Conjura contra el rey Felipe 23. LA AUDIENCIA A VILLAFAÑE
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23. LA AUDIENCIA A VILLAFAÑE

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Y lo grave era que, hasta el momento, y pese a las muchas horas invertidas, a las muchas leguas recorridas y a las muchas pesquisas realizadas, su éxito había sido tan escaso como la cosecha tras el granizo.

Pudo conocer que, antes de morir, el médico y el chiquillo que lo acompañaba habían sido vistos por una de las rondas de noche, que les habían preguntado la razón de su presencia en las calles a esas horas y que los habían dejado seguir su camino cuando el galeno Velasco justificó que se dirigía a atender una urgencia de salud.

Ninguno de los componentes de esa ronda de noche, ni los alguaciles ni los corchetes, pudo dar mejor descripción que la de la viuda Velasco sobre el mocoso que acompañaba al médico y que, según todo indicaba, había resultado ser un señuelo en la celada.

Y por la noche, por si acaso el zagal que buscaba era un huérfano sin techo, como suponía, rondaba —acompañado de dos alguaciles y seis corchetes, pues era la noche madrileña fuente de peligros y no convenía adentrarse solo en determinados sitios— por debajo de los puentes, por portales y zaguanes, despertando a puntapiés a quienes allí dormían, protegidos del frío de la noche de otoño; en los atrios de iglesias y conventos, pues allí solían refugiarse menesterosos y desvalidos, y en casas de misericordia y hospitales de pobres.

Hizo correr entre los niños de la calle la voz de que quien pudiera facilitar cualquier información sobre el mozo que buscaba sería recompensado con una buena bolsa, aunque, hasta la fecha, el ofrecimiento había caído en saco roto.

Sabía que, en la ley de la pillería, el silencio era oro fino y la delación, ruina segura, y que quien callaba vivía y que «quien vende a su par, pronto al verdugo va».

Y en lo que hacía al asesinato del dominico fray Antón de Tudela, no tenía ni el más pequeño hilo del que tirar.

Nadie había visto entrar ni salir a nadie sospechoso de la capilla del Obispo en la noche de autos.

Tomó declaración a los mozos del coro, entre ellos a los dos que habían sido los últimos en ver con vida al fray, a los capellanes y al organista, y ninguno sabía ni pío del asesinato.

Había estado en Santo Domingo el Real, e interrogado uno por uno a los frailes del cenobio, y nadie había observado mudanza alguna en las rutinas del pobre monje asesinado que pudiera arrojar alguna pista sobre los autores de su muerte.

In albis. Así estaba. Absolutamente en blanco.

Tantos días y todo para nada.

Era como buscar una aguja en un pajar.

Para colmo, Mateo Vázquez le había entregado una copia de los cedulones que se habían hallado sobre los cadáveres y explicado que el rey había recibido una carta anónima en la que se auspiciaban los crímenes.

Carta anónima en la que, Dios le valiera, se acusaba al buen rey de haber ordenado la muerte de su hijo el príncipe Carlos.

Muerte con la que las ahora acontecidas podían estar vinculadas, de forma tal que no se descartaba que algún otro de los cortesanos y gentilhombres que intervinieron en aquel triste episodio pudiera ser la nueva víctima de quien fuera que estuviese detrás de los homicidios.

Por lo que se le encargaba velar por su protección de forma discreta, a cuyo fin se le había hecho entrega de una relación con once nombres de personas —algún duque, algún marqués, muchos destacados caballeros servidores de palacio... — a las que debería salvaguardar.

Una auténtica locura.

Había conseguido que el corregidor —que se echaba a temblar cada vez que atisbaba a Villafañe— pusiera a su disposición a veinticinco alguaciles, la mitad de los cuales dedicó a la protección discreta de los caballeros de la lista, lo cual no impedía que cada mañana se levantara de la piltra con sudores fríos, temiendo que se le comunicara que cualquiera de ellos había aparecido apuñalado en mitad de la calle o flotando bocarriba en el Manzanares.

Y cada día, cuando acudía a la Casa de la Villa, donde radicaba la Sala de Alcaldes de Casa y Corte, a Villafañe se le ponían los pelos de punta al barruntar que allí pudiera hallarse con un rescripto de su majestad el rey decretando su cese o, Dios no lo quisiera, con dos alguaciles dispuestos a prenderlo por orden real, a la vista de su incompetencia rayana en la complicidad.

Se dijo que o tenía un golpe de suerte o le iba en su fracaso el cargo y el futuro, y a ver de qué vivían a partir de entonces su mujer y sus tres hijos.

Y aunque no confiaba mucho en la suerte, pues era de los que pensaba que la fortuna a los necios ama y a los sabios desama, y él, si algo no se consideraba, era un necio, rogó al cielo por que, por una vez, la diosa Fortuna posara sobre él sus ojos y lo cubriera con su azaroso manto.

Así estaban las cosas cuando fue convocado a su primera audiencia con el rey Felipe, recién regresado este de El Escorial.

