20. JORNADA TRÁGICA EN GALAPAGAR
J ORNADA TRÁGICA EN G ALAPAGAR
Salieron de Madrid por la puerta occidental de la villa, siguiendo el camino tradicional hacia el noroeste por calles embarradas por la reciente lluvia que olían a estiércol y leña, mientras las campanas de las iglesias madrileñas repicaban anunciando el ángelus.
Descendieron hacia el Manzanares y cruzaron por el puente de Segovia, dejando atrás la capital del reino a buen ritmo, pues los caballos estaban frescos y las ruedas de los carros bien engrasadas.
No querían, además, que la noche los sorprendiera antes de llegar a El Escorial.
Desde el puente alcanzaron los paisajes de la Casa de Campo y las dehesas cuajadas de encinares y pastos, y desde allí llegaron a Aravaca y luego a Pozuelo.
Al rato, hicieron una parada breve para beber, reponer fuerzas y revisar las caballerías.
Reanudaron la marcha poco después de la hora nona.
Y cuando ya hacía más de una hora que habían dejado atrás Torrelodones, un criado a caballo alcanzó la carroza del rey y parlamentó con el cochero, que detuvo de inmediato el vehículo.
—¿Qué sucede? —preguntó Mateo Vázquez, descorriendo la cortinilla del coche.
—El príncipe don Fernando se encuentra muy mal, señor. Ha vomitado. Los médicos indican que serían conveniente detener la marcha para atenderlo debidamente.
Por un instante, el silencio, un silencio presagioso y terrible, se apoderó de aquel sitio.
—Majestad, ¿qué hacemos?
Dentro de la carroza real, Felipe notó que el disturbio lo ganaba.
Recordó aquellos augurios aterradores de más muertes y desventuras escritos por una mano anónima y pensó que no había en su corazón, tan castigado ya, lugar para más desgracias.
La amenaza ya se había llevado por delante al médico Francisco Velasco, a su hermanastro Juan de Austria...
¿Le tocaba el turno ahora a su hijo el príncipe Fernando?
¿A su varón primogénito? ¿A su heredero?
... Por un momento rememoró, tal vez de forma incongruente o como si su pensamiento inconsciente ya hubiera hecho realidad el auspicio, aquel día último día de mayo de 1573, en el que las Cortes de Castilla juraron a su hijo Fernando como Príncipe de Asturias en San Jerónimo el Real.
Ya entonces, el príncipe, también afectado de esas odiosas tercianas, hubo de quedarse en unos aposentos que se le habilitaron en el monasterio y no pudo acudir a la misa oficiada por Diego de Covarrubias y Leyva, obispo de Segovia y presidente del Consejo Real y de las Cortes, misa para la que la iglesia se había preparado con todo esplendor y a la que habían asistido sus majestades los reyes, los grandes del reino, arzobispos y prelados, embajadores de los reinos extranjeros, los procuradores de Castilla con poderes bastantes de sus ciudades y villas, la serenísima infanta Juana de Portugal, los archiduques de Austria Wenceslao y Alberto y los demás principales.
Fue después de la misa cuando el príncipe fue llevado a la iglesia desde sus aposentos en el claustro, en los brazos de Francisco de Aragón, duque de Segorbe y de Cardona, descubierto y sin bonete.
Allí, su hijo Fernando, a sus escasos dos años de edad, demacrado y pálido, asustado por el boato y sentado en un carrillo dispuesto al efecto delante de sus majestades los reyes, oyó el juramento y pleito de homenaje y fidelidad que todos hacían al «serenísimo y muy esclarecido príncipe don Fernando, hijo primogénito de su majestad, como príncipe de estos reinos durante los largos y bienaventurados días de su majestad y después de aquellos por rey y señor natural propietario de ellos».
Y vio en su memoria, como si la tuviera ahora presente, la cara de lástima de la marquesa de Berlanga cuando, sacándolo del carrillo, cogió al príncipe en sus brazos para sentarlo a continuación en una almohada y desde allí presenciar el juramento y solemnidad que hicieron los prelados, grandes, señores y caballeros, porque por su debilidad no podía estar el niño tanto tiempo en el carrito.
Y los rostros de congoja de algunos grandes cuando, al arrodillarse ante él, en señal de la obediencia, reverencia y devoción debidas, vieron de cerca al príncipe y lamentaron para sus adentros su flaqueza, su desmejorada color, su descaecimiento que ponía en entredicho el futuro de la monarquía.
