21. EL BIBLIOTECARIO DE EL ESCORIAL
E L BIBLIOTECARIO DE E L E SCORIAL
En El Escorial, durante los primeros días de su apartamiento del mundo, Felipe pasó las horas como un monje de clausura, dedicado a la oración, a la meditación, a la lectura de textos bíblicos y religiosos.
Y a llorar la muerte de su heredero cuando nadie lo veía y cuando el rey de España podía comportarse como un padre postrado por la aflicción.
Pasó casi todos esos días alejado cuanto pudo de las cosas del gobierno, atendiendo a duras penas los asuntos indemorables que sus secretarios y oficiales le presentaban, sumido en un silencio casi absoluto, apenas quebrado para consolar a la reina y a las infantas, comidas también por la pena.
En especial, la hija mayor del rey, la infanta Isabel Clara Eugenia, ojito derecho de Felipe, para quien la muerte de su hermanito había sido un golpe devastador.
Aquel edificio era su fe levantada en granito, su memoria futura, su desafío al tiempo, pero también le recordaba que él mismo era pasajero, que quizá no llegaría a verlo concluido del todo.
Mientras avanzaba entre patios abiertos al cielo y corredores todavía sin puertas, comprendía que estaba construyendo algo que lo sobreviviría, y esa certeza, lejos de consolarlo, lo llenaba de melancolía, como si cada piedra colocada fuese al mismo tiempo una afirmación de su poder y un anuncio silencioso de su fin.
Cuando no estaba contemplando las obras o rezando, y cuando su mente no estaba ocupada por los recientes acontecimientos vividos en Madrid tras la recepción de la carta anónima, Felipe pasaba gran parte del tiempo entre los libros.
En estos días, la gran sala de la biblioteca —la galería larga y elevada que Herrera había proyectado— ya estaba estructuralmente erigida: muros, bóvedas y ventanales principales estaban en pie, pero muchos acabados interiores aún no estaban terminados.
Las pinturas del techo, los suelos definitivos y parte del mobiliario todavía no se habían completado.
En algunas zonas seguían trabajando albañiles, carpinteros y yeseros, lo que obligaba a proteger los libros del polvo y de la humedad, razón por la cual una parte importante de los volúmenes no se encontraba en la sala definitiva, sino repartida en dependencias provisionales del monasterio: en salas cercanas a la biblioteca, en cámaras interiores del palacio, en estancias acondicionadas como depósitos y en armarios cerrados en dependencias monásticas.
Entre unas y otras deambulaba Felipe cuando su espíritu quería serenarse con lecturas sagradas.
En la mañana de ese día, se acercó a la sala adyacente a la principal en obras, buscando una lectura que lo apaciguara.
Allí, desde cierta distancia, observó a Arias Montano en su diario trabajo: recibir libros procedentes de Italia, Flandes, Alemania o del propio alcázar de Madrid, revisarlos, clasificarlos por materias, lenguas y procedencias, anotar su contenido y decidir su futura colocación.
No había ejemplar que llegara a El Escorial que no pasara primero por sus manos antes de ir a parar a su estante definitivo.
Aunque desde hacía doce años estaban llegando obras para la futura biblioteca, todo estaba en la más absoluta provisionalidad.
En 1565 comenzaron a recibir libros y se fueron depositando en el «monasterio de prestado», en la villa de El Escorial donde moraba la primera comunidad jerónima, en el edificio de la finca de la Fresneda y en algunas celdas de monjes.
Nueve meses antes de que Montano ocupase su cargo en San Lorenzo el Real, el guardajoyas de su majestad, Hernando de Bribiesca, había hecho entrega de cuatro mil quinientos cuarenta y seis volúmenes —impresos y manuscritos— donados por Felipe.
Desde entonces, otros varios miles de libros habían llegado desde todos los puntos del imperio para formar parte de la librería de San Lorenzo el Real.
Benito Arias Montano, de familia hidalga y cristiana vieja aunque empobrecida, licenciado en Teología y en saberes hebraicos por la Universidad de Alcalá de Henares, con conocimientos de medicina, filosofía y lenguas clásicas y semíticas, había sido ordenado sacerdote en la Orden de Santiago y elegido para integrar la delegación española presente en el Concilio de Trento, donde tuvo una meritoria intervención con dos discursos sobre el divorcio y sobre la comunión bajo las dos especies.
De regreso en España, fue nombrado capellán del rey, percibiendo una pensión anual por sus servicios a la Iglesia y a la Corona.
Diez años atrás, en 1568, había recibido el que hasta entonces era el encargo más importante de su vida: ser en Amberes el supervisor real de la nueva Biblia políglota en cinco lenguas que desde hacía unos años estaba elaborando un grupo de eruditos franceses y flamencos.
En 1576, a su regreso a España tras ocho densos años de estancia en los Países Bajos, el rey Felipe lo había nombrado bibliotecario de El Escorial.