***

Cristóbal Villafañe estaba apabullado. No era por la grandiosidad del alcázar, algunas de cuyas salas principales ya conocía; ni por la atmósfera de poder que se respiraba en la cámara del rey, atestada de papeles en muchos de los cuales se contenía el destino del mundo; ni por la tensión del momento, adobada por el recuerdo reciente de la sangre y de cadáveres acuchillados.

Era por la presencia imponente de Felipe, que todo parecía llenarlo; por su estampa majestuosa, revestido de negros terciopelos; por la intensidad de su mirada, ante la que entraban ganas de protegerse la piel, temiendo que pudiera quemarse bajo su escrutinio.

Felipe, que acababa de volver a Madrid desde el monasterio de San Lorenzo, lo miró un instante antes de hablar, con rigor, pero sin aspereza ni reproche, y señaló con un leve gesto el escabel que había delante de la mesa.

Tomaron ambos asiento. Aún no se habían dicho ni una palabra.

Las primeras las pronunció el alcalde, que dio el pésame al rey por la reciente y dolorosa pérdida de su hijo el príncipe Fernando.

—Decidme —dijo el rey, tras agradecer la condolencia— en qué estado se halla la causa, y no me ocultéis lo que aún no tiene respuesta, porque es eso, más que lo averiguado, si es que algo hay que se haya averiguado, lo que importa en este momento.

Villafañe se aclaró la voz, apretó los dientes para espantar los nervios y enseguida respondió, aunque sin precipitación; se veía que, antes de entrar, y a pesar de ese apabullamiento provocado por el lugar donde se hallaba y ante quién, había ordenado adecuadamente sus pensamientos y configurado mentalmente su exposición.

—Majestad, los dos crímenes están evidentemente relacionados y han sido cometidos por la misma mano.

La forma de su perpetración ha sido la misma: una puñalada certera y mortal en los medios del corazón; y en ambos casos, el autor o autores del crimen buscaban solo eso, la muerte de su víctima, y no sus pertenencias o su dinero.

En el caso del médico, se halló su bolsa intacta; y en el caso del fraile, en la capilla del Obispo había caudales y enseres valiosos que ni siquiera tocaron.

Y los cedulones con el símbolo extraño que se hallaron sobre ambos cuerpos...

En fin, señor, que no hay dudas de que ambos crímenes tenían un propósito muy concreto, que no era tanto segar las vidas de esos pobres infelices como mandar un mensaje a vuestra majestad.

Un mensaje de lo más siniestro, señor, si se me permite decirlo.

—Ambas víctimas, tanto el médico Velasco como el dominico Tudela, sirvieron a mi hijo, su alteza real el príncipe Carlos, en sus últimos momentos. Desde que fue... desde que fue arrestado.

—Se me ha puesto en antecedentes de tal circunstancia, señor. Como también de que habéis recibido una carta anónima.

Felipe sacó de su cajón secreto la epístola recibida de manos del arzobispo Quiroga y la empujó sobre la mesa hasta ponerla al alcance de Villafañe.

—Esta carta llegó hace días, sin firma ni indicación de origen. No quise entonces que nadie estuviera al tanto, para no dar lugar al escándalo, pero ahora no tengo más remedio que asumir que debéis conocerla para que nada se os oculte.

Villafañe la tomó y la leyó con detenimiento, sin apresurarse, como si en esas letras pudiera descubrir la identidad del asesino al que buscaba. Al terminar, permaneció un instante en silencio.

—¿Quién sabía que tanto el médico Velasco como fray Antón —preguntó al cabo— habían servido a vuestro augusto hijo? Porque quienquiera que sea el que les ha dado muerte conocía su servicio al príncipe.

Felipe no pudo contener un gesto de frustración.

—Decenas, cientos de personas, miles tal vez, yo qué sé —respondió con hastío—.

Yo mismo me hice esa pregunta en cuanto conocí de los crímenes, y no he sido capaz aún de saber cuántos criados servían en el alcázar cuando mi hijo murió.

Hay quien me dice que mil doscientos; hay quien eleva esa cifra casi hasta el doble.

Mayordomos, aposentadores, gentilhombres, ujieres, capellanes, confesores, frailes adscritos, cientos de cocineras y pinches en las cocinas reales, otros cientos de lacayos y mozos en las caballerizas, jardineros, oficiales de las secretarías...

¿Quiere vuestra merced que continúe? No, esa línea de investigación es inabordable y nos llevaría a un callejón sin salida.

—Tal vez, majestad —insinuó el juez, sabiendo que se adentraba en tierra resbaladiza— no haya que reparar en los oficios menores, pues ¿qué fuerza puede tener una lavandera o un palafrenero para organizar tan intrincada trama?

¿Y qué interés en poner en jaque a vuestra majestad?

No, señor. Yo me refería, y discúlpeme vuestra majestad, a personas de más alta alcurnia, a los nobles que le rodean, a sus gentilhombres de cámara...

Felipe contempló con más interés ahora a Villafañe. Antes lo había observado escrutándolo, como preguntándose si ese individuo de anodina apariencia estaba a la altura de la misión encomendada. Ahora lo examinó con más detenimiento, como diciéndose que la vista yerra donde el juicio no se detiene.

