24. LA AMBICIÓN DE LUISILLO #2
Y decidió seguirlos, de lejos y extremando las cautelas, y verificando, por sus andares y por la sensación de impunidad que trasmitían, que eran gente riesgosa, de las que no se acollonaban ni ante Lucifer, sin miedo siquiera a toparse con la ronda de noche, y que había en ellos, y sobre todo en quien no había abierto la boca cuando le hicieron el mandado, algo que apartaba a los demás sin necesidad de gesto ni palabra: eran hombres de mala catadura, de esos cuya sola presencia advertía de peligro, con el rostro endurecido por la calle y los ojos hechos a mirar sin misericordia, como si llevaran el mal aprendido y no tuvieran ya remedio.
Y el que no hablaba tenía la cara cruzada por antiguas cicatrices que imponían más que un arcabuz.
Los siguió hasta ver que, pasado el Arenal, tomaban el camino de las posadas que miraban a los prados y se perdían entre las puertas de El León de Oro, hostería frecuentada por arrieros y gente de paso que entraba o salía de Madrid por ese sector.
Luego vino la persecución del alcalde de Casa y Corte, de la que tuvo noticias por un camarada de la calle que lo puso sobre aviso.
—Eh, tú, Luisillo —lo llamó cuando este se encontraba bebiendo de la fuente de Puerta Cerrada e intentando a hurtadillas deshollinarse la cara y el cuello—, ¿sabes que ronda por ahí, preguntando por alguien a quien describe como muy parecido a ti, un justicia de escritorio?
—¿De qué me hablas, Gabrielillo? ¿Un alguacil me busca?
—Un alguacil, no. Uno de esos de la vara, de los que aprietan al chico y saludan al grande.
—Voto a bríos que no te entiendo. ¿Por qué no me hablas en cristiano, pardiez?
—Un alcalde de Casa y Corte, voto a tal. Ese es el que busca a alguien que juraría que podrías ser tú: catorce o quince años, sucio como un cochino, presto a los chanchullos... en fin.
—Esa descripción también podría ser la tuya, Gabrielillo, rufián.
—Pero como sé que no soy yo, se me da en las narices que podrías ser tú.
—¿Y dices que es un alcalde de Casa y Corte el que pesquisa?
—Eso mismo. Uno de esos que son más amigos del sello que de la verdad. Y un gran servidor del rey, según el viento.
Luisillo se acalambró hasta el punto de quedar aplanado y sin palabras.
Negó a Gabrielillo que tuviera nada que ver con ese justicia ni que fuera él el perseguido y se fue de la fuente en cuanto pudo.
Aunque cavilando. ¿Un alcalde de Casa y Corte lo buscaba?
¿Tan importante era el médico Velasco como para que un justicia de ese lustre se encargase de la sumaria? ¿Qué era lo que se estaba perdiendo?
Se dijo que allí había gato encerrado, que el lance que le habían propuesto era algo más que un simple dar el santolio a un prójimo, pues crimen como este había a diario al menos uno en Madrid y no por ello se involucraba en el trato a un perro con vara.
Y que más le valía hacerse de sombra si no quería salir cualquier día de estos en la jácara de sucesos o danzar el baile de los colgados.
Luego, en cuanto le insistió, le dio un puñado de chavos al Gabrielillo para que se tuviera la boca quieta, aunque sabía que de ahí a nada volvería pidiendo más, y ese real de a ocho, del que ya llevaba gastados sus buenos maravedíes, no le iba a durar para siempre.
Así que era hora de trazar el futuro.
Lo primero que decidió fue que tenía que echar el cerrojo y burlar a la gura. Lo segundo, que el haber hecho la posta en el trago merecía más que un real de a ocho.
Al cabo, resolvió que lo segundo era de más ganancia que lo primero.
Sin pensárselo, se plantó en El León de Oro, preguntó por los dos bravoneles, mas resultó que estos ya no se hallaban allí: o se habían mudado de garo o hecho camino. Y a saber Dios qué nuevas industrias estarían intrigando.
Luisillo, a cada día que pasaba, más cercado se sentía por el alcalde Villafañe —él no sabía el nombre del justicia en cuestión y se refería a él como el «pariente del rayo» o «el avispado», que era como los pícaros llamaban a los ministriles—, que ya se hacía acompañar por alguaciles y corchetes en sus pesquisas y que poco tardaría en dar con él: el tiempo que Gabrielillo u otro de su ralea lo identificara a cambio de una propina.
Y decidió que era momento de proveerse para poder salir de Madrid y buscar refugio en Toledo, en Segovia o en cualquier otra villa donde nada se supiera de la finida del médico Velasco ni de ese «mozuelo harapiento, lleno de mugre y acastañado» por el que el alcalde a todas horas preguntaba.
Y que la mejor manera de proveerse era hacer el mazo con los dos rufianes, a los que tanto les daría pagar unos buenos escudos por su silencio y para que se quitara de en medio, tomando las de Villadiego.
Era consciente del riesgo que corría, pues no se le escapaba que poco recato iban a tener los sicarios con él habiendo ya dado muerte a un médico y quién sabía si a un fray también, pero ¿qué otra solución le quedaba?
