Conjura contra el rey Felipe 19. NOTICIAS FÚNEBRES DESDE NAMUR #2
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19. NOTICIAS FÚNEBRES DESDE NAMUR #2

Inspiró aire con fuerza para sosegarse y decidió abrir los papeles de su hermano.

Como su secretario Mateo Vázquez le había adelantado, el primer pliego del atado era la carta que le dirigía Juan en su hora postrera.

Leyó, y aquel pujo de emoción regresó al centro de su pecho: «Señor, cuando esto leáis, yo estaré muerto.

Mi alma se contentará con lo que vuestra majestad disponga para mi cuerpo...

». Continuó leyendo y, a medida que lo hacía, el pujo de emoción se convirtió en una garra helada que le oprimió las fibras de su alma y que durante unos instantes le paralizó el hálito:

Ha llegado a mis manos un papel sin firma, cuya procedencia no puedo determinar...

En él se habla, con lenguaje oscuro, de la postración del imperio y de la sangre derramada en estos últimos años...

No me atrevería a dar crédito a tales advertencias, si no fuese porque se mencionan hechos que bien conoce vuestra majestad y cuya memoria preferiría no despertar, mas otros la despiertan por mí.

Es sobre vuestro hijo don Carlos, a quien el buen Dios tenga en su gloria...

Lo que más llama la atención es un signo extraño que contiene la misiva...

Dios mío...

Sobrecogido, con el corazón ahora latiéndole con desenfreno, dejó a un lado la esquela de su hermano y rebuscó entre el atadijo de papeles hasta dar con la carta anónima de la que Juan hablaba, recibida por este, de manos desconocidas, en Namur:

Al que se dice hijo de emperador y brazo armado del rey,

Ni vuestra espada en Lepanto ni vuestro nombre en Castilla podrán libraros del destino que ya desciende sobre la casa que servís. El imperio de los Austrias se halla postrado, corroído desde dentro por la sangre que ha derramado y por la que aún derramará...

Él devora lo que engendra, y su estirpe y su imperio pagarán su malevolencia. Ya cayó, de la propia mano de su padre, el hijo que nunca llegó a reinar; cayó el secretario que os servía con fidelidad; caerán otros que aún pasean seguros por palacios y fortalezas.

El rey mandó matar a su hijo Carlos. ¿Qué podrá detenerle?

Y ahora, vos, don Juan, sois el siguiente en sentir su sombra... El símbolo que encabeza estas letras no es superstición, sino sentencia.

Y, espantado, fijó sus ojos, desorbitados, en el símbolo que encabezaba la carta, como un remite demonial:

♄

La amenaza, pues, había llegado a Flandes, a Namur, y había acabado con la vida de Juan de Austria, su propio hermano.

¿Qué sería lo próximo?

¿Qué nuevo infortunio estaba por llegar?

¿Alcanzaría a su hijo, a su heredero, al príncipe Fernando?

¿Cómo era posible que el más grande imperio que jamás vieran los tiempos pudiera desmoronarse por una simple carta anónima, por su malhadado símbolo de Saturno cruzado por una línea que vaticinaba destrucción y muerte?

Se sintió desbordado, solo, desamparado, sin saber qué hacer.

Angustiado, decidió continuar leyendo los papeles llegados desde Namur con el correo de Juan. Revisó cartas, leyó esquelas y billetes, releyó una vez y otra algunos de ellos, examinó pliegos y despachos y, finalmente, su angustia se multiplicó.

Todo lo que se le había dicho, todo lo que se le había susurrado al oído —que la ambición de su hermanastro ponía en peligro la estabilidad de la monarquía, que la avidez de Juan por un trono y una corona no se detendría ante nada, que estaba dispuesto a llevar a cabo por su cuenta la invasión de Inglaterra y su matrimonio con María Estuardo para ser proclamado rey, que meditaba aliarse con Guillermo de Orange y los rebeldes holandeses o que, incluso, estaba dispuesto a regresar a España al mando de los tercios que combatían en Flandes (las mejores y más recias tropas españolas) para destronar a su hermano Felipe...

