17. LAS PESQUISAS DEL ALCALDE DE CASA Y CORTE
L AS PESQUISAS DEL ALCALDE DE C ASA Y C ORTE
Cristóbal Villafañe leyó una vez más la esquela llegada desde el alcázar, firmada nada más y nada menos que por el secretario particular del rey Mateo Vázquez de Leca, de quien se decía que era uno de los hombres más poderosos del reino por su cercanía con el rey Felipe:
Señor,
Por mandado de su majestad, y para su mejor servicio, se os encarga que hagáis averiguación secreta y diligente sobre la muerte de Francisco Velasco y Ulloa, médico, cuyo cuerpo fue hallado sin vida en esta villa días atrás y sobre cuya muerte hay abierta sumaria.
Vuestra merced ha sido elegido entre todos los alcaldes de Casa y Corte, pues es sabedor su majestad de vuestra diligencia y celo.
El corregidor de la villa ha sido debidamente informado de tal decisión de su majestad y estará a vuestra disposición para todo lo que sea menester.
Dirigíos a él para cuanto preciséis. Conviene saber con puntualidad las circunstancias de su fallecimiento, personas con quienes trató en los últimos días y papeles o escritos que se le hallaren.
Todo se hará con la mayor reserva, sin dar lugar a ruido ni comentario, dando cuenta solo a su majestad por mi conducto.
Es perentorio y necesario saber a la mayor brevedad quién o quiénes empuñaron el arma homicida contra el médico Velasco, pues depende de ello el bien del reino. Dios guarde a vuestra merced.
En Madrid, a 13 de octubre de 1578.
Mateo Vázquez, secretario de su majestad
Villafañe se quedó tan admirado como pensativo. Admirado por haber sido él el elegido de entre todos quienes componían la Sala de Alcaldes de Casa y Corte, y pensativo por esas oscuras palabras de la esquela: «... pues depende de ello el bien del reino».
La Sala de Alcaldes de Casa y Corte era una institución de carácter administrativo y judicial, dependiente del rey y del Consejo de Castilla, que administraba justicia en última instancia y ejercía las funciones de gobierno de la sede de la corte, Madrid en este caso.
Sus alcaldes, o jueces, velaban por el orden de la ciudad, redactaban y hacían cumplir las ordenanzas que se dictaban para el buen gobierno de la villa y controlaban el suministro y los precios de los alimentos procedentes de las poblaciones colindantes.
Su jurisdicción se extendía a cinco leguas del distrito o rastro de la corte, y para los hurtos, a veinte, y era suprema para lo criminal —de modo que sus rescriptos solo podían ser recurridos ante el propio rey— y subordinada al Consejo para los demás asuntos de policía y gobierno que le pertenecían.
Y de los doce alcaldes que componían la Sala, el rey lo había elegido precisamente a él, a Cristóbal Villafañe, para un asunto, por lo que se veía, de la mayor trascendencia.
A sus treinta y nueve años y una vida grata, Villafañe no supo en ese instante si congratularse o lamentarse por la decisión del rey.
Era cierto, y no le dolían prendas en reconocerlo, que era un funcionario diligente, presto en sus asuntos, que tenía al día sus negocios y que era letrado y licenciado en leyes y cánones por la Universidad de Valladolid.
También era verdad que su nombre había sonado recientemente por la detención y proceso de Jerónimo Torres, portero de vara —oficial menor encargado de las notificaciones— que solía dejarse cohechar a cambio de una buena bolsa de reales de plata para «olvidar» entregar una citación o para avisar con antelación de una redada de los alguaciles; y, sobre todo, por el juicio contra Rodrigo de Sandoval por delitos de estupro con engaño y amenazas, y en el que su intervención había sido decisiva para la condena del hidalgo.
Tal vez fuera debido a esa efímera notoriedad su elección para este trabajo.
Fuera como fuese, no estaba cierto Villafañe de que de esa designación le fuesen a venir más plácemes que contrariedades.
Pero, se dijo, no estaba en su mano discutir las órdenes del rey, sino cumplirlas, y a eso se dispuso.
