sirvió el jaque «mudo» el caldo, llenando hasta el borde los vasos de los mayores y mediado el del mozuelo, y después, como si no fuera con él la cosa, se afanó con su tazón de alubias.
Mientras se llevaba a la boca la cuchara de madera con su contenido humeante, levantó los ojos, los clavó en el otro jaque y tuvo que haber entrambos un entendimiento silencioso, pues el primero asintió y se bebió de un trago su vaso de morapio.
—Está bien, chaval —dijo—. ¿Cuánto te parece bastante para ahuecar el ala?
—Pues... no sé... —dudó Luisillo, sorprendido de que todo fuera a resultar tan fácil—. ¿Diez escudos de oro les parecen bien a vuestras mercedes? Con eso podría llegar hasta Aragón, que hay fuero, o más lejos tal vez. Hasta Italia, ¿por qué no?
—Pues sí que se empina el mozo —aseveró el que hablaba, sonriendo a su compinche y dejando al descubierto la melladura—. Hemos dado con un codicioso de blancas, José.
Y se arrepintió al punto, en cuanto observó el brillo de cólera en los ojos de su camarada, de haber pronunciado su nombre, así que se decidió por poner punto final al entremés.
—¡Está bien, voto a tal! —convino—. Diez escudos de oro.
—¡Gracias! ¡Gracias! ¡No se arrepentirán vuestras mercedes!
—aplaudió el mozo, que apuró su vasito de vino con una mueca, pues era más malo que el aguapié—.
¡Y les juro por mis muertos que jamás volverán a tener noticias mías!
—Y abrió ambas manos, hacia arriba las palmas, como esperando una lluvia de oro o que se abriera el cuerno de la abundancia—.
Así que cuando vuestras mercedes quieran...
Esta misma tarde me planto en el Camino Real y seguro que encuentro a un arriero que, por unos pocos chavos, me lleve hasta Valencia. Y de ahí a Italia. ¡Y me hago humo!
—Ven mañana a este figón, a eso de las completas, y tendremos tu bolsa con tus diez escudos.
—¿Hasta mañana...? Pero... pero... ¿no podrían vuestras mercedes aviarme ahora? ¡He de zullarme cuanto antes!
—Mañana, pardiez, que nada malo va a pasar por aguardar unas horas y hemos de buscar las amarillas. Ahora, además, tenemos otras cosas que hacer, voto a tal, y otra cuestión que resolver.
—Bueno, pues... ¿Y no tendrían vuestras mercedes al menos un escudo que darme ahora, para poder ir apañando el viaje?
Se miraron ambos bravos, y el Mudo asintió, mientras seguía con su potaje. El otro echó mano a su faltriquera, sacó de ella un puñado de blancas y algunos maravedíes.
—Apáñate con esto hasta mañana —dijo el jaque, con sonrisa esquinera, que destilaba más peligro que una gura en día de paga—. Y ahora alza el vuelo, moscardón. Vamos, ¡ahuyenta, antes de que nos arrepintamos!
***
Salió Luisillo de la taberna, contando las monedas que el jaque le había dado.
En total, no sumaban ni medio real. Se las guardó en sus zaragüelles y comenzó a alejarse del figón, relamiéndose en los diez escudos que lo esperaban en las completas de mañana.
Pero, a medida que andaba, más se convencía de que la cosa no podía ser tan fácil, que allí había mar de través y que el negocio que había rubricado bien podía ser un trato de polilla.
Y cuando recordó esa sonrisa esquinada del matasiete, peligrosa como un rufo sin galla, decidió que debía andar con recia y tener lince, pues jugársela con esos dos rufianes no era cosa baladí.
Así que, despalmado como era, decidió que era menester asegurarse de que no le daban gato por liebre.
Porque, si ya habían apiolado a un médico de la calle Mayor, ¿qué cuidado iban a tener esos dos en aguaitar también a un golfín o, como el que hablaba había dicho, a un murciélago de la calle, y así ahorrarse diez escudos y los disgustos? ¡Ninguno, cuerpo de Cristo!
Así que desanduvo lo andado, se apostó en un quicio que lo protegía de miradas curiosas y allí se estuvo a la espera de que los dos bravoneles abandonaran la taberna. Para ver si, teniendo el ojo en el parche, podía adivinar sus intenciones.
Salieron del garito bien pasada la hora sexta y, en cuanto se plantaron en el dintel del caramanchel, comenzó a llover. Se ajustaron las capillas y echaron a andar hacia el centro de Madrid.
Y tras ellos se fue Luisillo, decidido a saber si aquellos dos estaban dispuestos a aviarle el trato o si, muy al contrario, se proponían tenderle una emboscada como al médico y darle la de Juanes. Que, se dijo, y con mayor convicción cuanto más lo pensaba, era, voto a bríos, lo más probable.