18. LA DENUNCIA DE ANTONIO PÉREZ
L A DENUNCIA DE A NTONIO P ÉREZ
Antonio Pérez tuvo que aguardar más de tres horas a ser recibido por el rey.
Había enviado un billete a primerísima hora de la mañana, manifestando su deseo de ser recibido en audiencia por su majestad, a fin de exponerle «un negocio de la más suprema magnitud y urgencia».
El tiempo de espera en la antecámara fue la forma de decirle el rey a su secretario de Estado para los asuntos del Mediterráneo que las cosas ya no estaban como antes eran.
A cada recordatorio suyo a los ayudas de cámara acerca de la urgencia de acceder al monarca se sucedían respuestas como «El rey está rezando», «El rey está con don Mateo», «El rey va a almorzar» —lo hacía a las once de la mañana— o, simplemente, «Tenga vuestra merced paciencia, que enseguida se dará curso a su negocio».
—Decía vuestra merced que es urgente el negocio que os trae —expresó el rey por todo saludo cuando Pérez fue por fin introducido en la cámara real.
—Y comprometido, majestad.
Felipe se quedó contemplando fijamente a su secretario.
Observó sus facciones, que recordaba más galanas y que ahora veía algo más amustiadas, como si la impaciencia o el abuso de las holandas las estuvieran agostando, o como si los muchos problemas, personales y de Estado, que tenía que arrostrar le estuvieran marchitando la galanura.
En sus ojos, empero, seguía brillando ese fulgor de juventud que lo había caracterizado, ese relumbre que era mezcla de ingenio y ambición que, de haber estado los ingredientes mezclados en su justa medida, habría sido marchamo simpar para un secretario del rey, para un privado de la corte.
—Sentaos —ordenó su majestad. Tomó asiento Pérez en el banco de los secretarios reales y aguardó a que su señor le diera venia—.
Hablad —mandó el rey. Hasta ese momento, Felipe había adoptado una expresión de extrema seriedad, de gravedad máxima, que le otorgaba mayor magnificencia si cabía a su persona.
—Fadrique de Toledo —dijo Pérez, decidido, a la vista de la circunspección de su señor, a no andarse con rodeos— ha contraído matrimonio, en Alba de Tormes, con su prima doña María de Toledo y Colonna. Desobedeciendo con ello, paladinamente, la orden expresa de vuestra majestad.
En ese instante, nada dijo el rey, aunque en sus ojos fulguró un destello que era híbrido de desconcierto e ira.
—¿Cuándo? —inquirió por fin.
—El día 10, hace cinco días, escapó de Tordesillas, infringiendo el mandato de su majestad, y viajó con su padre el duque hasta Alba de Tormes, donde, en una ceremonia privada, casó con doña María hace justo tres días, el 12 pasado.
—¿Cómo lo habéis sabido?
—Don Juan de Guzmán, hermano de doña Magdalena, a quien don Fadrique dio palabra de casamiento para posteriormente quebrantarla, lo que motivó la apertura de proceso y la orden de vuestra majestad de que se cumpliera la palabra dada, es quien ha traído la información hasta mí, señor.
Ayer noche lo supe y sin pérdida de tiempo he querido poner los hechos en conocimiento de vuestra majestad.
—¿Está cierto vuestra merced de la justeza del aviso?
—Hasta donde puedo estarlo, majestad. Don Juan de Guzmán no osaría hacer llegar información mendaz a vuestra majestad. Me jura y perjura que la noticia es cierta y que sus agentes en Tordesillas no yerran.
Felipe tuvo que hacer un esfuerzo para contener su cólera.
No era dado a las demasías de tipo alguno, y procuraba no mostrarse ante sus criados ni en exceso regalado ni en exceso iracundo.
Todo en él era medida y comedimiento. Sintió, sin embargo, que, una vez más y como tantas otras veces estaba sucediendo en estos días, se ponía en tela de juicio su autoridad y, con ella, su reputación, que no era adorno del rey sino su cimiento, y que cuando se perdía se perdía no solo la nombradía sino, lo que era mucho peor, la obediencia.
Pensó que un reino puede sufrir hambre, guerra o tributos, pero no resiste que se dude de la justicia de quien lo gobierna, que se ponga en tela de juicio su ejemplaridad.
El temor, meditó, puede imponerse un tiempo; la fuerza, otro; mas solo la reputación mantiene el orden sin violencia.
Por eso convenía que los actos del rey fuesen pocos, medidos y firmes, y que no se explicaran más de lo necesario, pues el exceso de palabra engendraba murmuración, y la murmuración acababa siendo ley para los necios.
