22. EL DOMINICO ANTÓN DE TUDELA #2
No preguntó nada. No intentó justificarse, hacer ver que su vida no valía ni el simple gesto de empuñar la espada.
No impetró misericordia. Tampoco hizo ademán de apartarse cuando comprendió lo que iba a suceder, como si aquella certeza no le sorprendiera del todo.
Bajó la cabeza un instante, no en gesto de miedo, sino de recogimiento, y sus labios se movieron apenas, sin voz al principio, hasta que, en un susurro que apenas alcanzaba a sostenerse, dijo:
— In manus tuas, Domine, commendo spiritum meum .
No añadió nada más. No buscó tiempo ni explicación. Se limitó a permanecer así, con una quietud que no era solo resignación, sino algo más próximo a la aceptación de quien entiende que hay momentos que no se rehúyen, sino que se asumen y se hacen propios.
La segunda figura, el hombre siniestro de los ojos de muerte, sacó de su cinto una daga afilada, cuya hoja relumbró en la claridad escasa del humilladero.
—Señor —se oyó musitar a fray Antón—, si he de dar cuenta, sea ahora, que no tengo ya más que ofrecer que lo que soy.
Y recibió la cuchillada sin un solo quejido. Fue no solo por la aceptación de su muerte, sino por la inmediatez de esta, pues la hoja le había entrado por el corazón, cercenándolo por completo.
Al instante, el hombre extendió la mano sin palabras y su secuaz depositó sobre ella un papelote que sacó del bolsillo de su jubón. Lo enganchó después en el cuerpo yerto de fray Antón de Tudela, prendiéndolo en el cordón blanco que ataba el hábito.
Que lo sepa el rey Que aquí yace su cómplice ♄
Luego, ambos hombres, cumplida su macabra misión, abandonaron velozmente la capilla del Obispo y se perdieron en la noche negra de la villa y corte.
***
El cuerpo de fray Antón de Tudela no fue hallado hasta la mañana siguiente, cuando el capellán de día llegó a la capilla poco después de laudes.
Espantado, dio aviso a la ronda, y en cuanto los alguaciles vieron prendido al hábito del dominico un cedulón con las mismas palabras, o parecidas, que las escritas en el que se había hallado en el cuerpo del médico Velasco en la calle del Factor —a pesar de las órdenes para que no trascendiera el contenido del papelote hallado entonces, era imposible que permaneciera en secreto durante mucho tiempo tan trágico hallazgo—, comunicaron la nueva al corregidor, que de inmediato, y esta vez sin gazmoñerías, dio parte, por medio de un mensajero que viajó al galope hasta El Escorial, del nuevo crimen al secretario real Mateo Vázquez de Leca.
Felipe se hallaba en su despacho del monasterio, inclinado sobre los papeles que nunca parecían agotarse, cuando Vázquez, tras pedir licencia, entró en la estancia con un semblante que no necesitaba palabras para anunciar que lo que traía consigo no era asunto ni leve ni menor.
Alzó la vista con esa parsimonia que en él no era lentitud, sino dominio, y aguardó sin hablar, como si obligara al tiempo a ordenarse antes de que se pronunciara la primera palabra.
Mateo Vázquez, con la voz llena de compostura pero al mismo tiempo tomada por un leve temblor, expuso lo sucedido: el hallazgo del cadáver de un fraile dominico en la capilla del Obispo con un cedulón idéntico al descubierto sobre el médico Velasco, sin que existiera ni el más mínimo indicio de quiénes podían haber sido su autor o autores.
—Ni aquí me dejan en paz, Mateo —dijo el rey, apesadumbrado—. Hasta aquí llegan los ecos de la muerte. Ni siquiera se respeta la paz del monasterio.
Mateo Vázquez no replicó. No había lugar para ello, se limitó a poner en conocimiento del rey los detalles del crimen, las circunstancias en que el cuerpo se había encontrado, que no admitían duda sobre la violencia de su muerte y con señales que hacían temer que no se trataba de un hecho aislado ni de un homicidio vulgar.
Lejos de ello, todo indicaba que era uno de los crímenes que se anunciaban en la carta anónima, el segundo de un reguero que nadie sabía hasta dónde iba a extenderse.
—El muerto, majestad —aclaró el secretario—, es fray Antón de Tudela. Un fraile dominico. Si no yerro, pertenecía a la capilla de vuestro hijo el príncipe Carlos.
El rey no interrumpió ni hizo gesto alguno que delatara sorpresa o inquietud; tan solo, en un instante apenas perceptible, sus dedos dejaron de moverse sobre el papel que tenía delante y se agarrotaron, estrujándolo y arrugándolo, como si aquella noticia hubiera introducido una grieta profundísima en el orden que gobernaba su pensamiento.
—Fray Antón de Tudela... —musitó, con la voz en un hilo—. Sí, lo recuerdo bien, es el fraile que estuvo aquella noche, la noche del arresto de mi hijo, en sus aposentos, y quien lo asistió espiritualmente hasta su muerte.
