22. EL DOMINICO ANTÓN DE TUDELA
E L DOMINICO A NTÓN DE T UDELA
Gutierre de Vargas, al tiempo de la remodelación del edificio, ordenó que fuera servido por ocho capellanes, los sacristanes mayor y menor, el organista y seis muchachos de coro.
Se habían de celebrar cinco misas cada semana en conmemoración de los padres, de los descendientes y del propio fundador, por quienes además rezarían un responso en medio de la capilla, sin realizar colecta ni conmemoración alguna por otros difuntos.
Uno de los capellanes era el dominico fray Antón de Tudela.
Nacido prácticamente con el siglo, era un hombre de edad provecta y fama de rectitud, modestia y sencillez, pues, al contrario que muchos clérigos de la época, ganados por la soberbia, la lujuria o la codicia, no ambicionaba más que la paz del cenobio, la solemnidad de la misa y la cercanía del Santísimo.
No ignoraba el mundo en que vivía. Sabía, como todos, de clérigos que buscaban el favor de los poderosos, de beneficios acumulados y de vidas menos recogidas de lo que la regla mandaba.
Pero en él no había rastro de escándalo ni de otros anhelos que no fueran los del espíritu.
Más bien una aceptación resignada de cómo era el mundo actual, como quien ha decidido hace tiempo el lugar en que ha de estar y no encuentra motivo para abandonarlo.
Y no era que hubiera sido un cualquiera.
Había estado muy cerca del poder y sabía de sus cosas buenas y de sus cosas malas, y no añoraba ni las unas ni las otras.
Había formado parte de la capilla del príncipe Carlos, y había vivido con cercanía su desdicha y su muerte.
La noche de su apresamiento había sido requerido por Ruy Gómez de Silva para que, en unión del médico Francisco Velasco, estuviera en las proximidades de la alcoba del príncipe por si se necesitaba su auxilio espiritual y, una vez que, ejecutado su arresto, Carlos quedó confinado en su dormitorio, se les encomendó que accedieran a él e intentaran calmarlo, cada uno en su oficio, para que aceptara su nueva realidad.
Velasco lo intentó con mixturas que Carlos rechazó acaloradamente, gritando que su padre lo quería envenenar, y fray Antón de Tudela con exhortaciones a la paciencia y a la obediencia que el príncipe igualmente rehusó, despreciando sus consejos de que solo mostrando una resignación cristiana y una sumisión filial podría conseguir que su padre el rey mudara sus designios.
Desde entonces, había asistido espiritualmente a Carlos, primero en su alcoba y luego en la torre vieja, en donde su padre lo enclaustró temiendo que pudiera escapar de sus aposentos.
Recordaba aquellos días de 1568 como los más duros de su vida, viendo cómo un alma joven y destinada a tener el mundo a sus pies era pervertida por la vesania y la enfermedad, convirtiendo en un triste muñeco de trapo a quien estaba predestinado a ceñir la corona de los dos mundos.
Entendió, sí, la decisión de Felipe, aunque ese entendimiento le causaba un profundo dolor, mas nunca dijo nada.
Tras la muerte de Carlos, innecesarios ya sus servicios en la capilla de un príncipe muerto, había abandonado el alcázar y regresado al convento de Santo Domingo el Real, ubicado no lejos del castillo, en una parte de la villa donde el tránsito era menor y el ruido de la corte llegaba ya amortiguado, como si el lugar hubiera sido elegido para apartarse sin alejarse del todo.
Se reintegró a la vida común en el cenobio sin pretensión alguna de distinguirse.
Buscaba solo vivir los últimos años de su vida, que Dios le estaba haciendo inusualmente larga, en la paz del convento, lejos de las intrigas de palacio y los manejos cortesanos.
Su humildad y bondad innatas le supusieron que todos dieran por hecho en el claustro que no era hombre para encargos notables ni para responsabilidades que lo devolvieran al trato con quienes medían cada palabra por su utilidad, y eso le vino bien. Él no quería problemas ni chanchullos.
Fray Antón era hombre que ya había pasado por donde otros comenzaban a transitar.
Solo quería andar de forma reposada los últimos trechos del camino, buscando en la quietud del convento lo que no había hallado en la agitación del alcázar.
Había estado demasiado cerca del poder y el poder lo había aplastado con mano inmisericorde.
Ver cómo un padre ponía al reino por encima de su propio hijo, aun cuando comprendiera sus razones, había devastado su espíritu, más hecho a la contemplación que a las duras exigencias del gobierno de los hombres, y le había enseñado que hay decisiones que pueden sostener un reino y, al mismo tiempo, quebrar para siempre a quien se ve obligado a mirarlas de cerca.
