19. NOTICIAS FÚNEBRES DESDE NAMUR
N OTICIAS FÚNEbrES DESDE N AMUR
El correo que quisiese llegar desde Namur hasta Madrid disponía de dos trayectos posibles: el camino de Francia y el camino de los Españoles.
Trece fueron los días que tardó Borja Gómez de Mendoza en llegar a Madrid. Acompañado solo de dos criados, viajando al ritmo de los correos expresos, cambiando de caballos cada poco tiempo, durmiendo menos, hubo jornadas en las que logró hacer hasta treinta leguas.
Avanzaron deprisa, sin detenerse en la ciudad.
Namur quedaba atrás con sus murallas húmedas y su aire de plaza vigilada.
Los caminos flamencos estaban aún marcados por la guerra: aldeas silenciosas, campos abiertos, prados calcinados, miradas que se retiraban al ver pasar a tres jinetes que no buscaban conversación.
Cambiaron caballos en postas ya prevenidas y cruzaron la frontera francesa sin mayores incidencias y sin tener que hacer uso de los salvoconductos que llevaban expedidos por Alejandro Farnesio:
Hacemos saber a todos los capitanes, oficiales, justicias, gobernadores de plazas, soldados y demás personas a quienes la presente fuere mostrada, que damos licencia, seguro y salvoconducto a don Borja Gómez de Mendoza, y los criados que le acompañan, para que puedan pasar, transitar y viajar libremente por las tierras, ciudades y caminos de estos Estados, y por los lugares que hubieren de atravesar en su camino hacia Francia y a través de esta nación, en paz con el rey católico, por cuenta del cual viajan.
Mandamos que no sean detenidos, inquietados ni molestados, ni se les pida causa ni razón de su viaje, ni se les pongan impedimentos en postas, pasos, puentes o fronteras, antes bien se les dé favor y ayuda, si la hubieren menester, como a personas que van en servicio de su majestad el rey de España.
Y para que así conste y se cumpla, mandamos dar la presente, firmada de nuestra mano y sellada con nuestro sello.
Alejandro Farnesio
Nadie los detuvo. No era raro ver hombres cansados atravesar aquel territorio.
Reims apareció como un paisaje bienvenido: torres altas, calles estrechas, olor a piedra mojada.
No entraron en la villa; cambiaron monturas en las afueras y siguieron.
París lo cruzaron de noche, cuando la ciudad era un rumor más que un lugar.
Vieron luces lejanas, oyeron voces que no entendieron y siguieron adelante.
Al tomar el camino del Loira, el paisaje se volvió más amable.
Orleans y Tours se sucedieron como nombres conocidos, con hermosos y macizos puentes, iglesias que dominaban el caserío y posadas llenas de viajeros.
En Poitiers, el cansancio empezó a hacerse visible en los criados, pero nadie pidió tregua.
El tramo hacia Burdeos fue más áspero. Burdeos, con su río ancho y su aire de puerto, ofrecía la tentación del mar. Borja la rechazó sin dudar. El agua traía atajos, sí, pero también retrasos por el azar de los vientos. Siguieron por tierra.
En Bayona descansaron apenas unas horas. La ciudad olía a frontera, a mezcla de lenguas y lealtades inciertas. Tomaron un guía para el paso de la montaña. El cruce de los Pirineos fue rápido y silencioso. No hubo nieve ni tormenta; el camino estaba abierto, pero exigía atención y cuidado.
Al descender hacia Pamplona, Borja se permitió identificarse como servidor del rey.
Cambiaron caballos y siguieron sin ceremonia.
Castilla se abrió ante ellos con su llanura seca y su cielo alto.
Burgos apareció como una ciudad monumental, de piedra firme y calles rectas.
En Valladolid, Borja evitó las calles principales.
Llegaron a Madrid en la noche del día 14 de octubre del año del Señor de 1578, cubiertos de polvo, con los caballos rendidos.
Se dirigieron directamente al alcázar, pero, a esas horas, toda visita era malavenida.
Aguardaron al alba del día 15, haciendo noche en una posada de la calle Mayor.
Poco después del amanecer, Borja entregó los escritos sellados sin añadir palabras innecesarias.
Solo dijo lo imprescindible: que don Juan había muerto.
No explicó cómo ni cuándo; todo estaba ya escrito.
Esperó, por si los secretarios reales deseaban interrogarlo, hablar con él.
Uno de ellos, el privado del rey, Mateo Vázquez de nombre, solicitó su presencia y le requirió explicaciones y detalles sobre la muerte de don Juan de Austria.
Respondió amplia y escrupulosamente a todas sus preguntas.
—Permanezca vuestra merced en Madrid hasta nueva orden —decidió el secretario Vázquez—, por si el rey desea hablar con vos o transmitiros instrucciones para que las hagáis llegar a don Alejandro Farnesio.
