Conjura contra el rey Felipe 24. LA AMBICIÓN DE LUISILLO
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24. LA AMBICIÓN DE LUISILLO

L A AMBICIÓN DE L UISILLO

Luisillo era la gracia del mozuelo que Cristóbal Villafañe, alcalde de Casa y Corte, tan codiciosamente buscaba.

Luisillo, sin más, pues ni él mismo sabía sus apellidos, ya que nunca los había tenido y jamás nadie se había molestado en dárselos.

La explicación de que Villafañe no hubiera dado con él a pesar de su industriosa búsqueda radicaba en dos razones.

Por un lado, en que la viuda del médico aguaitado y los oficiales de la ronda de noche habían acertado en lo harapiento de su indumentaria, en lo mugriento de su cara y manos y en su edad —el mancebo tenía catorce años más o menos, según él mismo calculaba, aunque no sabía la fecha exacta de su nacimiento—, pero habían errado cuando habían descrito su cabello como castaño; Luisillo supuso, cuando, para su sorpresa, oyó que los justicias buscaban a un muchacho con el pelo marrón, que la mujer del galeno lo había visto a la luz de la lámpara, y de ahí su error, pues la verdad es que su pelo, por debajo de la suciedad, era de color rubio.

Y, por otro lado, sucedía que el zagal Luisillo, antes de que pudieran identificarlo, había tenido conocimiento de que el alcalde y los alguaciles lo buscaban y se había dado toda la maña que tenía, que tampoco era poca, para escabullirse de sus garras y sus pesquisas.

Aunque se temía que la astucia no le iba a dar para mucho más y que, más temprano que tarde, ese dichoso alcalde que tanta tenacidad mostraba iba a dar con él, y a saber qué le depararía el encuentro, si la mazmorra, el tormento o, lo que era peor, volver a la Inclusa y a la rijosidad del páter Prudenciano, que de prudente tenía lo que Luisillo de bachiller.

Luisillo había nacido, según después le refirieron, más o menos en 1564.

Era su madre una buscona de mala muerte que lo había dejado expuesto en la puerta del Hospital de la Pasión, en la calle de la Virgen de Atocha, a los pocos días del parto.

En el hospitalito, que era gestionado por la cofradía de la Sagrada Pasión, fue registrado y bautizado con el nombre de Luis, porque había sido abandonado un 19 de agosto, festividad de San Luis Obispo, y era costumbre darle al desafortunado niño el nombre del santo del día.

Después se agradeció de no haber nacido, por ejemplo, un 13 de abril y haber sido llamado Merejildo, pues a saber si le habría ido peor en el mundo, lo que ya era difícil.

Nadie cayó en darle también apellidos, y desde entonces fue llamado Luisillo y Luisillo se le quedó hasta el día de la fecha.

Acaso porque, al nacer, era una criatura esmirriada por cuya vida nadie daba dos chavos, por lo que fue bautizado aprisa y corriendo para asegurarle la salvación.

Pero la leche de una nodriza de Las Rozas, que tenía unas tetas como odres y cuya crema era de más sustancia que un caldo de carne, lo salvó de la muerte temprana y, para sorpresa de cofrades y galenos, el chiquillo salió adelante y se convirtió en un niño sano y alegre.

Y de singular listeza, aunque en el hospital nadie se preocupó de enseñarle ninguna de las cuatro reglas, apenas los rudimentos de la lectura para que pudiera recitar las preces.

Pero era un chaval despierto y vivaz que, de haber tenido otra suerte en la vida, podría haber alcanzado metas más descollantes que la existencia callejera.

En 1572 se instituyó en Madrid la Casa de Expósitos de San José, en la puerta del Sol, entre las calles de Preciados y del Carmen, gestionada por la cofradía de Nuestra Señora de la Soledad y las Angustias.

Institución a la que el vulgo enseguida conoció como la Inclusa.

Se le dio tal denominación porque un soldado trajo de Flandes una imagen de la Virgen de Enkhuizen, una ciudad holandesa de tan impronunciable nombre que los madrileños lo castellanizaron de prisa y corriendo como Inclusa antes de que la lengua se les trabara y pudieran morir ahogados.

Y a esa nueva casa de expósitos, cuando estaba a punto de cumplir los ocho años, fue llevado Luisillo.

En la Inclusa, la vida no era mala, sino peor.

Y no por la comida —Luisillo, muchos días, echaba de menos los pucheros de legumbres, el pan negro y el tocino o los despojos de carne que servían en el comedor de la institución—, ni porque se le obligara a aprenderse de memoria catecismos y oraciones, ni porque se le forzara a cantar en los entierros a cambio de una bolsa de maravedíes que inexcusablemente se embolsaban los cofrades, sino porque los expósitos dormían en una sala común en la que los piojos y las liendres campaban a sus anchas, eran sometidos a azotes y tundas por la más mínima falta de respeto o disciplina y, sobre todo, porque entre los curas que venían a impartir la doctrina o el catecismo a los niños había algunos a los que la carne joven de los expósitos les gustaba más que una capellanía.

