Conjura contra el rey Felipe 16. UN MATRIMONIO SECRETO
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16. UN MATRIMONIO SECRETO

U N MATRIMONIO SECRETO

Situada a orillas del Duero, Tordesillas, en tierras de Valladolid, en la Extremadura castellana, antaño señorío de reinas y amantes reales, era una villa notable en la historia del reino y, aunque lejos de su relevancia de otrora, cuando la presencia de la reina Juana convertía a la ciudad en un punto de referencia para la política imperial, seguía siendo un nudo de comunicaciones estratégico donde se cruzaban las rutas que unían el noroeste de la península con el centro, y una población próspera gracias al comercio, las ferias y su posición como sede de importantes linajes nobiliarios que habían construido sus casas señoriales cerca de la plaza Mayor de la villa.

En Tordesillas había confinado el rey Felipe a Fadrique Álvarez de Toledo.

Según la letra de la cédula real, por su desobediencia: no había desposado a Magdalena de Guzmán, a quien había dado, e incumplido, palabra de matrimonio; y según el propio Fadrique y otros muchos conjeturaban, su progenitor incluido, por culpas que, más que propias, eran de su padre el duque, y relacionadas todas ellas con su tiempo al frente de la gobernación de Flandes, donde había perpetrado, se decía, muy despiadadas crueldades.

A pesar de contar con influyentes intermediarios como el presidente de Castilla o Francisco Hernández de Liébana, letrado de prestigio, ninguno de ellos fue capaz de ablandar el ánimo del rey.

Felipe exigía que, tal como se había decretado por una junta de teólogos y juristas, Fadrique desposara a Magdalena de Guzmán, casamiento al que radicalmente se oponía Alba, por no tratarse de novios de iguales calidades como la ley ordenaba.

El viejo duque, aun a costa del favor de su señor el rey, estaba empeñado en mantener incólume, y por encima de cualquier otra cosa, su auctoritas sobre su casa, su linaje y el amplio clan familiar.

Los dos guardias que custodiaban la casa propiedad de Henrique de Rojas y Sandoval, comendador de León, donde Fadrique residía, saludaron respetuosamente al duque de Alba, cuya fama lo precedía y cuyas gestas alegraban muchas noches de hoguera.

Ningún impedimento le pusieron para que entrase al caserón donde su hijo enduraba su exilio.

—¿Habéis tenido buen camino, señor? —preguntó, tras los saludos de rigor, al duque de Alba el de Huéscar, que había sido apercibido de la llegada de su padre.

Fadrique, alto, enérgico a pesar de su enfermedad, próximo a cumplir los cuarenta y un años, era digno representante de su estirpe, al contrario que muchos otros nobles que, tras tanto matrimonio consanguíneo, habían perdido la gallardía y prestancia de sus ascendientes.

—A mi edad, hijo, no hay camino fácil. Pero este era en extremo necesario. El tiempo ha sido benévolo, además. No padecemos un otoño riguroso.

—Recibí, señor, vuestra estipulación de mis esponsales con mi prima doña María de Toledo. Sé, como me adelantasteis, que es el motivo de vuestra visita. Que agradezco, pues, sea cual sea la razón, estaba deseando ver y abrazar a vuestra señoría.

—También yo deseaba abrazaros, hijo. ¿Habéis leído los papeles? Espero que el convenio haya sido de vuestro agrado. Es lo que hay que hacer y lo que conviene.

—Casarme con doña María es desobedecer la orden del rey, señor. Me fue llegada la disposición de la junta convocada por su majestad, en la que se resolvía que estoy obligado por mi honor a cumplir la palabra de casamiento que se dice otorgué a doña Magdalena de Guzmán.

—Nadie puede conminar a vuestra merced a hacerlo, ni tan siquiera por un mandado real, porque el matrimonio es un acto libre y en conciencia, como ha decretado el Concilio de Trento.

Y, como ya le he hecho ver a su majestad y ahora os reitero, no es lícito el casamiento entre quienes no nacieron iguales.

Vos sois el heredero de la Casa de Alba, la más poderosa del reino, tras el rey.

La señora de Guzmán no tiene títulos, ni linaje ni prebendas, más que la de haber gozado de vos, si es que tal cosa alguna vez ocurrió.

—Sepa vuestra merced que siempre respeté a doña Magdalena. Mis propósitos con tal señora no fueron en ningún caso deshonestos, y no miente cuando afirma que quise desposarla bajo velo de matrimonio sin condición y dando mi fe y palabra como caballero.

—Me da igual —terció el duque de Alba, molesto, interrumpiendo a su hijo—.

Aunque lo hubierais hecho, aunque la hubierais gozado, no sería cosa diferente a haber yacido con una criada.

Y me da también igual la palabra que le dierais.

Por muy dama de la reina doña Isabel que hubiera sido esa señora, todo lo ocurrido con ella es nulo e inválido por disposición legal.

Carece de la alcurnia y el abolengo necesarios para matrimoniar con vos.

—Siempre he cumplido lo que me habéis ordenado —repuso Fadrique, sombrío—, sin replicar palabra. Jamás he querido faltar a la obediencia y amor que os debo. Pero me estáis mandando, al firmar esos esponsales, que desobedezca la orden del rey.

—Dejad al rey de mi cuenta —afirmó su padre—.

Yo os defenderé ante él si así las cosas se tercian.

Pero vos debéis hacer honor a vuestro linaje.

Ni vos podéis acceder, ni yo lo voy a consentir, al sometimiento a una familia inferior en antigüedad, calidad y sangre.