Se dijo que lo que estuviese mal hecho se podía corregir, pero que lo que se hacía con escándalo carecía de remedio posible.
El rey podía errar, cargar con culpas que no fuesen suyas, pero no podía permitir que se dijera que gobernaba sin razón, y la desobediencia era la forma más grave de afirmar tal cosa.
El día en que se perdía la reputación, el día en que se extraviaba la obediencia y el acatamiento de sus súbditos, comenzaba el desgobierno, aunque aún se conservase la corona.
Su primo el duque de Alba y su hijo Fadrique lo habían desobedecido.
Y lo habían hecho no solo gravemente, sino con escándalo, pues eso, y no otra cosa, era lo que provocaría la noticia cuando se supiera, lo que no habría de tardar.
Madrid, la corte, era una campana de resonancia cuyos tañidos se extendían como la peste por todo el reino.
Contempló a Antonio Pérez, y quiso ver en él lo que veía cuando la confianza era un hilo invisible entre ambos.
Lealtad, diligencia, entrega. Necesitaba gente en quien confiar, ministros en quienes descansar sus dudas y sus dilemas, y se sintió tan solo...
Y entonces, sin pensárselo, abrió el cajón secreto de su escritorio, sacó la carta anónima que le había hecho llegar el arzobispo Quiroga y se la tendió a su secretario.
—Leed —pidió.
Antonio Pérez, sin entender la decisión de su majestad, cogió la carta que se le ofrecía, la desplegó, observó a su rey, intentando entrever en su mirada la razón de su gesto, y la leyó.
Cuando acabó la lectura, se la devolvió a Felipe.
Este, por su parte, intentó escudriñar en los ojos de su criado el efecto que la lectura le hubiese producido, pero no supo descifrar su expresión, que se le antojó insondable.
Tanto podía haber en sus ojos sorpresa como disimulación.
Tanto podían sus ojos trasminar conmoción como un conocimiento previo de lo que allí se decía.
—¿Cómo ha llegado esta carta a poder de vuestra majestad? —preguntó Antonio Pérez.
—Fue remitida al Santo Oficio —explicó el rey, cayendo entonces en la cuenta de la estrecha relación que unía a su inquisidor general con su secretario, la devoción que hacia este parecía sentir aquel, y se preguntó si no era esa la primera vez que Antonio Pérez sabía de la carta.
O si no tendría algo que ver con ella—. Le fue remitida de forma anónima a don Gaspar de Quiroga y este me la hizo llegar, hará poco menos de un mes.
—¿Y el signo? ¿Qué significa ese símbolo que hay en la carta?
—También ha aparecido grabado en la torre vieja —explicó el rey, exhibiendo su dibujo del símbolo hallado en los anaqueles de la torre.
Lo contempló Antonio Pérez, ahora sí más desconcertado.
—¿Qué significa esto, majestad?
—Según don Juan de Herrera, es el símbolo de Saturno. El Cronos griego, ya sabéis, el dios que devoraba a sus propios hijos.
—Entiendo —admitió Pérez, pensativo; sus continuos pestañeos eran señal clara de una reflexión profunda—. Comprendo la analogía.
Se quedó en silencio después, mirando el tapete del escritorio, y pasándose el dorso del dedo índice por los labios reiteradamente, en un gesto de honda concentración.
—¿En qué piensa vuestra merced? —preguntó el rey.
Antonio Pérez levantó la mirada y pareció alcanzar una resolución cuyos mimbres había estado engarzando durante el breve tiempo de su cavilación.
—Majestad, ¿habéis considerado la posibilidad de que ambos sucesos estén relacionados?
—¿De qué sucesos me habláis?
—La boda de don Fadrique, la desobediencia del duque y esa... —y señaló la esquela que reposaba en la mesa, entre ambos interlocutores, con un ademán de la barbilla— esa carta.
—No os entiendo, a fe mía.
—No soy, como espero sepáis, hombre de lanzar acusaciones sin pruebas...
—Me susurrasteis, no ha mucho —interrumpió el rey, muy grave—, algunos propósitos subversivos de mi hermano don Juan de Austria y el papel que en ellos jugaba su secretario Escobedo. Y ya sabéis lo que pasó. Y sigo esperando las pruebas de la deslealtad de don Juan...
—Os las mostré por escrito, majestad.
—Nada definitivo, como no se os habrá de escapar, pues sé que no sois torpe en esas apreciaciones. Pero continuad. ¿Qué ibais a decirme cuando os interrumpí?