Ahora bien, que del crimen de ese tal Velasco —crimen del que había oído hablar más de una vez, pues había provocado comentarios y runrunes entre los oficiales del corregimiento, por aquello de que el muerto había sido otrora médico de la cámara real—, o de su resolución, mejor dicho, pudiese «depender el bien del reino» mediaba un trecho que le era alambicado transitar.
Porque ¿de qué forma podría influir la muerte de un galeno —que, si antaño fue relevante, hoy, por lo que sabía, no lo era más que un carnicero del Arrabal o un verdulero de la plaza de la Cebada— en asuntos tales como la guerra de Flandes, las correrías del Turco o la herejía de luteranos y calvinistas, que eran los negocios que en verdad ocupaban a su majestad, a más de la ruina de las arcas reales?
El médico Francisco Velasco, conjeturaba, no era nadie, o no había sido nadie, y su nombre habría de pasar por los papeles como pasa el polvo por el alféizar.
Y, pese a todo, ahí estaban las palabras del secretario Vázquez: «...
pues depende de ello el bien del reino». En fin, doctores tenía la Iglesia...
Caviló sobre qué pasos dar y con qué diligencias comenzar sus pesquisas y decidió que lo primero era examinar la sumaria.
Mandó a uno de sus receptores a que fuera a buscarla, y al cabo de un rato pudo espulgarla.
Figuraban en ella las diligencias de los alguaciles que habían hallado el cadáver, y le sorprendió comprobar que los ministriles habían hecho constar que, en el cuerpo de la víctima, cosido a su jubón, se había hallado un cedulón, pero lo que en este estuviese escrito estaba borrado cuidadosamente, tanto que no era posible columbrar ni una sola de sus letras.
Hojeó apresuradamente la sumaria hasta cerciorarse de que no había entre sus papeles cedulón alguno.
«Ya empezamos...», se dijo, rezongón. Se incrustó en el altar de la memoria el dato para justipreciarlo luego.
Leyó a continuación la relación del escribano del crimen que había inspeccionado el lugar de los hechos y la descripción del cirujano que había examinado el cuerpo del infortunado Velasco, muerto, se decía, de una puñalada letal, propinada justo en el corazón con propósito criminal.
«La mano de un sicario avezado en estas lides de apiolar al prójimo», meditó, y se anotó igualmente el dato en la retentiva.
Analizó después el resto de documentos del legajo —la declaración de la viuda, la del cerero que se decía había requerido los servicios del médico aguaitado y las de algunos vecinos, arbitrariamente elegidos, y no más— y concluyó que era bien ardua la tarea encomendada.
Pero, como a quien madruga Dios le ayuda, se dispuso a no perder ni un minuto de su tiempo, que era escaso a la vista de la urgencia que le habían requerido, y decidió girar visita a la viuda del finado, para ver si le podía desenterrar algún dato o indicio que a los alguaciles les hubiera podido pasar desapercibido.
Se ajustó la ropilla, se echó por los hombros la capa, se encasquetó el bonete negro, asió su vara de justicia y tomó el camino de la calle Mayor, donde el desgraciado galeno Velasco había vivido.
***
Encarnación Domínguez era una matrona entrada en años y en arrobas —no pesaría menos de siete u ocho, a pesar de su escasa estatura, ni cuatro pies y medio, pulgada más o pulgada menos, seguramente—, y no parecía estar en exceso afectada por el infortunio que le había tocado vivir.
Cuando Villafañe llegó a la vivienda, tres cuartuchos mal ventilados, la viuda de Velasco estaba acompañada de una vecina cotilla y metijona, a la que no pudo convencer para que lo dejara a solas con la Domínguez sino después de traspasarla con una mirada homicida y asir con fuerza el puño de su vara, como si estuviera dispuesto a hacerla salir de la casa a varazos.
—Siento vuestra pérdida, señora —se condolió cuando al fin se quedó solo con su testigo—. Supongo que ha sido un trance duro de sobrellevar.
—Todo está en manos de Dios —respondió la mujer—, y contra lo mandado no hay réplica.
—Por supuesto, la resignación es cristiana virtud, y ayuda a sobrellevar el duelo.
—Y se encogió de hombros la viuda, en un ademán que tanto podía manifestar su acuerdo como su desacuerdo, sin que el alcalde pudiera discernir si, en un caso como en otro, lo era con lo de la virtud o con lo del duelo—.