— era falso, era una descomunal mentira, era una patraña urdida por una mente calenturienta e ingrata.

Juan, y ahí estaban sus papeles, sus más íntimas reflexiones, sus despachos con sus decisiones y propósitos para demostrarlo, le había sido leal hasta la muerte.

Le había sido fiel y honesto. Había sido un vasallo honrado.

Era verdad lo que decía en su carta postrera: «Cuando tengáis noticia de mi muerte, suplico a vuestra majestad que no permita que mis hechos sean juzgados por voces indignas ni que mi memoria quede entregada a quienes buscan nuestra ruina.

Yo he servido a vuestra majestad con la fidelidad que mis fuerzas han permitido, para gloria de vuestra majestad, de España y de Dios.

Cada día desde que os conocí os fui leal, señor».

Sintió ahora que la cólera sustituía a la pena y a punto estuvo de requerir a voces la presencia de alguaciles para que procedieran a la inmediata detención de aquellos que habían murmurado a su oído felonías y traiciones inexistentes: Antonio Pérez, su prima Ana de Mendoza, princesa de Éboli...

De aquellos que habían propiciado la muerte de Juan de Escobedo, el secretario de su hermano.

Muerte que él, Felipe, había consentido... Sí. Se había creído las insidias de Pérez y no había puesto coto a su propósito de dar muerte a Escobedo para, de esa forma, cercenar las intenciones desleales de su señor. Intenciones que en absoluto habían existido.

Se contuvo, empero. Apretó los dientes y se tragó a duras penas aflicción e ira.

Se obligó a apaciguarse y a medir bien sus siguientes pasos, como siempre hacía.

Jamás se había dejado llevar por los impulsos y tampoco lo haría ahora.

No podía ordenar detener a dos principales del reino sin pruebas.

Y tendría que valorar muy detenidamente su propia implicación en la muerte de Escobedo.

No.

Lo que, controlada la rabia, en verdad le pedía el cuerpo era rezar, encontrarse con Dios y ponerse en sus manos, suplicar la inspiración divina.

Y alcanzó una resolución.

Llamó a Mateo Vázquez.

—Disponga vuestra merced lo necesario —le ordenó, con la voz a trozos— para que el cuerpo de mi hermano don Juan de Austria sea traído a España, para que reciba el homenaje de sus vasallos y sepultura donde merece.

—Así se hará, majestad.

—El nombre del médico flamenco del que vuestra merced me ha hablado, ¿se conoce?

—Sí, majestad. Hendrick van der Meer. Como antes le he explicado a vuestra majestad, nadie tiene noticias de él desde la muerte de don Juan.

Cuando el mensajero que ha llegado a Madrid partió de Namur, el médico había desaparecido y nadie sabía dar razón de su paradero, lo que ha alimentado las sospechas.

—Preparad un rescripto que los mensajeros que han traído la desdichada nueva de la muerte de don Juan habrán de llevar a Namur, personalmente a don Alejandro Farnesio, a quien se tendrá desde esta fecha como gobernador de los Países Bajos españoles.

Ordeno que se busque, con todos los medios del reino, a ese médico flamenco, a ese Hendrick van der Meer, y que se le interrogue hasta saber las verdaderas causas de la muerte de mi hermano.

Y si es menester que se le aplique tormento como el derecho permite.

—Tendréis en unos minutos el rescripto dispuesto para su firma, majestad. ¿Algo más, señor?

—Sí. En estos momentos difíciles, necesito la paz de San Lorenzo, la quietud de los jerónimos.

También necesito saber que mi esposa y mis hijos están a salvo, y allí, en El Escorial, lo estarán.

Que un mensajero urgente lleve recado al prior fray Juan de Tricio para que aguarde nuestra llegada y lo tenga todo listo.

Dad aviso a su majestad la reina de que salimos en un par de horas.

Ordenad a los aposentadores para que dispongan lo que haya menester. Partimos hacia El Escorial.