En el caso particular de Luisillo, fue el páter Prudenciano, cura beneficiado de la iglesia de San Ginés de Arlés que también servía al aledaño hospital del Buen Suceso, quien se encaprichó del zagal.

Y, después de muchos arrumacos no correspondidos, una tarde de verano, cuando Luisillo se hallaba amodorrado en el patio de la Inclusa, el páter rijoso pretendió llevarlo bajo un olivo y hacer con el niño cosas que ni la Iglesia ni el rey ni la naturaleza permitían.

Mas se topó con que el mancebo era bravo y nada tenía de dócil y, en cuanto intentó meterle mano, se encontró el cura con una patada en la horcajadura propinada con tanta puntería que lo tuvo meando sangre más de una semana.

Luisillo, consciente de que le esperaban meses de somantas y de dieta a base de pan duro y agua por la agresión al clérigo, decidió huir de la Inclusa esa tarde de verano de 1573 y, desde entonces, más de cinco años ya, vivía en la calle, de lo que podía y le permitían: de limosnear, de hurtar y rapiñar, de ayudar a los arrieros que llegaban a la villa descargando sus sacos y talegos, de cargar mercancías de una tienda a otra o de limpiar patios y corrales cuando los dueños de los mesones no quedaban espantados de su mugre, pues apenas si podía lavarse en las fuentes públicas, menester prohibido a los indigentes por las pragmáticas del rey y los justicias de la corte.

Y también hacía recados cuando se terciaba.

Uno de ellos fue el que le encargaron dos sujetos a los que nunca había visto y que le demandaron que, a la medianoche del día 25 de septiembre, se personase en la casa del médico Francisco Velasco y lo convenciera de la necesidad de atender a un paciente en la calle del Factor.

Debiendo salir por piernas en cuanto se adentraran diez pasos en esa calle.

Y a cambio de ese mandado, le pagarían un real de a ocho, esto es, casi medio escudo de oro. Una fortuna para el rapaz.

—¿Puedo saber para qué desean vuestras mercedes que haga tal cosa? —inquirió el muchacho, suspicaz ante tanta generosidad por tan menudo encargo.

—¿Y a ti qué diablos te importa, mocoso?

Si tú no quieres hacerlo —dijo uno de los dos individuos, el único que abrió la boca ese día; ambos vestían de negro, con capa y sombreros de fieltro de ala ancha, y destilaban peligro a leguas—, diez arrapiezos como tú habrá que se peleen a navajazos por un real de a ocho, y sin preguntas, mentecato.

Comoquiera que, en efecto, un real de a ocho no se ganaba todos los días —era una fortuna, bastante para llenar la despensa de una familia durante una semana entera, pues daría para diez o doce hogazas de pan, veinte cuartillos de vino, más de diez libras de carne de vaca o carnero, un par de saquillos de legumbres, otro de carbón y aceite suficiente para el fogón y las velas—, Luisillo abandonó los remilgos y dijo que sí al pedido, y lo que pasó después ya lo saben vuestras mercedes: el crimen irresoluto del desdichado médico Francisco Velasco y Ulloa, a quien Dios tuviera en su gloria.

Porque en el del dominico Antón de Tudela nada tuvo el rapaz que ver, aunque, en cuanto supo de él, se le avivaron las sospechas de que los mismos matones pudieran estar relacionados con el homicidio del fray.

Sospechas en las que, por su propio bien, no quiso abundar en absoluto.

Pese al mandato recibido —correr por piernas y alejarse de allí en cuanto se adentrara en la calle del Factor—, Luisillo era de natural curioso, por lo que, una vez que se desarrimó de aquella calle, volvió a arrimarse al poco, y se asomó a la esquina con el tiempo justo para ver cómo los dos sujetos, con la mala sombra encima y caras de no haber salido de buen trato, apiolaban sin piedad al físico.

Cuando los dos bravoneles se hubieron ido, se acercó al hombre yerto en el suelo, acaso porque el remordimiento lo obligó a comprobar si aún podía hacer algo por el herido, pero resultó que ya era cadáver.

Leyó, con pavor y con harta dificultad, pues apenas sabía leer, el cedulón que habían prendido a su jubón: «Que lo sepa el rey, que aquí yace su cómplice».

Esa frase, además de ponerle los vellos de punta —tanto que ni seso tuvo para registrar el cuerpo y cepillarle la bolsa—, hizo que se apercibiera de que se había metido en un lance mucho más peligroso del que había supuesto.

Había dado por hecho que la intención de los dos facinerosos era afanar al médico, apalizarlo acaso si mediaban rencillas, y no darle de manera tan expedita un salvoconducto al infierno.

Así que, comoquiera que además de curioso era arriscado —tantos años de calle endurecían hasta la más endeble bragadura—, decidió que más le convenía saber cuanto pudiera de aquellos dos bravos que, tras haber victimado al pobre galeno, se marcharon de la escena, caminando con paso lento y como si no temieran a nada y nada hubiera pasado, por la calle del Arenal, paralela a la calle Mayor y en la que la del Factor desembocaba por su otra esquina.