He de haceros algunas preguntas sobre vuestro fallecido esposo, señora.
—Ya estuvieron aquí los alguaciles y les dije cuanto sé, que es nada.
—Soy consciente, pero he de insistir, pese a ello. Vuestro difunto esposo fue médico de la cámara real, ¿verdad?
—Uf —dijo la viuda, y sus labios cimbrearon como si soplara un caramillo—. Eso fue hace muchísimo tiempo.
—¿Y por qué dejó de serlo?
—Fue cuando murió el príncipe Carlos, que su gloria goce. Hace ya dos lustros, ¿no?
—¿Vuestro esposo atendía al príncipe?
—Eso me decía, aunque no era muy de fiar mi Francisco.
—Y volvió a encogerse de hombros, haciendo que sus pechos globosos y bamboleantes llenaran su camisa—.
Mentía más que hablaba, el infeliz. Sobre todo, en asunto de hembras.
Era hombre de malas manos, y le hervía la sangre con facilidad, ¿sabe vuestra merced?
—Ah, bien, bien. No sé si eso será importante. ¿Conocéis por qué fue cesado de la cámara real?
—Se murió el príncipe, ¿no? Y sus servicios dejaron de ser necesarios. Eran tantos los médicos que allí había, y tan pocos los maravedíes para pagarlos...
—Claro, claro. Bien... ¿A qué se dedicó tras su cese?
—Pues a practicar su oficio entre el vecindario, ¿qué otra le quedaba? Al igual que los otros médicos que fueron cesados con él, muchos de los cuales buscaron mejor fortuna en otras villas del reino.
—Bien, entiendo. Hablemos entonces de la noche del suceso. ¿Qué puede decirme acerca de lo que ocurrió?
—Ni una palabra, señor. Yo estaba dormida, oí que llamaban a la puerta y que mi Francisco abría.
Me levanté a ver qué pasaba, vi que estaba conversando con un rapazuelo, me dijo que se le requería para atender a un enfermo y que me acostara de nuevo.
Y eso hice. —Volvió a encogerse de hombros y a fruncir los labios.
Tuvo Villafañe que retirar la mirada durante un segundo, pues, con el gesto, quedaron a la vista los pelillos que alfombraban el labio superior y la barbilla de la mujer, algo que le repugnaba sobremanera en una hembra—.
Pero todo esto ya se lo conté a los alguaciles. ¿A qué tener que repetirlo de nuevo?
—¿Pudo vuestra merced ver al rapaz?
—Apenas. De una ojeada, si acaso.
—¿Lo habíais visto antes?
—En mi vida, pardiez.
—Describídmelo, si os place.
—Pues... ¿qué queréis que os diga? ¡Un rapaz como tantos!
—Algo me podréis decir. ¿Tenía nariz, ojos?
—¿Está vuestra merced beodo?
—¡Oiga, que soy alcalde de Casa y Corte, voto a bríos!
—protestó Villafañe, diciéndose que sí que iba a ser peliaguda la encomienda, y que él donde se sentía a gusto era en su sala de justicia, donde su sola presencia imponía respeto y obediencia, y no interrogando a testigos en sus casas como un alguacil cualquiera—.
Decidme lo que recordéis del rapaz, pardiez.
—Pues... ¿qué quiere vuestra merced que le diga? Pues... como de unos catorce años, o un poco más joven, tal vez, ¿no? Sucio y desharrapado, acastañado el cabello, según creo recordar, aunque, como os digo, iba todo él muy mugriento. Y... y... y nada más.
—¿No había nada en él que destacara?
—Aparte de la roña, nada. Y que se le veía espabilado, eso sí.
Cristóbal Villafañe, alcalde de Casa y Corte, se fue de aquella casa de la calle Mayor tal como vino, sin haber avanzado ni un paso en su pesquisa.
Desde allí se dirigió a la calle del Factor, donde interrogó al cerero para quien, según había anunciado el rapaz, se requerían los servicios del médico asesinado. Pero el cerero, Antolín Criado de nombre, nada sabía del asunto.
Y así terminó, de vacío, el primer día de su pesquisa.