Desde su bautismo en la iglesia de San Gil hasta su juramento como Príncipe de Asturias y hasta el día de hoy, la vida de su pobre hijo Fernando había estado marcada por la enfermedad y el dolor.
—Majestad... —insistió Mateo Vázquez.
Felipe contempló a su secretario e hizo un esfuerzo por salir de su pasmo, por escapar de esos recuerdos que ya hablaban de desdichas y mala salud.
—¿Qué tiempo nos queda para llegar a El Escorial?
—Horas, majestad. Y los médicos no son partidarios de continuar el viaje en el estado en que el príncipe se encuentra. Es menester que su majestad decida qué hacemos.
—¿Cuál es la población más cercana desde este punto?
—Galapagar, majestad.
—Ordenad a un aposentador que cabalgue hasta esa villa y disponga para el príncipe la mejor casa que allí se halle. En Galapagar descansará su alteza hasta que la misericordia de Dios decida sacarlo de su postración.
***
Galapagar, 17 y 18 de octubre de 1578
Galapagar era una villa pequeña pero hidalga, asentada en la vertiente meridional de la sierra de Guadarrama, a medio camino entre Madrid y el nuevo polo regio del monasterio de El Escorial.
Antes anejo de la villa de Manzanares, le había sido concedido su propio villazgo por cédula de 1523 de doña Juana de Castilla y del emperador Carlos.
Era parte, desde hacía largo tiempo, del señorío del duque del Infantado.
Rodeada de amplias zonas de pastos, encinas, enebros, fresnos, jaras, quejigos y pinos, no tenía el brillo cortesano, pero sí era paso obligado, lugar de descanso y refugio cuando el camino exigía detenerse.
Apenas seiscientos u ochocientos vecinos la poblaban, en su mayoría labradores, pastores y artesanos, aunque también había hidalgos de ejecutoria, terratenientes y casas principales, algunas vinculadas por servicio o clientela a la corte de Madrid.
Esa mezcla daba a Galapagar un aire rural, pero con capacidad para acoger un séquito como el de Felipe cuando lo requería un mandato real.
Los aposentadores reales habían llegado a Galapagar al atardecer del día 16 y dispuesto que la casa de Francisco de Villalobos, hidalgo terrateniente y regidor del concejo, la más sólida de la villa, sería el lugar de descanso del príncipe enfermo, del rey y de su comitiva, a expensas de lo que la voluntad de Dios decidiera.
Era una casa grande, propia de la nobleza de aldea, con muros gruesos capaces de proteger al niño convaleciente del frío de la sierra, y con fábrica de piedra y mampostería.
Disponía de dos plantas: la baja, con zaguán amplio, cocina grande con hogar, un salón, despensas y almacenes; y la alta, con salas y cámaras que podrían albergar al rey, a la reina y a sus hijos.
Estaba amueblada con arcas de nogal, camas con dosel, bancos y mesas de madera maciza y tapices de lana.
Tenía asimismo un patio interior empedrado, con pozo y caballerizas, y un oratorio sencillo.
Al príncipe Fernando se le acomodó en una de las cámaras del piso superior, orientada al mediodía.
Luis de Mercado, el médico de la cámara real, y los otros físicos que lo asistían no se separaron de la cabecera de la cama del pequeño enfermo ni de día ni de noche.
A la llegada a Galapagar, y convencidos de lo acertado de su primer diagnóstico de fiebres tercianas, que habían acompañado a Fernando durante toda su corta vida, le habían administrado purgas de ruibarbo y escamonea y tisanas de agua de cebada, achicoria y violetas y jarabes de granada agria.
El rey Felipe dio orden de que un mensajero veloz cabalgara hasta Madrid y diera cuenta de la enfermedad de su hijo, el príncipe heredero; tras la llegada de la noticia de la enfermedad de Fernando, los madrileños acudieron a visitar a la Virgen de Atocha y se programaron procesiones de San Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza, santos y advocaciones que la tradición había convertido en sanadores específicamente regios.
En la madrugada del día 17 de octubre, el rey, incapaz de dormir, se acercó, por vez enésima desde que llegaran a Galapagar, a la alcoba de su hijo.
—¿Cómo se encuentra su alteza? —le preguntó al físico Mercado.
—Señor —contestó este, con signo evidente de preocupación—, me duele en el alma decirle que la enfermedad de su alteza se ha agravado.
Comenzó con terciana, pero se le ha corrompido el vientre, y ahora todo es un mal mezclado.
—Hizo un gesto de negación con la cabeza, apesadumbrado, y continuó su explicación, que el rey escuchaba con una mezcla de ansiedad y desesperación—.