Y allí estaba, dedicado a la ciclópea tarea de elaborar la lista de todos los manuscritos existentes, inventariar los libros impresos y decidir qué nuevas obras se habrían de adquirir para los fondos escurialenses.
Arias Montano, se dijo Felipe viéndolo cómo trabajaba sin prestar atención a nada que no fuera el manuscrito que en esos instantes tenía entre las manos, era uno de esos hombres en quienes el saber no se acumulaba como un adorno, sino como un soplo vital.
Humanista por vocación y polímata por naturaleza, transitaba con la misma soltura por las lenguas antiguas que por la teología, la historia, la filología, la ciencia natural o la exégesis bíblica, sin alarde ni afectación, como si cada disciplina fuese una estancia más de una misma casa espiritual.
Un día, en una de sus conversaciones, le había dicho a Felipe que leía el hebreo, el griego y el latín buscando no la erudición, sino para comprender mejor el mundo y a Dios, y le había comentado que veía en cada manuscrito no solo un texto, sino una voz del pasado que merecía ser escuchada con respeto.
En El Escorial, rodeado de códices y legajos, trabajaba con una paciencia casi monástica, convencido de que ordenar el saber era una forma de servir al reino y a la fe, y de que solo desde la armonía entre razón, estudio y conciencia podía construirse una verdadera grandeza.
En ese instante, Felipe recordó que Arias le había comentado su propósito de crear, en la biblioteca del monasterio, divisiones especiales dedicadas a la astrología, a la adivinación, a la alquimia y al ars memorativa .
Y el rey no se opuso, sino que, muy al contrario, lo animó en su día.
Quería que la biblioteca de El Escorial nada tuviera que envidiar a la de Alejandría.
Si no en cantidad de libros y papiros, sí al menos en calidad y en el abrazo de todas las disciplinas.
Y en ese preciso momento, de forma irreflexiva —algo insólito en Felipe, que masticaba cada decisión como si fuese un mendrugo entestecido: las decisiones pasaban por su mente como un pan duro que debía ser masticado durante horas antes de poder ser deglutido—, tomó una decisión.
Se acercó al bibliotecario y llamó su atención con un saludo.
—Ah, majestad —dijo Arias, sobresaltado—. No os había visto llegar.
Benito Arias Montano, de cincuenta y un años de edad —había nacido en 1527, al igual que el rey—, de estatura media y complexión más bien delgada, mostraba el aspecto de quien está hecho a muchas horas sentado entre libros y papeles.
Su rostro era alargado, de facciones sobrias, con una frente amplia y despejada que delataba su intensa actividad intelectual, y unos ojos oscuros, atentos y serenos, capaces de concentrarse durante horas sin perder claridad.
Llevaba la barba recortada y el cabello corto, ya algo ralo.
Vestía con austeridad clerical, en tonos oscuros y tejidos discretos, sin joyas ni ostentación, de modo que su presencia pasaba fácilmente inadvertida.
Solo cuando hablaba, o cuando se inclinaba sobre un manuscrito con concentración absoluta, se advertía en su figura una autoridad inapelable, nacida no del rango ni del gesto, sino de una inteligencia disciplinada y de una voluntad templada por el estudio.
—Quería hablar con vuestra merced —le dijo Felipe—. ¿Tenéis un minuto?
—¿Para vuestra majestad? —respondió el bibliotecario con una sonrisa que dejó al descubierto unos dientes desparejos—. Toda la eternidad, si me fuera dada.
—No será necesario tanto, padre Arias —adujo el rey, con una sonrisa de dientes blancos y perfectamente alineados—.
Bastará con unos minutos, como os digo. Aunque este —añadió, señalando la sala por la que pasaban constantemente auxiliares de Montano, carpinteros y albañiles— tal vez no sea el lugar adecuado para tratar lo que quiero deciros.
—Aquí al lado está mi gabinete, majestad. Si es vuestra majestad tan amable de seguirme...
Ya en la cámara del bibliotecario, sentados ambos, abordó sin preámbulos Felipe la razón por la que quería hablar con Arias Montano: la carta anónima y el símbolo de Saturno.
Había decidido, de esa forma instantánea tan insólita en él, que tal vez ese hombre, experto en tantas disciplinas y con conocimiento de las ciencias herméticas, pudiera serle de ayuda.
Tampoco tenía a muchos más a quienes recurrir.
Una vez que Felipe le hubo expuesto la cuestión al bibliotecario, quedó este ensimismado, como sumido en un silencio tan reflexivo que llegó a parecer catatónico.
—Saturno —dijo al fin. Felipe no dijo nada. Sabía que Arias hablaba para sí mismo, embebido en reflexiones, y que no precisaba respuesta ni comentario—. ¿El planeta? ¿El dios? —preguntó Arias.