—No falta nada en la capilla de Obispo, majestad —prosiguió Mateo—. El arca con el dinero está intacta y no se han llevado ninguno de los objetos litúrgicos. Y los había, y muy valiosos, en la capilla. No ha sido un robo, señor.
Felipe, conmocionado, negó con la cabeza. Estuvo un rato en silencio. Pareció hacer ademán de ir a hablar, pero fue como si no le brotaran las palabras, como si tuviera la garganta seca y las cuerdas vocales se le hubiesen destensado y perdido su timbre.
—No ha sido un robo, claro que no —logró decir al cabo—. Ha sido la segunda de las muertes que se anunciaban en la carta. Primero el médico; ahora, el fray. ¿Quién vendrá después, Mateo?
El secretario no respondió. Era una pregunta que no exigía contestación.
—Muchos de vuestros criados, majestad —dijo en cambio—, que entonces, en aquella noche trágica de hace diez años, os acompañaron, viven aún. No sé si sería conveniente darles aviso de lo que está ocurriendo, señor. Para que puedan proteger sus personas y casas.
Felipe no respondió de inmediato. Permaneció unos instantes con la vista fija en Mateo Vázquez, calibrando las consecuencias de cualquiera de las decisiones que al respecto pudiera adoptar. Cuando habló, lo hizo con la voz preñada por la emoción, pero con una firmeza que no admitía discusión.
—No ignoro el riesgo que corren algunos de los que intervinieron en aquellos hechos trágicos y que aún viven.
Pienso en Diego de Acuña, en Pedro Manuel de Manrique, en Rodrigo de Mendoza, que aún están entre nosotros.
Otros, como mi añorado Ruy Gómez o el duque de Feria Gómez Suárez de Figueroa, nada han de temer, pues nos dejaron tiempo ha.
Y sí, no me es indiferente la suerte que puedan correr esos caballeros, pero hay ocasiones en que el remedio, por bien intencionado que sea, puede causar un daño mayor que el mal que se pretende evitar.
Dar aviso explícito a todos ellos, de la manera que vuestra merced sugiere, haría público, aunque no se quisiera, que existe una conexión entre lo ocurrido entonces y lo que ahora sucede, y las consecuencias para el reino pueden ser nefastas. No, hay que ser prudentes.
Se detuvo un momento antes de continuar, como si quisiera dejar asentado el peso de lo que iba a decir.
—El gobierno no se ejerce solo atendiendo a lo que es justo en sí mismo, sino también a lo que conviene al mantenimiento del orden, y en este caso ambas cosas no discurren por el mismo camino.
Reconozco que, si un nuevo crimen llegara a cometerse, no me será ajeno en conciencia el no haber prevenido a quien sea su víctima, pero también pesaría sobre mi conciencia el haber contribuido, por precipitación, a encender un rumor que pusiera en entredicho decisiones que en su día se tomaron por razón de Estado.
Concluyó diciendo que no se daría aviso general, ni se permitiría que la inquietud se propagase por la corte, pero ordenó que se extremase la vigilancia sobre aquellos que pudieran hallarse en mayor riesgo, sin que ellos mismos tuvieran noticia de ello, y que se confiaba a Cristóbal Villafañe no solo la averiguación de lo sucedido, sino la prevención de lo que aún pudiera suceder.
—Prefiero —añadió, bajando ligeramente la voz— cargar para siempre con el peso de una decisión difícil antes que dejar que el desorden se adueñe de aquello que estoy obligado a guardar.
Por último, mandó que se hiciera saber a Villafañe que deseaba ser informado de cada paso de la investigación, no en sus pormenores inútiles, sino en aquello que tocara al fondo del asunto, y que no toleraría que el proceso se perdiera en formalidades que, siendo necesarias en otros casos, en este solo servirían para dar tiempo a quien no debía tenerlo.
—Y haced saber al alcalde Cristóbal Villafañe —concluyó, ya más clara la voz— que, desde este momento, la causa queda reservada a mi conocimiento directo, y que no habrá de dar cuenta de lo que en ella se actúe a nadie sino a mí, sin intermediarios ni relación alguna que pudiera desviar o diluir lo sustancial de la investigación.
Se le concederá audiencia a este fin cada vez que sea preciso, en cuanto regrese a Madrid.
No se trata —añadió— de limitar su juicio, sino de asegurar que todo cuanto se averigüe y se disponga responda a una sola dirección y no quede expuesto a voces o intereses que no deben tener parte en este negocio.
—Carraspeó brevemente—. Y hágasele saber al fin que espero de él no solo diligencia en la averiguación, sino juicio en la prevención, y que en este punto habrá de mostrar tanto acierto como rigor, pues la confianza no dispensa de la obligación de responder con prontitud y sin reserva a quien tiene sobre sí la carga última de todo lo que en el reino sucede.