Me he llevado horas aguardando el tercio.
He contado el tiempo con una atención casi supersticiosa, majestad, observando el pulso, la respiración, el sudor que empapaba las sábanas y luego se retiraba.
Hasta entonces, todo había seguido un orden reconocible: el escalofrío, el calor, el abatimiento.
Terciana, nos habíamos dicho todos los médicos.
Sin embargo, majestad, esta noche algo comenzó a no encajar.
La fiebre volvió antes, sin anuncio, sin la violencia habitual.
No hubo gran temblor ni sudor liberador.
El cuerpo de su alteza se ha calentado de manera continua, como si el calor ya no supiera retirarse.
El pulso, que otras veces corría y luego se aquietaba, permanece ahora irregular, blando, difícil de contar.
No es el tercio lo que su alteza padece, señor.
—¿Y entonces? —inquirió Felipe, temiendo las palabras del galeno—. ¿Qué es lo que sufre mi hijo?
—Le he explorado el abdomen, señor, y he comprobado que tiene el vientre tenso.
Su alteza se queja con un hilo de voz, no por el frío ni por el calor, sino por un dolor bajo, persistente.
Ha tenido una evacuación oscura, maloliente, distinta de las anteriores.
Había sangre en ella, majestad. Su hijo el príncipe sufre disentería.
Felipe recibió el diagnóstico como la bala de un arcabuz.
—¿Se salvará?
—Está en las manos de Dios, majestad. Haremos cuanto podamos, pero debemos rezar. Todos.
El rey cerró los ojos y contuvo un temblor. Pareciera, pensó, que Dios estaba castigando, o incluso que había abandonado a la monarquía, a su primogénito.
Se retiró a rezar en el pequeño oratorio de la casona.
Estuvo a punto de ordenar que un mensajero viajara a El Escorial con la orden de regresar de inmediato a Galapagar trayendo hasta el lecho de su hijo las reliquias más preciadas de su colección: una espina de la corona de Cristo, los fragmentos de la cruz donde el Salvador fue crucificado, el «pellejo asado» de San Lorenzo, el brazo incorrupto de San Sebastián...
Pero se dijo que acaso no hubiera tiempo y se esforzó en continuar rezando, rogando a Dios por la sanación de su hijo, de su heredero.
Dios no lo escuchó. Poco después de la hora tercia del día 18 de octubre, después de una terrible agonía en la que los médicos se afanaron con bizmas, jarabes y mucho líquido en contener sin éxito el avance inexorable de la enfermedad, el pequeño Fernando de Austria, Príncipe de Asturias, hijo del rey de España y su heredero, entregó su alma al Señor.
Todavía no había cumplido los siete años de edad.
Felipe, aun antes de que los llantos de la reina y las infantas cesaran, dijo que quería estar a solas con su hijo y ordenó que todos abandonaran la cámara.
Pero no rezó ante su cadáver ni le dijo sus últimas palabras a su hijo muerto.
Rebuscó como un loco en toda la habitación, entre las sábanas húmedas, en cada mueble, en cada estantería, en cada losa, en cada madera de las ventanas, intentando hallar el símbolo de Saturno, saber si esa muerte era también cumplido propósito de las amenazas recibidas.
El símbolo del Devorador.
No lo halló, sin embargo.
Fue el único consuelo de esa jornada trágica.
Su hijo había muerto por voluntad de Dios, y no por mano de un hombre.
Ordenó que saliesen mensajeros hacia Madrid y, desde allí, a las principales ciudades del reino, llevando las palabras del rey: «El príncipe de España y de dos mundos, recibidos los tres sacramentos, con harta brevedad como lo fue la enfermedad, dio el alma a su criador a 18 de octubre a la hora tercia.
Tengo firme esperanza de que se halla en carrera de salvación».
Luego, se emprendieron las diligencias necesarias para arreglar el cuerpo de Fernando de Austria para su exposición, trasladarlo a El Escorial y para preparar las exequias que se habrían de celebrar en San Lorenzo en honor del príncipe y para su eterno descanso.
Felipe, a pesar de estar extenuado, pues llevaba sin dormir ni recordaba cuánto, partió de inmediato hacia el monasterio, donde se recluiría durante días, para rezar por su hermano Juan de Austria y por su hijo fallecido, el uno por la mano del hombre, el otro por la voluntad divina, que era, como tantas veces, inescrutable.
A pesar de la reclusión del rey, no cesó, en Madrid, de correr la sangre.