¿Pasar lo que le quedara de vida en la cárcel de la villa o bailar en el patíbulo?
Quia. Más le valía palmarla en el intento de una nueva vida.
Pero ¿cómo dar con los dos jaques, a los que parecía que se los había tragado la tierra?
Desesperado, temiendo a cada instante oír la voz de «¡Alto a la justicia del rey!
» y verse engrilletado, llegó al último día del mes de octubre del año del Señor de 1578.
Andaba, más escondido que a la vista, en ese momento por la calle de las Peñuelas, buscando el diario sustento.
Era una calle que se extendía por uno de los arrabales del sur de la villa, donde Madrid comenzaba a perder su traza ordenada y las calles se torcían sin concierto, más abiertas al azar y la necesidad que al diseño.
El terreno era desigual, con pequeños desniveles que en tiempo de lluvias se convertían en barro espeso y, en seco, en polvo que se levantaba al paso de hombres y bestias.
A uno y otro lado se alineaban casas bajas, de pobre fábrica, algunas apenas se tenían en pie, con corrales abiertos y cercas de madera que dejaban ver más de lo que ocultaban.
No era lugar de tránsito de gente de alcurnia ni de vigilancia constante, sino de vida humilde y desatendida, donde los oficios eran duros y las presencias cambiantes, y donde nadie preguntaba demasiado por quien llegaba ni por quien se marchaba, como si cada cual entendiera que en aquel extremo de la villa convenía saber poco para poder seguir viviendo.
Fue allí donde, al llegar a la altura de una posada que tenía el rimbombante nombre de El Gamo del Rey, por poco se da de bruces con los dos bravoneles.
Se le antojó que tan casual encuentro era un signo de la Providencia y, sin pensárselo, se arremangó los zaragüelles y se dijo que o rico o muerto. Y se plantó ante ellos sin pensárselo.
Era casi mediodía de una jornada que amenazaba lluvia, con un cielo enorme y hostil.
—A buenas horas que se levantan vuestras mercedes —les espetó, desafiante. Los dos bravos tenían los ojos legañosos, señal de que no se habían acostado temprano ni sobrios y de que no se habían ni siquiera enjuagado la cara tras despertarse.
—¿Qué quieres, mocoso?
—Hablar con vuestras mercedes. El negocio es serio, así que vuestras mercedes sabrán si me dan junta y hacemos rancho.
Se dirigía a quien le había hecho la pregunta, aunque miraba de reojo al otro bravo, al que no había abierto la boca hasta entonces.
Al que él, para sus adentros, llamaba el Mudo.
Tenía toda la pinta de un gato de Juan Tejada y con mucha mano de hierro.
Se dijo Luisillo que no era ni un cortabolsas, ni un murcio ni un maleador.
Era alguien de la vida airada, que ponía las manos en la masa; un sujeto que no hablaba, sino que se iba directamente a la violencia.
Un tipo de mal pelaje. Y con unas cicatrices en la cara que ponían el vello de punta.
Especuló que tendría que tener mucho cuidado con él.
Observó cómo el primer valentón miraba a su colega, que hizo un gesto de asentimiento con la barbilla.
—Vamos a desayunar a aquel figón —dijo el primero, señalando una taberna que se hallaba unos pasos más allá, con su fachada pintada de color rojo tinto, como casi todas las de Madrid—. Ven con nosotros y nos cuentas.
—Pues hagan vuestras mercedes por que me dejen entrar —replicó el mozuelo—, porque de ahí ya me han echado en más de una ocasión.
—Si vienes con nosotros, no hay pleito. Vamos.
Entraron en el caramanchel y, en efecto, el dueño nada dijo al ver al mozo aparecer escoltado por los dos matasietes.
Tomaron asiento en un banco ante una mesa de madera tosca, en un rincón al que malamente llegaba el resplandor de las lámparas de aceite, y pidieron una jarra de vino caliente y especiado con tres vasos y dos tazones de potaje.
Para el zagal habría vino, y poco, pero no sostén.
—Pues tú dirás, murciélago —dijo el primero de los jaques, el que solía poner la voz al silencio del otro, mientras aguardaban la comanda.
Por «murciélago» se conocía en el habla de la calle a los zagales que robaban de noche o que se especializaban en entrar por lugares estrechos gracias a su agilidad juvenil.
—Yo no soy un murciélago, maese... maese...
—Pero comoquiera que los sicarios no abrieron la boca para decir sus nombres, como era de esperar, prosiguió Luisillo—: En fin...
Lo que venía a decir a vuestras mercedes es que me busca la justicia, señores.
Y a fe mía que igual no llego a mañana o a pasado sin que me den la garfiada y me lleven al corral.
Y a ver cuánto aguanto entonces en el banasto sin abrir la boca.
—¿Quién te busca? —preguntó el jaque lenguaraz. Comoquiera que no se relacionaban con nadie, salvando hetairas y meseros, no estaban al tanto de pesquisa alguna ni de los rumores que corrían por la pillería madrileña—. ¿Y cómo saben de ti?