Como se le ordenaba, regresó a la posada, se quedó a la espera de nuevas órdenes y se dijo que el viaje había terminado y que había cumplido su promesa a don Juan. Lo que su muerte y los papeles que había llevado al alcázar provocaran ya no dependía de él.
Quedaba, como tantas otras cosas, en manos del rey.
***
Madrid, alcázar, 15 de octubre de 1578
Felipe recibió la noticia de la muerte de su hermanastro Juan de Austria de boca de su secretario Mateo Vázquez, a quien, en última instancia, habían llegado los papeles y los mensajes traídos desde Namur a Madrid por Borja Gómez de Mendoza.
Y recibió tal nueva como si le clavaran un puñal en el corazón.
—¿Cómo ha muerto mi hermano? —preguntó a su secretario una vez que la voz consiguió brotar de su garganta—. ¿Cuál ha sido la causa de su muerte?
—Según los mensajeros llegados desde Namur, señor, el médico que lo atendió dictaminó que su señor hermano había muerto de tabardillo.
Sin embargo, he sido también informado por el mensajero de que el citado galeno, natural de Flandes, abandonó la ciudadela poco antes de la muerte de don Juan y no ha podido ser hallado. Se desconoce su paradero.
—¿Me está diciendo vuestra merced que el dictamen del médico no es de fiar? ¿Se piensa que pudo ser asesinado? ¿Que su muerte no fue obra de Dios, sino de una mano mortal?
—Es una posibilidad, majestad. Es algo que se habrá de investigar, si vuestra majestad así lo decide.
—¿Qué son esos papeles? —preguntó el rey, señalando el atadillo que Vázquez portaba.
—Son, majestad —respondió Vázquez, tendiendo al rey los papeles de su hermanastro—, cartas de don Juan: la que dictó antes de su muerte, otra que antes había recibido y que vuestra majestad querrá examinar y legajos que también deben ser vistos por vuestra majestad.
Felipe dudó si coger los documentos que su secretario le ofrecía. Era como si, de hacerlo, se fuera a ver anegado por la desdicha, más aún de lo que ya estaba. Al cabo los asió.
—Dejadme solo —pidió.
—Como deseéis, señor. Estaré cerca por si necesitáis de mí. He puesto al principio del atado la carta que vuestro hermano os remite, escrita antes de su muerte. Debéis leerla, majestad.
Ya a solas, Felipe sintió que un pujo de emoción le atenazaba el pecho. Intentó contener las lágrimas, pero no consiguió evitar que el llanto, silencioso y tenue, se le derramara mejillas abajo. Se limpió las lágrimas con un gesto raudo de la mano y cerró los ojos.
Se dijo que, en el breve tiempo en el que ambos habían compartido el mundo, un tiempo marcado por la contención y el recelo, él le había dado todo a su hermanastro Juan y, al mismo tiempo, todo le había negado.
Le había dado una familia, integrándolo en la suya y en su casa.
Para que nada quedara de su antigua vida de bastardo, le había dado un nombre nuevo, como su padre quería, mudando el suyo de Jerónimo —por su padrastro, el marido de Bárbara Blomberg, nombrado Jerónimo Píramo Kegell— por el de Juan, como los reyes de Castilla.
Le había dado casa propia, rentas y pensión, quince mil ducados al año, lo mismo que a su hermana Juana.
Lo había educado como había hecho con su propio hijo, el príncipe Carlos, enviándolo con él y con Alejandro Farnesio a la Universidad de Alcalá de Henares.
Había consentido que no tomara los hábitos, como el padre de ambos había deseado, y que se iniciara en la carrera militar.
Lo nombró capitán general de la mar, rodeándolo de buenos hombres de su confianza como Álvaro de Bazán y Luis de Requesens.
Lo puso al frente del ejército de España en la guerra de las Alpujarras contra los moriscos.
Lo situó al mando de las tropas españolas de la Liga Santa contra el Turco en Lepanto y lo había nombrado gobernador de Flandes, donde lo había hallado la muerte.
Pero también le había negado tanto... Le negó, como su hermanastro deseaba, ser reconocido como infante de Castilla y poder utilizar el tratamiento de alteza real; le negó el reino de Túnez, como el papa Gregorio le había solicitado después de su conquista de ese presidio africano; demoró su idea de una invasión de Inglaterra para, después de casarse con la católica reina de Escocia María Estuardo, acceder al trono de aquellas islas, y, sobre todo, le había negado un abrazo de hermano, una muestra de cariño, de afecto, de amor fraternal que, tal vez, hubiera acabado con aquellos recelos y prevenciones.
Respiró con fuerza y se lamentó de todo aquello que le había negado y de lo que no había hecho, y se dijo que qué triste era lamentarse por aquello que no se había tenido el coraje o el corazón de hacer. Y que tal lamentación era más dura que arrepentirse de los yerros cometidos.