Conjura contra el rey Felipe 21. EL BIBLIOTECARIO DE EL ESCORIAL #2
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21. EL BIBLIOTECARIO DE EL ESCORIAL #2

—No lo sé. Don Juan de Herrera, a quien también le comenté el asunto, pensaba que era el dios.

Saturno, como bien sabéis, en la mitología griega era Cronos, y ya conocéis su historia.

El paralelismo está claro. Cronos fagocitaba a sus hijos.

A mí se me acusa de dar muerte al mío, al príncipe Carlos.

Volvió a guardar silencio el bibliotecario, caviloso.

—¿Leéis con frecuencia el Prognosticon ? —inquirió luego.

—¿El Prognosticon ? ¿El horóscopo que me elaboró el médico Matías Haco?

—En efecto. Me lo disteis a leer, ¿recordáis?, pidiendo mi criterio.

—Sí, lo recuerdo, pero ¿por qué lo preguntáis?

—Haco, en su vaticinio, apuntaba las influencias que el planeta Saturno tendría para vuestra majestad a lo largo de toda su vida.

«Júpiter es el dominante de esta figura natal u horóscopo.

Saturno es partícipe», decía, ¿recordáis?

Y añadía que el nativo tendría muchos enemigos y discordias.

«De Saturno recibirá la frialdad y la aridez», afirmaba.

—Sí, lo recuerdo. Buena memoria tenéis.

—Cada vez más frágil, majestad. Cuando más la necesito, para esta formidable tarea que me habéis encomendado. Pero, en fin... Ya sabéis lo que dice el refranero castellano: la memoria es como el mal amigo; cuando más falta te hace, te falla. Pero sí, recuerdo bien aquel libro de Matías Haco.

—¿Pensáis, pues, que el autor de la carta de que os he hablado y del símbolo se refería al planeta y no al dios?

—No lo sé, majestad. Puede que sean las dos cosas a la vez.

Que se os acuse de ser Cronos, el Devorador, y, al mismo tiempo, que se haga referencia al planeta Saturno.

No es este un signo elegido al azar. Saturno, en la tradición antigua y en la astrología, está ligado a la melancolía, al juicio severo, al paso implacable del tiempo, a la caída de quienes han alcanzado la cumbre. Es una imagen cargada de sentido.

—Lo sé —respondió el rey—, y precisamente por eso me inquieta, porque no me habla tanto como un acérrimo enemigo, aunque probablemente lo sea, sino como alguien que pretende advertirme, o quizá juzgarme, desde una altura moral que no sé si le corresponde.

—Si solo hubiese querido advertiros, majestad, ¿para qué tanto artificio? Bastaría con palabras claras y directas.

—Es una amenaza, pues.

—Lo es, señor. Una amenaza tal vez no física en lo que a vuestra majestad respecta, pero sí se pretende atentar contra vuestro honor, contra vuestro nombre, contra vuestra casa, majestad.

—Contra mi reputación —añadió Felipe, con cierto abatimiento—, que es como el cristal, cuyos pedazos jamás pueden ser de nuevo unidos si se quiebra.

—Así es, majestad —asintió el polímata—. Pero no lo hace solo por capricho o por pura maldad, sino con un propósito. Pretende que no podáis alcanzar una meta, lograr un objetivo. Frustrar vuestro deseo, en suma. Ese es el fin que sospecho en esa carta y en ese símbolo. Excluiros de algo.

—Excluirme de algo... —repitió el rey en voz baja, como si probara el peso de las palabras antes de aceptarlas—. Pero ¿de qué, exactamente, padre Arias?

—Pensad, majestad, cuáles son vuestros propósitos, y tal vez por ahí descubráis al autor de la carta.

—Mis propósitos... —volvió a repetir Felipe, meditabundo—.

Sí, porque reinar sin un propósito es cosa pueril, claro está.

¿A qué aspiro? —Y pareciera que hablase más para sí que para su interlocutor—.

A la unidad de la fe, pues preferiría perder todos mis estados y cien vidas que ser señor de herejes.

A conservar lo heredado de mi padre el emperador, pues sería pecado divino perder un solo palmo de los dominios que me fueron legados.

Al buen gobierno, a la paz interna, a la justicia real...

—Buscad, pues, en el camino a esas metas y a esos ideales, y tal vez encontréis ahí a vuestro enemigo.

Quien sea que os mortifica, se encuentra en ese camino, sembrándolo de cizaña, de desconfianza, obligándoos a mirar a vuestro alrededor con recelo y a volver sobre actos pasados como si aún estuvieran abiertos.

Felipe apoyó una mano en el borde de la mesa.

—Eso es lo que ha logrado, reverencia. Desde que leí esa carta, no he dejado de repasar decisiones que tomé creyendo servir al bien del reino, preguntándome si en algún momento el silencio, la prudencia o la necesidad no se confundieron con la injusticia.

Sin ir más lejos, lo que ocurrió con mi pobre hijo Carlos...

—Mirad también en las decisiones que os obligará a tomar el futuro, pues conjeturo que la amenaza se ha vertido en razón a una decisión no tomada.

—¿Y cómo puedo prever las decisiones que tomaré mañana?

—El futuro, majestad, no es sino consecuencia del pasado y del presente. Nada hay que vaya a pasar que no hunda su raíz en un tiempo pretérito.

—¿Qué me aconsejáis, pues?

—Que no dejéis que una voz anónima gobierne vuestro ánimo —respondió con suavidad Arias Montano—.

Haced lo que tengáis que hacer, pero mirad en el pasado y a vuestro alrededor.

Revisad lo que deba revisarse, corregid lo que pueda corregirse, y seguid obrando conforme a vuestra conciencia y a vuestra fe, sin permitir que el miedo se convierta en consejero.

El rey asintió despacio.

—No buscaba consuelo al hablaros de esto, sino claridad. Necesitaba oír una voz que no naciera del temor ni de la intriga.

—Si os he servido en eso, majestad, me doy por satisfecho —dijo el humanista.

Y en el silencio que siguió, entre libros aún sin ordenar y muros incompletos, ambos comprendieron que aquella carta, aunque anónima, había dejado ya una huella difícil de borrar.