En Santo Domingo, se mantuvo en las faenas más sencillas, se ocupaba del huerto, ayudaba en la cocina, preparaba los rezos diarios, leía los salmos en el refectorio, asistía en el coro, acompañaba a frailes enfermos, auxiliaba a moribundos, siempre con una sonrisa, ya desdentada, y la alegría que nace de la falta de ambición.
Durante un tiempo fue destinado como capellán en algunos conventos de monjas de la villa, oficios discretos que aceptó sin reparo y que desempeñó sin dejar memoria, atendiendo confesiones, diciendo misa y sosteniendo con paciencia una rutina que no exigía de él más que presencia y constancia.
Aquella vida, apartada y sin relieve, acabó por situarlo en ese lugar intermedio que ocupan quienes no molestan ni tienen pretensiones, y fue desde ahí, sin que mediara solicitud ni insistencia alguna, como se dispuso su nombramiento como capellán de la capilla del Obispo, tras el fallecimiento de un hermano dominico que ocupaba una de las capellanías.
Allí encontró un destino acorde a su condición: servir, callar y no dejar tras de sí más huella que la del cumplimiento.
Bajito, arrugado, de sonrisa fácil y mirada llena de bondad y bonhomía, sus rutinas eran invariables: del cenobio a la capilla y de la capilla al cenobio.
Vivía voluntariamente alejado del mundo, sordo a sus ruidos y a sus sonerías; ni siquiera sabía que el médico Francisco Velasco, aquel que compartió con él los últimos meses de vida del príncipe Carlos, había sido asesinado.
Tampoco hubiera cambiado nada de haberlo sabido: ni se le pasaba por el pensamiento que alguien pudiera desearle el mal.
A él, que no era más que un fraile sin nombre fuera de los muros que habitaba, ajeno a intrigas y a intereses, y que había aprendido a no esperar nada de los hombres para no tener que temerles.
Esa noche de otoño, víspera de la festividad de San Severino de Colonia, había celebrado el nocturno de difuntos en la capilla del Obispo, había despedido a los dos mozos de coro que lo habían ayudado en la ceremonia y, como cada noche hacía, se había quedado solo en el oratorio, cuidando de que, como las constituciones de este ordenaban, siempre hubiera dos lámparas encendidas delante del Santísimo.
Se aseguró luego de que estuviese bien cerrada el arca con dos compartimentos, uno para las bulas y escrituras fundacionales y otro para el dinero, que estaba emplazada en uno de los cuartos que daban a la sala que servía de capítulo, y se arrodilló ante el altar para rezar, en la soledad que tanto amaba, las últimas preces del día antes de regresar a Santo Domingo.
Terminadas sus oraciones, se dispuso a levantarse con gran esfuerzo, pues le dolía cada hueso del cuerpo cuando estaba un rato arrodillado, y escuchó que las campanas de San Andrés anunciaban las completas.
Fue entonces cuando oyó un ruido fuerte, el de alguien llamando al portón de la capilla, y no con los nudillos sino con algo más pesado, el pomo de una espada tal vez, aunque fray Antón no relacionó el sonido con arma alguna.
—¿Quién va? —preguntó con su voz ronca de tantas misas.
—¡Vengo en súplica de confesión, padre! —dijo una voz desde fuera.
—¿A estas horas, hijo mío?
—¡La contrición no sabe de horas, páter!
—Voy, voy, está bien. Enseguida te abro, hijo.
Abrió trabajosamente el portalón y vio que dos figuras sombrías se recortaban en la claridad mortecina del lubricán.
—A la paz de Dios, hijos —saludó, absolutamente ajeno a todo peligro.
No recibió respuesta a su salutación. En completo silencio, solo roto por el metal chasqueando en los tahalíes, las dos figuras se adentraron en la capilla y cerraron el portón a sus espaldas.
—¿Fray Antón de Tudela?
El dominico miró al que había hablado. Distinguió sus ojos, iluminados ahora por los velones que alumbraban el Santísimo, y vio en ellos disturbio y la turbidez que proporciona el exceso con el vino.
Llevó luego sus ojos a los de la segunda figura, negros y profundos como fosa recién cavada, y en ellos no vio desorden ni confusión, sino una quietud lóbrega y tan absoluta que no parecía propia de los vivos, como si en aquella mirada no quedara ya lugar para la contemplación, ni para el temor, sino solo la presencia muda y definitiva de la muerte.
Y fray Antón de Tudela supo entonces, como se saben las cosas ciertas, que era llegada la hora de su fin.
No sintió miedo, tan solo la tensión de la espera. Si acaso, rogó por que la muerte no le fuera dolorosa.
—¿Fray Antón de Tudela? —repitió el primer hombre.
No le salieron las palabras, sino que se limitó a asentir con su cabeza en la que la tonsura se había extendido como mancha de aceite.
—¿De la capilla del príncipe Carlos?
Y asintió de nuevo, inocente por completo.
Pero sabía el fin de esas interrogaciones.