—¿Me está diciendo vuestra merced —preguntó el rey, y lo hizo no tanto para discutir su aserto como para probar a Villafañe, pues era consciente de que él compartía la misma sospecha— que son mis propios nobles quienes pueden estar detrás de la conspiración?

—Majestad —respondió el alcalde de Casa y Corte, sintiendo que un ejército de arañuelos correteaba por sus entrañas, pero diciéndose también que, si quería ganarse el respeto del rey, no era cuestión de recular y deshacer el camino recorrido—, no me atrevería a afirmar tanto sin prueba que lo sostenga, pero sí debo decir que quien obra con tal conocimiento de personas y circunstancias no parece ajeno a este mundo, ni se mueve en él como extraño.

No es cuestión de señalar nombres, sino de no descartar aquello que, por cercano, suele tenerse por improbable.

—¿Creéis, así pues —insistió el rey, extremadamente serio, sin apartar la vista de él, ahondando la probatura—, que debemos mirar hacia dentro de la corte?

¿Qué debo investigar a cada uno de mis nobles?

¿A mi mayordomo mayor, a mi sumiller de corps, a mi caballerizo mayor, a mis gentilhombres de cámara... ? ¿Eso creéis?

—Majestad —repuso Villafañe, intentando contener los temblores de la voz y diciéndose que ya no tenía sentido desdecirse y, convencido de que Felipe lo iba a mandar detener en ese mismo instante, que más le valía mostrar algo de dignidad en la catástrofe—, debemos mirar hacia donde los hechos nos llevan, sin excluir nada por respeto ni incluirlo por sospecha.

Solo os digo lo que mi experiencia como justicia mayor me dicta.

Se hizo en la cámara un silencio de liturgia. Lo quebró Felipe al fin, asintiendo, y relajando la tensión de sus facciones.

—Lleváis razón, señor Villafañe —reconoció—.

Sois hombre cabal y no ha errado mi secretario Vázquez al elegiros para esta encomienda.

De hecho, mi hermano don Juan de Austria, antes de morir, recibió una carta con el mismo símbolo.

Y ningún talabartero de palacio puede hacer que una carta como esa aparezca en Namur.

Sí, lo que decís es razonable, y yo ya lo había tenido en cuenta.

Pero no puedo permitir que la sospecha invada palacio y que el servicio del reino se vea afectado.

Pero no caerá en saco roto vuestra sugerencia.

Seré yo mismo quien, sin dar motivo a inquietud ni levantar sospechas, observe y mida la conducta de aquellos que me son más próximos, porque nadie los conoce mejor que yo, ni a nadie corresponde con más propiedad distinguir entre la lealtad que se mantiene y la que solo se aparenta.

Villafañe suspiró ruidosamente, con alivio. Iba a seguir libre y en su cargo, por lo que se veía. Esbozó una ligera y breve sonrisa de disculpa.

—¿Qué queréis de mí, pues, majestad?

—Que hagáis vuestro oficio, Villafañe, y que lo hagáis sin apartaros de lo que ya venís haciendo.

Seguid el rastro de los hechos allí donde os lleve, atended a las personas, a los lugares y a los tiempos, y no deis por cierto nada que no podáis sostener.

No necesito conjeturas, sino indicios que resistan ser mirados con lupa.

—Se inclinó ligeramente hacia la mesa, apoyando la mano sobre los papeles que tenía delante—.

Deteneos en la vida reciente de los muertos, en lo que hicieron en los días previos, en quiénes los vieron y quiénes pudieron acercarse a ellos sin levantar sospecha.

Tal vez así daréis con la persona que se encuentra en la intersección de ambos caminos.

—Guardó un breve silencio antes de añadir, con un matiz más firme—: Y, sobre todo, no permitáis que la causa se diluya en diligencias que no conduzcan a nada.

Proceded con orden pero sin demora. Lo que se tarde en esclarecer esto puede dar lugar a que se repita.

Villafañe inclinó la cabeza.

—Así se hará, majestad.

El rey asintió levemente, dando por concluida la audiencia.

—Dadme cuenta de lo que vayáis hallando, de todo aquello que sea relevante para el curso de la investigación. Y si en algún punto entendéis que se requiere decisión que no os corresponde, venid a mí sin esperar a que os sea pedido.

—Sí, majestad, por supuesto. —Y como vio que el rey se proponía despedirlo, añadió—: ¿Puedo haceros una última pregunta, señor?

—Decid.

—El símbolo que aparece en la carta y en los cedulones, ¿habéis conseguido saber qué significa?

El rey dudó, pero solo el tiempo de dos granos de arena.

—Sí, es el símbolo de Saturno.

—¿Saturno? Pero...

—El dios Cronos de los griegos, el Devorador, el que mataba a sus propios hijos.

—Dios mío —no pudo evitar la exclamación Villafañe antes de levantarse y, tras una reverencia, abandonar la cámara de su majestad.