Recordad, además, que, en Bruselas, firmé capitulaciones con don García de Toledo, marqués de Villafranca, en las que acordamos el casamiento de su hija María con vos.

Y esa sí es una palabra que ha de ser cumplida, pues va en ello la honra de nuestra casa.

Todo está dispuesto para vuestro enlace con vuestra prima, doña María de Toledo y Colonna.

Ella sí es una dama de vuestra alcurnia y digna de yacer con vos y daros hijos que os sucedan.

—Con todo el respeto y el amor que os tengo, padre, he de recordar a vuestra señoría que, por seguir vuestra voluntad y obedeceros, he padecido nueve años de largas prisiones y desasosiego.

Por acatar vuestra voluntad, padre, estaré dispuesto a aceptar el casamiento con doña María, a pesar de que es mi deseo permanecer libre para disponer de mí y pasar lo que me quede de vida en el estado en que más a gusto me hallo.

Pero lo aceptaré siempre que la boda sea comunicada al rey y tenga la certeza de que seré absuelto de la palabra que le di de no hacerlo sin su licencia.

Lo contrario sería aventurarme a que mi rey me diga que no le he guardado la palabra y a que, cuando menos, me corte la cabeza.

Un silencio glacial se interpuso entre los dos duques, padre e hijo.

—Vuestra señoría —dijo al fin el de Alba— no es dueño de su destino.

Está obligado con su familia y con su linaje.

Vuestro deber para conmigo es superior a vuestra obediencia al rey.

Obra en mi poder, además, una póliza de su majestad, escrita al tiempo de su partida a Flandes, por la que se garantizaba el matrimonio de vuestra señoría con la hija de don García de Toledo.

Y no podrá desdecirse de su palabra. Toda la algazara que ahora os rodea acabará en nada.

El tiempo todo lo cura y sé en qué habrá de parar todo este ruido.

Recordad lo que ocurrió con don Gonzalo Chacón, hermano del conde de Montalbán y gentilhombre de la cámara; fue sorprendido en su posada en compañía de una dama de doña Juana de Austria, hermana del rey, y por ello condenado a muerte; hoy, fijaos, es caballerizo mayor de la reina doña Ana y se le ha dado dispensa para desposar a su prima, Isabel de Sandoval, y sin ni siquiera reparar el honor de aquella dama con la que yació.

Nada habéis de temer. Disponed lo necesario para partir de inmediato hacia Alba de Tormes. Allí os espera vuestra futura esposa.

—¡No puedo salir de Tordesillas sin cédula real!

—¿Y creéis que esos guardias —dijo Alba, haciendo un gesto con la barbilla en dirección al exterior de la estancia donde se hallaban— serán bastantes para detener a quien ningún ejército de Europa pudo derrotar, hijo mío?

***

Alba de Tormes, Salamanca, 12 de octubre de 1578

Alba de Tormes, en tierras de Salamanca, había sido otrora un señorío de realengo dependiente de la monarquía leonesa.

Cuando los reinos de León y Castilla se unieron definitivamente bajo una misma Corona, el alfoz de Alba estuvo bajo el mandado de diversos señores hasta que, en 1429, el rey Juan II lo entregó al obispo Gutierre Álvarez de Toledo, tomando así el título de señor de la villa de Alba de Tormes, momento a partir del cual la historia de la ciudad estuvo para siempre ligada a la Casa de Toledo.

Situada en la ribera del río Tormes, era una villa señorial, fortificada, situada en una zona fértil y bien comunicada, dominada por el castillo-palacio de los duques que la regían, con calles estrechas, empedradas algunas, y una plaza principal que era centro del mercado y de la vida cotidiana, rodeada de casas de hidalgos, de oficiales del duque y de mercaderes acomodados.

Entre Alba de Tormes y Tordesillas había una distancia de unas quince leguas que los duques, el de Alba y el de Huéscar, recorrieron en poco más de día y medio.

En Alba de Tormes ya se hallaba la novia, María de Toledo y Colonna, huérfana de padres, bajo la protección de la duquesa de Alba y de Juana, la hermana del duque.

Tampoco María había acudido de buen grado a la cita: su inclinación natural era el claustro, pero obedeció la voluntad de su padre, manifestada antes de morir, y aceptó desposar a Fadrique, su primo.

El enlace se celebró en la mañana del día 12 de octubre, en la iglesia principal de la villa, la de San Juan Bautista.

Un arcediano ofició el rito de las velaciones y los nuevos cónyuges confirmaron el matrimonio, más a pesar de ambos que para su contentamiento.

Asistieron al himeneo familiares y criados de la Casa de Alba: Antonio de Toledo, cuñado del duque y prior de la orden de San Juan en el reino de León; Fernando de Toledo, primo del novio; Esteban de Ibarra, secretario de Alba; el doctor Agustín Álvarez de Toledo y otros principales.

Sin apenas tiempo para una apresurada celebración en el castillo familiar, la duquesa y las damas que habían llegado con María de Toledo a Alba de Tormes para su servicio anunciaron que la novia aguardaba en el lecho a su esposo.

Tras consumar el matrimonio, lo que ambos hicieron sin apenas gozo, a la mañana del día siguiente Fadrique regresó a Tordesillas, a continuar cumpliendo la pena impuesta por el rey.

Prácticamente no hubo fiesta en la villa. Todos eran conscientes de que allí se había desafiado muy gravemente la autoridad del rey, y que tal cosa, de llegar a los reales oídos —y todos estaban ciertos de que tarde o temprano llegaría—, no habría de quedar sin castigo.