—Desde que decretasteis el exilio a Campo de Calatrava, primero, y a Tordesillas después, de don Fadrique de Toledo, y aunque no entrara directamente dentro de mis competencias, he procurado estar al tanto de su conducta y de sus movimientos, para cerciorarme de que las órdenes de vuestra majestad eran cumplidas.
—En lo que nada tuvo que ver vuestra inagotable enemistad con Alba, ¿verdad?
—Hace algún tiempo supe —prosiguió Pérez, sin responder a la pulla de Felipe— que, durante el tiempo de su exilio, Fadrique se carteaba, entre otros, con el cronista Jerónimo de Zurita...
—¿Interceptasteis su correspondencia?
—Por el bien del reino, señor.
—Jamás se me dio cuenta.
—No quise importunaros con menudencias, majestad.
Felipe endureció el semblante.
—Continuad —dijo, empero.
—Como os decía, señor, el hijo del duque se carteaba con el cronista Zurita, cuya conversación y compañía decía añorar y cuya ausencia, según escribía, le hacía sentir más su prisión y destierro.
Don Fadrique le hacía saber a Zurita que vencía la soledad de aquellos meses leyendo a Euclides y a Ovidio, y le pedía si podía solicitar al marqués de los Vélez libros sobre astrología, mitología y sobre cosmografía.
Entre los que le llegaron, figuraban ejemplares del Tetrabiblos , de Claudio Ptolomeo, el Corpus hermeticum , de Hermes Trismegisto, y la Mithologiae , de Natalis Comes, recientemente publicado.
Frunció los ojos el rey.
—¿Y bien? ¿Qué queréis decirme?
—Nada, señor. Simplemente pongo de manifiesto el interés de Fadrique de Toledo por las cosas de la mitología.
Algunos de los libros que os he citado tratan sobre tal materia, señor.
Y conocida es la Metamorphoseis , del poeta Ovidio, donde se entremezclan historia y mitología.
Y teniendo en cuenta que en esa carta que me habéis mostrado se alude, según me decís, a Saturno, un dios mitológico, pues...
Y dejó ahí sus palabras, extendidas en el aire.
—¿Está insinuando vuestra merced que Fadrique de Toledo, o su padre, mi primo el duque, están detrás de esta carta? —inquirió Felipe, extremadamente serio.
—Como he hecho ver a vuestra majestad hace un momento, no es bueno acusar sin pruebas...
Y se encogió Antonio Pérez de hombros a continuación, en un ademán que quería expresar inocencia y candor, pero que, a los ojos del rey, trasminó maquinación e insidia.
Un silencio tenso se instaló entonces entrambos. Afuera, llovía. Las gotas de lluvia repicaban sobre las vidrieras del alcázar como dedos impacientes llamando a una puerta que acaso no convenía abrir.
—Encargaos —ordenó al cabo el rey, quebrando ese silencio— de que don Fadrique sea apresado y conducido de inmediato al castillo de la Mota, en Medina del Campo, donde habrá de estar en todo momento vigilado y sin posibilidad de salir al exterior.
Ordenad al corregidor de Medina del Campo que tome declaración a don Fadrique.
Luego, llamad a vuestra presencia al alcaide de Tordesillas, para que explique cómo tuvo lugar la huida sin su conocimiento, y adoptad las medidas que estiméis pertinentes con respecto al dicho alcaide en caso de que sus explicaciones no sean convincentes.
—Así se hará, majestad.
—Don Fadrique será igualmente desposeído de su puesto de gentilhombre de la cámara y de los ingresos de su encomienda.
—Sí, señor. Dispondré los documentos necesarios.
—En cuanto a doña María de Toledo y Colonna, con quien don Fadrique, según se me dice, desposó, dispongo que sea también arrestada y que todos los papeles que en ella o en don Fadrique se hallen sean incautados.
Averiguad quiénes asistieron al enlace, y que sean igualmente arrestados, sea quienes fueren.
—Estuvo allí, según se me ha informado, don Antonio de Toledo, prior de la Orden de San Juan en el reino de León y caballerizo mayor de vuestra majestad. Entre otros muchos familiares de Alba.
—Sea quienes fueren, he dicho.
—Así se hará, señor. ¿Y en cuanto al duque...?
—Es un grande de España y primo del rey —sentenció este, poniendo fin a la audiencia—. Que el Consejo de Estado delibere. Y, en última instancia, seré yo quien disponga lo que con respecto a su señoría haya de hacerse.